Fue el pueblo trabajador quien nos trajo la democracia, y será el pueblo el que establezca una democracia más profunda todavía

“Aquí vamos de nuevo”, escribió Serote, como si dijera que las nuevas contradicciones producen nuevos momentos de lucha. El fin de un orden aplastante —el apartheid— no puso fin a la lucha de clases, que no ha hecho sino profundizarse a medida que Sudáfrica atraviesa una crisis tras de otra.

Cuando el pueblo ya no tenga qué comer, se comerá a los ricos

Hoy en día, la desigualdad de la riqueza es tan grave como en los primeros años del siglo XX: en promedio, la mitad más pobre de la población mundial posee solo 4.100 dólares por adulto (en paridad de poder adquisitivo), mientras que el 10 por ciento más rico posee 771.300 dólares, aproximadamente 190 veces más riqueza. La desigualdad de ingresos es igualmente dura: el 10% más rico absorbe el 52% de los ingresos mundiales, mientras que el 50% más pobre sólo dispone del 8,5%. La situación empeora si nos fijamos en los ultrarricos. Entre 1995 y 2021, la riqueza del 1% más rico creció astronómicamente, acaparando el 38% de la riqueza mundial, mientras que el 50% más pobre solo «alcanzó un aterrador 2%», escriben los autores del informe.

Pistas y problemas para la revolución hoy

La revolución siempre ha constituido un enigma: ¿cómo las clases explotadas económicamente y dominadas políticamente podrían derribar a la burguesía, una clase dotada de todos los poderes? Este enigma se ve reforzado en el actual contexto por la debilidad de la izquierda revolucionaria y del movimiento obrero en su conjunto, aunque desde hace una decena de años hemos visto surgir movimientos radicales, incluso levantamientos, que han conseguido desestabilizar los poderes establecidos y, en ocasiones, hacer caer regímenes dictatoriales, sin lograr por ello ir más lejos en el sentido de una verdadera ruptura con el orden establecido.