
por Andrés M Sarlengo
Y en cada niño o adolescente que veo tras ingresar a un aula de alguna escuela pública me miro a mí mismo y me acuerdo de aquella canción que interpretara César Isella: Villa Asunción. Una poesía de Hugo Nadalino. Porque esas “caritas sin lavar” o desbordadas por la vulnerabilidad y el desamparo nos deberían despertar un desafío: dejar de mirarlos y tomarlos de las manos para que sea la ternura en acción colectiva y solidaria el motor de los aprendizajes.
“No mires el futuro en el espejo, que aquello que buscas, vive en las manos de tus viejos”, escribió el artista de Jujuy. Villa Asunción, una canción olvidada entre el fárrago del aparato industrial musical digital o radiofónico. Un retoño que la pedagogía oficial hachó con dureza y diversión. El crimen educativo permanente. Docentes empobrecidos, aulas “rotosas”, escuelas galpón, conocimientos descuartizados, anemia simbólica. Villa Asunción es hoy Argentina. Porque hay más “casas de cartón” y confusión alienante que “manos” queriendo tomar otras para golpear juntos como un puño emancipador contra el neofascismo de mercado.
Y en cada niño o adolescente que recibo como profesor me veo a mí mismo, con “esa carita sin lavar” frente al espejo del poder que desea que nos reflejemos en ellos y no nos preguntemos “qué podemos hacer con lo que hicieron con nosotros”…tratando de encontrar respuestas y actitudes transformadoras.
Villa Asunción “cuenta de un cuento de goteras”. Pero no es cuento, no es diversión, pues diversión es correr del centro lo que es punto de urgencia social. Como diría León Felipe… “Standard Smile Company es… la risa mecánica del mundo, la risa del magazine y la pantalla, la risa asalariada, la risa que se alquila y que se compra… Je Je Je”. Sí, risas industriales de pantallas ocultando que ese “cuento de goteras” tiene a 7 de cada 10 pibes empobrecidos en la Argentina; y que un joven cada tres horas en este país decide suicidarse. ¿Y en cada suicidio no habrá una sociedad que jala del gatillo o empuja a ese acto de desesperación?
Villa Asunción y continuó con León Felipe: “¡Qué pena, que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!”.
Y en cada niño o adolescente de escuelas públicas me reencuentro caminando entre las calles y sus barros y barrios, los guardapolvos desteñidos, los juegos apagados, la gente apiñada de caras tristes, los colores posmodernos de ciudades grises y enajenantes, me acuerdo de Armando Tejada Gómez que ya no dibuja caballos, me resuena un cuento de Eduardo Rosenzvaig donde un simulacro de fusilamiento tuvo al único soldado analfabeto y originario del batallón como cuerpo/materia de escarnio y cinismo militar. La mamá de Esteban –el soldado que relató lo acontecido- le contestó por carta a su hijo: “Y ustedes que hicieron? Eran 104 soldados que miraban “el fusilamiento” de Machaique.
Cabe retomar ese interrogante: en esta Argentina hecha Villa Asunción, nosotros, ¿Qué hacemos?









