Leviatán ya parió

por Óscar Ochoa

Desde que Javier Milei asumió la presidencia en Argentina las redes sociales se han visto invadidas por un meme con la fotografía de este personaje de rostro iracundo, acompañada de una frase que Gramsci escribiera cuando el ascenso del fascismo «El viejo mundo muere. El nuevo se tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos». Pero lo interesante es la asistencia de algunos jefes de Estado progresistas que salieron en la foto conversando con testaferros del mundo libre y occidental: Gabriel Boric saludando a Volodymyr Zelensky es un ejemplo claro; y otros nefastos que aparecieron en este espectáculo fueron el expresidente brasileño Jair Bolsonaro y el presidente de la organización española de ultraderecha VOX, Santiago Abascal.

Los monstruos aparecieron de la mano de los «ídolos liberales» que juran defender a los de abajo, cuando todos sabemos que la realidad es otra. Tantos liberales, tantos despojos y muertes; tantos conservadores, tantas muertes y desapariciones; tantos gobernantes, tanta miseria.

Sin embargo, hay un vacío al que no hacen referencia ni el meme, ni las fotos de la toma presidencial de Milei, y es a lo que Gramsci dedica gran parte de su vida: a evidenciar que en ese claroscuro también nacen esos a los que historia y memoria nombra héroes, conservando en algunos casos sus nombres o sus imágenes.

El Estado, desde su aparición, es una junta de gobierno que simula el bien para todos, cuando la historia necia nos indica el beneficio que representa para las élites gobernantes detentar los poderes de estas formaciones sociales, económicas, históricas, políticas y culturales. No obstante, la nueva fase de articulación de los Estados con el capitalismo global, macrocriminalidad y acumulación militarizada, son las dos fuerzas que ahora le dan vida y muerte a los Estados nacionales.

Thomas Hobbes nombró al Estado nación Leviatán, como una metáfora que esconde el imaginario básico de toda sociedad proyectando la armonía y cohesión de todos los cuerpos en un gran cuerpo, monstruoso y despiadado que controla-sojuzga-desecha aquellos elementos que causan conflicto al interior. Sin embargo, otros tipos de análisis posteriores demostrarían que el conflicto es inherente a todo sistema, y que lejos de amenazar, lo dinamizan e incluso lo renuevan. En este sentido es que hablamos de las dos nuevas criaturas que el Estado, el Leviatán, ha parido la macrocriminalidad y la acumulación militarizada, ambas interrelacionadas por las razones económicas y de Estado que las ponen en funcionamiento.

Ambas tendencias son resultado de las contradicciones que al interior del Estado nación capitalista han germinado con la fase neoliberal. La macrocriminalidad surgió desde la Segunda Guerra Mundial como resultado de la nueva geopolítica en ciertas regiones periféricas del orbe, concentrándose en élites políticas y económicas; mientras que la nueva forma de acumulación, militarizada, obedece a los requerimientos básicos para el avance del capitalismo global ante la caída de las tasas de ganancia, la pérdida de la hegemonía estadunidense y el desgaste de la democracia liberal que cada vez deja más en claro que es un instrumento de las clases gobernantes.

En el claroscuro que ahora cubre todo el orbe, no podemos olvidar a los pueblos palestino, kurdo, haitiano, guerrerense, michoacano, oaxaqueño chiapaneco, etc. porque son ellos los que siempre han vivido bajo la bota de monstruos del fascismo e ídolos liberales que de igual forma despojan, asesinan, encarcelan, exilian a todo el que se opone.

Leviatán ya parió, y sus criaturas lo están devorando para dar paso a nuevos monstruos, pero no olvidemos que en esas penumbras hay nuevas reconfiguraciones de lo social, nuevas socializaciones y formas de darle sentido al mundo, mismas que están desafiando a los conservadores de ultraderecha y liberales capitalistas disfrazados de izquierda, que por igual obedecen tanto al capital trasnacional que al doméstico. No olvidemos que la rebeldía no tiene partido, gobierno, ni sistema opresor al cual defender, salvo la libertad colectiva, asumir la responsabilidad de cambiar el mundo.

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