Resulta Penoso: Convención Demócrata

Escrito por la poetisa colombiana, Luz Helena Cordero Villamizar

Sí, escuché todo el discurso de Michelle Obama en la convención demócrata y la intervención de su marido, el portador del desprestigiado Premio Nobel de La Paz. La puesta en escena era perfecta. Una mujer negra elegantemente vestida, expresiva, sonriente y enfática, cargada de energía. El guion tenía un foco central y un objetivo. El foco era el público femenino. El objetivo, tocar la fibra emocional de sus escuchas. El tema de la madre, de la vieja, del cuerpo de la mujer, el supuesto origen humilde de Kamala Harris, la niña negra que se levanta de la nada y se limpia la ceniza, su presunta superación personal para levantarse de la pobreza, la lucha por escalar, la ninfa contra el monstruo, el bien versus el mal, representado por Trump. Un guion sentimentaloide calcado de los cuentos infantiles, de las historias de hadas, para tocar muchedumbres cándidas, casi estúpidas.

Basta ver los gestos de aprobación, los gritos, las risas, la histeria, el paroxismo de su auditorio. Esas personas que estaban ahí, tan buenas, luchando contra el mal, consumidores de versiones edulcoradas necesitan creerse todo lo que ella les dijo. El discurso, la puesta en escena de Michelle, no pudo ser mejor ni más convincente. Una mujer empoderada, una esposa llena de virtudes, llamando a sus feligreses a seguirla. 

Después de ablandar a la multitud, que ya estaba a punto de efervescencia, vino el Pastor. El carismático Obama, con sus apuntes humorísticos, echando mano del ser femenino, la imagen de la suegra, de la abuela, aludiendo a los derechos de las mujeres como si promocionara una marca, tomando la batuta para dirigir los gritos de sus aclamadores. Obama, la bandera de la equidad entre negros y blancos, símbolo de liberalidad y de una falsa paz mundial. Ensalzó a su presidente Biden, el defensor de los derechos humanos, el adalid de la justicia, el gran sionista, cómplice y autor intelectual del genocidio del pueblo palestino, de todos los crímenes de guerra y crímenes políticos de Estados Unidos, incluidos los liderados por Obama. 

Tuve que aguantar la furia al escuchar estos discursos. Mi escepticismo ante las palabras de esta pareja es tal que al ver las reacciones del público no lograba entender si todo esto era parte de la escenografía, si eran los pregrabados típicos de los gringos, o si solo se trata de una multitud de idiotas que no ven más allá de su ombligo. No quise ver la convención de proclamación de Donald Trump porque el asco me lo impidió. Pero adivino que la puesta en escena y el fenómeno de imbecilidad multitudinaria son los mismos. Cambian los bufones y sus guionistas. Pido perdón a los payasos por compararlos con estos políticos.

Sé que soy ingenua al no querer aceptar que todo esto es cierto, que así se desarrollan los acontecimientos preelectorales en Estados Unidos en donde el entramado se monta sobre millones de dólares “donados” por los más ricos, muchos de ellos sionistas. Porque la farsa de la democracia norteamericana se fabrica con millones de dólares recaudados por los partidos. Podríamos decir que el mejor postor es el que elige. Y el gran público de consumidores aclama y vota por el que más dinero recolectó. Por eso resulta una desfachatez que se sientan con autoridad de cuestionar campañas electorales de otros países alegando una supuesta financiación ilegal. ¿Acaso es limpio el dinero recaudado por candidatos demócratas o republicanos? Un dinero proveniente de la industria armamentística, de guerras y genocidios, de su depredación al ecosistema, a costa de chantajes económicos y del hambre a la que someten al resto del mundo.

Estos personajes envalentonados y ridículos son los que hoy gobiernan el mundo. Y no creo un ápice de sus palabras cuando se auto proclaman adalides del bien. No creo en su democracia de escenografía y libreto, fundada sobre la manipulación de las conciencias y el desconocimiento de la historia. Y cuando la simpática Michelle, la sonriente Kamala, el carismático Obama o el ladino Biden pretender convencer a sus votantes de que ellos son la mejor opción para erradicar el mal de los Estados Unidos y del mundo, diciendo que su país es el modelo de la democracia perfecta y el que más hace por la defensa de los derechos humanos, siento repulsión por su descaro.

Solo puedo pensar en sus armas, sus misiles, sus bombas nucleares y sus millones de dólares manchados de sangre. Solo puedo ver a los niños y niñas masacrados o muriéndose de hambre en Gaza o en África; a las mujeres y hombres destrozados en Palestina, en Irak, en Vietnam, en Hiroshima, en América Latina, o donde quiera que hagan presencia sus ejércitos; solo puedo recordar el arrasamiento de ciudades y países, los entrampamientos judiciales, sus prisiones de Abu Ghraib, de Guantánamo, de su aliado Israel; no puedo dejar de ver los torturados, las tumbas, los océanos muriendo, los despojos de culturas milenarias y las ruinas. Las palabras de estos políticos y de estos gobernantes gringos me salpican sangre, apestan a muerte, resuenan en el dolor.

Como escribe el poeta Raúl Zurita: «Pero todo esto es penoso. Prefiero hablar de amor». 

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