Con «S» también se escribe Sumisión

A un mes de la agresión de Estados Unidos contra Venezuela y del secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores, la región enfrenta una prueba clave. Mientras los pueblos se movilizan en defensa de la soberanía, Colombia aparece en el centro de una reconfiguración diplomática marcada por silencios, gestos de ajuste y alineamiento con el agresor,. Soberanía en vilo?

Por Alfonso Insuasty Rodriguez

El pasado 3 de febrero de 2026 se cumplió un mes de la agresión de Estados Unidos contra Venezuela y del secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. El operativo, sin base legal ni aval de organismos multilaterales, fue condenado a escala global como violación de la soberanía venezolana y del derecho internacional. Una escalada más de la intervención estadounidense en la región, un ataque directo al principio de autodeterminación de los pueblos.

Desde Caracas hasta Asia, pasando por África y Europa, multitudinarias movilizaciones exigieron respeto a la soberanía venezolana y el regreso inmediato del presidente y la primera dama de la República. Movimientos sociales y organizaciones populares denunciaron el hecho como expresión del sometimiento del derecho internacional a los intereses geopolíticos del imperialismo estadounidense.

En paralelo, este mismo día —con fuerte carga simbólica— Donald Trump recibió en la Casa Blanca al presidente colombiano Gustavo Petro, cerrando un ciclo de tensiones y confrontaciones públicas entre ambos mandatarios. La reunión no fue una visita de Estado, sino un encuentro «institucional»: categoría de menor rango, con protocolo reducido y sin símbolos nacionales. El detalle no es menor. Trump gobierna desde los gestos de subordinación y la escenificación del poder. Que Petro aceptara ese formato, tras la agresión contra Venezuela, envía un mensaje inequívoco de ajuste político.

La «amabilidad» exhibida no fue diplomacia, sino respuesta a un acto de fuerza que estrechó el margen colombiano frente a Washington. Sugerir que ese cambio de tono deriva de lo ocurrido en Venezuela resulta ofensivo y deja al desnudo la lógica del encuentro: superioridad imperial y exigencia de obediencia.

Conviene recordar que la salida diplomática debe ser siempre la vía para resolver tensiones: diálogo, respeto a la soberanía, cooperación y mediación internacional. Sin embargo, lo ocurrido distó de un diálogo entre pares. La comunicación entre Petro y Trump, antes y durante la reunión, estuvo atravesada por una lógica unilateral de superioridad, más allá de las fórmulas públicas de cortesía.

Los temas abordados —narcotráfico, cooperación y controversias regionales— concluyeron sin ningún reclamo público por el secuestro de Nicolás Maduro ni por la violación de la soberanía venezolana del 3 de enero. Este silencio o prudencia funcional desplaza del centro del debate un acto de violencia institucional condenado por amplios sectores populares. La ausencia de una exigencia clara en Washington refuerza la percepción de que se priorizó el restablecimiento de relaciones bilaterales a costa de principios de soberanía y justicia.

Vale preguntarse qué quedó sobre la mesa. Según la edición de El Tiempo del 4 de febrero de 2026, durante la reunión en la Casa Blanca el presidente Gustavo Petro entregó a Donald Trump una lista de «objetivos de alto valor conjunto» que incluye a alias Chiquito Malo del Clan del Golfo, Pablito del ELN e Iván Mordisco de las disidencias de las FARC, comprometiéndose a su neutralización en un plazo inferior a dos meses.

Presentado como cooperación en materia de seguridad, este gesto admite una lectura más honda: una visita de corte virreinal en pleno siglo XXI, donde rendir cuentas al «rey» para evitar ser descabezado o perder estatus político se combina con la necesidad de agradar al poder hegemónico. Si bien es legítimo que existan acuerdos contra el crimen transnacional, la entrega unilateral de listas y la asunción de compromisos operativos bajo la orientación de una potencia extranjera —en un contexto marcado por agresiones a países hermanos— no puede entenderse como diplomacia soberana. Se trata de sumisión extrema que pone en riesgo los ya debilitados procesos de paz internos, abre las puertas a un nuevo ciclo de guerra y contradice el discurso del propio gobierno.

En diplomacia, las palabras y los gestos importan tanto como los acuerdos. Expresiones como «es un honor», en este contexto, resultan hipócritas y descontextualizadas. No puede ser un honor reunirse con un mandatario que viola el derecho internacional, agrede a países de la región, secuestra a un jefe de Estado y profundiza la descomposición social y política incluso dentro de su propio país.

Esta actitud se percibe como sumisión diplomática disfrazada de cortesía, dinámica que debilita la soberanía regional y refuerza la hegemonía de la potencia agresora. Tampoco puede atribuirse a ingenuidad política. Las propuestas de militarización, «seguridad» y control fronterizo encubren una reconfiguración subordinada de la región, reinstalando agendas de combate al narcotráfico cuestionadas y fracasadas. Insistir en enfoques militarizados desconoce la historia reciente de América Latina y el fracaso demostrado de la llamada «guerra contra las drogas», que solo ha producido más violencia, fragmentación social y pérdida de soberanía.

Todo esto profundiza la ruptura de un liderazgo regional ya debilitado, que debía sostener los principios de integración, autodeterminación y soberanía latinoamericana. Desde la CELAC —Colombia tiene la presidencia pro témpore 2025-2026— se esperaban respuestas coherentes frente a la agresión contra Venezuela: condenas claras, acciones diplomáticas firmes y mecanismos efectivos de defensa colectiva. Nada de eso ocurrió. Que Cuba, referente histórico en la defensa de la autodeterminación de los pueblos, ni siquiera haya sido mencionada refuerza un precedente peligroso: sumisión con apariencia de diplomacia.

La reunión Trump-Petro, lejos de expresar una soberanía firme, se percibe como un gesto de complacencia funcional a intereses ajenos a la dignidad y a los proyectos emancipadores de Nuestra América. Si los gobiernos y los Estados no asumen su responsabilidad histórica, ¿quién lo hará? Las movilizaciones globales que exigen respeto a Venezuela y el regreso de Nicolás Maduro y Cilia Flores demuestran que el campo popular sigue vivo, organizado y dispuesto a actuar.

Está claro que se pide memoria y claridad. La paz y el diálogo no pueden convertirse en coartadas para la subordinación ni para el olvido de la soberanía. La agresión contra Venezuela reclama respuestas solidarias y de alcance continental. Si no hay un liderazgo desde arriba, habrá que construirlo desde abajo: desde los movimientos sociales y los pueblos que han defendido la autodeterminación y la dignidad.

Tomado de: https://www.telesurtv.net/opinion/con-s-tambien-se-escribe-sumision/

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