
por Daniel Pizarro
Dediqué buena parte de mis años universitarios a jugar al fútbol. Fuera de la universidad tenía una mujer un poco mayor que yo que con una entrega total me enseñaría cuanto se necesita aprender del amor. Jugué incansablemente al fútbol en las dos carreras por las que pasé (terminaría la segunda) y en las dos facultades donde estuve. Un estudiante de una tercera facultad, al parecer tan abocado como yo a jugar fútbol, me animaba a incorporarme a la selección de la universidad. No sé si aquello habrá dependido de nosotros; él juraba que sí. Durante esos años corrí detrás de una pelota en todas las modalidades de ese deporte: baby fútbol, futbolito y, sobre todo, fútbol de once jugadores por lado. Y en casi todas las superficies disponibles: la cancha de baldosas de la Escuela; las canchas también embaldosadas de las instalaciones deportivas, donde además se practicaba hockey en patines; la cancha con piso de tablas del gimnasio techado; la cancha principal del estadio, con galerías y todo y además un túnel por donde salíamos de los vestuarios al campo de juego como hacen los futbolistas profesionales, lo que nos daba una sensación de importancia mayor; la cancha secundaria, también empastada pero sin graderías, que por sus dimensiones reducidas restringía el partido a solo diez jugadores por lado; y, por último, la cancha de tierra y maicillo, conocida por los estudiantes como Siberia, donde cada vez que te tirabas al suelo para cortar una jugada te ganabas unos rasmillones más o menos de una cuarta de largo en las piernas.
Además de jugar al fútbol me dediqué a leer libros. Los pedía prestados en las distintas bibliotecas de la universidad. En la que había en la Escuela, en la biblioteca de la Facultad de Letras y en la Biblioteca General, donde en esos tiempos había que anotar los datos del libro en una ficha de papel y dejarla en un canasto de alambre que estaba sobre un mesón largo, casi interminable por lo que recuerdo. Un funcionario de delantal azul esperaba a que las fichas se amontonaran dentro del canastito y lo introducía en una especie de ascensor en miniatura, el que mediante un mecanismo de tracción humana, una manivela o algo parecido, descendía hasta una sala inferior donde se encontrarían los libros. Quizás complementaba esa acción pulsando un timbre para avisar que las fichas iban bajando, ya no lo recuerdo bien. Pongo el verbo encontrar en tiempo potencial porque lo que sucedía en ese subterráneo era para mí un completo misterio. Al cabo de unos minutos bastante largos el canasto subía con el montón de fichas apenas disminuido y con muy pocos de los libros solicitados. Obtener un libro era como ganarse la lotería. El funcionario a cargo nos devolvía los papelitos con el aire despectivo de un jugador de póker que se descarta decepcionado de sus naipes. Ninguna posibilidad de protestar; el hombre de azul hacía como si nuestra voz fuera inaudible y nos daba la espalda para atender otros asuntos. La peor parte se la llevaban quienes iban en busca de libros que se encontraban en el currículum académico. Por ejemplo, libros de cálculo y álgebra o libros de micro y macroeconomía, la teología del presente. Mejor ni intentarlo, mejor juntar dinero para las fotocopias y hacer fila en los centros de fotocopiado a las afueras de la universidad, por lo común atendidos por mujeres de pelo oxigenado que nos trataban con el cariño de una madre.
Trataba de imaginar las dimensiones de esa sala subterránea repleta de libros y colecciones empastadas. Otros funcionarios apáticos como ese que nos atendía en la superficie estarían encargados de recibir las fichas y buscar con la misma desgana y el mismo fastidio las obras en los estantes infinitos o, quizás, no tan colmados de libros como me los imaginaba sino más bien mermados por las continuas pérdidas debido a esa clase de estudiantes que jamás los devolvían y, en mayor escala, por el asalto a las bibliotecas universitarias acometido en dictadura, cuando los funcionarios de alto y medio rango en el poder se darían un festín con el patrimonio público. A causa de la alta demanda y la escasa oferta las sanciones por incumplir el plazo de devolución eran draconianas: un día de retraso, un mes con prohibición de pedir libros; dos días de retraso, dos meses de castigo. Las penas intimidaban. Y como todo se hacía a mano, las listas de morosos se podían leer en una hoja pegada a espaldas del funcionario que nos atendía en el mesón. Había terminado ya la dictadura, pero su espíritu le sobrevivía intacto.
Con mis lecturas personales no había problemas de ese tipo; a ningún estudiante le había dado por leer a Joyce o a Proust, por ejemplo, a quien recuerdo haber conocido gracias a la Biblioteca General de la universidad, donde pedí en préstamo el primer tomo de En busca del tiempo perdido (Por los caminos de Swann) y, cosas de la juventud y la ignorancia, concluida su lectura pedí el último, El tiempo recobrado, saltándome con total ligereza los cinco tomos intermedios que más adelante leería en orden consecutivo tratando de enmendar la torpeza de haberme precipitado hasta el final de una serie que, diría yo, se va asimilando por capas, cada una de las cuales amplifica el sentido y la belleza de la que viene a continuación.
Pero en fin. Lo cierto es que yo venía de otro mundo, tal vez de una burbuja donde el pasado estaba preso como en ámbar milenario y dentro de la cual me había macerado en un ambiente y en unas ideas que al cabo de los años me pondrían totalmente al sesgo del mundo presente, eso que he dado en llamar la marea del futuro. Ingresé a la universidad el año 1990, justo al término de la dictadura de Pinochet. Se me hacía difícil entender y aceptar muchas cosas, pero era joven y, como cualquier joven, sentía ante todo el impulso de vivir. En una de las primeras clases, no me acuerdo a pito de qué, levanté la mano cuando se hablaba de la Constitución política vigente, la de Pinochet, e hice un comentario sobre el Artículo 8º, recientemente derogado, que proscribía a los partidos de izquierda entre otras cosas por afirmar que la lucha de clases era una realidad (la habían negado por decreto). Me acuerdo del vacío alrededor, como si hubiera lanzado una bomba que anula cualquier sonido. Tal vez los estudiantes se callaron por ignorancia, por no tener la más mínima idea de lo que era el Artículo 8º de la Constitución. Pero sin duda que el profesor lo sabía y retorció el pescuezo de incomodidad, como si fuera una tortuga. La dictadura ya era historia, pero su espíritu la sobreviviría.
Vivía en cierto modo refugiado en la mujer que me descubría capa por capa el amor. En la ventana de su pieza, que miraba a la calle, recortaba mentalmente una cruz en los maderos diciéndome que retendría por siempre esa imagen. Y tenía toda la razón, pero no podía aún entender las razones por las cuales la recordaría. Dentro de su cama capeamos el vendaval de los noventa, el primer lustro, cuando una tras otra se iban sepultando todas las expectativas que habíamos cifrado en la recuperación de la democracia. Nos aplicaron el desengaño sin anestesia. Solo el paso del tiempo me permitiría sopesar la hondura de la decepción. ¿En qué y en quiénes habíamos creído y en qué y en quiénes podíamos creer ahora? ¿Habían acabado mi tiempo y mi lugar, tan temprano? Nos cubríamos con las frazadas y hacíamos el amor. Recuerdo las noticias: con la bendición papal de los presidentes de la República las empresas del Estado seguían pasando a manos privadas y más encima a precio vil, como si las constelaciones en el cielo se hubiesen puesto a rotar en sentido contrario ofreciéndonos el espectáculo de otra bóveda celeste, un hemisferio desconocido, otros signos del zodíaco que ahora presidían nuestros destinos. Eran los tiempos de la era de Acuario, pero en los hechos Tauro se fijaba en el cénit como el más fiel representante de la nueva época y sus intereses mezquinos. Bajo este mapa de nuevas estrellas habría que aprender a orientarse y solo los más aventajados, los expertos en sopesar costos y beneficios personales, los que aprendieron rápido, se llevarían las porciones más suculentas de la torta. Quizás por todo ello, me digo, dediqué mis años universitarios a jugar al fútbol, a una mujer que me amaba con pasión y a buscar lecturas personales en las bibliotecas.


