La bomba nuclear de Israel es la amenaza de la que no se atreven a hablar

por Ronny P. Sasmita

Traducción: Francois Vadrot y Fausto Giudice

NdT. La publicación de este artículo en portada de Asia Times — un medio reconocido en el ámbito geopolítico — constituye un acontecimiento en sí mismo. Hasta hace muy poco, cualquier análisis crítico del estatus nuclear de Israel era sistemáticamente relegado al margen del debate legítimo, e incluso calificado de «conspiranoico», un recurso retórico que permitía desestimarlo sin necesidad de examinar su contenido.

Este tabú mediático comienza a resquebrajarse. En un contexto de intensificación de la guerra en Oriente Próximo, con referencias cada vez menos veladas a la opción nuclear por parte de dirigentes como Donald Trump y Benjamín Netanyahu, y con consecuencias económicas y estratégicas que amenazan la estabilidad mundial, resulta cada vez más difícil mantener el silencio sobre lo que el artículo denomina el «privilegio nuclear» israelí.

La traducción que sigue tiene como objetivo hacer accesible al público hispanohablante un análisis detallado de este asunto largamente silenciado. Se ha realizado con la ayuda de un asistente de traducción, velando por la fidelidad al texto original y la precisión conceptual.

Los cielos de Teherán y Natanz aún pueden conservar el persistente rastro de las operaciones de bombardeo conjuntas entre USA e Israel. Sin embargo, el mundo, filtrado a través del lente dominante de los medios occidentales, sigue recibiendo una narrativa singular: el peligro latente del enriquecimiento de uranio iraní, perpetuamente descrito como estando a un paso de un arma nuclear.

En medio de sanciones económicas, resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y ataques militares preventivos que han devastado la infraestructura civil y militar de Irán, existe un silencio ensordecedor en torno al arsenal de armas de destrucción masiva más tangible de Oriente Medio: el arsenal nuclear israelí.

En realidad, la arquitectura de seguridad de la región no está amenazada por una capacidad nuclear que podría existir en el futuro, sino por una que ha existido durante más de seis décadas. En el desierto del Néguev, en Israel, se encuentra el complejo de Dimona — una caja negra no sometida a las inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), inmune a las sanciones y mantenida como uno de los secretos a voces más celosamente guardados por la comunidad internacional.

Esta contradicción representa quizás la manifestación más flagrante de la doble moral mundial, preservando el privilegio nuclear de Israel por encima del derecho internacional.

La historia muestra que las ambiciones nucleares de Israel no fueron simplemente una reacción a las amenazas externas, sino que formaron parte de un diseño geoestratégico más amplio para asegurar la hegemonía regional. Desde que David Ben-Gurión articuló la doctrina del «Nunca Más» posterior al Holocausto, la capacidad nuclear se ha enmarcado como la Opción Sansón — un disuasivo de último recurso que garantiza que Israel puede devastar la región si su existencia se ve amenazada.

Una bomba de desinformación

Sin embargo, este privilegio no surgió de forma orgánica. Se construyó mediante el engaño, redes de adquisición clandestinas y una protección diplomática sostenida por parte de las grandes potencias — las mismas potencias que ahora se presentan como guardianas globales de la no proliferación nuclear.

El éxito de Israel en mantener su estatus como la única potencia nuclear de Oriente Medio se basa en su política de amimut, u opacidad nuclear. A través de esta doctrina, Israel disfruta de las ventajas estratégicas de la disuasión nuclear sin incurrir en los costos políticos o económicos.

Esto ha distorsionado fundamentalmente el discurso regional. El mundo se ve obligado a considerar con alarma a un Estado que se adhiere formalmente al Tratado de No Proliferación (TNP), aunque bajo escrutinio, mientras tolera a otro que se niega a firmar el tratado y del que se cree ampliamente que posee cientos de ojivas nucleares.

El punto de inflexión que legitimó esta hipocresía internacional llegó en 1969. En una reunión secreta en la Casa Blanca, el presidente usamericano Richard Nixon y la primera ministra israelí Golda Meir forjaron un acuerdo que marcaría la política exterior de USA durante décadas.

Washington dejaría de presionar a Israel para que firmara el TNP o permitiera inspecciones en Dimona, siempre que Israel mantuviera un perfil bajo y se abstuviera de realizar pruebas nucleares abiertas. En efecto, USA se convirtió en un escudo diplomático para el programa no declarado de armas nucleares de Israel — una ironía para un país que ha invocado repetidamente preocupaciones nucleares para justificar intervenciones en otros lugares.

Esto marcó un marcado distanciamiento de la era de John F. Kennedy, el único presidente usamericano dispuesto a confrontar directamente las ambiciones nucleares de Israel. Para Kennedy, la proliferación nuclear era una pesadilla personal que amenazaba la estabilidad mundial.

Advirtió a Ben-Gurión que el apoyo de USA podría verse seriamente comprometido si no se permitían inspecciones independientes en Dimona. Tras el asesinato de Kennedy, esta presión se desvaneció bajo las administraciones de Johnson y Nixon, siendo reemplazada por un acomodo pragmático que permitió que la «bomba en el sótano» de Israel se expandiera silenciosamente.

Este privilegio ha permitido a Israel desarrollar una tríada nuclear avanzada: misiles balísticos Jericó, aviones de combate F-15I modificados y submarinos de la clase Dolphin capaces de lanzar misiles de crucero con armas nucleares. Con estimaciones que oscilan entre 90 y 400 ojivas, Israel posee no solo un disuasivo, sino un potente instrumento de coerción diplomática.

Cuando los Estados árabes, liderados por Egipto, han pedido constantemente la creación de una zona libre de armas de destrucción masiva en Oriente Medio, USA y sus aliados han bloqueado sistemáticamente tales iniciativas para preservar el estatus excepcional de Israel.

Este privilegio nuclear también ha creado lo que muchos diplomáticos no occidentales describen como una trampa de cumplimiento. Estados como Irán, signatarios del TNP, enfrentan un escrutinio intenso y castigos económicos por desviaciones procesales. Mientras tanto, Israel — operando fuera del marco del derecho internacional — disfruta de acceso a las tecnologías militares más avanzadas de Occidente. Esta inequidad sistémica alimenta la inestabilidad, señalando que el camino más efectivo para evitar la presión internacional no es el cumplimiento, sino el poder.

La ingeniería del sabotaje

Para mantener su monopolio nuclear, Israel ha seguido una doctrina geoestratégica agresiva que viola rutinariamente la soberanía de otros Estados. Conocida como la Doctrina Begin y formalizada en 1981, afirma que Israel no permitirá que ningún país de Oriente Medio adquiera armas de destrucción masiva.

Es una extraordinaria reclamación de autoridad: un Estado con armas nucleares no declaradas que afirma el derecho a destruir las capacidades nucleares de otros, incluso aquellas destinadas a fines pacíficos, bajo el estandarte de la legítima defensa.

Su primera manifestación fue la Operación Ópera el 7 de junio de 1981, cuando aviones de combate israelíes destruyeron el reactor nuclear iraquí de Osirak. A pesar de la condena de la ONU, se sentó un precedente: Israel asumió efectivamente el papel de árbitro nuclear unilateral de la región.

Este patrón se repitió en 2007 con la Operación Outside the Box, que destruyó la instalación siria de Al-Kibar. Estos ataques preventivos estaban impulsados por un cálculo claro: las grandes potencias mundiales seguirían otorgando impunidad a Israel, independientemente de las violaciones flagrantes del derecho internacional.

Contra Irán, esta ingeniería del sabotaje ha alcanzado niveles de sofisticación y letalidad sin precedentes. Durante las últimas dos décadas, Israel ha librado una guerra encubierta que ha incluido el asesinato de científicos nucleares en Teherán — a veces utilizando armas operadas a distancia — así como ciberataques como Stuxnet, que paralizó miles de centrifugadoras en Natanz.

Estas operaciones a menudo se han llevado a cabo en estrecha coordinación con la inteligencia usamericana, subrayando cómo la política de no proliferación occidental ha funcionado con frecuencia como un instrumento para preservar el dominio militar de Israel.

La escalada culminó con la campaña Rising Lion en 2025 y la Operación Epic Fury en 2026. Con el respaldo de la administración Trump, la infraestructura nuclear iraní ha sido atacada mediante bombardeos a gran escala que ignoraron en gran medida los riesgos de exposición a la radiación para los civiles.

Israel justificó estas acciones alegando que la diplomacia había fracasado. Sin embargo, esta narrativa omite una realidad crítica: Israel ha socavado sistemáticamente los esfuerzos diplomáticos, incluso mediante la incautación de los archivos nucleares iraníes en 2018 para ayudar a justificar la retirada usamericana del JCPOA [NdT: Joint Comprehensive Plan of Action, nombre oficial del acuerdo nuclear iraní firmado en 2015]. El objetivo nunca fue simplemente prevenir una bomba iraní, sino preservar el monopolio israelí del poder.

Alianzas ocultas

La representación de Israel como un pequeño Estado autosuficiente bajo constante asedio es un mito cuidadosamente construido. La historia de su programa nuclear es una de colaboración internacional encubierta que involucra a países que ahora lideran las campañas antinucleares mundiales.

Sin la asistencia tecnológica de Francia, el agua pesada suministrada por Noruega a través del Reino Unido y el uranio proveniente de Argentina, la instalación de Dimona nunca se habría materializado.

Francia, hoy crítica vocal de Irán, desempeñó un papel central al proporcionar un reactor y una planta de reprocesamiento de plutonio en 1957, en parte como recompensa por el apoyo de Israel durante la crisis de Suez. Aún más llamativa fue la colaboración nuclear de Israel con la Sudáfrica del apartheid en la década de 1970.

Como dos regímenes aislados internacionalmente, desarrollaron profundos vínculos militares. Documentos desclasificados sugieren que el israelí Shimon Peres una vez ofreció vender ojivas nucleares a Pretoria. Esta asociación probablemente culminó en el Incidente Vela de 1979, cuando se detectó una prueba nuclear sospechosa en el Océano Índico. A pesar de las fuertes evidencias que apuntaban a una prueba conjunta israelí-sudafricana, la administración Carter optó por ocultar los hallazgos para proteger a su aliado.

Tales colaboraciones demuestran que, para Israel, las normas internacionales son secundarias a los imperativos estratégicos. Mientras ayudaba a las ambiciones nucleares de un régimen segregacionista, Israel utilizó simultáneamente su influencia diplomática para bloquear la cooperación entre sus adversarios y otros Estados. Este patrón persiste hoy en forma de tecnologías cibernéticas y de vigilancia exportadas a regímenes autoritarios a cambio de apoyo diplomático.

El apoyo occidental también se ha extendido a operaciones de inteligencia de alto nivel para asegurar materiales nucleares. En el asunto Plumbat de 1968, la inteligencia israelí supuestamente adquirió 200 toneladas de yellowcake (concentrado de uranio utilizado para la preparación de combustible nuclear) mediante un esquema de empresa fantasma que involucraba un buque de carga en Amberes.

En lugar de desencadenar sanciones o consecuencias legales, la operación fue ampliamente considerada como un éxito de inteligencia notable. Con el tiempo, la comunidad internacional normalizó este tipo de malas conductas a nivel estatal, creando un marco moral sesgado en el que la seguridad de una nación se considera más importante que la integridad del derecho internacional.

Un profundo doble rasero

Hoy, cuando la comunidad internacional habla de amenazas nucleares en Oriente Medio, el tema es invariablemente Irán. Sin embargo, la amenaza más inmediata y sustancial — el arsenal nuclear israelí — permanece intocable.

Este doble rasero ha evolucionado hacia una especie de doctrina en la diplomacia global, en la que la lealtad a la seguridad de Israel exige la suspensión de la lógica y la justicia. ¿Cómo se puede presentar a un Estado con cientos de ojivas nucleares no supervisadas como una fuerza estabilizadora, mientras que otro bajo la estricta supervisión del OIEA es presentado como una amenaza existencial?

Esta hipocresía es especialmente evidente en la aplicación del TNP. Concebido como un instrumento universal, en Oriente Medio ha funcionado en cambio como un mecanismo para restringir a los Estados árabes e Irán, al tiempo que permite a Israel expandir sus capacidades nucleares sin control.

USA ha utilizado sistemáticamente su poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU para bloquear las resoluciones dirigidas al programa nuclear israelí. Tales políticas no solo socavan la credibilidad de Washington, sino que también erosionan los cimientos mismos del derecho internacional. Cuando las leyes se aplican solo a los débiles, se convierten en instrumentos de dominación en lugar de justicia.

La seguridad en Oriente Medio no se logrará bombardeando Natanz o asesinando científicos en Teherán. Mientras se permita a Israel mantener su monopolio nuclear bajo la protección del doble rasero occidental, la región permanecerá atrapada en un ciclo de presiones de proliferación.

Arabia Saudita, Turquía y otros inevitablemente buscarán sus propias capacidades nucleares para contrarrestar el dominio israelí. La estrategia israelí de «cortar el césped» puede retrasar el conflicto, pero no puede resolverlo.

Ha llegado el momento de que el mundo deje de fingir ignorancia sobre Dimona. Cualquier conversación seria sobre la paz en Oriente Medio debe comenzar con el desmantelamiento del privilegio nuclear israelí y la exigencia de transparencia universal.

Sin una presión equitativa sobre Israel para que se adhiera al TNP y coloque sus instalaciones bajo las salvaguardias del OIEA, la retórica de la no proliferación es poco más que un teatro diplomático. La seguridad regional solo puede construirse sobre una base de igualdad, no bajo la sombra de un monopolio nuclear sostenido por la hipocresía global.

Fuente: Asia Times, Ronny P. SasmitaIsrael’s nuclear bomb is the threat that dare not speak its name, 30 de marzo de 2026

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