En la mesa de negociaciones sobre el Líbano, aperitivos hechos de trozos de carne humana

por Lyna Al Tabal y Rai Al Youm

Traducción: Fausto Giudice

En el gobierno de Vichy dominaban un solo arte: la negociación. Negociaban mientras los tanques alemanes pasaban detrás y delante de ellos, y recorrían los Campos Elíseos con la confianza del vencedor.

Se sentaban alrededor de la mesa, se ajustaban bien el nudo de la corbata, se rociaban con un ligero perfume parisino y firmaban papel tras papel, luego alzaban la vista con ligereza y guiñaban un ojo al ocupante.

Al otro lado, estaba esa maldición que entonces llamaban terrorismo o bandidaje, la misma que después se llamaría resistencia. Era la resistencia francesa, que no estaba invitada a ninguna cena y, por supuesto, a ninguna negociación, la que pagaba con sangre, era deportada, ejecutada en las plazas, juzgada y marcada con las etiquetas más infames.

Así, en un tiempo lejano o quizás esta misma mañana – da igual, el tiempo es solo una ilusión-, el gobierno de Vichy decidió que la mejor manera de salvar Francia era echarse en brazos del enemigo de la patria. ¡Qué sacrificio, y qué asco!

Hoy, en una versión libanesa más descarada o más surrealista, no sé, nos dicen solo: el Estado negociará. ¿De verdad? ¡Qué sorpresa! ¿Acaso existe realmente un Estado? ¿Tenemos entonces un Estado plenamente soberano, con decisiones coherentes y que sabe lo que quiere?

Bonita descripción, educada y muy constitucional. Pero, como todo lo suyo, sigue siendo una descripción incompleta, le falta un pequeño detalle, quizás trivial e invisible: le falta la realidad.

En este país extraño, se negociará con el enemigo bajo el fuego: no uso metáforas, solo describo el infierno tal cual: vendrá Benjamín Netanyahu, con un rostro que siempre parece un plan militar, a anunciar el inicio de conversaciones de paz con el Líbano.

Una paz que él escribe solo con sus condiciones, que él dirige solo con sus fuegos, y que Occidente promociona como siempre. Nos pide que creamos esta vez que va en serio, y que olvidemos todas las veces anteriores que también iba en serio.

¿Y ustedes? Claro que aceptarán. Engullirán este insulto con una sonrisa, porque, y aquí reside la tragedia, han dominado el arte de aceptarlo todo, hasta su propia aniquilación.

Barrio al-Salam, Beirut, abril de 2026

Netanyahu disecciona los mapas y las guerras, coloca Irán aquí, el Líbano allá, Gaza en un tercer rincón, y convence al mundo de que son frentes separados. Pero la verdad, que incluso los niños de este Levante devastado por ustedes conocen: toda guerra en este Levante es una sola guerra, y lo que está ocurriendo es un desmembramiento sangriento para facilitar su aniquilación.

Y sobre todo este festín sionista de miembros dispersos y sangre, surge la escena más nauseabunda: aquí en el Líbano hay quienes todavía están deslumbrados por Netanyahu. Observan la hoja del cuchillo con admiración y buscan excusas para el asesino.

Justifican su matanza como si bendijeran nuestra propia muerte. Y hablan de garantías por parte de un hombre perseguido por una orden de captura internacional como cualquier fugitivo de la justicia. ¡Qué ironía surrealista!

¿Cómo puede un país que gime bajo sus heridas, cuyos cadáveres de sus hijos aún están bajo los escombros y en las morgues de los hospitales, confiar en las promesas de un criminal de guerra perseguido?

Yo no llamo a esto ingenuidad política, sino más bien una especie de masoquismo nacional que se complace en el suicidio a manos de su enemigo.

Perdón, en medio de todo esto, olvidé responder a su pregunta: ¿quién tiene derecho a negociar? ¿Quién firma los acuerdos? ¿O quién es deportado? ¿Quién habla? ¿O quién muere asesinado?

La regla que no quieren leer, escrita con sangre en todas las guerras, estipula claramente, sin posible interpretación: quien resiste es el único que negocia. Quien es asesinado una primera, segunda y tercera vez es quien negocia.

No porque sea romántico, no hay nada romántico en las guerras. Sino porque el resistente es el único que posee algo que no negocia: la dignidad.

La resistencia es la hija legítima de esta tierra, nacida del seno de un Sur crucificado y del orgullo del Norte, y surgida del mosaico de todas sus comunidades. Es la historia de las casas destruidas por la ocupación, y el eco de los alaridos de las madres que enviaron a sus hijos queridos al frente. Esta resistencia no recibe de nadie el precio de sus sacrificios ni trabaja para ninguna capital. Trabaja para una sola, única y sagrada cuenta: una patria llamada Líbano.

En cuanto a Irán, del que tanto se habla, quiéranlo o no, es el único país que decidió defender Jerusalén. Podemos estar en desacuerdo con él en todo, excepto en este punto: no negoció sobre Jerusalén, mientras que otros negociaron hasta su nombre.

Aquí volvemos al gobierno de Vichy: siempre hay quienes negocian y siempre hay quienes resisten.

Los primeros, obsesionados con la supervivencia, se inclinan sobre las mesas para firmar los acuerdos y sellan todo a cambio de promesas de salvación que podrían parecerse a la muerte.

Los segundos pagan la factura de los actos de los primeros.

Pero, y he aquí la bella ironía, ellos son los únicos que escriben la historia.

Deja un comentario