Elogio del padre: “quien no vive para servir no sirve para vivir”

Leonardo Boff

Esbelto, de figura elegante, fumando siempre su cigarro de paja, fue un valiente explorador de nuevos caminos.

Cuando los colonos italianos no tuvieron más tierras para cultivar en la Sierra Gaúcha, emigraron en grupo hacia el interior de Santa Catarina, tierras llenas de bosques de pinos, a Concórdia, hoy sede de los frigoríficos de Sadia y, en los alrededore, de las empresas Perdigão y Seara.

No había nada, excepto algunos caboclos, mestizos de blanco e indio, sobrevivientes de la guerra del Contestado y grupos de indígenas kaigan, despreciados y siempre defendidos por él. Reinaban los pinos, soberbios, hasta donde se perdía la vista. Los colonos alemanes, polacos e italianos vinieron, organizados en caravanas, trayendo su profesor, su animador de rezos y una inmensa voluntad de trabajar y de vivir a partir de nada.

Había estudiado varios años con los jesuitas en São Leopoldo, en el Colegio Cristo Rey, en Rio…

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