Un proyecto panafricano de auto eléctrico queda enterrada para las generaciones venideras

Por Vijay Prashad

El gobierno de Estados Unidos celebró a mediados de diciembre la Cumbre de Líderes Estados Unidos-África, impulsada en gran medida por sus temores ante la influencia china y rusa en el continente africano. Lejos de la diplomacia rutinaria, Washington adoptó un enfoque guiado por su agenda de la Nueva Guerra Fría, en la que Estados Unidos se ha centrado cada vez más en perturbar las relaciones que las naciones africanas mantienen con China y Rusia. Esta postura belicista está impulsada por los planificadores militares estadounidenses, que ven África como “el flanco sur de la OTAN” y consideran a China y Rusia como “rivales cercanos”. En la cumbre, el secretario de Defensa estadounidense, Lloyd Austin, acusó a China y Rusia de “desestabilizar” África. Austin presentó pocas pruebas en apoyo de sus acusaciones, aparte de señalar las cuantiosas inversiones, el comercio y los proyectos de infraestructuras de China con muchos países del continente y de difamar la presencia en un puñado de países de varios centenares de mercenarios de la empresa rusa de seguridad privada Wagner Group.

Los jefes de gobierno africanos se marcharon de Washington con la promesa del presidente estadounidense, Joe Biden, de realizar una gira por todo el continente, la promesa de que Estados Unidos destinará 55.000 millones de dólares a inversiones y una declaración altisonante pero vacía sobre la asociación entre EE. UU. y África. Desgraciadamente, dado el historial de Estados Unidos en el continente, hasta que estas palabras no se vean respaldadas por acciones constructivas, solo podrán considerarse gestos vacíos y maniobras geopolíticas.

En la declaración final de la cumbre no hubo ni una sola palabra sobre el problema más acuciante para los gobiernos del continente: la prolongada crisis de la deuda. El Informe de 2022 de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo concluyó que «el 60% de los países menos desarrollados y otros países de renta baja corren un alto riesgo de sufrir o ya sufren problemas de endeudamiento», con dieciséis países africanos en situación de alto riesgo y otros siete países —Chad, República del Congo, Mozambique, Santo Tomé y Príncipe, Somalia, Sudán y Zimbabue— ya endeudados. Por si fuera poco, treinta y tres países africanos necesitan urgentemente ayuda exterior para alimentos, lo que agrava el riesgo ya existente de colapso social. La mayor parte de la Cumbre de Líderes África-Estados Unidos se dedicó a pontificar sobre la idea abstracta de democracia, con Biden apartando a jefes de Estado como el presidente Muhammadu Buhari (Nigeria) y el presidente Félix Tshisekedi (República Democrática del Congo) para sermonearles sobre la necesidad de elecciones “libres, justas y transparentes” en sus países, a la vez que se comprometía a aportar 165 millones de dólares para “apoyar las elecciones y la buena gobernanza” en África en 2023.

La mayor parte de la deuda de los Estados africanos se contrajo con los ricos tenedores de bonos de los Estados occidentales y fue negociada por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Estos acreedores privados —que son los titulares de la deuda de países como Ghana y Zambia— se han negado a proporcionar cualquier tipo de alivio de la deuda a los Estados africanos a pesar de la gran angustia que están experimentando. En las conversaciones sobre este tema suele omitirse el hecho de que el sufrimiento que viene asociado a la deuda a largo plazo ha sido causado en gran parte por el saqueo de la riqueza del continente.

Por otra parte, a diferencia de los ricos tenedores de bonos de Occidente, el mayor acreedor gubernamental de los Estados africanos, China, decidió en agosto de 2022 cancelar veintitrés préstamos sin intereses a diecisiete países y ofrecer 10.000 millones de dólares de sus reservas del FMI para que los utilizaran los Estados africanos. Un enfoque justo y racional de la crisis de la deuda en el continente africano sugeriría que se debería condonar una parte importante de la deuda contraída con los tenedores de bonos occidentales y que el FMI debería asignar Derechos Especiales de Giro para proporcionar liquidez a los países que sufren la crisis endémica de la deuda. Nada de esto figuraba en el orden del día de la Cumbre de Líderes África-Estados Unidos.

En su lugar, Washington combinó la bonhomía hacia los jefes de gobierno africanos con una actitud siniestra hacia China y Rusia. ¿Es esta amabilidad de EEUU una rama de olivo sincera o un caballo de Troya con el que pretende introducir de contrabando su agenda de la Nueva Guerra Fría en el continente? El informe más reciente del gobierno estadounidense sobre África, publicado en agosto de 2022, sugiere que se trata de lo segundo. El documento, supuestamente centrado en África, incluía diez menciones a China y Rusia (sumadas), pero ninguna al término “soberanía”. El texto señalaba:

En línea con la Estrategia de Defensa Nacional 2022, el Departamento de Defensa colaborará con socios africanos para exponer y destacar los riesgos de las actividades negativas de la RPC [República Popular China] y Rusia en África. Aprovecharemos las instituciones de defensa civil y ampliaremos la cooperación en materia de defensa con socios estratégicos que compartan nuestros valores y nuestra voluntad de fomentar la paz y la estabilidad mundiales.

El documento refleja el hecho de que EE. UU. ha admitido que no puede competir con lo que China ofrece como socio comercial y recurrirá al poder militar y a la presión diplomática para expulsar a China del continente. La masiva expansión de la presencia militar estadounidense en África desde la fundación en 2007 del Comando África de Estados Unidos —recientemente con una nueva base en Ghana y maniobras en Zambia— ilustra este planteamiento.

El Gobierno de Estados Unidos ha construido un discurso para empañar la relación de China con África, la que califica como un “nuevo colonialismo”, como dijo la ex secretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton en una entrevista en 2011. ¿Refleja esto la realidad? En 2017, la consultora corporativa mundial McKinsey & Company publicó un importante informe sobre el papel de China en África, en el que, tras una evaluación completa, señalaba: “En conjunto, creemos que la creciente participación de China es muy positiva para las economías, los gobiernos y los trabajadores de África”. Las pruebas que apoyan esta conclusión incluyen el hecho de que, desde 2010, “un tercio de la red eléctrica y de las infraestructuras de África han sido financiadas y construidas por empresas estatales chinas”. En estos proyectos gestionados por China, McKinsey descubrió que “el 89% de las personas empleadas eran africanas, lo que supone casi 300.000 puestos de trabajo para trabajadores africanos”.

Ciertamente, estas inversiones chinas están sometidas a muchas tensiones y presiones, incluidas pruebas de mala gestión y contratos mal diseñados, pero no son ni exclusivas de las empresas chinas ni propias de su enfoque. Las acusaciones de Estados Unidos de que China practica una “diplomacia de la trampa de la deuda” también han sido ampliamente desmentidas. La siguiente observación, realizada en un informe de 2007, sigue siendo esclarecedora: “China está haciendo más por promover el desarrollo africano que cualquier retórica de alto vuelo sobre la gobernanza”. Esta valoración es especialmente digna de mención dado que procede de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, con sede en París, un bloque intergubernamental dominado por los países del G7.

¿Cuál será el resultado de la reciente promesa de 55.000 millones de dólares hecha por Estados Unidos a los Estados africanos? ¿Los fondos, destinados en gran parte a empresas privadas, apoyarán el desarrollo africano o simplemente subvencionarán a las multinacionales estadounidenses que dominan los sistemas de producción y distribución de alimentos, así como los sistemas sanitarios en África?

A continuación, un ejemplo elocuente de la vacuidad y el absurdo de los intentos de Estados Unidos por reafirmar su influencia en el continente africano. En mayo de 2022, la República Democrática del Congo y Zambia firmaron un acuerdo para desarrollar de forma independiente baterías eléctricas. Juntos, los dos países albergan el 80% de los minerales y metales necesarios para la cadena de valor de las pilas. El proyecto fue respaldado por la Comisión Económica para África (CEPA) de la ONU, cuyo representante Jean Luc Mastaki declaró: “Añadir valor a los minerales de las baterías, mediante una industrialización integradora y sostenible, permitirá sin duda a los dos países allanar el camino hacia un modelo de crecimiento sólido, resistente e integrador que cree puestos de trabajo para millones de nuestros habitantes”. Con miras a aumentar la capacidad técnica y científica local, el acuerdo se habría basado en “una asociación entre escuelas de minas y politécnicas congoleñas y zambianas”.

¿Qué pasó después en la cumbre? El ministro de Asuntos Exteriores de la RDC, Christophe Lutundula, y el ministro de Asuntos Exteriores de Zambia, Stanley Kakubo, se unieron al secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, para firmar un memorando de entendimiento que supuestamente “apoyaría” a la RDC y Zambia en la creación de una cadena de valor de baterías eléctricas. Lutundula lo calificó como “un momento importante en la asociación entre Estados Unidos y África”.

El Partido Socialista de Zambia respondió con una contundente declaración: “Los gobiernos de Zambia y el Congo han entregado la cadena de suministro y producción de cobre y cobalto al control estadounidense. Con esta capitulación, se entierra para las generaciones venideras la esperanza de un proyecto de automóviles eléctricos de propiedad y control panafricanos”.

Es con trabajo infantil, curiosamente llamado “minería artesanal”, que las empresas multinacionales extraen materias primas para controlar la producción de baterías eléctricas, en lugar de permitir que estos países procesen sus propios recursos y fabriquen sus propias baterías. El congoleño José Tshisungu wa Tshisungu nos lleva al corazón de las penas de los niños de la RDC en su poema “Inaudible”:

Escucha el lamento del huérfano
Estampado con el sello de la sinceridad
Es un niño de aquí
La calle es su casa
El mercado su barrio
El monótono quejido de su voz
Va de un lado a otro
Inaudible.

Instituto Tricontinental de Investigación Social

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