Recordando a María Eugenia Horvitz

El día 19 de diciembre de 2024 se han cumplido ya seis años de su muerte, pero su memoria, ejemplo y legado, permanecen vivos y encendidos en la Universidad de Chile y entre los exalumnos que, como yo, la recordamos con cariño y saudade.

Por Jorge Morales

Entre los tesoros y talismanes que conservo, hay una fotografía de mi profesora María Eugenia Horvitz, la imprescindible “Kena” Horvitz, haciendo clases en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, allá por 1996. Viste un traje gris de dos piezas y, con un trozo de tiza en la mano y una vieja pizarra verde detrás, la capté en plena argumentación.

En la imagen se percibe aún el humo de los cigarros que impregnaba la sala, pues en esa época aún se podía fumar en los espacios cerrados. Estábamos todos muy concentrados comentando aquella conocida frase de Marx que dice: “Los hombres en sociedad hacen la Historia. Pero no saben la Historia que hacen, porque viven presos de sus circunstancias reales”. El debate, guiado por ella de manera magistral, estaba siendo muy fructífero.

Kena Horvitz era de esas profesoras que no solo te motivan a participar y a leer más, sino que también saben sacar lo mejor de cada alumno, orientando tus reflexiones, ayudándote a plantear las preguntas precisas y sacándote a flote cuando, lanzado más allá de tu comprensión, te ahogabas en tus propias palabras. Ella te inoculaba confianza en ti mismo, rescatando lo positivo o lo acertado de cada intervención, por muy desordenada e incompleta que brotara de tus labios. Sin duda, esta maravillosa facultad pedagógica revela el gran talento y el carisma que la caracterizaban, y que hacían de ella una docente singular y extraordinaria.

Volviendo al día de esa clase, recuerdo que durante un segundo, mientras se desarrollaba esa intensa sesión de la cátedra de Historia Universal Contemporánea, pude visualizar lo feliz que me sentía dentro de esa aula, participando de esa clase. Fue como si todo se detuviera, se congelara, solo para que yo pudiera apreciar mejor el valor real de ese presente dichoso. De súbito, fue como si un nubarrón cruzara por mi frente al pensar cómo extrañaría momentos como ese cuando saliera de la universidad y me incorporara al mundo laboral, para lo cual me faltaba poco, porque ya estaba acabando el cuarto año de carrera.

Me sentí atenazado por la urgencia del tiempo que se nos escurre como arena entre los dedos, como dice Nicanor Parra en su poema “Último brindis”: “Que el presente no existe / sino en la medida en que se hace pasado / y ya pasó… / como la juventud.” Entonces, para retener ese tiempo de vino y rosas y preservar esa memoria estimada, cogí la cámara que por feliz casualidad llevaba ese día en el morral y, sin titubear, le tomé la foto a la Kenita Horvitz, quien, después del click me dedicó una amable sonrisa y siguió adelante con su clase magistral. Al mirar esa foto encuentro la inspiración para escribir estas líneas.

Para varias generaciones de estudiantes de Historia de la Universidad de Chile, María Eugenia Horvitz fue mucho más que una profesora. Fue un referente y un modelo. Me consta que para varios compañeros y compañeras, fue también una confidente y una amiga. Mi generación solo conoció a una maestra más con quien se la pueda comparar, Myriam Zemelman Grunwald.

Hablo de docentes capaces de trascender su función académica para llegar a un nivel de cercanía y confianza fuera de lo común con sus alumnos, a través de una entrega y dedicación cotidianas, que solo podían sostenerse en un amor infinito a su profesión de educadoras, en un compromiso con la juventud de la patria y una honda y sincera preocupación por el destino humano.

Y es que la vida de María Eugenia Horvitz estuvo desde su juventud ligada a la Universidad de Chile y a la luchas políticas y sociales latinoamericanas. Nacida en 1940, ya en sus tiempos de estudiante de Historia, Kena destacó como ayudante del insigne historiador Hernán Ramírez Necochea, autor de una vasta bibliografía entre la que destacan, como mínimo, tres obras imprescindibles de la historiografía nacional, como son Balmaceda y la Contrarrevolución de 1891, los Antecedentes económicos de la Independencia de Chile y la voluminosa Historia del movimiento obrero en Chile.

A este importante trabajo académico, hay que añadir que Ramírez Necochea fue durante muchos años miembro del Comité Central del Partido Comunista de Chile y fue también asesor histórico del poeta Pablo Neruda durante el proceso de elaboración de una de las obras poéticas más vastas y trascendentes de todos los tiempos, el Canto General.

Me encanta imaginar a una joven Kena aprendiendo de estos grandes maestros, en esos años sesenta de florecimientos y esperanzas que ella vivió de manera tan intensa, no solo como historiadora y luego profesora en la misma casa de estudios, sino también como destacada dirigente estudiantil que contribuyó con su grano de arena a la victoria, en 1968, de la Reforma Universitaria que renovó y democratizó la educación superior chilena. En el caso de nuestra Facultad de Filosofía y Humanidades, por iniciativa de Hernán Ramírez, se estableció que las autoridades de la Facultad fueran elegidas por el voto triestamental de profesores, alumnos y funcionarios, resultando electo como decano el propio Ramírez Necochea.

Los numerosos testimonios que tenemos de la Kena Horvitz de esa época, nos revelan que, a su fina inteligencia y apabullante seguridad en sí misma, había que agregar una belleza física enlluernadoraravissant, que le valió entre sus compañeros el sobrenombre de Clío, en alusión a la diosa, la Musa inspiradora de la Historia en la mitología griega.

Las esperanzas y florecimientos de esa generación entrañable, fueron brutalmente pisoteadas por la irrupción del fascismo cívico-militar en 1973. Kena Horvitz, como tantos otros miles de compatriotas, tuvo que marchar al exilio, no sin antes pagar un precio demasiado alto. Su esposo, el médico psiquiatra Enrique París Roa, profesor de la Universidad de Chile, miembro del Consejo Superior de la misma universidad, dirigente del Partido Comunista y uno de los principales colaboradores de Salvador Allende, fue víctima de aquel régimen criminal. Aquella mañana del día martes 11 de septiembre de 1973, llamado por el deber, Enrique París acudió al Palacio de la Moneda, acompañó hasta el final al Presidente de la República, sobreviviendo al bombardeo y siendo detenido por los militares golpistas. Su rastro se perdió en los centros ilegales de detención y tortura creados por los sediciosos y su familia sufrió la agonía del periplo de su búsqueda en cárceles, hospitales, comisarías, recintos militares y morgues, infructuosamente. Así, el nombre del doctor Egidio Enrique París Roa engrosó la lista de personas detenidas y desaparecidas por la dictadura.

Madre de tres hijos, represaliada en su puesto de trabajo y golpeada por la incerteza de no saber a ciencia cierta si era viuda o si su compañero aún vivía y permanecía en manos de los golpistas, mi querida profesora María Eugenia Horvitz se marchó de Chile, sacó adelante a sus hijos y se abrió camino en Europa. Se doctoró en la Universidad de París, La Sorbona, en donde ejerció la docencia, compartiendo con los principales historiadores galos, como Jacques Le Goff, Fernand Braudel, Marc Ferró y Georges Duby, entre otros, especializándose en la Historia de las Mentalidades y en las relaciones del cine con la historiografía. En esta línea de trabajo, cabe destacar su colaboración como ayudante en el Seminario Internacional de La Sorbona sobre la Revolución Francesa, del destacado historiador Michel Vovelle, emblemático miembro de la Escuela de los Annales y autor de libros icónicos como La mentalidad revolucionaria o Ideología y mentalidades. Kena Horvitz compaginó esta intensa actividad académica con la participación activa en los movimientos de solidaridad con Chile y en la defensa y promoción de los derechos humanos.

Regresó a Chile con el advenimiento de la democracia, reincorporándose en 1992 en nuestra universidad. Como tantos otros exiliados, protagonizó un retorno no exento de polémicas, ya que la Universidad de Chile, jibarizada por la represión dictatorial y los recortes presupuestarios, no tenía programado reincorporar a los docentes exonerados, expulsados de sus puestos de trabajo por razones políticas. Fue así como la Kena Horvitz y varios otros maestros que regresaban del exilio, como Gabriel Salazar, Leonardo León y Andrés Orrego, comenzaron haciendo clases de manera gratuita, ad honorem, hasta que, por la presión de los estudiantes movilizados que, incluso, en 1994 se tomaron el Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Chile, lograron, paulatinamente, recuperar sus plazas universitarias.

Paralelamente, los estudiantes luchaban por la defensa de la educación pública, no ya para recuperar las condiciones anteriores al golpe de estado que incluía la gratuidad de los estudios universitarios, sino, por lo menos, para frenar el nada disimulado proceso de privatización de la educación pública. El costo de los estudios universitarios alcanzaba unos precios desorbitados tanto en las matrículas como en las mensualidades, viéndose obligado el alumnado de origen obrero a endeudarse firmando créditos con el estado para poder estudiar. La guinda del pastel fue el intento por parte del gobierno de Frei Ruiz-Tagle, en 1994, de traspasar la gestión de estos créditos a la banca privada, lo cual auguraba para los alumnos un negro futuro de endeudamiento agravado por el cobro de luctuosos intereses bancarios.

Fueron esos tiempos de lucha y movilización, en que también la exigencia de Verdad y Justicia por los crímenes cometidos por la dictadura, movilizaba a miles de personas en las calles, constituyéndose una parte numerosa de los estudiantes en una hermosa punta de lanza reivindicativa al lado de organizaciones populares, como la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, mineros del carbón, trabajadores sanitarios, algunos sindicatos y el Colegio de Profesores de Chile.

Fue en esos días donde yo tuve la suerte de conocerla y tenerla de maestra de Historia Universal Contemporánea. Y fue justamente en esos momentos, a mitad de curso, cuando las exhumaciones llevadas a cabo en el Patio 29 del Cementerio General permitieron encontrar e identificar los restos de varias personas detenidas y desaparecidas en los primeros días de la dictadura, entre ellos, los de Enrique París Roa. Los detalles revelados por los exámenes criminológicos fueron sobrecogedores, ya que evidenciaban vejámenes y torturas inhumanas. También fue sobrecogedor el silencio y la frialdad de los medios de comunicación y las autoridades de la época. No hubo ningún acto público de reparación y homenaje por parte del Ministerio de Educación o del rectorado de la Universidad.

Ante ese vacío ominoso fueron los propios estudiantes de Historia quienes organizaron un acto en el auditorio de la Facultad de Filosofía y Humanidades, al cual asistió la Kena Horvitz, que recibió un hermoso ramo de rosas rojas de parte de sus alumnos y de algunos profes que se hicieron presentes. La sala estaba llena. Recuerdo que Elisa Castillo Ávalos cantó con la guitarra una versión de Como la Cigarra, la popular canción con letra de María Elena Walsh, música de León Gieco e inmortalizada en la voz de Mercedes Sosa, la Negra. Compañeras como Vanessa Adasme, Leonora Reyes y María Stella Toro intervinieron explicando fragmentos de la biografía de Enrique París Roa, rescatando la valía y la vigencia de su pensamiento humanista.

El acto fue cerrado por la misma Leonora Reyes, quien, visiblemente emocionada, pidió disculpas, porque era consciente de que este acto “hecho a mano y sin permiso”, como diría Silvio Rodríguez, no estaba a la altura del homenaje que merecía alguien tan importante como Enrique París, pero que los estudiantes lo habían hecho con la mejor intención. A esas alturas del discurso, la emoción superó a la Leo, que no pudo continuar y bajó del escenario rápidamente, descargando su llanto emocionado en el abrazo de su compañero de aquella época, el también estudiante de Historia y ex-preso político, Marcelo Solari. Entonces, ese silencio compungido y expectante fue roto por otro estudiante de Historia, Arnaldo Pérez, quien gritó a viva voz: “¡Compañero, Enrique París!”, a lo cual el auditorio en pleno respondió: ¡Presente! La consigna se repitió varias veces, finalizando con la consabida declaración con que las izquierdas latinoamericanas homenajean a sus caídos: Gritó otra vez Arnaldo Pérez: “Honor y Gloria para los que lucharon hasta vencer”, y el público respondió a viva voz: “O morir”. Un aplauso generalizado puso fin al acto, mientras la Kena Horvitz, con sus rosas rojas, dispensó abrazos y besos a los organizadores del acto y a todos quienes nos acercamos para despedirnos.

En ese momento no podíamos ni imaginar que aún estábamos lejos de cerrar el círculo de la búsqueda, ya que, unos pocos años después, estallaría el escándalo: errores garrafales en el procedimiento de identificación de los restos que alargarían aún más el calvario de los familiares de víctimas de la dictadura.

Podría contar muchas más anécdotas, pero quisiera explicar una que me agrada personalmente. Sucedió años después de haber salido de la universidad, estando yo ya instalado en Cataluña. Visité Chile junto a mi compañera, Anna. Íbamos por la calle Irarrázabal un día caluroso de otoño y de repente sentí que a lo lejos alguien me llamaba por mi nombre. Era la Kenita Horvitz que me hacía señas y venía a mi encuentro. Me había visto como a una cuadra y se había esforzado en seguirnos solo para saludarnos e interesarse por nosotros. Nos dimos un abrazo bien entrañable. Me lo preguntó todo, que en qué estaba, cuáles eran mis planes, cómo los realizaría, que el proyecto editorial, que cómo iba mi escritura… ¡y ni yo lo sabía! Lo conversamos todo. Sobre la situación actual de Chile, de Europa, Cataluña, España, la educación, los desafíos de la izquierda, el cine, la poesía, Bolaño, el acto por los 30 años del golpe de estado, etcétera, etcétera. Se interesó también por conocer a mi compañera, su profesión, su familia, cómo nos conocimos. “En un recital de poesía que organizaba Jorge”, le contó Anna; “qué maravilloso”, respondió Kenita. Le preguntó a bocajarro cómo me habían recibido sus padres el primer día, sin disimular la suspicacia que le despertaba ver a una joven catalana tan blanca, fina y sonrosada, con un chileno tan negrito como yo, lo cual nos hizo reír con ganas. Al momento de despedirnos de tan fecundo encuentro callejero y fortuito, la Kena le soltó sin preámbulos a mi compañera: “Anna, ya que los catalanes se han llevado a Jorge, que sepan que es uno de los jóvenes más brillantes y capacitados de su generación, así que espero que lo cuiden y lo aprovechen.” Y nos despedimos con un fuerte abrazo, no sin antes recordarme que me esperaba por la Facultad, en donde, un par de semanas después, hice un recital poético invitado por el centro de alumnos, al cual ella asistió en primera fila. Ahora que lo pienso, seguro que fue ella misma quien movió los hilos para que me invitaran.

La Anna quedó vivamente impresionada por la Kena Horvitz, por su carisma y la preocupación tan genuina que manifestó por quien solo había sido un ex-alumno, uno entre cientos, pero a quien, años después, lejos de olvidar, ella llamaba por su nombre y apellido y lo seguía por la calle para poder saludarlo.

El día 19 de diciembre de 2024 se han cumplido ya seis años de su muerte, pero su memoria, ejemplo y legado, permanecen vivos y encendidos en la Universidad de Chile y entre los exalumnos que, como yo, la recordamos con cariño y saudade.

Un abrazo para ti, Kenita Horvitz. Qué lindo sería volver a encontrarse contigo.

Fuente: https://maremotom.com/recordando-a-maria-eugenia-horvitz/

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