Sobre el documento «National Security Strategy of the United States of America» (Primera parte)

por Grínor Rojo

Pienso que el documento National Security Strategy of the United States of America, de diciembre de 2025, podría ser el más importante de los que se han dado a conocer en los últimos tiempos acerca de la geopolítica y la geoeconomía mundial. Me propongo leerlo en este artículo prestando atención a: 1) lo que dice explícitamente; 2) lo que no dice, pero que sin embargo está en él, sugerido de manera connotativa; y 3) lo que no dice ni sugiere, porque no lo ve, porque su ceguera ideológica no lo permite.

El texto comienza aclarándole al lector que, con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, la política exterior de Estados Unidos consistió en la afirmación de un “dominio permanente sobre el mundo entero”  (p.1), lo que fue un error. Con ello se habría abierto una caja de Pandora de la que se escaparon todos los males que aquejaban y aquejan al país hasta hoy, causantes del desmejoramiento de su economía y consecuentemente de las condiciones de vida de sus habitantes. Ergo: ese error tiene que ser corregido, y el gobierno del presidente Donald Trump lo está haciendo al poner a “América primero”. Esta es la premisa básica de la estrategia propuesta. No significa ello que Estados Unidos dejará de intervenir más allá de sus fronteras, sin embargo, significa que desde ahora en adelante Estados Unidos habrá optado por hacer tales intervenciones discrecionalmente, con la ayuda de un grupo de aliados fervientes y solo en aquellas oportunidades en que sus intereses se encuentren comprometidos.

El texto tiene dos grandes focos: el primero está puesto sobre Estados Unidos y sobre lo que Estados Unidos espera de sus aliados, y el segundo sobre las principales regiones del mundo: “Hemisferio Occidental”, “Asia”, “Europa”, “Medio Oriente” y “África”. Es evidente que, para los estrategas que lo confeccionaron (y para Trump, que es quien lo firma), el espacio geopolítico y geoeconómico mundial se subdivide en la actualidad en dos grandes esferas, cada una con su centro respectivo, y unas pocas regiones secundarias y terciarias, independientes algunas y otras más o menos dependientes respecto de las dos principales. Estas son, por supuesto, Asia, cuyo centro es China, y las Américas, cuyo centro es Estados Unidos. Detrás de Estados Unidos y su esfera de influencia, marchan Europa, India, Japón, Australia, Corea del Sur y las naciones del Oriente Medio, entre otras.

Dado este cuadro, el lector debiera percatarse de que Estados Unidos ya no se encuentra, en este año, el 2025 de la era cristiana, en condiciones de continuar desempeñando el papel de guardián del planeta, pero (y esto es lo primero que el texto dice pero sin decirlo expresamente) no lo está no porque no quiera sino porque no puede. Carece hoy Estados Unidos del poder omnímodo que poseyó después de la Segunda Guerra Mundial, cuando, con Europa, Rusia y Japón en el suelo, se autoasignó su papel de mayordomo universal. Ha perdido a estas alturas dos guerras mayores (Vietnam y Afganistán, sin contar con otros desatinos, como son los de Irak, Libia y Siria y el reciente bombardeo, criminal, pero también inútil, de Irán) y está por todo ello obligado a ser selectivo. No obstante, sus fanfarronadas, esta National Security Strategy nos permite entrever la imagen de una potencia que se repliega, que retrocede y se atrinchera defensivamente. 

Respecto al estado de cosas en Estados Unidos, el documento incluye una larga y previsible lista de buenos deseos: un gobierno que se preocupe de los derechos naturales y el bienestar de los ciudadanos, que los proteja de amenazas internas y externas, que controle las fronteras del país, que construya una infraestructura resistente a los desastres naturales y posea una dotación militar tanto defensiva (el gran “domo dorado”, que debiera cubrirle sus cabezas a los estadounidenses en la eventualidad de una guerra atómica) como ofensiva (la nuclear de misiles). A eso se suman condiciones óptimas para el desempeño de la economía de mercado, incentivos a las nuevas tecnologías, reindustrialización, promoción del poder cultural “soft” y más todavía del otro, el que tiene que ver con “la salud espiritual y cultural de los estadounidenses” (p. 4). Además, una segunda lista da cuenta de los buenos deseos de Estados Unidos para el mundo y del mundo para con Estados Unidos. Desde este costado, se esperan gobiernos cooperativos, en especial en la región indopacífica, en Europa y en el Oriente Medio. 

A continuación se deja constancia de los diez “principios” que orientan esta estrategia, entre los que yo quiero destacar solamente dos: la obtención de la “paz a través de la fuerza” (p. 8), esto es, olvidándose de los diálogos diplomáticos y/o de la legislación internacional, y el ataque a los organismos supranacionales, este en nombre de la autonomía y soberanía de las naciones: “La unidad política fundamental del mundo es y seguirá siendo la nación-Estado” (p. 9). 

El esquema metodológico es de la correlación de los “fines” con los “medios”, ello de acuerdo con los “principios” que ya señalé y teniendo a la vista ciertas “prioridades”. Los fines son los intereses que se presume que son los de los estadounidenses (en realidad no son los de los estadounidenses, sino los de quienes hoy los gobiernan, pero la retórica tuerce el sentido de las palabras); los medios, cualquiera que parezca útil para lograr tales fines; los principios, las convicciones ideológicas “tradicionalistas”; y las prioridades, las principales medidas que se están tomando ya o que se tomarán en el futuro para que la estrategia sea exitosa.

¿Cuáles son las prioridades?

Internamente, cuatro básicas: 1) un reencauzamiento de la política doméstica. En otras palabras, una gestión interna de mano dura, que se desentiende de las blandenguerías del liberalismo ingenuo, y que no trepida en combatir incluso al enemigo interno, como se ha podido ver recientemente con el despliegue de tropas en varias ciudades importantes en las que la votación favorece a los rivales demócratas de Trump; 2) la reactivación del sistema económico, tanto en el área productiva, promoviendo la reindustrialización del país (hay un llamado a las transnacionales a que vuelvan a sus orígenes estadounidenses, para lo que se les aseguran rebajas de impuestos, desregulación ambiental y desconocimiento de los reclamos climáticos, mientras que en el área financiera se anticipa un mejor funcionamiento del mercado de capitales y el fortalecimiento del dólar como la moneda de cambio preferida en el mundo; 3) fuertes inversiones en el área tecnológica, en materia de inteligencia artificial, biotecnología y computación cuántica y, en particular, mediante un reforzamiento de las tecnologías que incrementan la capacidad militar; y iv) una reimposición en el país de los valores conservadores, religiosos, éticos e incluso estéticos. Serían estos los valores de la “civilización occidental”, que, aunque sea verdad que se trajeron a Estados Unidos desde Europa, hoy en Europa están de capa caída o habrían sido abandonados tout court, y Estados Unidos es el responsable de hacer suya esa bandera. Por cierto, no son los valores de la cultura europea en su integridad, sino un ramillete específico, en el que se incluye la religión cristiana, el matrimonio solo entre un hombre y una mujer, la familia, la identidad de género referida exclusivamente a la identidad biológica original, el patriotismo y algunos otros ítems por el estilo. De especial importancia se considera la restauración de la cultura de la “competencia”, estimulando el “mérito” personal y acabando con las campañas que hasta ahora apoyaban a los más vulnerables, las campañas DEI (de diversidad, equidad e inclusión).

Externamente, el documento anuncia un cierre de las fronteras en Estados Unidos, y recomienda que esta misma política la adopten los demás países del “hemisferio” o, mejor aún, que la adopten todos aquellos países del mundo que exportan migrantes hacia Estados Unidos. Hemos llegado, se anuncia desafiantemente, al “fin de la era de las migraciones masivas”, las que “presionan los recursos domésticos, aumentan la violencia y la criminalidad, debilitan la cohesión social, distorsionan el funcionamiento de los mercados y socavan la seguridad nacional” (p. 11)

En cuanto al segundo foco de la estrategia, su luz cae sobre todo sobre China, Europa, Oriente Medio, África y, por supuesto, América Latina. 

En lo que respecta a China, sorprende desde la partida la ausencia de las críticas que desbordaban los documentos anteriores de este mismo tipo. El que esas críticas ya no estén, críticas al autoritarismo del régimen comunista chino, a su control de los medios de comunicación, a las violaciones de los derechos humanos, etc., es, de nuevo, un indicador connotativo. Más interesante todavía es que el documento no hable de China de una manera directa y de la competencia hegemónica que a nivel global ese país mantiene con Estados Unidos, sino de los aliados con que Estados Unidos cuenta en esa parte del mundo y de la importancia geopolítica, económica y militar de esas alianzas para su política exterior. Se insiste así en el llamado quad, “cuadrilátero”, que se formó en la región indopacífica en 2007, por iniciativa del primer ministro japonés Shinzo Abe, y en el que se asocian Estados Unidos, Japón, India (India sin muchas ganas, debido a su política de equidistancia respecto de los reventones interimperialistas) y Australia, tanto como en la llamada Primera Cadena de Islas, la línea que une al grupo de territorios más cercanos a la costa oriente de China. De especial interés, en esta Cadena, por su importancia política y estratégica, es Taiwan. 

Pero en ambos casos, se trata por supuesto de barreras que se les están poniendo al crecimiento y la expansión de los chinos, barreras geopolíticas (la proximidad de la costa suroriental china), económicas (se le recuerda al lector que el GDP, el PIB, producto interno bruto, de los países del quad, equivale casi al de la mitad del mundo) y militares (abundan las fanfarronadas acerca de la musculatura militar de los miembros del quad y, en particular, la de Estados Unidos), pero sin que en ningún momento se hable específicamente del poderío del adversario. Se está admitiendo con esto, y una vez más sin decirlo, que China es una nación a la que ya no es posible maltratar impunemente, sin exponerse a consecuencias indeseadas. Estados Unidos no puede ya darse ese lujo y por eso el documento prefiere pasar por el lado. 

En cuanto a Europa, habiendo dejado constancia de su decadencia económica y militar, el documento denuncia la deriva europea hacia lo que denomina una “civilizational erasure”, borradura civilizatoria, cuyas causas serían la declinación en los europeos del sentimiento de “soberanía nacional” (un ataque a la Unión Europea obviamente), la política migratoria, la censura de la libertad de expresión (que es el argumento espurio de las Big Tech de las comunicaciones, que aspiran a hacer de las suyas sin que nadie las regule, y que es una pretensión a la que los europeos han tenido la osadía de oponerse), la caída de la natalidad y el declive de las identidades nacionales y de la autoconfianza. Dos asuntos principales, interrelacionados y de máxima preocupación para el trumpismo, son la caída de la natalidad entre los europeos “verdaderos” y la inmigración, con el cambio consecuente en el color de la piel de la población de el continente. Es un racismo que no se muestra como tal, pero que connotativamente se transparenta en frases como estas: “Si las actuales tendencias se mantienen, Europa será irreconocible en veinte años o menos […] Queremos que Europa siga siendo europea” (p. 25).

Por otra parte, rescata este documento la actitud mediadora de Estados Unidos en la guerra de Ucrania, sugiriendo que, como los ucranios, los europeos deben avenirse a una política “estabilizadora” en sus relaciones con Rusia. Es decir que Estados Unidos debe hacerse cargo de este asunto, como un mediador necesario, que sabe cómo enfrentar los desafíos, pero sin cargar con todo el peso del bulto. Para que le ayuden en su manejo, debe contar con aliados, pero con unos aliados que sea dóciles y estén dispuestos a hacer concesiones. Desconfiando de los políticos liberales, los aliados que el documento considera deseables son los partidos de la ultraderecha neofascista europea. Textualmente: “Estados Unidos insta a sus aliados políticos en Europa a promover el renacimiento del espíritu, para lo que la influencia creciente de los partidos patrióticos europeos es motivo de un gran optimismo” (26).

En resumen: el ideologismo fascistoide de la administración Trump respecto de Europa resulta ostensible en cuatro aspectos esenciales: su repudio al bloque supranacional, su repudio al Estado protector de los ciudadanos (el que contiene el asedio de las transnacionales, sobre todo las de la tecnología comunicacional), su repudio al liberalismo cultural (Europa sería el nido de una cultura que, con su pluralismo y con su humanitarismo ingenuos, la está destruyendo) y, más que a cualquiera de los anteriores, su repudio a la manga ancha que los políticos liberales europeos han tenido para con los migrantes. Ello sienta un mal precedente, redobla el miedo trumpista de que el viejo y noble continente se llene a corto plazo de negros, marrones y amarillos.

(Continuará.)

Lom Ediciones

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