Por Lautaro Rivara
Por estas horas todo análisis es forzosamente falible y provisorio, pero podemos comenzar ya a organizar los hechos incontrovertibles, elaborar las hipótesis razonables, así como esbozar algunas conclusiones generales de un día fatídico.
Los hechos

Más allá de todo lo dicho, insinuado y ocultado por Donald Trump en la extensa conferencia de prensa del día sábado, los hechos indican que pese al éxito militar de la “operación cinética” para “extraer” a Nicolás Maduro Moros (como reza la eufemística jerga militar-imperial), ni los Estados Unidos ni mucho menos sus actores vasallos locales ostentan el control político, económico o militar de Venezuela. Las instituciones gubernamentales, los activos y recursos estratégicos y los territorios del país, resentidos o no por el impacto, permanecen en manos del oficialismo y bajo absoluto control del Estado.
Impresionante y vertiginosa como fue, la agresión militar directa, la primera de su tipo en tres décadas y media de historia continental, se volcó sobre objetivos específicos –sobre todo bases e instalaciones antiaéreas– e hizo las veces de fuego de cobertura al secuestro del presidente venezolano, fin último del ataque, herramienta de presión en lo sucesivo, y eventual moneda de cambio de la estrategia declarada de “cambio de régimen”. Trump, algo deslenguado, no se privó de contar algunos de los detalles del detrás de escena de la operación, como la supuesta infiltración en agosto de agentes de la CIA en el entorno presidencial.
Pero no se buscó ni se ejecutó nada parecido a una invasión total como las de República Dominicana, Granada o Panamá, las últimas intervenciones pentagonistas del siglo XX. Ni siquiera la totalidad de los activos militares desplegados en los últimos meses en el Gran Caribe son suficientes para tomar el control, ya ni hablemos de la compleja y extensa geografía venezolana –repleta de accidentadas selvas y montañas–, sino tan siquiera de la capital Caracas y sus inmensas barriadas populares, bastiones históricos de organización popular en donde todavía se encuentran capilarizados los más irreductibles núcleos chavistas. Para tener en cuenta la escala de la que hablamos, la invasión del pequeño territorio ístmico de Panamá demandó en diciembre de 1989 la movilización de poco menos de 30 mil efectivos estadounidenses; cientos de miles serían necesarios hoy para tomar control de los 916 mil kilómetros cuadrados de territorio venezolano en una guerra más o menos convencional. Lo que sucedió no es por eso menos grave; sólo es distinto.
Todo esto explica una verdad paradojal pero incontrovertible. En este extraño ajedrez geopolítico Estados Unidos hizo jaque mate al rey (capturó a Maduro), pero no por eso ganó la partida. De momento (todo puede cambiar desde ya) el control de Caracas y el país por las fuerzas leales al Estado es total, o al menos es lo que se puede concluir después de hablar con varias decenas de venezolanos y venezolanas, de diferente extracción ideológica, ubicados en diferentes puntos de la capital y el país, ejerciendo diferentes roles políticos y sociales.
No hay por estas horas combates entre facciones militares, conatos de rebelión ni «guarimbas» de ningún tipo (2026 no es 2014 ni 2017). Las únicas concentraciones y movilizaciones, de a pie o con motorizados, se están produciendo en el campo del chavismo, aunque por supuesto tampoco estamos en 2002, cuando el golpe y restitución de Chávez entre el 11 y el 13 de abril. Considerando la gravedad de las circunstancias reina una relativa calma, con la salvedad de las obvias colas de las familias para abastecerse de víveres ante un escenario de incertidumbre generalizada.
Las hipótesis
Definidos los hechos desnudos, podemos sopesar más responsablemente las hipótesis. El objetivo nunca fue –aunque no se pueda descartar a futuro– tomar el país por asalto, sino descabezar a la conducción política del proceso. Y sobre todo inducir la fractura de la cadena de mando de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, así como la unión cívico-militar-policial, auténtica médula espinal del chavismo a lo largo de las últimas décadas, y eterno desiderátum de la oposición local y la política exterior imperial.
El talón de Aquiles de la agresión imperial contra Venezuela es –y lo ha sido al menos desde el último ciclo de grandes “guarimbas” en 2017– la ausencia de una fuerza vasalla endógena, con poder de fuego y capacidad de movilización de masas, que pueda proclamar algo parecido a una rebelión nacional «legítima» contra la «tiranía usurpadora”, dando una coartada seudo democrática a la intervención neocolonial. Venezuela, a veces comparada con Siria, Libia u otros países, dista de estos escenarios en muchos sentidos, pero sobre todo por su mayor homogeneidad política, étnica, cultural y territorial. E incluso si comparamos las regiones como un todo (Asia Occidental y América Latina), la específica historia colonial y la temprana historia poscolonial latinoamericana y caribeña dotaron a nuestra región de una estatalidad algo más robusta que en otras periferias globales.
Volviendo a los verdaderos y específicos objetivos de la intervención, que no fue un fin en sí mismo, sino el buscado catalizador de procesos de rebelión, fractura y defección internas, podemos entender así que Trump haya amenazado con otra ronda de ataques, algo que de ninguna manera podemos descartar, sobre todo si la “comunidad internacional” –y en particular las grandes potencias emergentes del orden multipolar– no logran o no quieren ejercer una acción disuasoria eficaz, en el campo diplomático, o en cualquier otro. Como guía de trabajo, nuestra región haría bien en considerarse abandonada a su suerte, obligada a valerse por sí misma, sin esperar la intervención salvadora de ningún deus ex machina. Mientras tanto, el Consejo de Seguridad convocado para el día lunes será un buen termómetro de los humores en torno a un país que hasta hoy (¿o hasta ayer?) era considerado todavía un estrecho aliado del orden internacional emergente.
La siguiente hipótesis es que como la acción de la madrugada del sábado buscó y no consiguió de momento inducir un hecho ante todo político, el apalancamiento cívico-militar capaz de propiciar un cambio de régimen, o bien la capitulación más o menos incondicional de la dirección política del chavismo ante el ejercicio ahora sí de la “máxima presión” concebible (bloqueo petrolero naval, secuestro presidencial y bombardeos), es de esperar que la presión armada, o una nueva agresión directa busque compensar por vía militar lo que no se está consiguiendo en el ámbito político. Ignoramos lo que se cuece a lo interno de los despachos gubernamentales, y sobre todo al interior de los cuarteles, pero es un hecho de que pasadas muchas horas horas del ataque, la procesión del chavismo sigue yendo por dentro y que si hay fracturas significativas éstas no se han manifestado todavía.
Incluso la conferencia de prensa de Delcy Rodríguez le bajó mucho el tono a las especulaciones sobre traiciones y divisiones intestinas, hábilmente alimentadas por Trump y Marco Rubio, cuando todos querían colocarle a la ex vicepresidenta el sambenito de la herejía. Creemos razonable, y esa es otra hipótesis –aunque no demasiado audaz– de que capturado Maduro, el líder y arbitro del proceso, es obvio que los Estados Unidos intentarán meter la cuña entre los principales cuadros, ante todo entre el capitán Diosdado Cabello, el todopoderoso Ministro del Interior (con un gran ascendiente sobre el movimiento social y la corporación militar) y los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez (presidente, este último, de la Asamblea Nacional). La alocución de Delcy llevó así algo de sosiego con un mensaje lo suficientemente claro: «el único presidente de Venezuela es Nicolás Maduro». Ahora, su nombramiento como presidenta encargada por el Tribunal Supremo de Justicia considera “temporal” la ausencia de Maduro, lo que le permite a Rodríguez asumir funciones presidenciales por 90 días prorrogables.
Prueba de las debilidades internas que mencionamos antes, es que en vez de reconocer o imponer a un «mandatario legítimo», Trump se encargó otra vez de ningunear a María Corina Machado, principal lideresa opositora, a quien consideró básicamente incompetente para tomar las riendas del país. Por eso el líder republicano anunció, para sorpresa del mundo, que los Estados Unidos se harían cargo de momento de la «transición», transición que –insistimos– es aún una entelequia.
Sin embargo, no podemos descartar a futuro que si las negociaciones resultantes no complacen a Trump y sus halcones, la fuerza agresora pueda intentar tomar el control de pozos e infraestructuras petroleras, e incluso de otras infraestructuras críticas, para inviabilizar la resistencia y financiar así la onerosa operación militar (al menos si tomamos en cuenta el proceso de militarización grancaribeña comenzado en agosto). E incluso que se decidiera empezar lo que podría ser una larga e imprevisible estrategia de balcanización territorial como se ha hecho con frecuencia en otros teatros de operaciones (aunque, de nuevo, América Latina no es Asia Occidental).
Recordemos que según el «corolario Trump» a la Doctrina Monroe, los recursos estratégicos de Venezuela habrían sido “robados” a los Estados Unidos, quizás en virtud de las nacionalizaciones pactadas y pagadas a partir de la década del 70, o de la “renacionalización” de Chávez a comienzos de este siglo, pese a que para la Constitución venezolana –y para todas sus antecesoras desde los tiempos de Bolívar– los recursos del suelo y del subsuelo resultan completamente inalienables.
Otro de los asuntos que más interés –y hasta morbo– generó fueron las suspicacias en torno a la aparente “facilidad” con la que Maduro habría sido secuestrado. Sin embargo fue el propio Trump el que dio detalles de una operación nada pacífica, en la que mediaron combates, bombardeos y se estima por estas horas que al menos unos 40 muertos. Más allá de la lógica especulación, lo que no se debe perder de vista es la abrumadora superioridad militar convencional que separa a la principal potencia armamentística del planeta de Venezuela o de cualquiera de nuestras repúblicas periféricas. Grupos de élite como la Delta Force están altamente especializados en estas operaciones de “extracción”, como se vio en la captura de Manuel Noriega en Panamá, por mencionar un caso emblemático en la región. Además, debemos recordar que la capacidad militar defensiva venezolana fue rápidamente desactivada por los ataques de drones.
Las conclusiones
Una de las primeras conclusiones es que Estados Unidos está lejos de ser un país democrático en donde rige en plenitud el estado de derecho. Desde el asesinato extrajudicial aplicado contra presuntos narcotraficantes, y a veces contra simples pescadores caribeños (cuando la ley estadounidense no castiga con la muerte el tráfico de drogas) hasta el inconsulto acto de guerra contra Venezuela, no aprobado por el Congreso como lo manda la constitución, es obvio que no es la superestructura política la que toma allí las grandes definiciones, sino los poderes más concentrados. Quizás los dos más importantes de analizar en relación al affaire Venezuela sean el viejo complejo militar-industrial, que debe hacer de la guerra un estado crónico para garantizar su reproducción ampliada, así como las grandes compañías petroleras con multimillonarios intereses en los campos de Venezuela.
Otra conclusión es que puede parecer inoportuno, pero no podemos dejar de mencionar que esta agresión fue preparada y anunciada durante meses a ojos vistas de todo el mundo, desde las declaraciones de la ex jefa del Comando Sur Laura Richardson en el Atlantic Council hasta la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, desde la concentración de activos militares en la región hasta la primera formulación del “corolario Trump” en la red Truth Social, desde las más de 100 ejecuciones extrajudiciales en el Caribe y el Pacífico hasta el anuncio de la Operación Lanza del Sur.
Así y todo, Trump fue pelando y descartando cada una de las capas de la cebolla del “orden basado en reglas” para escándalo de nadie o casi nadie. La mayoría de los actores de cierta gravitación internacional (gubernamentales, multilaterales, empresariales, comunicacionales), decidieron hacer oídos sordos a los tambores de guerra que sonaban en el Mar Caribe; o peor aún, eligieron ensañarse con el mensajero, acusando de fabuladores, conspiranoicos o trasnochados antiimperialistas a quienes analizaban y anunciaban la posibilidad –e incluso la inminencia– de una agresión militar como la que finalmente sucedió.
Aún es tiempo de enmendar los errores y corregir las malas lecturas, pero eso exigirá actuar de forma contundente y decidida en todos los planos, en particular de parte de los otros países puestos en la picota imperial, en particular México, Colombia, Brasil, Cuba y Nicaragua, hoy públicamente amenazados por Trump y ya sobre aviso. Ríos de tinta corrieron en estos años y en estas últimas semanas con la peregrina idea de que la obsesión norteamericana con Venezuela se basaba en las veleidades de la democracia liberal, el respeto a los derechos humanos, o la persecución de las economías ilícitas, los cárteles de la droga o las organizaciones terroristas trasnacionales.
Pero no fueron los neoliberales a ultranza ni los halcones del Pentágono los únicos “cagatintas” de estas narrativas: no faltaron tampoco quienes las hicieron propias desde el centro político o el liberal-progresismo. Hoy, con una claridad cegadora, quedó de manifiesto que esto siempre se trató del relanzamiento de la geopolítica imperial más descarnada y belicosa en un mundo que cada vez se parece más al de la “Historia de la Guerra del Peloponeso” del clásico historiador Tucídides (sí, el famoso inventor de la “trampa” geopolítica que lleva su nombre, y que titula un interesantísimo libro del jefe de las FANB, Vladimir Padrino López): “los fuertes hacen lo que quieren y los débiles sufren lo que deben”. En las batallas entre Atenas y Esparta, como ahora, lo neutrales fueron sometidos.
Pero si, según cada caso, la debilidad de nuestros países es un hecho histórico y objetivo derivado de la herencia colonial, la dependencia económica, el rezago tecnológico, la impotencia militar, la estrechez territorial, la escasez de recursos o una limitada demografía, la estupidez no se hereda, pero se cultiva. Los débiles pueden haber nacido débiles, pero también pueden aspirar a unirse y ser más fuertes, pero lo que nunca se pueden permitir es ser tontos o ingenuos. Una América Latina y el Caribe desunida será presa fácil de la angurria imperial en una transición hegemónica que todo parece indicar que comienza a cerrarse sin nosotros.
Por otro lado, a quienes desde el centro, el progresismo o la izquierda crean que una intervención “quirúrgica” en Venezuela solucionará el impasse político de forma mágica, o mejorará la democracia liberal y las instituciones del país, deben saber que su teoría es de una negligencia criminal. En primer lugar porque tales operaciones no existen; una de las últimas, la de Irak, tuvo un costo de un millón de víctimas fatales y más de 4 millones de desplazados. Las naciones o “Estados fallidos” de los que habló Trump son profecías autocumplidas: el imperialismo define a tal o cual país adversario como tal y después hace todo lo posible por inviabilizar su conformación estatal normal y la vida de sus poblaciones. Haríamos bien en preguntar a los habitantes de Irak, Libia o Haití sobre su experiencia al respecto.









