
por Valerio Arcary
A partir del 3 de enero de 2026 habrá un antes y un después. Se ha producido un giro definitorio en la situación internacional. Trump ni siquiera solicitó al Congreso estadounidense autorización para intervenir militarmente en Venezuela. Los bombardeos y el secuestro del Presidente Maduro y de la primera dama y diputada Cilia Flores son, estrictamente hablando, un ilícito acto de agresión: para calificarlo de tal bastaría con remitirse a la Constitución de Estados Unidos. Se trata de una agresión unilateral y no provocada, escudada en pretextos insostenibles —como la alegación de la existencia de un presunto Cartel de los Soles—, dirigidos a justificar la perpetración de un acto de terrorismo de Estado por parte de la mayor potencia del mundo.
El secuestro de Maduro bajo la acusación de tráfico de drogas es una infame maniobra que tiene como objetivo enmascarar una guerra que se inició con un cerco militar en las aguas territoriales de Venezuela, el hundimiento de decenas de embarcaciones con un saldo de más de cien muertos y la captura de tres petroleros y que culminó con la operación de comandos que cristalizó en el secuestro de Maduro durante el bombardeo de Caracas, sin que ello hubiese estado antecedido por una declaración formal de guerra, lo cual constituye a su vez un acto de una hipocresía atroz. Sin embargo, ya se ha admitido públicamente el plan al que respondía la agresión, por lo que a todas luces se trata de una guerra y no de una simple «operación».
El objetivo declarado de la ofensiva es reducir a Venezuela a la condición de protectorado. Estados Unidos no reconoce la soberanía del país y quiere usar su poder para decidir quién debe gobernarlo. Ha sido esta una acción imperialista sin precedentes en América Latina desde 1989, cuando se invadió Panamá y se arrestó a Noriega durante la presidencia de Bush.
La «extracción» militar de Maduro, eufemismo para referirse al secuestro del Presidente de un país soberano, fue solo el primer ataque. El peligro de nuevas intervenciones es real e inminente. La estrategia de Estados Unidos prevé nuevos bombardeos para forzar el derrocamiento por la fuerza del actual gobierno de Venezuela, si Delcy Rodríguez no se somete a los dictados de Washington. Trump ya ha declarado su disposición incluso a una posible ocupación del país y a la imposición de un gobierno títere, a tono con su agenda de recolonización mediante la apropiación de las reservas de petróleo por parte de empresas estadounidenses; entre otras razones, para prevenir el acceso de China al petróleo venezolano.
La confirmación en Caracas de la superioridad militar de Washington fue una brutal demostración de fuerza ante Moscú y, sobre todo, ante Beijing: desde los bombardeos en Irán, pasando por la entrega de armas a Zelensky en Ucrania, hasta el respaldo absoluto e incondicional al Israel de Netanyahu, el imperialismo yanqui se ha propuesto demostrar que es la única potencia con capacidad para ejercer su poderío a escala mundial.
Venezuela ha sido el primer país atacado por tres razones igualmente graves: a) porque posee inmensas riquezas naturales de importancia estratégica crucial, entre las que destaca el petróleo, en mayor demanda ahora ante las inmensas necesidades que generan las nuevas infraestructuras de inteligencia artificial; b) porque desde la Revolución cubana ha sido el país de América del Sur que más lejos ha llegado en su autoafirmación como Estado independiente en una posición geopolítica delicada; c) porque es el eslabón más débil de América Latina, debido a la fractura social y política interna y al aislamiento internacional, dependiente de las relaciones con China, Rusia e Irán.
La manera en que Washington presenta las cosas es absurda. No es cierto que Venezuela sea un narcoestado. Las rutas de abastecimiento del mercado de consumo de drogas en Estados Unidos no parten de Venezuela, sino que atraviesan el océano Pacífico. No es cierto que se trate de una invasión en defensa de la democracia. Trump mantiene estrechas relaciones con monstruosas tiranías como la de Arabia Saudita. ¿Quién podría siquiera considerar que un gobierno títere impuesto por Trump en Venezuela sería más legítimo que el actual? Todos los pretextos esgrimidos por Estados Unidos para agredir a Venezuela son descabellados, deshonestos, falsos y fraudulentos.
La agresión contra Venezuela no es solo un incalificable crimen político, sino que constituye además la confirmación de que Washington ha decidido dejar clara su decisión de usar la fuerza cuando lo considere apropiado —como cuando amenaza hoy a Colombia y a Cuba, si bien el peligro de una agresión de una escala similar a lo ocurrido en Caracas contra esos dos países no sea inmediato— y que el asalto contra Venezuela no es sino el inicio de una ofensiva de larga duración en todo el ámbito continental. Sería imperdonable no concluir que cualquier gobierno de América Latina que llegue a contrariar los intereses de Estados Unidos ha de verse amenazado por la disposición a ejercer lo que Washington considera su derecho de dominación en el hemisferio occidental, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego en la Patagonia, pasando por Groenlandia.
La nueva doctrina de seguridad nacional de Estados Unidos, o la «Donroe» (Monroe+Donald), es ilustrativa de ese nuevo enfoque. El reposicionamiento de Washington responde a la necesidad de recuperar su dominio económico y político ante la creciente pujanza económica de China. A la luz de esa reorientación de la política exterior estadounidense, Brasil ocupa un lugar decisivo.
La supremacía estadounidense ya no es la misma que hace treinta años, luego del ascenso de China a la condición de potencia mundial. Sin embargo, es necesario calibrar el análisis de la actual coyuntura con riguroso realismo. Toda subestimación del poder de Estados Unidos tendrá consecuencias devastadoras, si no irreversibles, por un largo período. El resultado de la lucha antimperialista en solidaridad con Venezuela dependerá, en primer lugar, de la capacidad de lucha del pueblo venezolano, pero también de que la solidaridad internacional desempeñe un papel clave, empezando por el insustituible de la resistencia dentro de los propios Estados Unidos.
El neofascismo latinoamericano se alineará con Trump. El terrorismo de Estado es un arma de intimidación muy poderosa. El miedo es un sentimiento muy poderoso. Quienes no hayan encendido la luz amarilla tras la interferencia en las elecciones argentinas, cuando Trump se valió del más abierto y explícito chantaje para favorecer a Milei, deberán ahora encender la luz roja. En Colombia en mayo y en Brasil en octubre, los intentos de manipulación de los resultados electorales no descartarán las tácticas más sórdidas, incluida la propagación de todo tipo de mentiras y distorsiones en las redes sociales, pero no solo en estas últimas. No es necesario estar de acuerdo con Maduro para reconocer que es un preso político y exigir su libertad. Nadie tiene que ser chavista para defender la soberanía de Venezuela. Quien en la izquierda no lo haga se sumirá en la deshonra, la vergüenza y la infamia.
Nos encontramos ante una nueva coyuntura, dramáticamente peligrosa. El régimen y el gobierno chavistas se mantienen en Venezuela, si bien debilitados. Las derrotas son derrotas, dejan heridas y socavan la moral. Ante cada derrota es importante extraer las debidas lecciones. Pero perder una batalla no significa perder la guerra. La guerra apenas ha comenzado. Las luchas decisivas están por delante, no han quedado atrás. El fatalismo es un mal consejero. El derrotismo es cómplice de la desmoralización. No son solo las armas las que deciden las guerras, sino la fuerza de la movilización que se alimente de la conciencia antimperialista.
Se equivocan quienes descartan que el régimen venezolano tenga una base social y política interna. Es cierto que las condiciones materiales de vida se han deteriorado en extremo, debido a un cerco imperialista que dura ya décadas, y que entre las masas existe un comprensible agotamiento por los sacrificios que impone la lucha por la supervivencia. También es cierto que ha habido procesos de corrupción, en distintos grados, en la alta jerarquía del chavismo, algunos de ellos expuestos públicamente, como el enriquecimiento ilícito de dos presidentes de PDVSA, Rafael Ramírez (2004-2014) y Talik El Aissami (2020-2023). Pero no fue porque el chavismo avanzara por la senda de una ruptura anticapitalista por lo que el imperialismo atacó a Venezuela, sino porque esta avanzó más que cualquier otro país latinoamericano en la lucha por la independencia. La desvalorización del significado de la lucha por la liberación nacional en una nación dependiente, de tipo semicolonial, aunque atípica por su riqueza petrolera, es un grave error programático.
En ese contexto, las teorías conspirativas que han proliferado en las redes sociales, incluso en ámbitos de influencia de la izquierda, son falsas y perjudiciales. ¿Por qué la agresión de Estados Unidos fue tan exitosa? Por tres razones fundamentales: a) la enorme superioridad tecnológica y militar de Estados Unidos; b) el factor sorpresa; pero también, en cierta medida, 3) por una traición. El ataque cibernético neutralizó las defensas antiaéreas, mientras que la operación de los comandos contaba con demasiada información sobre el Fuerte Tiúna. Evidentemente, hubo infiltración de la CIA sobre el terreno, y siempre hay traidores que el dinero logra reclutar. Las redes de espionaje de Estados Unidos están presentes en todo el mundo. Pero son falsas las «cábalas» imaginarias —pensamiento paranoico incompatible con el marxismo— según las cuales la intervención militar pudo haber tenido tanto éxito solo gracias a la complicidad de altos cargos del Gobierno, o incluso de todo el Gobierno. Evidentemente, aún queda mucho por saber sobre el colapso de las defensas venezolanas en la madrugada del 3 de enero. Pero si las teorías conspirativas ejercen fascinación, son la antesala de la desmoralización.
¿Cuál será la línea de Trump? Nadie, por ahora, puede saberlo. Probablemente consista en la continuación de amenazas «terminales», como cuando Trump insinúa que Delcy Rodríguez podría tener un destino peor que el de Maduro, es decir, la muerte, alternadas con ofertas de negociación. Pero ¿en qué términos? Las condiciones siguen siendo poco claras. El estrangulamiento económico es una potente arma, pero ¿será suficiente?
Washington ya ha sorprendido a una fracción de la burguesía venezolana en el extranjero —en su mayoría en Florida o en Madrid— al descartar sumariamente todo protagonismo de María Corina Machado, lo que conlleva el reconocimiento tácito de que Machado no goza de apoyo interno. Al no existir una oposición burguesa interna con un mínimo de base y credibilidad sociales y políticas — lo que, por otro lado, es una vergonzosa admisión de que Maduro no perdió las elecciones de 2024—, la apuesta de Trump parece ser alimentar una división interna dentro del régimen chavista.
El chavismo siempre ha sido más un movimiento político-militar que un partido, y no es monolítico ni mucho menos. Pero una rendición incondicional pura y simple del Gobierno venezolano constituiría un acto de desmoralización inconcebible. Excluida una transición negociada, a Trump no le quedaría otra opción que el uso de la fuerza. La Armada estadounidense tiene hasta el verano en el hemisferio norte para permanecer de guardia en el Caribe, antes de que se inicie la temporada de huracanes. No parece posible una solución militar «apocalíptica». No se puede descartar una invasión en gran escala, pero parece improbable por dos factores: a) el catastrófico saldo de la retirada de Iraq y, sobre todo, de Afganistán; b) a diferencia de una operación de comandos, para una invasión militar en toda regla se necesitarían decenas de miles de soldados en un país de grandes dimensiones, con terrenos inhóspitos, como la cordillera de los Andes y la selva amazónica, donde la resistencia ante la ocupación militar del país podría mantenerse por tiempo indefinido. En otras palabras, un costo tan elevado que, incluso en caso de victoria militar, sería una victoria pírrica.
¿Qué opciones le quedan a Caracas? El Gobierno reaccionó al ataque buscando la cohesión interna en torno a la toma de posesión de Delcy Rodríguez como Presidenta encargada sin reconocerse, por tanto, la vacante del cargo. La cuestión clave en esta fórmula jurídico-política es no convocar a elecciones. Una decisión preventiva y prudente ante la posibilidad de que Trump se lance a una campaña de «elecciones ya». A Venezuela le interesa ganar tiempo. No es posible celebrar elecciones libres en un país rodeado y asediado por la mayor maquinaria bélica del mundo.
No se equivoca el Gobierno de Delcy Rodríguez al declarar que se mantiene abierto a negociaciones e, incluso, que está dispuesto a buscar acuerdos sobre la presencia yanqui en la producción de petróleo. Nadie con un mínimo de sensatez precipita una guerra que no puede ganar, salvo a un costo devastador. Semejantes concesiones económicas son un cálculo plausible ante el peligro de una invasión que destruiría el país. El destino de Venezuela depende de la fuerza social de la movilización interna y de la solidaridad de la movilización internacional contra Trump. En ese marco, es más que legítimo hacer todas las maniobras posibles para ganar tiempo y disputarse, políticamente, la conciencia de las masas, dentro y fuera del país, por la justicia de la causa de la soberanía del país y por la liberación de Maduro.
¿Qué papel jugarán China y Rusia? La reacción de Beijing y de Moscú sigue siendo opaca, pero ni Xi Jinping ni mucho menos Putin considerarán una intervención militar directa, aunque sea solo disuasoria, que pudiera convertirse en detonante de una Tercera Guerra Mundial. Ahora bien, en el terreno de la lucha de clases o en el de la lucha entre Estados, las apuestas nunca son de todo o nada. Existen un sinnúmero de mediaciones. China y Rusia deberían hacer mucho más que emitir simples declaraciones de solidaridad. Venezuela está rodeada y necesita urgentemente apoyo económico y político. Son muchas las iniciativas justas que se podrían poner en marcha. Una reunión internacional de todos los países que condenen la intervención estadounidense señalaría que el gobierno de Delcy Rodríguez no ha sido abandonado a su suerte.
La articulación de la defensa de la soberanía de Venezuela tendrá que hacerse en distintos «círculos» de alianzas, desde los más amplios hasta los más restringidos. Las banderas de «No a la guerra» y «Respeto de la soberanía de Venezuela» deberán presidir el programa mínimo. Pero, en otro nivel de solidaridad, también será necesario abogar por la liberación de Maduro y de Cilia Flores. En un tercero, será vital el apoyo económico que se preste al gobierno de Delcy Rodríguez. La responsabilidad de Brasil a ese respecto es inmensa. La inmediata integración de Venezuela en los BRICS sería un primer paso sumamente positivo. Una visita de Lula a Caracas sería un valiente gesto de solidaridad.


