Venezuela no se rinde: soberanía frente al imperio

Por Daniel Seixo

«Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad»

Simón Bolívar

 «Unirnos para ser cada vez más libres, independientes y soberanos es algo que, social y políticamente, impide el desarrollo de la agenda imperial y neocolonizadora gringa: No olvidemos que el imperio, a lo largo de nuestra historia, ha logrado mantenernos divididos para debilitarnos y, finalmente, dominarnos.»

Hugo Chávez

«Soy Nicolás Maduro Moro, presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Fui secuestrado en una intervención militar de Estados Unidos. Fui capturado en mi casa, en Caracas. Soy prisionero de guerra, sigo siendo el presidente de mi país»

Nicolás Maduro

La agresión de Washington contra Caracas y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la primera combatiente Cilia Flores no son un error de cálculo ni una excentricidad de una administración Trump particularmente brutal. La erróneamente denominada “Operación Resolución Absoluta” supone la expresión coherente, desnuda y terminal del imperialismo estadounidense en su fase final de decadencia. Cuando el capital ya no logra expandirse mediante la integración, el comercio desigual o la dominación financiera “blanda”, se ve obligado a recurrir a su forma más primitiva y brutal: el uso de la violencia abierta contra aquellos que se niegan a plegarse a sus amenazas. Venezuela no es un objetivo coyuntural; es un nudo estratégico donde confluyen energía, soberanía y la posibilidad real de un mundo posthegemónico.

La aspiración de Estados Unidos fue clara desde el inicio del cerco contra la Revolución Bolivariana: provocar una desestabilización total del Estado venezolano mediante una combinación de agresión militar directa, presión económica extrema y operaciones psicológicas dirigidas a fracturar el tejido interno. El cálculo consistía en generar un escenario de caos en el que, a través de golpes y contragolpes en el seno de las Fuerzas Armadas, estallidos de violencia social teledirigidos, colapso de la gobernabilidad y una sensación de vacío de poder, se hiciera inevitable —o incluso deseable— para parte de la población una ocupación extranjera, ya sin la existencia de la más mínima resistencia en la opinión pública occidental. Es decir, sin la oposición del público blanco y occidental, el único que realmente cuenta, de algún modo, para la capital del Imperio. En ese lodazal inducido, la intervención aparecería como un clamor de los propios venezolanos y el saqueo energético se ejecutaría con la frialdad administrativa que ya vimos en Irak: privatización forzada, control militar de los recursos y conversión del país en colonia extractiva.

Ese era el plan. Y fracasó.

No porque Washington carezca de poder, sino porque subestimó brutalmente la profundidad histórica de la Revolución Bolivariana. Pese a toda la tecnología empleada, pese al ingente trabajo de inteligencia para capturar al presidente venezolano y pese a los millones detonados sobre áreas civiles en Venezuela, erraron desde el inicio de sus movimientos. Pensaron que el chavismo era un decorado institucional, un liderazgo personalista fácilmente desmontable. No entendieron que se enfrentaban a un proceso social con raíces materiales, memoria política y cohesión popular. Tampoco comprendieron que, para intentar dominar Venezuela en exclusiva, no bastaba con cambiar nombres propios. Había que arrasar todo el campo político existente y sustituirlo por un liderazgo cipayo y complaciente. Por eso, ni figuras de la oposición liberal ni cuadros del propio gobierno estaban originalmente “en la ecuación”. El objetivo no era sustituir, sino eliminar. Eliminar al chavismo, sí, pero también cualquier fuerza capaz de poner límites al ejercicio brutal del saqueo.

No lo consiguieron. La cohesión de la revolución, su capacidad de resistir y adaptarse, fue muy superior a lo que Washington había previsto desde sus despachos climatizados. Y ahora la partida todavía está en marcha. Con una Caracas golpeada y obligada a ejecutar movimientos de repliegue táctico, sí, pero todavía viva y con capacidad de mantener su desafío en el patio trasero del Imperio.

Caracas no resiste por milagro ni por improvisación; resiste porque lleva más de dos décadas siendo laboratorio de guerra económica. Sanciones financieras, bloqueo comercial, persecución bancaria, robo de activos, sabotaje logístico, manipulación deliberada del desabastecimiento de la población, campañas permanentes de deslegitimación internacional. Frente a todo ello, el pueblo venezolano desarrolló mecanismos de supervivencia y organización que ningún manual imperial contempla: redes de distribución popular, un sólido tejido comunal, la reconfiguración del comercio exterior, alianzas estratégicas fuera del eje dólar y la defensa institucional frente a intentos reiterados de fractura militar. Cada sanción fue una escuela; cada ataque, una lección política.

Y aquí está el núcleo que la propaganda occidental se niega a nombrar: el verdadero crimen de Venezuela no es el que denuncia Washington. No se trata de las drogas, del comunismo ni siquiera de la democracia. El crimen imperdonable es haber puesto en cuestión el monopolio energético y financiero del imperialismo estadounidense. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta y ha avanzado, junto a otros países, en el comercio fuera del sistema dólar. En términos históricos, eso equivale a tocar el nervio central de la hegemonía estadounidense. El petrodólar no es una abstracción: es la base material que permite a Estados Unidos financiar su aparato militar y su déficit infinito. Cada barril que se mueve fuera de ese circuito es una grieta en el edificio imperial. Y, pese a lo sucedido en Caracas, la estructura que pondrá el último clavo en el ataúd del imperialismo estadounidense se está cimentando muy lejos del alcance de Washington.

Por eso la agresión contra Venezuela no es solo ofensiva, sino también defensiva. Es el manotazo desesperado de un imperio que siente cómo el suelo se le mueve bajo los pies.

Frente a esta realidad, la actitud de amplios sectores de la izquierda occidental es, como mínimo, vergonzosa. Conspiracionismo sin método, equidistancias morales, dudas paralizantes y un izquierdismo de salón incapaz de identificar al enemigo principal. Esta confusión no es casual: es el síntoma de la decadencia del marxismo en Europa, sustituido por una izquierda posmoderna que ha cambiado el análisis material por explicaciones simplistas, culturalistas o puramente estéticas. Peor aún es el rojipardismo, que diluye el antagonismo de clase y el antiimperialismo en discursos identitarios vacíos, funcionales, aunque no lo admitan, al orden dominante.

El marxismo no debe perderse en sospechas abstractas cuando caen las bombas ni cuando un país es asfixiado. El marxismo identifica relaciones de poder, intereses materiales y toma partido. Y aquí el partido es claro.

Venezuela no está sola ni es un caso aislado. Colombia, Irán, México y otros países del Sur Global observan atentamente, porque saben que la amenaza es estructural. Hoy es Caracas; mañana será cualquier país que intente ejercer soberanía sobre sus recursos, diversificar sus alianzas o salirse del guion impuesto. Defender a Venezuela es defender el derecho de los pueblos a existir fuera de la tutela imperial.

Es momento de apoyar sin fisuras. No por lealtad personal a los dirigentes venezolanos, sino por claridad histórica. Lo que está en juego no es un gobierno: es la posibilidad misma de un mundo multipolar donde la violencia deje de ser el único lenguaje del poder. Caracas vuelve a ser trinchera, situándose hoy, como tantas veces antes, en el centro del mundo. La pregunta no es qué hará el imperio, sino de qué lado estarán quienes aún se atreven a llamarse marxistas.

Fuente: https://danielseixo.wordpress.com/2026/01/08/venezuela-no-se-rinde-soberania-frente-al-imperio/

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