Narrativas de subordinación y teoría de juegos geopolítico: una lectura urgente

por Omar Cid

El secuestro como síntoma civilizatorio

El 3 de enero de 2026 no será, ni puede ser en el futuro, un día cualquiera. Es la fecha en que el mundo asistió al secuestro de un jefe de Estado: el presidente venezolano Nicolás Maduro. El líder de Venezuela fue raptado en Caracas por fuerzas especiales estadounidenses y trasladado a Nueva York bajo la acusación de “narcoterrorismo” (Johnson, 2026). La administración Trump lo celebró como una “victoria contra la dictadura”. Pero detrás del triunfalismo mediático existe algo más preocupante y oscuro: el desenmascaramiento definitivo de un imperialismo que ya no necesita pretexto alguno para actuar.

Esta operación no es una aventura ni un espectáculo, como se pretende instalar en los medios de comunicación oficiales. Se trata de la materialización de la National Security Strategy 2025 (NSS 2025), un documento que reconfigura las Américas como “zona de seguridad nacional directa” y que, como he señalado desde la humildad del análisis fronterizo (Cid, 2025a), actualiza funcionalmente la Doctrina Monroe mediante una lógica geopolítica racializada heredada del siglo XIX. La premisa central de este análisis es la siguiente: la crisis civilizatoria del orden moderno/colonial encuentra su expresión más aguda en la normalización de la ilegalidad como política de Estado.

La NSS 2025 marca un giro estratégico explícito. Ante el ascenso de China y la consolidación de un orden multipolar, Estados Unidos abandona la pretensión de hegemonía global y se repliega sobre su “hemisferio de seguridad”—las Américas—no para defenderse, sino para ofensivamente asegurar recursos, neutralizar alianzas extra-hemisféricas y controlar rutas logísticas (The White House, 2025).

Esta estrategia responde a una linealidad histórica reconocible desde la doctrina de Alfred Thayer Mahan (1890): “quien domina los mares, domina el comercio; quien domina el comercio, domina el mundo”. En esa construcción geopolítica, el Caribe, lejos de ser un “mar secundario”, es la arteria vital que conecta Atlántico y Pacífico —una vía que Washington no desea compartir. La Doctrina Monroe (1823), con su ya conocida frase de “América para los americanos”, expresa la exclusividad de una élite blanca, protestante (hoy sionista), de voluntad expansionista que detesta a los gobiernos no alineados, no blancos o socialistas, porque los percibe como una amenaza civilizatoria al proyecto occidental anglófono.

Nicholas J. Spykman (1944), con su idea de la contención del poder hemisférico (rimland) —es decir, las fronteras marítimas—, convierte al Caribe y al Pacífico en zonas obsesivas de control, porque la seguridad de Estados Unidos “se juega en las orillas del continente”.

El peligro, desde esta lógica, es que China, Rusia, India, Irán u otros actores generen un puente de influencia que ponga en riesgo lo que entienden como su zona de dominio. En los años 70, se aplicó el salvajismo dictatorial en el continente, cuyo objetivo fue el asesinato sistemático de líderes, militantes e ideas que pudieran traer consigo semillas de insurgencia. La denominada Doctrina de Seguridad Nacional, implementada por gobiernos títeres en el hemisferio —donde Pinochet y Videla han obtenido la medalla al mérito por los servicios prestados a los intereses de la potencia del norte—, forma parte del museo de la barbarie.

Los años 90 se inauguran con la autodestrucción del socialismo histórico de la Unión Soviética. Nace el llamado Consenso de Washington (1989), que para Nuestra América significaba la subordinación económica como parte de un proceso colonizador en curso, ahora bajo el rostro de premisas económicas como: liberalización financiera, privatizaciones, aperturas comerciales y disciplina fiscal. Su resultado es la construcción de una periferia funcional, desindustrializada y dependiente de exportaciones primarias. Su consecuencia inmediata: desigualdad, deuda y fragilidad institucional que permite la presión externa o el ingreso de capitales de dudosa procedencia. Chile, otrora laboratorio de un modelo hoy en abandono, se encuentra reducido a un nodo logístico como proveedor de cobre y litio. Eso sí, el destino puede ser peor.

Así llegamos al momento actual con el Corolario Trump (2025) en curso. Esa breve síntesis recoge, en esencia, la relación de Washington con los países del continente americano.

Expuesto de ese modo, el lector podrá entender que el objetivo de la coacción sobre Venezuela nunca fue “democratizar” ese país. Lo confirmó el propio Trump: “Este es nuestro petróleo” (Johnson, 2026). Y la NSS 2025 lo codifica del siguiente modo:

“Denegaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas o controlar activos estratégicos en nuestro hemisferio” (The White House, 2025, p. 15).

El objetivo no puede reducirse a un interés meramente económico; se trata de una propuesta estratégica: reducir los alcances de la relación de China, Rusia e Irán con Venezuela. Dicho de esta manera, la guerra híbrida en toda su magnitud está desatada y tiene carácter civilizatorio.

Teoría de juegos: otro enfoque desde el mismo marco

Quizá alguien pregunte: ¿por qué recurrir a la teoría de juegos, si su punto de origen es concebir al ser humano como lobo para el hombre, como mero calculador de intereses? Es una objeción justa. De hecho, el profesor Dussel nos ha enseñado que la vida humana no se funda en el cálculo, sino en el principio ético de “carne de la carne”: bajo esa óptica, el otro no es obstáculo, sino condición de mi propia humanidad. La racionalidad no es instrumental; es dialógica, histórica y concreta.

La teoría de juegos, en su versión estándar, reproduce la antropología del ego conquiro, explicitada con lucidez por el filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel en su obra 1492: El encubrimiento del otro (1992): hombres fríos, atomizados, competitivos y supremacistas. Esa visión resulta incompatible con cualquier proyecto liberador; es más, es la escuela y la universidad de la sumisión.

Pero eso no significa excluir su uso con otros fines.

Se utiliza la teoría de juegos no para aceptar su visión del mundo, sino para descifrar la lógica y el lenguaje del adversario. No decimos que el mundo es un juego de suma cero. En concreto, se habla de más de 80 asesinados en la operación de rapto en tierra venezolana el 3 de enero en la madrugada. La reacción de conmoción internacional, es una muestra palpable del impacto ante una operación sangrienta y maligna. Decimos, entonces, que la matriz racional del imperialismo opera como si el mundo fuera un juego de suma cero. Y si queremos resistirlo, necesitamos entender sus reglas —no para jugarlas en su tablero, sino para quebrantarlas.

Como señalan Cerdá, Pérez y Jimeno (2004), la teoría de juegos estudia “situaciones de conflicto y cooperación entre individuos racionales” (p. 1). Pero lo que llaman “racionalidad” no es una matriz universal; es histórica y situada. En el caso del imperialismo anglófono, esa racionalidad es extractivista, racializada y militarista.

Por eso, usaremos la teoría de juegos como una herramienta codificadora: con el fin de entender el lenguaje del enemigo, no para asimilarnos a él, sino para exponer su lógica. El interés es realizar el proceso quirúrgico desde una convicción decolonial y antiimperialista: la alteridad no es una variable estratégica, sino un derecho ontológico que traza la línea demarcatoria entre el ser y el no ser.

Aunque suene repetitivo, la teoría de juegos puede ser descolonizada metodológicamente si se la emplea no como modelo prescriptivo —es decir, no solo describe las cosas, sino que escenifica cómo deben ser, bajo premisas ideales de conducta—. Es en esa operatoria donde queda al desnudo la racionalidad instrumental del imperio. En otras palabras: es una oportunidad de entender algunas de sus premisas de comportamiento.

Bajo esta intuición, expongo y desarrollo la segunda parte de este conjunto de bocetos, porque las otras alternativas son quedarse en la propaganda desvergonzada, en los pseudoanálisis que destilan crueldad, grosería y humillación de quienes no pueden debatir en igualdad de condiciones —o, en la mejor de las alternativas, escuchar suculentos discursos basados en las barajas del tarot, disculpando a las propias cartas cuyos arcanos mayores merecieron la atención del médico psiquiatra Carl Gustav Jung. Esa cotidianidad comunicativa vive el pueblo chileno a diario. Guy Debord, en su ya célebre La sociedad del espectáculo (1967), advirtió que “el espectáculo es el monólogo del orden autoelogiándose” (parágrafo 24).

Es decir, ante la disyuntiva de contagiarse con el virus de la guerra cognitiva —que en nuestro país avanza montado en famélicos jinetes de la desinformación—, o de esperar pasivamente a que agentes externos, instalados en la frontera oeste de la República Bolivariana, busquen cualquier indicio (real o inventado) de debilidad institucional en un país asediado por una potencia agresora, con una doble función, de sembrar duda y desconfianza, además de alimentar el morbo de un público sediento de narrativas al estilo Netflix.

En este marco de pandemia informativa, destinada a contagiar la psiquis de los pueblos, conviene establecer los espacios de protección mental necesarios, incluyendo “vacunarse” y establecer cuarentenas mentales que permitan darse el tiempo para una reflexión destinada a visualizar el escenario de conflicto: en su mayor amplitud.

Ese es el esfuerzo en marcha…

Venezuela como nodo en un “juego de suma no cero con información incompleta”

La teoría de juegos distingue entre juegos con información completa—donde todos los jugadores conocen las funciones de pago de los demás—y juegos con información incompleta, en los que al menos uno ignora aspectos relevantes del “tipo” o las preferencias de otro (Cerdá, Pérez & Jimeno, 2004, p. 275). En este último caso, se recurre al concepto de equilibrio bayesiano, donde los jugadores forman creencias probabilísticas sobre los tipos de los otros y maximizan su utilidad esperada en función de dichas creencias (ídem, p. 289). En términos coloquiales, se trata de analizar conflictos en los que los actores toman decisiones con base en suposiciones parciales sobre sus adversarios.

Aplicado al caso venezolano, Estados Unidos actúa bajo la creencia de que Venezuela es un “Estado narcoterrorista”, tal como lo afirmó el director de la DEA, Terry Cole (RT, 2025). Sin embargo, esta atribución de tipo carece de sustento empírico: los propios National Drug Threat Assessment de 2024 y 2025 no mencionan a Venezuela como actor relevante en el tráfico de drogas hacia Estados Unidos (ídem). Esto revela que la “información” utilizada por Washington no es objetiva, sino ideológica y racialmente codificada, en línea con lo que Grosfoguel denomina la colonialidad del poder (Grosfoguel, 2018). En términos de teoría de juegos, Estados Unidos está jugando con una distribución de creencias sesgada, desvinculada de datos observables.

Esta ficción ha sido desmontada incluso desde dentro del aparato jurídico estadounidense. El 6 de enero del 2026, el Departamento de Justicia retiró de la acusación formal contra Maduro la afirmación central de que dirigía una organización criminal llamada “Cártel de los Soles”. En la nueva redacción, el término—mencionado 32 veces en la versión de 2020—aparece solo dos veces y es redefinido como una vaga “cultura de corrupción”, no como una estructura real (The New York Times, 2026).

Por su parte, Venezuela conoce con claridad el “tipo” de Estados Unidos: un actor imperial dispuesto al uso de la fuerza extra-legal para asegurar el control de recursos estratégicos (oro, petróleo, gas). La cita de Trump—“Este es nuestro petróleo” (Johnson, 2026)—no deja lugar a dudas. Desde esta asimetría, la estrategia de Maduro—interpretada por algunos analistas como una táctica deliberada—podría haber consistido en optar por la detención antes que lanzar al país a una guerra desigual. En ese escenario, tal decisión representaría una respuesta óptima condicional a la amenaza creíble del USS Gerald Ford. Como señalan Cerdá et al. (2004, p. 89), se trataría de una acción racional dadas las expectativas sobre la conducta del adversario. Esta hipótesis coincide con la tesis del “sacrificio estratégico” planteada por Monedero en un programa de análisis geopolítico (Monedero & Aguilar, 2026).

En síntesis, el escenario no es de suma cero: Venezuela no busca destruir a Estados Unidos, ni este último pretende—en sentido estricto—“derrotar” en toda la línea a Venezuela. Aunque la suerte de Gaza, Siria y Libia no deja de ser una proyección posible. Lo más plausible es que se trate de un juego de ganancias compartidas en un conflicto parcial, donde el “pago” para Estados Unidos consiste en la apropiación de rentas energéticas y la neutralización de alianzas extra-hemisféricas, mientras que para Venezuela radica en la soberanía y la supervivencia del proyecto bolivariano.

Esa lectura es analíticamente viable; otra cosa es su factibilidad política. Recordemos: seguimos jugando.

La Doctrina Monroe 2.0 como “equilibrio en amenazas creíbles”

La National Security Strategy 2025 establece que Estados Unidos “denegará a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas o controlar activos estratégicos en nuestro hemisferio” (The White House, 2025, p. 15). En términos de teoría de juegos, esta declaración constituye una estrategia de amenaza creíble: una promesa de represalia que el jugador está dispuesto a ejecutar, incluso a costo propio (Cerdá et al., 2004, p. 232).

Para que una amenaza sea creíble, debe cumplirse que, en el momento de ejecutarla, al jugador le resulte racional hacerlo. En el modelo de “disuasión” estudiado por los autores (ídem, p. 344), un equilibrio bayesiano perfecto exige que la amenaza de represalia no sea vacía, sino respaldada por acciones observables. En este sentido, la captura de Maduro no es un exceso, sino la materialización deliberada de dicha amenaza: Estados Unidos demuestra que está dispuesto a violar el derecho internacional para defender su “zona de seguridad nacional directa”.

Sin embargo, la teoría también advierte que las amenazas creíbles pueden ser contraproducentes si generan escaladas no deseadas. Como señalan Cerdá et al. (2004, p. 259), en juegos dinámicos con información imperfecta, las estrategias deben considerar no solo el equilibrio inmediato, sino también las reacciones futuras. La operación en Venezuela podría desencadenar una resistencia prolongada, desestabilización regional y una ruptura definitiva con el Sur Global—una suerte de “Vietnam” en el Caribe.

En este contexto, el equilibrio de Nash de la Doctrina Monroe 2.0—donde todos los demás actores se abstienen de desafiar a Estados Unidos—solo es sostenible si la amenaza se percibe como absolutamente invencible. Pero la emergencia de BRICS+, la resistencia chino-rusa y la propia historia de lucha venezolana socavan esa percepción, poniendo en riesgo la credibilidad del imperio.

Juego de señalización y la farsa democrática

La teoría de juegos distingue entre juegos de señalización, donde un jugador informado envía señales para influir en las creencias del otro, y juegos de selección adversa, donde el jugador desinformado intenta inferir el tipo oculto (Cerdá et al., 2004, p. 379). El caso de Venezuela es claramente un juego de señalización asimétrico: Estados Unidos no solo impone su narrativa, sino que fabrica señales para legitimar su agresión.

La concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado en 2025 es un ejemplo paradigmático. Aunque Trump admitió que “no tiene el apoyo del pueblo venezolano” (Monedero & Aguilar, 2026), su promoción como “líder democrática” sirve como señal de alineamiento al orden imperial. En la lógica de los juegos de señalización, esta es una señal costosa: implica invertir capital político y mediático para presentar a un actor como “tipo deseable” (ídem, p. 386).

Pero la eficacia de una señal depende de su credibilidad ante los receptores. Y aquí reside la fractura: China, Rusia, la mayoría de los países del Sur Global y hasta sectores de la opinión pública latinoamericana—siempre tan dúctil a la narrativa del Deep State—sienten incomodidad ante esta señal fraudulenta. El Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela reconoció a Maduro como presidente legítimo; China lo ratificó como “socio de confianza mutua” (Xinhua, 2025). Esto evidencia que el equilibrio separador—donde los tipos distintos emiten señales distintas—ha colapsado.

En lugar de un equilibrio separador, estamos ante un equilibrio agrupador forzado: Estados Unidos intenta imponer una única narrativa (“democracia vs. dictadura”) para ocultar sus verdaderos intereses (apropiación de recursos, contención multipolar). Pero, como bien señalan los autores, en juegos de señalización con múltiples receptores, la señal solo funciona si todos los receptores la interpretan de la misma manera (Cerdá et al., 2004, p. 393). En un mundo pluripolar, esa unanimidad ya no existe.

El dilema del prisionero global y la trampa de la fragmentación latinoamericana

La intervención de Argentina en el Consejo de Seguridad ilustra con crudeza el equilibrio subóptimo del dilema del prisionero geopolítico: se toma la mejor decisión posible en términos individuales, aunque las consecuencias colectivas sean peores que si se hubiera optado por la cooperación mutua. El gobierno de Javier Milei, al afirmar que “reconocía a Edmundo González Urrutia como presidente electo” y que “saludaba la presión de los Estados Unidos destinada a liberar al pueblo venezolano” (Documento interno, p. 28), no solo internaliza la narrativa imperial, sino que traiciona el principio de no injerencia que históricamente ha sustentado la diplomacia del Sur Global.

Esta postura responde a una lógica de pago individual: evitar represalias de Estados Unidos, acceder a beneficios diplomáticos y alinearse con la Unión Europea. Pero colectivamente, erosiona la unidad estratégica latinoamericana. En términos del modelo del dilema del prisionero presentado en Cerdá et al. (2004, p. 64), Argentina elige “confesar” (alinearse con Estados Unidos), mientras espera que otros “callen” (mantengan la soberanía). El resultado es un equilibrio de Nash en (1,1): todos pierden soberanía y se normaliza la ilegalidad imperial.

En contraste, Venezuela advierte claramente:

“Si el secuestro de un jefe de Estado […] se tolera o se relativiza, el mensaje que se envía al mundo es desbastador: que el derecho es opcional y que la fuerza es el verdadero árbitro de las relaciones internacionales” (ídem, p. 27).

Esta declaración captura el núcleo del dilema: la fragmentación latinoamericana no es ingenuidad, sino complicidad estructural. Mientras los gobiernos actúan como jugadores individuales en una interacción de suma no nula, el imperio se beneficia de su falta de coordinación.

China y Rusia: una acción coordinada de defensa normativa

Contrario al supuesto de “no cooperación estratégica”, las intervenciones de China y Rusia en el Consejo de Seguridad revelaron una coordinación deliberada y efectiva. Ambos países no solo condenaron la operación como una “violación flagrante del derecho internacional”, sino que reconocieron explícitamente a Nicolás Maduro como presidente legítimo en ejercicio, lo que, de facto, lo convierte en un prisionero de guerra bajo el derecho internacional humanitario.

China subrayó:

“Ningún país puede ser la policía del mundo ni ningún Estado puede erigirse en juez internacional” (ídem, p. 12).

Rusia, por su parte, enmarcó la agresión como una crisis civilizatoria:

“¿Es ese el mundo que esperábamos lograr en la celebración del 80° aniversario de la Carta de la ONU? ¿[…] debemos acudir a Washington para obtener una patente de dominio?” (ídem, p. 10).

Esta acción conjunta no busca imponer un “nuevo imperio”, sino proteger la pluralidad de civilizaciones. Y en eso, no es simétrica al imperialismo anglófono, que, como he sostenido en trabajos anteriores, arrastra en sus entrañas un modelo “racializado, expansionista y genocida” (Cid, 2025b).

El enemigo interno: un “juego de coordinación fallida” entre élites y pueblos

La intervención de Venezuela desnuda la naturaleza extractivista de la agresión:

“Venezuela es víctima de estos ataques por razón de sus riquezas naturales. El petróleo, la energía, los recursos estratégicos […] han sido históricamente factores de codicia” (Documento interno, p. 26).

Esta declaración invierte la geografía ética del sistema-mundo: el verdadero “narcoterrorista” no es Maduro. Los verdaderos narcos se encuentran en el corazón de los países cuyo desbordado consumo de drogas es cuantificable. Quienes usan el secuestro de presidentes tienen otro objetivo: apoderarse de reservas energéticas y enviar un mensaje claro a las potencias emergentes: la solución de la controversia geopolítica no será pactada.

En este contexto, el gobierno de Milei no representa al pueblo argentino, sino a una élite transnacionalizada. Su postura—reconocer a un “presidente electo” no reconocido por el TSJ venezolano, celebrar la “presión de EE.UU.”—revela una fractura ontológica. Mientras el pueblo argentino ha expresado solidaridad con causas antiimperialistas, su gobierno se alinea con el gendarme mundial.

Esta es una falla de coordinación entre Estados y pueblos, tal como la define Cerdá et al. (2004, p. 78): los jugadores (pueblo y élite) tienen intereses potencialmente alineados (soberanía, dignidad), pero sus matrices de pago divergen radicalmente.

Cuba, en su breve pero contundente intervención, lo resume:

“Rechazamos categóricamente las calumnias […] Cuba respeta estrictamente la soberanía, la independencia y el derecho inalienable del pueblo venezolano a decidir su propio destino” (Cuba, p. 37).

Aquí, la coordinación entre pueblo, Estado y proyecto histórico es total—una rareza en el sur caribeño actual.

Por eso, como bien señala Venezuela, la salida no es técnica, sino política:

“Apostamos por el diálogo sin aceptar imposiciones. Creemos en un futuro de convivencia, desarrollo y respeto entre las naciones” (Venezuela, p. 27).

Esta es la verdadera alternativa al juego imperial: no una estrategia de maximización de utilidades, sino un proyecto civilizatorio de pluriversalidad. En cierta forma, esa es también la magnitud del fracaso.

Más allá del equilibrio, hacia la ruptura civilizatoria

La teoría de juegos, en su formulación clásica, asume que los jugadores aceptan sus reglas. Sin embargo, en el contexto de la colonialidad del poder, esas reglas mismas son parte del problema. Por eso, el análisis decolonial y antiimperialista es indispensable: no se trata de jugar mejor dentro del tablero imperial, sino de construir otro.

La captura del presidente venezolano no es solo un acto de fuerza, sino la confesión de que el imperio en decadencia ya no puede mantener su dominio mediante el consentimiento. El Corolario Trump es, en realidad, la expresión menos lúcida y a la vez más descarnada del espíritu de los fundadores del imperio: ya no necesita fachada. Pero esa desnudez también es su debilidad.

El hecho irrefutable es que la Carta de las Naciones Unidas ha sido sistemáticamente erosionada por la potencia hegemónica que la diseñó. La violación de la inmunidad soberana de un jefe de Estado—como en el caso del presidente Maduro—, el uso de la fuerza sin el consentimiento del Consejo de Seguridad y la aplicación de acusaciones penales fabricadas bajo normativa interna norteamericana, retiradas luego en un acto de circo pobre por un ilusionista principiante, confirman esta crisis normativa.

Lo irrefutable es la militar: demostrando rapidez, capacidades tecnológicas y operativas esperables en una potencia de la envergadura de Estados Unidos.

Lo preciso es la enconada resistencia: la fragilidad humana ante la maquinaria de guerra, y la voluntad de asesinar e intentar sembrar un manto de dudas sobre moros y cristianos.

Pese a los esfuerzos desestabilizadores, al interior del país de Bolívar—y en particular en el PSUV—existe una tensa calma y la esperanza de salir adelante.

Una parte del objetivo táctico militar se cumplió. Sin embargo, la estrategia mayor—destinada a desmoronar la arquitectura política conformada desde la herencia de Chávez—hasta la fecha no rinde los frutos de lo invertido.

Lo amenazador es el deseo imperioso, por parte de la cúpula político-militar de la angloesfera, de presionar una respuesta equivalente por parte de las potencias multipolares en ascenso.

Lo categórico es el poder de la narrativa hegemónica, enarbolada a diestra y siniestra, repetida mañana, tarde y noche, usando toda la industria de la información y el entretenimiento con fines bélicos—lo que se conoce como guerra cognitiva.

Lo curioso del momento presente, es la insistencia de argumentaciones angélicas emitidas desde la compatibilidad de las “almas bellas” repartidas en el amplio arco político nacional y regional, que, recurriendo a los Serafines de la democracia, sustentan su argumentación en el pecado mortal de las actas no exhibidas. Pues bien, en la rueda de prensa del 3 de enero, el presidente Trump tomó las llamadas actas de Edmundo González—tan cacareadas por María Corina Machado—y, en un gesto rápido y elocuente, las devolvió como papel higiénico listo para su uso. Enterró a Machado y a sus adeptos con una frase contundente: “No tiene el apoyo, ni el respeto dentro del país”. A buen entendedor, pocas palabras.

En esta comparsa bonachona, abundan y seguirán abundando quienes buscan una explicación bajo el sonido de los Querubines y su impostada defensa de los Derechos Humanos. Lo concreto hasta ahora es que, en nuestro continente por lo menos, los derechos que existen son los que pueden ser defendidos por la fuerza de las armas y de sus gentes. Aquí no hay aliados, sino recursos a usar en favor de la cadena de valor estadounidense, necesitada de ellos para negociar de manera ventajosa o igualitaria con la temible alianza chino-rusa. Eso, mientras desde Nueva Zelanda llega un mensaje cifrado a la República de Chile: “Solicitamos isla ubicada en Oceanía para fines varios…”

Lo urgente es abrazar la memoria larga, porque el descalabro geopolítico y civilizatorio en curso exigirá rescatar lo mejor de nuestra rica historia, dotada de una diversidad de luchas y saberes. Desde esa primera huella de 15.600 años de antigüedad encontrada en Osorno—la más antigua del continente—, en ese largo camino de reconstrucción mítica, se encuentran Leftraru, Kewpulikan y Janequeo: símbolos de resistencia y audacia contra la ocupación del imperio de la primera modernidad. Esa delicada hebra que conecta el telar de la memoria de nuestros mártires, hoy cobra más sentido que nunca y funciona también como barrera para quienes se encuentran epistemológicamente incapacitados de entender la magnitud de esa herencia.

La historia de los invasores del presente es corta. Se sustenta sobre las columnas de la limpieza étnica, el esclavismo, la ley del rifle y el sheriff como modelo de violencia legitimada. Lo ocurrido a principios de enero engloba toda esa cosmovisión—un dato a tomar en consideración para las potencias impugnadoras y para un país como Brasil, cuyo sueño de proyectarse como fortaleza regional—siéndolo ya en lo económico y en densidad demográfica—puede verse interrumpido al entrar en contradicción con los intereses de Washington.

El Sur Global, y en particular América Latina, pese al daño infringido y a la humillación sufrida, continúa teniendo una oportunidad histórica. Porque incluso elegir bando es una decisión relativa y puede no resultar suficiente en un contexto donde la trampa de Tucídides ha sido desatada—o expuesta sin anestesia a los gobiernos de la región. Se necesitará mucho convencimiento, coraje e hidalguía para reclamar un lugar como sujeto civilizatorio autónomo. Para ello, debe superar el equilibrio de Nash de la fragmentación y construir una estrategia colectiva basada en la soberanía popular, la integración material y la defensa de la alteridad.

La teoría de juegos retrata, en parte, la lógica del adversario. Pero solo el pensamiento propio—decolonizado, antiimperialista y liberador, con su énfasis en la ética, la crítica epistémica y los pies puestos en la justicia histórica—nos permite imaginar y construir un mundo más allá del juego imperial.

*Escritor y analista político

Referencias

Cerdá, E., Pérez, J., & Jimeno, J. L. (2004). Teoría de juegos. Madrid: Pearson Educación.

Cid, O. (2025a, 28 de agosto). Venezuela: el narcotráfico y la geopolítica del Caribe. Crónica Digital.

Cid, O. (2025b). América Latina en la crisis civilizatoria del orden moderno/colonial [Documento interno, transcripción de la Sesión del Consejo de Seguridad de la ONU].

Debord, G. (1967). La sociedad del espectáculo. París: Éditions Buchet-Chastel.

Dussel, E. (1992). 1492: El encubrimiento del otro. Hacia el origen del “mito” de la modernidad. Madrid: Anthropos.

Grosfoguel, R. (2018). ¿Negros marxistas o marxismos negros?: una mirada descolonial. Tabula Rasa, (28), 11–22.

Johnson, L. (2026, 3 de enero). Entrevista sobre la operación militar en Venezuela [Archivo de audio]. Programa de Glenn Diesen. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=8qRlgnx6rdQ

Monedero, J. C., & Aguilar, J. A. (2026, 4 de enero). Al carajo con los gringos‼️ Viva Venezuela. https://www.youtube.com/watch?v=i0Y58ZqRspA&t=18s 

The White House. (2025). National Security Strategy of the United States of America – November 2025. Washington, DC: Author.

Xinhua. (2025, 10 de mayo). China apoya firmemente a Venezuela en defensa de su soberanía. http://spanish.news.cn/20250510/1536583fd58846f8b32fdab033339611/c.html

RT. (2025, 10 de mayo). Delcy Rodríguez: “EE.UU. es el verdadero cártel del norte”. https://actualidad.rt.com/actualidad/562112-delcy-rodriguez-eeuu-verdadero-cartel-estar-norte

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