El modelo sionista como tecnología exportable de despojo, la Patagonia y el “Plan Andinia”

por Alejandro Mora Donoso

Durante años, toda crítica a la proyección internacional de Israel ha sido neutralizada mediante una operación ideológica simple: convertirla en antisemitismo. El efecto de esa operación no es proteger a las comunidades judías, sino blindar a un Estado colonial y a su complejo económico-militar frente a cualquier análisis estructural. El resultado es que se vuelve casi imposible hablar de cómo el modelo israelí de control territorial se ha convertido en una mercancía global.

Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ha ocurrido.

Israel no solo ocupa Palestina. Israel produce y exporta un modelo de dominación territorial. Ese modelo fue desarrollado durante décadas de colonización, guerra, desplazamiento forzado y control poblacional. A diferencia de los viejos imperios, no se exporta mediante banderas o ejércitos de ocupación directa, sino a través de empresas, contratos, tecnologías, asesorías, doctrinas de seguridad y capital inmobiliario.

Ese es el punto central que suele desaparecer del debate.

El sionismo, como ideología estatal, no es únicamente una narrativa nacional; es una arquitectura de poder que ha aprendido a convertir la ocupación en negocio. Lo que Israel ofrece al mundo no es “identidad judía”, sino saber hacer colonial, cómo vigilar, cómo cercar, cómo fragmentar territorios, cómo desplazar poblaciones sin declararlo abiertamente, cómo convertir tierras en activos financieros bajo la cobertura de la seguridad y el desarrollo.

Ese paquete es extremadamente atractivo para el capitalismo contemporáneo, especialmente en un mundo marcado por crisis climática, escasez de agua y revalorización de territorios “vacíos” —que casi nunca están vacíos, sino habitados por pueblos con menos poder político.

La Patagonia es un ejemplo paradigmático.

(La Patagonia funciona como un laboratorio del poder, donde se observa en forma casi pura cómo el capital, los Estados y las élites reorganizan territorio, población y soberanía).

No porque exista un “plan judío secreto” —eso es una fantasía antisemita heredada del siglo XX—, sino porque es un territorio estratégicamente codiciado: agua dulce, glaciares, biodiversidad, baja densidad poblacional, valor turístico, refugio climático. En ese tipo de territorios, el capitalismo del siglo XXI ya no opera principalmente como fábrica, sino como apropiación espacial.

¿Cómo se produce hoy el despojo?

No con ejércitos invadiendo, sino con compras masivas de tierras, proyectos inmobiliarios “verdes”, parques privados, turismo de lujo, infraestructura securitizada y un Estado que desregula y criminaliza a quienes estorban.

Aquí es donde el modelo israelí se vuelve funcional.

Israel ha perfeccionado un tipo de colonización sin declaración de guerra. En Palestina, los asentamientos no aparecen como invasiones militares, sino como “barrios”, “zonas de seguridad”, “proyectos residenciales”, “áreas protegidas”. Los muros no son cárceles, sino “fronteras defensivas”. El desplazamiento no es limpieza étnica, sino “reordenamiento urbano”.

Esa lógica, despojar sin nombrar el despojo, es exactamente la que necesita el capitalismo extractivo e inmobiliario cuando opera en “democracias” formales.

Por eso Israel no necesita “conquistar” la Patagonia como Estado. Le basta con que empresas israelíes de seguridad, tecnología israelí de vigilancia, fondos de inversión ligados a Israel, asesorías urbanas y militares israelíes formen parte del engranaje que transforma el territorio en mercancía.

No es una colonización étnica.

Es una colonización corporativa-securitaria.

Y esto no reemplaza al imperialismo estadounidense; lo complementa. Israel funciona como su laboratorio avanzado de control poblacional, exportando técnicas que luego se integran a proyectos extractivos, megaproyectos turísticos, corredores bioceánicos o zonas “protegidas”, donde la población local pasa a ser un estorbo.

Por eso es falso elegir entre dos caricaturas: o una conspiración judía global, o un capitalismo abstracto sin actores.

La realidad es más incómoda: el capitalismo opera a través de Estados concretos, y uno de los más eficientes en la gestión del despojo territorial es Israel.

Criticar eso no es antisemitismo.

Es análisis de poder.

Lo verdaderamente ideológico es fingir que da lo mismo quién provee la tecnología, ejemplo, como en Puerto Montt (décima región de Chile) y su Concejo Municipal, quién entrena a la policía, quién diseña el urbanismo y quién controla los flujos de seguridad. Porque ahí, precisamente ahí, se decide quién puede vivir en un territorio… y quién debe desaparecer.

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