Los nuevos poderes: ¿señores tecnofeudales u oligarquía de traficantes de datos?

por Francisco Louçã

Los autores que han contribuido a promover el concepto de tecnofeudalismo coinciden en el diagnóstico, pero no necesariamente en las conclusiones. Según las diferentes versiones, la propiedad y el control de la producción de la tierra constituían el poder de los señores feudales, que delimitaban sus territorios y organizaban una forma (también variable) de relación con el poder central, el rey. Por su parte, los campesinos dependían de estos señores, tanto para su protección como para la posibilidad de cultivar las tierras que les eran cedidas para tal fin. Explotaban la tierra a cambio del pago de un alquiler y sometiéndose al poder absoluto del señor. Del mismo modo, afirman estos autores, los señores tecnofeudales dominan las plataformas digitales y permiten la actividad de los nuevos plebeyos, asegurándoles la protección que representa la estabilidad de sus conexiones. Además, el poder de las empresas que dominan estos mercados, la tecnocracia, se establece sin competencia. En ambos casos, se trataría de mundos dominados, en los que los más humildes no tienen ningún poder.

En la versión más extendida de esta teoría del tecnofeudalismo, la de Varoufakis, la conclusión es desconcertante: no se trataría de la expansión del capitalismo hacia nuevas formas de creación y venta de mercancías (como los servicios) y, por tanto, de explotación del trabajo o del tiempo de los trabajadores, sino de un nuevo modo de producción. El capitalismo ha terminado, concluye. Lo que tenemos ahora es una nueva sociedad, el tecnofeudalismo.

Aunque otros autores son más cautelosos con estas conclusiones civilizacionales, la teoría ha ido ganando terreno y se ha convertido en una referencia para la crítica de los sistemas de comunicación del mundo contemporáneo. Se trata de una teoría errónea, que lleva a conclusiones confusas y parece incapaz de captar la magnitud del peligro que representan las nuevas formas de poder, al describirlas como un retorno al pasado e ignorar sus características innovadoras, que son las más peligrosas.

Colonización o toxicomanía

Una metáfora comparable a la del feudalismo es la de la colonización. Visto así, el nuevo poder se ha instalado en un nuevo territorio y ha dominado a su pueblo (como se ve con la omnipresencia de las redes sociales en la vida cotidiana de más de la mitad de la población mundial), imponiendo un nuevo lenguaje (las normas de comunicación en las redes sociales), una explotación intensiva de los recursos locales (es decir, la atención y las emociones personales), su sumisión a los colonizadores (la identidad de los colonizados está definida por y dentro de la red social), con la desaparición de la noción de futuro (se supone que la colonia es eterna) y, además, con la veneración de la nueva legitimidad (el poder algorítmico es incuestionable).

En Un mundo feliz, de Aldous Huxley, una distopía conservadora de los años treinta, este mecanismo se anticipaba mediante la imposición de una nueva divinidad (Henry Ford) y la adoración de la tecnología. Sin embargo, esta descripción, al igual que la del tecnofeudalismo, depende del contexto histórico que la delimita. Ahora bien, lo que estamos viviendo actualmente es una transformación en el marco del capitalismo tardío, y no un retorno a un pasado cualquiera.

Como alternativa, sugiero que estudiemos la comparación entre el capitalismo de las plataformas, que incluye como consumidores permanentes a gran parte de la población mundial, y el poder del tráfico de drogas. La comparación pone de manifiesto que el mundo de las redes sociales está dominado por un oligopolio (y, por lo tanto, los tecnoligarcas cooperan y compiten entre sí, pero no hay competencia); promocionan un producto que ofrece una satisfacción y una gratificación emocional inmediata, o una gratificación que crea adicción; esto genera dependencia; los consumidores sufren privación y ansiedad cuando se alejan de su fuente de placer o reconocimiento; pierden competencias y autonomía; y la frontera entre la realidad y la ficción se difumina, hasta el punto de que Zuckerberg ha intentado convertir este efecto en la base de una nueva sociedad de las emociones y la atención totalmente mercantilizada, a la que ha querido llamar Metavers.

La existencia de una dependencia psicológica, de una adicción, está médicamente demostrada en uno de los ámbitos de esta actividad en Internet: los juegos. Según los datos de Statista para principios de 2025, más de 3000 millones de personas son jugadoras habituales y, en el caso de los niños y niñas en Estados Unidos, esta cifra puede alcanzar el 90 %, de las cuales entre el 3 % y el 4 % están clasificadas como enfermas psiquiátricas, dada su adicción a los juegos, cifra que alcanza el 9,5 % en el caso de los y las niñas y la juventud de entre 8 y 18 años. Este trastorno del juego online está clasificado como una enfermedad por la Asociación Americana de Psiquiatría, que publica un manual de enfermedades mentales considerado como la referencia en la profesión.

En el caso de las redes sociales, cuyo uso intensivo y compulsivo aún no está clasificado como una enfermedad, cabe señalar, sin embargo, su poderoso impacto social: generan ficciones en las que la persona consumidora forma parte integrante de su propia historia y vive en fantasías escapistas asociadas a emociones intensas, de las que obtiene satisfacción, en particular creando de la nada una identidad y una historia falsas. El consumo ensimismado de las personas se convierte en el modo de vida en la red, lo que establece un poder de control que ninguna empresa, oligarquía o clase dominante había alcanzado hasta ahora.

El vector de este fenómeno de dependencia es la satisfacción obtenida por la secreción de dopamina, como en el caso del consumo de drogas u otras experiencias de intensa gratificación psicológica. La dopamina fue identificada como neurotransmisor en 1957 por Arvid Carlsson, de la Universidad de Lund (que obtuvo el Premio Nobel por ello), y por Kathleen Montagu, de la Universidad de Londres (que no obtuvo el Premio Nobel). Entonces se comprendió cómo se producía en el contexto de diversas experiencias personales agradables y cómo contribuía a la formación de hábitos. Veinte años más tarde, se descubrió que este neurotransmisor es el que está más estrechamente relacionado con la adicción a las drogas y que es esencial para describir las fases de desarrollo, mantenimiento y abstinencia de una persona adicta.

La red reconstruye el yo

El uso intensivo de las redes sociales, más que otras formas de presencia en Internet, con la posible excepción de los juegos, genera comportamientos comparables a otras formas de adicción a las drogas, como el consumo excesivo y la abstinencia psicológica, e incluso física. En este caso, la dopamina es “una especie de moneda universal para medir el potencial adictivo de cualquier experiencia”, ya que induce el placer y el dolor y determina las emociones, condicionando la memoria y la motivación. Se deriva de una avalancha de imágenes, la forma dominante de nuestra percepción de lo que nos rodea, pero añade un factor poderoso, que es la simulación de participación. De hecho, el narcisismo se moviliza para crear una ilusión de reconocimiento; es lo que el psicólogo Courtwright denomina “capitalismo límbico”, en referencia a las estructuras del cerebro que dirigen las emociones, la memoria y el comportamiento. Las redes proporcionan “dopamina digital las 24 horas del día, los 7 días de la semana, a una generación conectada”, según su colega Lembke.

Numerosas investigaciones han confirmado esta descripción del efecto adictivo de la dopamina en el uso de las redes sociales. Por ejemplo, un estudio sobre el comportamiento de personas adolescentes y adultas jóvenes en su uso del botón Like, una forma de comportamiento prosocial, demostró que se trata de una retroalimentación que refuerza el aprendizaje y el reconocimiento de uno mismo en un contexto social. Por el contrario, un estudio realizado con jóvenes estudiantes estadounidenses sobre su grado de inmersión en la realidad virtual concluyó que “los síntomas de un uso problemático de las redes sociales reflejan comportamientos típicos de otros trastornos psicológicos”, según los científicos que dirigieron este análisis, bajo la dirección de Meshi, quienes descubrieron una correlación directa entre el uso intensivo de las redes sociales y la incapacidad para tomar decisiones. En otro caso, se descubrió que el 43 % de los usuarios y usuarias intensivas presentaban síntomas de dificultad para tomar decisiones. En otro ejemplo, un estudio realizado con 673 adolescentes en China identificó que el miedo a no ser reconocido estaba asociado al uso permanente de las redes sociales. La satisfacción y el sufrimiento que se derivan de su uso son comparables a los relacionados con el consumo de drogas.

Otros estudios han sido desarrollados por la psicóloga británica Maryanne Wolf, quien sostiene que los mensajes transmitidos por las redes sociales se basan en emociones y no en interpretaciones y que, por lo tanto, el flujo de imágenes (generado por el auge de TikTok y otras redes similares) perjudica la capacidad de adquirir conocimientos, como la lectura prolongada, la traducción de símbolos y la definición de significados. Por otra parte, el escándalo de Cambridge Analytica, que consistió en manipular perfiles de Facebook para influir en las elecciones, u otras experiencias similares, demuestran que los oligarcas son conscientes de este poder inductivo de adicción y del potencial de control que representa.

Esta nueva forma de poder sigue basándose en la explotación del trabajo, pero también del salario obtenido gracias a ese trabajo, que a su vez se extrae mediante la mercantilización de las emociones y la inmersión en las redes sociales, los juegos y otras formas de metaverso, que absorben al sujeto en un universo de ilusión sobre la satisfacción mercantil. La red moldea el yo, la red condiciona al ser humano y esta inmersión aísla a las personas, las somete a un bombardeo de estímulos neurológicos, simula o genera placer y controla su tiempo y sus emociones: es una forma de poder totalizador que sus productores conocen perfectamente. Así, la neurodependencia o la toxicidad de la alienación relacionada con las redes sociales es el mecanismo más poderoso que existe para crear un mundo de consumidores dependientes y, de esta manera, se desarrolla como un instrumento destinado a disolver la organización y la capacidad de identificación de las clases subordinadas en la sociedad del capitalismo tardío.

Europa solidaria

Deja un comentario