
por Antonio Abal O.
El reciente conflicto entre Estado y sociedad (bloqueos) puso en la agenda del análisis político el tema de la poca o nula coordinación entre mineros y campesinos. Esta situación es muy recurrente en todas las batallas del movimiento popular boliviano.
Primero nos interesa aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de campesinos. Históricamente los pueblos originarios tenían su propia identidad: Chankas, Chui, Carangas, Mosetenes, etc. Fue el hecho colonia que utilizó un adjetivo generalizador para todos estos pueblos: eran los “indios”. De esta manera, durante más de cuatro siglos los indios fueron la mano de obra de los conquistadores y ya en la república la masa ignorada por los gobiernos.
Fue en 1952 (posiblemente con algunos antecedentes) que el Estado boliviano reconoció derechos ciudadanos a esta gran masa poblacional que pese a no tener derechos había estado defendiendo al Estado en sucesivas guerras con las repúblicas vecinas, como Chile, Brasil y Paraguay.
El indio pasó de “indio a hermano campesino” y a partir de ahí su organización también asumió este carácter (vale la pena apuntar que es en 1936 cuando se organiza el Primer Sindicato Agrario). Después de la Reforma Agraria se fundó la Confederación Nacional de Campesinos de Bolivia, (CNCB) dirigida por militantes del MNR. Luego de pasar por los periodos de “sindicalismo dependiente” (del MNR) y del Pacto Militar Campesino (PMC), se organiza en 1979 la CSUTCB, con una fuerte influencia del movimiento Katarista, cuya fuerza política quedó demostrada en los bloqueos de caminos del mismo año. A partir de entonces es imposible pensar las luchas sociales en Bolivia sin contar con las organizaciones de pueblos y naciones originarias.
Ahora bien, el “sindicalismo campesino” no puede ser analizado ni medido con la misma vara que se mide al sindicalismo obrero. La naturaleza organizativa es distinta. Lo que conocemos como sindicalismo campesino es en realidad una forma de expresión del ayllu andino, de la organización interna de las comunidades, cuyos valores son resultado de sus prácticas culturales que durante siglos fueron clandestinas. El sindicato campesino no es la expresión de la lucha de clases, como lo es el sindicalismo obrero, aquí estriba uno de los equívocos más frecuentes de la izquierda boliviana. Analizar el concepto de “clase” excede al motivo de estas notas, diremos simplemente que una clase se define por su relación con los medios de producción, es decir, si son o no dueños de los medios de producción. El caso de los campesinos es definido por alguna izquierda como “pequeño burgués” porque es propietario de sus herramientas que le permiten su producción y reproducción, pero esta actividad, en su vida cotidiana histórica, fue una de las labores que tenían dentro de la estructura social. No debemos olvidar que existían “especialidades” en los campos de la medicina, la astronomía, la economía, la estadística, la agronomía, etc. El rol de “campesino” fue asignado por la estructura colonia y mantenida por la república.
Con la fundación de la CSUTCB, el movimiento campesino reafirma su identidad cultural y lo convierte en posicionamiento político-ideológico. A esta práctica algunos detractores de mala leche, bautizaron como “pachamamismo”, con toda la carga racista que ello implica, dando la razón a quienes piensan que el marxismo es nomás un pensamiento inscrito en la corriente moderno-occidental e incapaz de comprender otras formaciones sociales, no trabajadas por Marx.
En conclusión, la alianza obrero-campesina como estrategia de poder sigue vigente, con el añadido que debemos comprender mejor la dimensión de “lo campesino” que no es el furgón de cola del proletariado, sino su aliado.
Para el caso boliviano se aplica aquello sentencia de Marx, al referirse al proletariado y su relación con los campesinos en Francia: “…Y la revolución proletaria obtendrá ese coro sin el cual su solo resulta un canto del cisne en todos los países campesinos”.


