
por Santos Cantú
“Los fusiles de Zapata no están dormidos, son aceitados y dirigidos a las tierras de Texas”, escribía Pablo Neruda en 1950, advirtiendo al mundo de la mística revolucionaria que históricamente habita nuestras sierras.
No es extraño que una lucha comience con el discurso de unos pocos y, con los años, se vuelva el de millones. Miles de cuartillas, incontables encuentros obreros y campesinos, años de formación y horas de registro audiovisual forjaron la mística zapatista anterior al 1º de enero de 1994.
Una mística que —creo yo— conmovió al mundo durante y después de esos 12 días de combate y que impulsa esa guerra que no ha parado desde hace más de tres décadas.
Esa mística reside fundamentalmente en una vivencia y en un saber que no nos corteja con comodidades, ni promete sofisticados objetos de consumo pero que, sin embargo, convoca y enamora, siendo punto trascendental en el que coinciden la verdad, la justicia y la belleza.
El 6 de agosto de 1969, en medio de un estado de represión en contra de los movimientos sociales, se fundan en Monterrey las Fuerzas de Liberación Nacional, grupo que posteriormente daría a luz al Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Así decían en su primer comunicado:
“Esta victoria es un hecho en el momento mismo en que podamos organizar, incorporar a todo nuestro pueblo: he ahí el objetivo político importante de nuestra militancia. Este principio debemos desarrollarlo incesantemente, comprendiendo que esta guerra es la continuación de la política revolucionaria por el método que nos han impuesto las condiciones mismas del enemigo.”
Esta organización dio a la lucha de liberación un profundo contenido ético, buscando primero revolucionar las conciencias y privilegiar el trabajo político, organizando la vida insurgente y comunitaria bajo una nueva moral, fortaleciendo así, la mística militante. Entre afectos y rebeldías, miles de personas construyen la revolución jugándose la vida, dando cuerpo y espíritu por una causa emancipadora que adquiere una dimensión ética, trascendente y heroica que da sentido a la existencia.
Ante el panorama del avance de la derecha global, es imprescindible recuperar esa mística revolucionaria que impulsa a los militantes de izquierda a emprender la lucha con mayor ímpetu.
Los invito, en unidad popular, a transicionar de la rebeldía que exige cambios superficiales al ser revolucionario que lucha por transformaciones radicales. Que nuestra mística revolucionaria nos lleve a encontrarnos con los desposeídos de la tierra en el México profundo.


