Cuba, médicos y no bombas

“¿Hasta cuándo vamos a permanecer en el letargo? ¿Hasta cuándo vamos a ser piezas indefensas de un continente a quien su libertador lo concibió como algo más digno, más grande? ¿Hasta cuándo los latinoamericanos vamos a estar viviendo en esta atmósfera mezquina y ridícula? ¿Hasta cuándo vamos a permanecer divididos? ¿Hasta cuándo vamos a ser víctimas de intereses poderosos que se ensañan con cada uno de nuestros pueblos? ¿Cuándo vamos a lanzar la gran consigna de unión? Se lanza la consigna de unidad dentro de las naciones, ¿por qué no se lanza también la consigna de unidad de las naciones?”

Fidel Castro

«Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor.»

Che Guevara

Dicen que es una isla pequeña. Dicen que está sola y cercada por un gigante vecino. Pero la geografía en ocasiones miente y la historia tiembla cuando la dignidad decide hacerse patria. Porque esta isla, este caimán verde que navega contra la corriente del egoísmo imperial, supuestamente ha cometido el pecado capital de no guardar para sí lo poco que tiene, sino de repartirlo con aquellos que en este planeta no tienen nada. Cuba luchó para poner fin al Apartheid, acogió a las víctimas de Chernóbil, combatió la malaria en África, apoyó a Abya Yala con misiones médicas y educativas y envió ayuda sanitaria a la rica Europa cuando el COVID nos amenazaba. Por todo ello, hoy Cuba merece nuestro apoyo y solidaridad, porque en un mundo regido por la ley de la selva y el sálvese quien pueda, esta isla ha demostrado que la verdadera fuerza no reside en el misil, sino en la conciencia de un pueblo que lucha por toda la humanidad.

Miremos por un momento al sur de África, donde la tierra libre todavía recuerda el paso de los gigantes. Cuando el mundo «civilizado» comerciaba con los verdugos de Pretoria y Washington hacía la vista gorda, Cuba envió a sus hijos al otro lado del océano. No fue una expedición de conquista, fue un acto de suprema hermandad. Más de 300.000 combatientes cubanos cruzaron el Atlántico para defender la soberanía de Angola y Namibia. En los campos de Cuito Cuanavale se libró la batalla que rompió el espinazo al mito de la invencibilidad del hombre blanco. Allí, junto a sus hermanos africanos, Cuba logro derrotar al monstruo del Apartheid. Lo confesó el propio Mandela, con la voz quebrada por la gratitud de los pueblos soberanos, aquella victoria fue el punto de viraje para la liberación de su continente. Y de aquella tierra rica en diamantes y oro, Cuba no se llevó ni una piedra, ni una gota de petróleo, solo se llevó la gloria de haber cumplido con el deber y los restos mortales de sus más de 2.000 caídos, que regresaron a la patria envueltos en la bandera de la estrella solitaria.

Pero la épica de esta Revolución no se escribe única, ni principalmente, con pólvora, sino con la ternura de los pueblos. Cuando el átomo traicionó al hombre en Chernóbil y el cielo de Ucrania se volvió veneno para parte de su población, mientras otros cerraban apresuradamente sus fronteras por miedo a la radiación, Cuba abrió su país, sus playas, sus centros de salud. Tarará se convirtió en el hospital de la esperanza. Entre 1990 y 2011, en los años más duros del Período Especial, cuando en la isla faltaba el pan y la luz para los suyos, nunca faltó pan y tratamiento médico para los 26.000 niños y niñas «hijos del átomo» que fueron curados gratuitamente. Cuba les devolvió la piel, el cabello y la risa bajo un sol que no sabe de facturas ni de lucro. Un sol que es revolución y esperanza eterna.

Esa vocación universal del pueblo cubano, ese internacionalismo que corre por las venas de la Revolución, se derramó también sobre nuestra América, sobre la Abya Yala dolorosa. Con la «Operación Milagro», el bisturí solidario devolvió la vista a más de tres millones de personas en 34 países: ancianos de los Andes y campesinos de la selva que despertaron de la oscuridad de las cataratas gracias a unas manos cubanas que no pedían tarjeta de crédito para mejorar la salud de los menos favorecidos. Y donde no llegó el médico, llegó el maestro. Con el método «Yo, sí puedo», la isla exportó el alfabeto como quien exporta libertad, alfabetizando a más de diez millones de personas desde Venezuela hasta Bolivia, rompiendo las cadenas de la ignorancia que son las más pesadas de todas. Salud y dignidad, esas son las armas que teme el Imperio. Eso es lo que ofrece al mundo la Revolución Cubana.

Y cuando la muerte se disfrazó de ébola en África Occidental en 2014 y las potencias huían despavoridas de un continente al que habían esquilmado con la cruz del colonialismo, Cuba envió a la Brigada Henry Reeve. 256 profesionales se deslplazaron al epicentro del miedo en Sierra Leona, Liberia y Guinea. Y años más tarde, en el 2020, la historia nos regaló su paradoja más cruel y hermosa, la rica Europa, la soberbia Lombardía italiana, el pequeño principado de Andorra, se vieron de rodillas ante un virus invisible. Y allí llegaron ellos, los bloqueados, los sancionados, los «tercermundistas», los vilipendiados. Desplegaron 57 brigadas en 40 países, salvando vidas en el Norte opulento que tantas veces les ha dado la espalda.

 Pero la mayor provocación de esa isla no es su solidaridad, sino sus ausencias. El imperio no les perdona que hayan construido una patria libre de la barbarie cotidiana, un país sin desahucios que rompen familias, sin las brigadas fascistas de desokupación que patean puertas y expulsan vidas para mercadear con viviendas vacías, un pueblo sin la presencia de multinacionales que secuestren la soberanía económica y sin buitres de la sanidad privada jugando a la ruleta rusa en la bolsa de valores con la vida de la ciudadanía. Han osado probar que la sociedad funciona sin arrodillarse ante el dios del mercado.

Allí la noche no tiene dientes que encuentren a niños durmiendo en el abandono de las aceras, ni mafias policiales orquestando el tráfico de drogas, ni la violencia estatal que ciega con pelotas de goma o asfixia con gases lacrimógenos a quien protesta, porque allí el uniforme no es enemigo del obrero. Han logrado desterrar la opulencia insultante de unos pocos para dignidad de todos, cometiendo el crimen cometiendo el crimen imperdonable de demostrar que la miseria no es un destino natural de la humanidad, sino una decisión política que ellos se negaron a aceptar.

Por esa insolencia, por esa osadía de demostrar que un mundo mejor es posible sin el permiso del imperio, Cuba es castigada. Un bloqueo genocida de más de sesenta años intenta asfixiarla, negándole el oxígeno, el combustible y el comercio. Pero no han podido ni podrán doblegarla. Porque las ideas no se bloquean, porque el ejemplo no se mata de hambre. Defender a Cuba hoy no es solo un acto de justicia histórica, es un deber moral de la humanidad consigo misma. Porque mientras el imperio envía bombas, Cuba envía médicos, mientras el capitalismo invierte en la muerte, esa isla insurrecta invierte en la vida. Y esa, compañeros y compañeras, es una batalla que la historia ya ha absuelto. Una batalla no solamente por Cuba, sino por toda la humanidad.

Publicado en el blog de Daniel Seixo Paz

Fuente: https://danielseixo.wordpress.com/2026/01/31/cuba-medicos-y-no-bombas/

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