¿Sustituir el capitalismo por la democracia y no por el socialismo?

por Michael Roberts

Los destacados economistas de izquierda Jason Hickel y Yanis Varoufakis han escrito conjuntamente un artículo para el periódico británico The Guardian el 12 de febrero, con el título: “Podemos superar el modelo capitalista y salvar el clima: estos son los tres primeros pasos” [We can move beyond the capitalist model and save the climate – here are the first three steps]. Jason Hickel es profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona y profesor visitante sénior en la LSE. Yanis Varoufakis es el líder de MeRA25, exministro de Finanzas y autor de Technofeudalism: What Killed Capitalism (El tecnofeudalismo: el sigiloso sucesor del capitalismo –Ed. Deusto, 2024-).

Hickel y Varoufakis comienzan dejando muy claro lo siguiente: Nuestro sistema económico actual es incapaz de abordar las crisis sociales y ecológicas a las que nos enfrentamos en el siglo XXI. Cuando miramos a nuestro alrededor, vemos una paradoja extraordinaria. Por un lado, tenemos acceso a nuevas tecnologías extraordinarias y a una capacidad colectiva para producir más alimentos y más cosas de las que necesitamos o de las que el planeta puede permitirse. Sin embargo, al mismo tiempo, millones de personas sufren condiciones de privación graves”.

¿Por qué ocurre esto? Sin rodeos, Hickel y Varoufakis nos dicen que el problema es el “capitalismo”. Una respuesta extraña por parte de Varoufakis, que recientemente ha escrito un libro en el que sostiene que “el capitalismo ha muerto” y ha sido sustituido por el feudalismo, o más precisamente por el “tecnofeudalismo”. Pero la definición de capitalismo de Hickel y Varoufakis es algo extraña. Por capitalismo, no se refieren a “los mercados, el comercio y el espíritu empresarial, que existían desde hacía miles de años antes del auge del capitalismo”. Eso es cierto. En cambio, los autores de este artículo dicen que por “capitalismo entendemos algo muy extraño y muy específico: un sistema económico que se reduce a una dictadura dirigida por una pequeña minoría que controla el capital: los grandes bancos, las grandes empresas y el 1 % que posee la mayoría de los activos invertibles”.

No estoy seguro de por qué esto es “extraño”. Al fin y al cabo, la historia de la organización social humana desde la época primitiva ha sido una historia de división de las personas en clases, con una clase dominante que explota al resto a través de diferentes modos sociales: la esclavitud, el feudalismo, el absolutismo y, durante los últimos 250 años aproximadamente, la explotación capitalista de la fuerza de trabajo humana a través de la propiedad y el control de los medios de producción. De hecho, como dicen los autores, bajo el capitalismo “el propósito de la producción no es principalmente satisfacer las necesidades humanas o lograr el progreso social, y mucho menos cumplir con ningún objetivo ecológico. El propósito es maximizar y acumular beneficios. Ese es el objetivo primordial. Esa es la ley capitalista del valor. Y para maximizar los beneficios, el capital requiere un crecimiento perpetuo, una producción agregada cada vez mayor, independientemente de si es necesaria o perjudicial”.

Sí, el capitalismo es un sistema impulsado por los beneficios que explota a la masa de trabajadores, pero el énfasis de los autores en este artículo no se centra tanto en ese aspecto del capitalismo como en su irracionalidad, es decir, la “producción masiva de cosas, como vehículos utilitarios deportivos [SUV, en inglés]mansiones y moda rápida, porque estas cosas son muy rentables para el capital, y la subproducción crónica de cosas obviamente necesarias como viviendas asequibles y transporte público, porque estas son mucho menos rentables para el capital, o no lo son en absoluto”.

Muestran correctamente que la razón por la que el calentamiento global y la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero no se están abordando bajo el capitalismo es que, aunque las energías renovables son ya mucho más baratas que los combustibles fósiles, la producción de combustibles fósiles es hasta tres veces más rentable. “Del mismo modo, la construcción y el mantenimiento de autopistas es mucho más lucrativa para los contratistas privados, los fabricantes de automóviles y las compañías petroleras que una red moderna de ferrocarriles públicos ultrarrápidos y seguros. Por eso, los capitalistas siguen presionando a nuestros gobiernos para que subvencionen los combustibles fósiles y la construcción de carreteras, incluso mientras el mundo se quema”. Como dicen gráficamente los autores: “al capitalismo le importan las perspectivas de nuestra especie tanto como a un lobo le importa un cordero”.

El capitalismo está bloqueando las tecnologías y las inversiones para el bien colectivo y nos está encerrando “en ciclos interminables de violencia imperialista”. El imperialismo es un producto del capitalismo, donde “la acumulación de capital en las economías avanzadas se basa en la aportación masiva de mano de obra barata y recursos naturales del sur global. Para mantener este orden, el capital utiliza todas las herramientas a su alcance: deuda, sanciones, golpes de Estado e incluso invasiones militares directas para mantener subordinadas a las economías del sur”.

Entonces, ¿cuál es la respuesta al capitalismo y al imperialismo? Los autores vuelven a ser contundentes: “La solución está ante nuestros ojos. Necesitamos urgentemente superar la ley capitalista del valor”. Sí. Pero cuando se trata de un programa para superar la ley del valor en el capitalismo, las alternativas que ofrecen nuestros autores se vuelven contundentes (en su otro significado). Hickel y Varoufakis nos ofrecen tres condiciones necesarias, pero no para sustituir el capitalismo por el socialismo, sino para sustituir la “dictadura” capitalista por “una democracia funcional y ecológicamente sólida”. Así que no del capitalismo al socialismo, sino de la dictadura a la democracia. En este artículo, la palabra socialismo brilla por su ausencia.

Y el motivo queda claro cuando detallan sus tres condiciones para el cambio. “La primera condición es una nueva arquitectura financiera que penalice las inversiones privadas destructivas y permita la financiación pública con fines públicos”. Eso es un poco vago; ¿qué significa en la práctica? “En el centro de esta arquitectura necesitamos un nuevo banco de inversión público que, en asociación con los bancos centrales, convierta la liquidez disponible en tipos de inversión compatibles con una prosperidad común y sostenible”. ¿Qué? Entonces, la respuesta al dominio del capital financiero no es hacerse con el control de los bancos, las compañías de seguros, los fondos de cobertura, etc. y luego planificar la inversión. No, se trata simplemente de crear un banco público que compita con el sector financiero capitalista existente. Dado que la inversión capitalista en las economías modernas es unas cinco veces mayor que la inversión pública, ¿cómo puede esta propuesta invertir esa proporción y poner fin a la dictadura del capitalismo?

La segunda condición es “hacer un uso extensivo de la democracia deliberativa para decidir los objetivos sectoriales, regionales y nacionales (por ejemplo, en lo que respecta al crecimiento o incluso a la reducción de diferentes producciones) a los que se destinarán las nuevas herramientas de financiación pública”. Así pues, nuestro banco de inversión público se gestionará de forma democrática y las decisiones sobre las inversiones que realice se tomarán democráticamente. Muy bien, pero ¿qué pasa con las decisiones de inversión que toman los grandes bancos de inversión privados de Estados Unidos, los cinco grandes bancos comerciales del Reino Unido, etc.? Parece que sus decisiones no se ven afectadas.

¡Ah! No, no es así, porque, según los autores,  la tercera condición para poner fin a la dictadura capitalista es la formación de empresas “gestionadas según el principio de un empleado, una acción, un voto”. Las empresas no deben pasar a ser de propiedad común. En cambio, cada trabajador o trab ajadora obtiene una acción y un voto en las decisiones de la empresa. Esto es extraño, porque cualquier trabajador o trabajadora puede comprar una acción de una empresa en este momento y votar. ¿Qué pasa con las acciones que ya poseen las grandes empresas, las sociedades de capital privado y las instituciones financieras? ¿No van a ser expropiadas? Si es así, ¿por qué no lo dicen, en lugar de limitarnos a ofrecernos la idea de un trabajador o trabajadora, un voto?

Los autores concluyen su artículo afirmando que es posible un mundo que evite el colapso ecológico y acabe con la pobreza global: “es una perspectiva tangible”. El problema es que las tres recetas políticas que proponen Hickel y Varoufakis distan mucho de lograrlo, porque no conducen al fin de lo que ellos denominan dictadura capitalista.

Blog de Michael Roberts

Traducción: viento sur, Viento sur

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