Venezuela: trincheras reales, héroes de teclado

por Daniel Seixo

Hay pueblos que sangran en silencio mientras el mundo opina ajeno, como quien hojea un libro sin leerlo o, peor aún, contempla una serie sin prestarle demasiada atención. En la madrugada del 3 de enero de 2026, mientras Caracas dormía bajo su propio sudor cotidiano, el país se despertó con explosiones que rasgaron la noche venezolana y helicópteros enemigos volando bajo como pájaros enfurecidos sobre Fuerte Tiuna y el corazón de la ciudad. La tierra vibró con dolor, las calles se llenaron de ruido y, mientras los cuerpos enfrentaban precipitadamente la inesperada agresión, una fuerza extranjera sembraba sangre y desconcierto. Fue una irrupción que no solo dejó restos materiales, sino un tejido social sacudido, una soberanía rota y un pueblo que aún no llega a comprender la extraña fuerza que lo lleva a seguir en pie pese a cualquier adversidad.

En una noche, un presidente fue arrancado de su tierra y llevado fuera del país, en un gesto que proclamaba la expresión última de un imperialismo que siempre habla de democracia, libertad o reglas, desde aviones cargados de bombas. Mientras tanto, en cómodos cuartos de países lejanos, en los solitarios rostros iluminados por pantallas, en timelines donde cada segundo es una oportunidad para el juicio moral, surgieron inmediatamente las voces que no entendían que una operación militar cambia la vida real de millones, pero no siempre cambia lo profundo de sus contradicciones.

Ahí, en esa grieta entre lo vivido y lo opinado, emerge la paradoja de una izquierda occidental que grita más rápido de lo que logra razonar, que juzga más rápido de lo que comprende y que exige heroísmo suicida desde la comodidad de sus sillas. Esa es la izquierda que confunde rapidez con lucidez, espectáculo con verdad, indignación con análisis. Una izquierda que quiere que el relato se ajuste a su ética de papel, a su épica de pantalla, que ignora conscientemente la complejidad concreta de la vida. Esto es lo que vemos cuando se prefiere la sentencia moral sobre el entendimiento real, cuando se busca la pureza de consignas antes que la comprensión de largas marchas en dura pelea por la supervivencia.

La verdad no consiste en ser el primero en opinar en redes, ni el primero en gritar traición. A nadie le importan realmente tus egos, tu necesidad individual de situarte en el mercado de la opinión, ni tus juicios de moral sobre otros pueblos. La verdad, como enseña quien ha visto revoluciones nacer y expandirse, exige el ejercicio de una mirada que no se deja arrastrar por la urgencia del aplauso ni por la prisa del clamor. Exige disciplina: la disciplina de observar, estudiar y sopesar las consecuencias antes de gritar. Porque no todos los errores son traiciones, ni todas las negociaciones son rendiciones. Y lo que ocurre en Venezuela, en medio de bloqueos, sanciones, tensiones militares y muerte, no se resuelve con frases hechas ni con relatos moralistas desde una silla en Occidente.

Existe hoy una tendencia a exigir que los procesos periféricos, como si fueran espejos mágicos, cumplan con fantasías revolucionarias de esos individuos que en Occidente jamás han enfrentado la devastación de los bombardeos, el silencio lúgubre tras el vuelo de un dron o el peso de los muertos y desaparecidos tras la represión de la ultraderecha. Se exige que un gobierno bajo asedio se comporte como si viviera en un salón académico, lejano de penalidades reales; se pide que resista heroicamente mientras quien exige la suicida heroicidad sigue sentado lejos, con un café en la mano, esperando que el espectáculo responda a sus expectativas. Y si no es el caso, siempre quedará un tuit de reconocimiento por la sangre derramada. A eso reducen algunos el dolor y la vida del Sur global: a una efeméride, a un sacrificio necesario para cuadrar la teoría revolucionaria sobre el papel.

Es una izquierda occidental que ha sustituido la cultura militante por la cultura del comentario, el vaticinio, el canchismo, un izquierdismo, en el pleno sentido de la expresión, que ha roto lazos con la realidad concreta al transformarla en narrativa de consumo inmediato, casi como si la política fuera un género más de entretenimiento. Esta lógica del primer comentario, el tuit más fuerte, el juicio más tajante o la posición más firme y poco flexible ha invadido la crítica política hasta el punto de que muchos se sienten autorizados a dictar términos de pureza a procesos que no viven ni entienden.

Hay que entender que una revolución no es una consigna ni una idea suspendida en el aire, sino un terreno vivo de tensiones, un campo donde chocan fuerzas materiales y simbólicas, donde cada decisión arrastra su propio historial de dolor y esperanza. No es un escenario para la indulgencia del ego, ni un foro para la autocelebración de juicios instantáneos. Es un espacio de costuras rotas y reparaciones constantes, plagado de debates internos ásperos, agresiones externas lacerantes, correcciones discretas, movimientos tácticos, repliegues y avances. Y todo eso no se decide para satisfacer la elegancia del dogma, sino para sobrevivir a la brutalidad de lo real. Los pueblos se alimentan, ríen, lloran, aman, mueren y luchan para sobrevivir, también en revolución.

Hay algo profundamente pedagógico en el espíritu de quien ha asumido las condiciones concretas de lucha, aquellos que entienden que las decisiones tomadas bajo presión no siempre serán perfectas, que la historia no ofrece respuestas limpias, que el enemigo principal no es, como constantemente interpretan algunos en esta vieja Europa, el compañero que comete errores, sino las fuerzas materiales que asedian cada espacio de autodeterminación. Aquellos que hoy buscan la división y el enfrentamiento tras errar nuevamente en el cálculo de que el secuestro de una sola voz podía matar a la revolución.

Cuando un pueblo es golpeado por un bombardeo, cuando se ve obligado a resistir sanciones que asfixian al extremo su economía, cuando ve a sus líderes secuestrados por una fuerza externa, no necesita juicios de tribunales inquisitoriales ajenos. Necesita solidaridad concreta. Solidaridad no como aplauso incondicional, ni como crítica destructiva, sino como compañerismo comprometido con la vida colectiva, con la reconstrucción, con la dignidad leve y con los pasos inciertos de la lucha diaria.

La izquierda, entonces, enfrenta una prueba urgente: recuperar la cultura militante. Porque si hay algo que define a quienes han construido procesos emancipadores en la historia, es la capacidad de transformar el análisis en acción organizada, no en reacción efímera. Y no se trata de renunciar a la crítica constructiva y en camaradería, esa siempre será legítima, sino de saber cuándo, cómo y para qué se hace. Una crítica que fortalece al compañero, no que abona al debilitamiento del sujeto político que vive hoy asediado, amenazado y señalado por la armada y la moneda del imperialismo.

No hay revolución en la condena fácil. No hay emancipación en el juicio, ni hay futuro en la pirotecnia moral de un tuit. La verdadera revolución está en sostener la vida, en construir instituciones populares, en aprender de las contradicciones, en resistir contra el imperio que no necesita declarar guerra para imponer su fuerza. Porque muchas veces, como actualmente sucede en Venezuela, el ataque no lleva nombre de guerra, sino el silencioso avance de un bloque económico, de un cerco mediático, de una intervención internacional disfrazada de justicia. El ataque avanza ante el silencio y la pasividad internacional, que contempla cómo son bombardeados humildes pescadores, cómo son acorralados los trabajadores venezolanos mediante el cerco del dólar y cómo son violadas las instituciones democráticas de un país sin que el mundo se detenga.

Y ahí, en esa danza entre lo real y lo simbólico, entre la brutalidad y la esperanza, es donde la izquierda, la que realmente busque transformaciones profundas, debe aprender a hablar con cautela, a pensar con rigor y a actuar con solidaridad. Sin prisa por el aplauso, sin prisa por la condena, sin prisa por el grito.

Porque hay tiempos para la palabra y tiempos para el silencio que protege, tiempos para la crítica y tiempos para el abrazo colectivo. Entender esa diferencia es el arte y el deber de una cultura militante verdadera.

Siento si en este texto no les he desvelado lo que sucedió aquella madrugada de enero, ni les he aportado material para la difusión en redes, ni una guía férrea para guiar su pensamiento o su ego al defender su verdad frente a otros. Permítanme que, en medio de esta tormenta, no pretenda cimentar el peso de mi pluma como tenedora de la única verdad, tal y como pregonan tantos supuestos analistas, pero hoy solo quería pedirles que sean capaces de sentir, en lo más hondo de su ser, la injusticia y la agresión sufrida por el pueblo venezolano como si fuese cometida contra el suyo propio. Si es así, sabrán medir los tiempos, los egos y actuar en consecuencia.

Blog de Daniel Seixo

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