Chile. El combustible de la memoria

por Isabel Vileya

A nuestros Comandantes,

nuestros combatientes,

ayudistas, amigos y familia.

Esto no es un análisis. Escribir con las emociones, sé que no será muy marxista. No voy a negar que siempre trato o he tratado de ser objetiva, de defender posiciones y principios que tengan un sustento material y razonando; no soy experta en nada.

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Yo hoy no voy a tratar de hacer nada. Voy a hablar desde mi dolor. No sé a quién le pueda interesar mi herida. Pero la dimensión humana preñada de la experiencia de vida, se impone algunas veces a la razón.

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No convido con esto a nadie, no llamo ni incito a nada, simplemente me quiero confesar de lo que siento. No es pesimismo, ni fatalidad, ni lloriqueo. Es lo que hoy hace de combustible para que no me absorba la penumbra. Esa terca falacia del «fondo perdido», que en lo que nos ocupa, es en el único campo que tiene algo de sentido.

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Hoy no es el aniversario, ni la conmemoración de la caída de ningún compañero, pero hace unos días que vengo arrastrando un pesar enorme, un sentimiento, mezcla de angustia, pena y rabia por la situación que atravesamos. No se debe, ni puede seguir negándose que el imperialismo nos tiene arrinconados contra la pared y que la salida a esto, la real y definitiva, se va a demorar y quizás que nos arrastre en el camino.

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No tenemos fuerzas ni elementos para disputar al enemigo imperialista y su poder en este minuto, ni capacidad para evitar sus tropelías.

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La necesidad de aglutinarlos y articularnos, choca por momentos con dolorosos muros de incapacidad e insuficiencia. Lo que surja, si surge, llegará con retraso para muchos de nosotros. Confío en que llegará. Confío porque se ha hecho antes y porque sé que hay muchos como yo soportando un lacerante nudo que se extiende por el pecho y la garganta y no es un infarto (eso tendría una solución rápida o sería el final de todos y el alivio de algunas penas).

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En estos días he llegado a imaginar qué pasos dar para devolverme a una vida corriente, una vida tranquila, lejos de cualquier preocupación que tenga que ver con el prójimo, el mundo, la guerra, la paz y la revolución. He pensado en como sería sobrevivir ocupándome de cosas sencillas y cotidianas y disfrutar de las simplezas que se me han olvidado en el camino. Cómo se sentiría la vida sin tratar de descifrar qué está pasando y qué será de nosotros, solo charlar y reír de lo que sea. Ocuparme del espectáculo, la liga de fútbol o del sexo de los ángeles sin saber de la lucha de clases.

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Me conmueve y a ratos me avergüenza darme cuenta de que ya no soy quien fui y no me echo de menos, veo como un placebo esa otra vida que tuve. Soy débil, como todos y en algún momento es mi conciencia la que me recrimina duramente ese egoísmo.

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«Irse pa´la casa» ha rondado en mi cabeza desde hace rato. Ese frío fantasma de la rendición me acompaña, es un símbolo inconfundible de derrota. Lo sé, por eso, yo sé que hay que reconocerlo y afrontarlo. De nada sirve ocultar lo que se vive y se siente. Al final, termina saliendo por los poros.

No quiero ni una palabra de consuelo, no busco eso y no lo necesito. También tengo claridad en eso.

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A un tiempo que me acosa la cobardía, llegan a mí los recuerdos, uno los he vivido y otros los he tomado prestados del capital colectivo de la memoria.

Me atenaza el pecho el recuerdo de nuestros hermanos caídos y se me va el alma en llanto trayendo a la mente las historias relatadas tantas veces de algunos que compartieron con nuestros combatientes.

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Se me desnudan las costuras de la rabia, aguanto sin poder tragar la imagen de los ojos penetrantes de Alexis, de Bozambo, de Dobry. Me interrogo sobre las madres cubanas que recibieron los féretros de treinta y dos héroes, herederos eternos de la revolución. Me aguijonean los rostros de tantos hermanos que nunca fueron mis amigos, con los que no compartí, pero que fueron la vida de muchos a los que amo. Ya no olvido más al Doctor Insunza, ni a «La Chichi», ni al Manuel Guerrero, ni a la Tamara y el José Miguel, ni a los hermanos Vergara y a la Luisa. Se me hace un nudo sobre el nudo por el Rodrigo Rojas y la Carmen Gloria, el Comandante Ernesto, del «Lobo» del «Peyuco», el «Papi» o el Ariel, desfilan en mi cabeza las fotografías borrosas de muchos muchachos jóvenes sobre los que escuché tanto hablar de ellos que casi puedo imaginarlos como esas fotografías coloreadas por la IA.

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Me avergüenza hasta el extremo mi debilidad, me zarandea el egoísmo de quien todavía está en situación de elegir y se llega a plantear tirar la toalla y no estoy hablando de otros, hablo de mí.

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Tenemos una deuda moral con los que desaparecieron dejando desconsuelo e incertidumbre, con los que sufrieron los horrores más inhumanos, con los que fueron silenciados y ultrajados, cada uno de nosotros sabremos si queremos o no saldarla.

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Me interpelan sus historias como mudos gendarmes de mi conciencia y determino que la única justicia posible es tomar el relevo y continuar el camino empedrado de dolor y sufrimiento porque, de lo contrario, sus padecimientos habrán caído por el precipicio de la nada.

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Hay miles que no menciono y muchos más que desconozco, pero todo y cada uno de ellos componen nuestra reserva moral.

Retroceder y dudar es legítimo, abandonar es imperdonable.

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Se me está estrechando el contorno de la Alegría y considero que mi juicio sobre otros, debo aplicarlo implacablemente sobre mí. No tenemos derecho alguno a renunciar a la victoria por muy lejana que parezca. Ellos vivieron en sótanos cubiertos de excremento y sangre y de los que volvieron a la luz del día, a la condena de la existencia después del horror. Conozco de muchos que todavía siguen pensando que venceremos.

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Hay un puñado de amigos a los que considero hermanos, que cuando hablan de los días en los que la vida los golpeó, siguen agradeciendo a la vida haber entregado todo. Muchos cuentan abstractamente reservándose el dolor o la culpa, pero todos, toditos ellos, los que han sobrevivido a la guerra de la barbarie contra la razón, siguen respondiendo lo mismo, «lo hice por mí, por mis compañeros, por mis amigos, por ustedes, por los que vendrán».

Somos parte de un mismo todo que lleva perpetuándose desde que nació la primera célula de vida. Ininterrumpidamente, la vida que es la materia en movimiento se ha reproducido relevando una vida en otra hasta nuestros días.

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El misterio de la propia vida es la multiplicación de la vida.

Hoy nosotros, nuestras ideas, nuestro compromiso y nuestra acción, somos la única frontera capaz de frenar la destrucción.

Es un camino de obstáculos titánicos y una labor ardua, tediosa, sacrificada, paciente, a veces frustrante y desesperante que tiene como único consuelo la ternura de nuestros pares y semejantes.

Tenemos que volver a levantarnos y sostenernos entre nosotros. Es un deber revolucionario.

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