Por Mg. José A. Amesty Rivera

Cuando escuchamos sobre el conflicto entre EEUU, Israel e Irán, lo primero que vemos y escuchamos por los medios de comunicación parcializados, es la misma narrativa, “es por seguridad”, “es por defensa”, “es contra el terrorismo”, “es por las armas nucleares”.
Pero en nuestros barrios y comunidades, sabemos que cuando el poderoso habla de seguridad, casi siempre es porque quiere controlar recursos, mercados, rutas y hegemonía. Esto no es teoría, es historia concreta y documentada.
Nos quieren hacer creer que Irán es el malo del planeta. Pero si miramos con honestidad sabemos que el verdadero antagonismo no es entre “bueno y malo”, sino entre potencias y soberanías que se niegan a someterse.
Irán, a diferencia de EEUU, no ha impuesto su dominio militar por todo el mundo, no tiene bases que rodeen continentes, ni ha intervenido hasta el cansancio en una y otra región para dictar gobiernos afines.
La historia del conflicto no empieza con el programa nuclear iraní. Empieza mucho antes, con intervenciones, golpes y políticas que buscaron subordinar a Irán a intereses externos.
En 1953, la intervención de la CIA produjo un golpe que sacó del poder al gobierno nacionalista de Mohammad Mosaddeq, para poner a un monarca aliado del imperio occidental, precisamente porque Mossadegh, había nacionalizado los pozos petroleros para el beneficio del pueblo iraní y no de las corporaciones extranjeras.
Este momento marcó el inicio de una enemistad, que no es fruto de la casualidad, sino de un rechazo profundo a la intervención imperial.
Lo que hoy vemos como “amenaza nuclear” debe entenderse desde otro ángulo, Irán ha buscado independencia energética y soberanía frente a bloques que históricamente, han querido dominar sus recursos y su sistema político.
El llamado acuerdo nuclear de 2015, firmado entre Irán y EEUU, China, Rusia, Reino Unido, Francia Alemania, cuyo objetivo era limitar el programa nuclear iraní a fines pacíficos, a cambio de aliviar sanciones económicas internacionales, fue un momento donde, tras años de presión y amenazas, hubo una posibilidad de detenerse.
Pero cuando Washington se retiró unilateralmente de ese acuerdo y reimplantó sanciones durísimas, no solo castigó a la élite dirigente iraní, castigó al pueblo trabajador, multiplicó la pobreza, la inflación y la desesperación.
Irán, debemos decirlo no es un proyecto ideal. Tiene sus contradicciones internas, problemas de derechos humanos y elites que no representan a todos. Pero cuando un Estado quiere tomar decisiones soberanas en su propio territorio y su propio modelo de desarrollo, el sistema internacional lo penaliza con sanciones, bloqueos y presiones constantes. Eso no es seguridad global, es dominación global.
Y aquí viene lo que casi nunca se dice, no estamos frente solo a una disputa militar, sino a una guerra de narrativas y geopolítica distributiva. Irán no quiere subvertir el orden mundial; quiere que el orden mundial no lo perturbe a él.
Desde la revolución de 1979, su proyecto fue profundamente antiimperialista (no perfecto, pero coherente en la resistencia a la hegemonía occidental) y ha buscado apoyos que contrarresten la asfixia económica y política, como vínculos con China, Rusia y otros actores que no se pliegan completamente al eje occidental, y con eso ha construido un tejido que hoy le permite seguir de pie ante embates inmensos.
Lo que EEUU y sus aliados venden como “defensa de la estabilidad regional” es, en muchos casos, el mantenimiento de un status quo que favorece intereses corporativos, acceso a recursos energéticos y dominación estratégica.
Y cada vez que Irán ha buscado autonomía económica o alianzas fuera del bloque occidental, ha enfrentado sanciones y ataques. Eso no es casualidad; es geopolítica pura.
No se trata de idealizar a Irán como un edén. Se trata de reconocer que en el gran tablero internacional no todos parten del mismo punto ni con las mismas armas.
EEUU tiene bases militares por todo Medio Oriente, apoyos explícitos a regímenes y alianzas que funcionan como garantía de sus intereses.
Irán, por su parte, ha aprendido a maniobrar en un entorno hostil, ha buscado redes comerciales alternativas, ha resistido presiones económicas y ha encontrado en su posición geográfica y en su identidad política una forma de desafío a la hegemonía occidental.
Es cierto que Irán apoya movimientos y grupos que para algunos son controversiales. Pero desde la lógica occidental eso es etiquetado automáticamente como “terrorismo”, mientras que el despliegue de fuerzas armadas estadounidenses en decenas de países, sin mandato de la ONU y muchas veces sin autorización interna, es legítimo. Esa doble vara no se sostiene si uno mira la historia.
Y aquí no se trata de temer una bomba nuclear o no. Se trata de analizar quién ha usado más armas en este siglo, quién ha patrocinado más guerras indirectas, quién ha intervenido más veces en las vidas de otros pueblos. Irán no tiene bases que rodeen continentes, Estados Unidos sí.
Desde nuestra perspectiva latinoamericana, sabemos lo que significa que los centros de poder impongan su voluntad. Sabemos que la seguridad de los poderosos casi siempre se traduce en el despojo de los pobres y en guerras que no son nuestras.
La historia de nuestra región está llena de intervenciones disfrazadas de “ayuda” o “estabilización”, y eso mismo está pasando ahora en Medio Oriente.
Si queremos entender este conflicto, no podemos quedarnos en los relatos simplificados que repiten slogans de seguridad, terrorismo o democracia.
Debemos ver la historia completa, la intervención directa en gobiernos soberanos, la imposición de sanciones devastadoras, la presión económica que golpea a los más vulnerables y la constante amenaza de que cualquier política soberana sea etiquetada como “peligrosa”, como el caso de Cuba, Nicaragua o Venezuela, entre otras naciones.
Irán puede no ser el héroe perfecto. Pero enfrenta un bloque con fuerzas colosales que históricamente ha utilizado su poder militar, económico y cultural para imponer modelos de dominación.
Reconocer esto no es tomar partido, es comprender que en el tablero global hay actores que defienden soberanía y otros que defienden hegemonía, y esto cambia radicalmente la lectura de este conflicto.
No se trata de apoyar a cualquier régimen. Se trata de ver con honestidad quién ha sido el agresor estructural en esta historia y quién ha sido el resistidor. La balanza geopolítica no es neutral; refleja décadas de intervenciones, sanciones y asfixias económicas que tienen nombre y apellido.
Mientras no cuestionemos ese orden y esa historia de dominación, seguiremos repitiendo las mismas narrativas que justifican guerras, sanciones y desigualdades globales.
La apuesta no es una guerra más, es romper con la lógica de que unos pocos pueden decidir sobre el destino de pueblos enteros.









