
por Bea P. De la Cuerda e Inma Pérez
La urgencia política del transfeminismo
Cada 8 de marzo, miles de personas tomamos las calles y el feminismo se reafirma como una vanguardia de lucha. Pero a su vez, es también un espacio de disputa, expuesto a intentos de cooptación, donde convergen intereses contrapuestos y cuya capacidad para poner en cuestión el orden existente ha ido modificándose con el tiempo. Este 8m buscamos hacernos eco de la dimensión emancipadora de la lucha feminista. Para ello, recordamos que nos encontramos ante una jornada históricamente ligada a las luchas de las trabajadoras, a la organización colectiva y al conflicto con el orden capitalista.
Esta relación no es casual: el control y la jerarquización de los cuerpos a través del género constituye una de las piedras angulares del capitalismo. Es un mecanismo central para organizar la explotación, garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo y sostener un sistema basado en la desposesión y desigualdad. Por ello, este 8M, volvemos a reivindicar la necesidad de hacer del transfeminismo una fuerza de lucha de clases, que sea capaz de señalar y atacar ese pilar fundamental, y que ponga al capitalismo contra las cuerdas al cuestionar aquello que lo sostiene.
Y en el contexto actual, donde la ola reaccionaria amenaza con pulverizar las conquistas feministas, este ejercicio se vuelve más necesario que nunca. El ascenso de la extrema derecha no puede entenderse como un fenómeno aislado o meramente cultural. Es la expresión política de un capitalismo en crisis que, incapaz de garantizar condiciones de vida dignas, opta por disciplinar, dividir y gobernar mediante el miedo. ¿Su objetivo? Llevar a cabo una reconfiguración material del poder que recomponga el orden social atacando las condiciones mismas que sostienen la vida, reforzando jerarquías y asegurando la continuidad de la explotación. El género, los cuerpos y la reproducción social se convierten así en campos estratégicos de su ofensiva y, por ello, la lucha feminista es una trinchera desde la que combatir el ascenso de la extrema derecha.
Ola reaccionaria y vuelta de los roles de género: tradwives y gymbros
Parece que se ha instalado en ciertos sectores masculinistas una suerte de “volver a ser lo que fuimos” versión hombre proveedor de la casa, incluyendo con eso devolver a la mujer al rol de cuidadora en el hogar. Claro que las condiciones materiales de ahora son bastante distintas a las del pasado al que algunos quieren volver.
En este contexto de crisis capitalista, el 8M vuelve a adquirir una centralidad política particular: la ola reaccionaria busca recomponer el poder de la burguesía mediante la restauración del orden patriarcal, el reforzamiento de las jerarquías de género, raza y clase, y la neutralización del feminismo como fuerza transformadora. Esta ofensiva no se expresa únicamente a través de leyes regresivas o discursos parlamentarios: se filtra de forma cotidiana y eficaz en todas las esferas de nuestra vida, haciendo especial mella en las más jóvenes. En entornos digitales, donde hoy más que nunca nacen significados y categorías que dotan de sentido a nuestra vida social, hemos visto el ascenso de tendencias que ofrecen modos de vida marcados por la delimitación tradicional del género.
Por citar algunos: tradwives —mujeres jóvenes que reivindican una vida centrada en el hogar, la sumisión al marido, la maternidad y el cuidado— presentadas como “elección libre” y estilo de vida deseable. Estos discursos, cuidadosamente estetizados, ocultan la realidad material que los hace posibles: dependencia económica, privatización de los cuidados y normalización del trabajo reproductivo gratuito. Bajo el relato de la autenticidad y la vuelta a “lo natural”, se legitima una reorganización profundamente funcional al capitalismo en crisis, que necesita devolver el peso de la reproducción social al ámbito doméstico. Al mismo tiempo, reinstalan una concepción de las mujeres como sujetos vulnerables que deben ser protegidos, negándoles autonomía material y política y obligándolas a delegar su seguridad en el marido o en el Estado, lo que implica su desposesión como sujetos plenos y su exclusión de la esfera de lo político.
Y gymbros: una masculinidad hipervirilizada, obsesionada con la disciplina corporal, el rendimiento físico, el éxito individual y la autosuficiencia. Este modelo interpela especialmente a hombres jóvenes precarizados, a quienes se les ofrece una falsa promesa de control y poder en un contexto de frustración material. Además, este modelo conecta directamente con una pedagogía de la fuerza funcional al imperialismo y a una economía de guerra en expansión. En un contexto de crisis del capitalismo y de agotamiento de los mecanismos de consenso, los Estados y los bloques imperialistas necesitan reforzar una subjetividad masculina funcional a la violencia organizada: cuerpos disciplinados, resistentes al dolor, entrenados en la competencia y en la obediencia a jerarquías. La cultura gymbro produce precisamente ese tipo de cuerpo y de subjetividad: un cuerpo trabajado como máquina individual, orientado al rendimiento, la dureza y la autosuperación constante, y una subjetividad que traduce los problemas estructurales (precariedad, frustración, pérdida de expectativas) en una cuestión de voluntad personal.
Esta masculinidad se construye también en torno a la figura del protector: el varón fuerte llamado a defender a la familia concebida como refugio frente a un mundo hostil, reforzando una división sexual en la que unos cuerpos se entrenan para la violencia legítima y otros quedan relegados al espacio doméstico y a la dependencia. De este modo, la adaptación a condiciones materiales cada vez más duras se presenta como elección individual y no como imposición política.
Estos movimientos actúan como pedagogías reaccionarias con un fuerte carácter ideológico: naturalizan la desigualdad, refuerzan la división sexual del trabajo y canalizan el malestar social hacia soluciones individuales, conservadoras y profundamente desmovilizadoras. Su mensaje es claro: si el sistema te expulsa, la culpa es individual; la salida no es colectiva ni política, sino corporal, competitiva y jerárquica. El feminismo aparece aquí como enemigo, responsable de una supuesta pérdida de estatus masculino.
Al mismo tiempo, interpelan de forma directa a una juventud que crece en un contexto de precariedad estructural, crisis climática y ausencia de horizontes, ofreciéndole certezas simples y jerarquías claras frente a un mundo cada vez más incierto. En este marco, la familia heterosexual se presenta como única unidad legítima de protección y pertenencia, mientras se vacía a las mujeres de capacidad de agencia y se las reinscribe en una posición de tutela permanente.
Volver a poner a cada uno en su sitio: renaturalización del género y masculinismo
En este contexto, operan las llamadas guerras de género: batallas mediáticas con las que la extrema derecha consigue poner el foco en los avances en derechos cuir y feministas, desviando la atención de las crisis capitalistas que las jóvenes estamos sufriendo e intentando volver a organizar y disciplinar nuestros cuerpos y sexualidades. Esta contraposición no es inocente: se construye deliberadamente un relato en el que los malestares materiales —la precariedad, el encarecimiento de la vida o la falta de expectativas— aparecen como consecuencia de una supuesta “excesiva libertad” en cuestiones de género y sexualidad, presentadas como caprichos superfluos o ajenos a las condiciones de vida. De este modo, se insinúa que el problema no es la desigualdad estructural, sino las conquistas políticas del movimiento feminista. Es a través de estas batallas ideológicas como capitalizan una respuesta neomachista y patriarcal, de la mano de un programa político de recortes en muchos de los avances en derechos reproductivos y LGTBQ+. Aquí es donde se promueve una vuelta a roles de género tradicionales, con la renaturalización del género, rechazo a los derechos trans y refuerzo de la familia.
Esta ofensiva, apoyada en falacias sobre la biología para la negación de las identidades trans, busca reinstaurar un orden jerárquico, estable y funcional a la explotación. La construcción binaria del género es funcional a la división sexual del trabajo y a un reparto desigual de la reproducción, pero se construye sobre una ficción. Estas categorías estancas sexo-género tienen un papel disciplinante sobre la clase trabajadora y permiten regular quién cuida, quién sostiene la vida y quién sacrifica su autonomía y tiempo. En contextos de crisis (precariedad, envejecimiento, colapso de lo público), el capital necesita reforzar este engranaje para garantizar su continuidad. Lejos de ser una mera cuestión cultural, el binarismo de género se convierte en una de las bases sobre las que se sustenta el sistema capitalista actual.
Como dice un meme popular de internet, si el binarismo de género fuese tan natural no haría falta un Estado policial para reforzarlo. Bajo este Estado policial y de vuelta a lo tradicional, se presenta como “natural” lo que es histórico y construido: la maternidad obligatoria, el cuidado femenino, sacrificio emocional… Los hombres se presentan como víctimas de los avances feministas, y solo mediante una vuelta a la familia podría recuperar su “hombría” perdida. La disidencia es perseguida, a la vez que se refuerzan las expectativas de género, especialmente sobre las mujeres. Así, la intensificación de la presión estética es complementaria al proyecto reaccionario, donde los cuerpos feminizados sufren una doble exigencia: el sostenimiento de los roles tradicionales y de estándares estéticos inalcanzables. La disciplina del género no afecta solo a disidencias, sino que violenta al conjunto de la clase trabajadora y excluye, castiga o fetichiza todo lo que no entra dentro de sus cánones: cuerpos trans, gordos, racializados, discapacitados o envejecidos. El capitalismo necesita cuerpos productivos y, a la vez, cuerpos consumibles, permanentemente insatisfechos y auto-vigilados.
Femonacionalismo: las mujeres como excusa para políticas racistas
En muchos países occidentales, el feminismo es usado como coartada para ocultar y justificar políticas racistas. El machismo es presentado como un problema “cultural” de otros pueblos, ocultando el patriarcado estructural del sistema capitalista actual en el que vivimos. A este movimiento se le conoce como femonacionalismo y está muy extendido entre partidos de derecha y extrema derecha.
Observamos como los derechos de las mujeres y personas cuir son usados para la persecución y expulsión de personas migrantes en muchos países, impulsados por los discursos de la extrema derecha. Según esta lógica, los mismos que amenazan y persiguen a las disidencias en sus países, presentan como amenaza al de afuera. En países como Palestina o Irán, la lucha de las mujeres por su liberación o contra el colonialismo son invisibilizadas desde algunos sectores occidentales, mostrándolas como víctimas en vez de como sujetos políticos con agencia propia en los movimientos en que participan.
Un feminismo que no cuestiona el racismo, el imperialismo y las fronteras no hará más que acabar perpetuando el status quo. En un momento de rearme militar y colonialismo, la lucha por los recursos hace necesaria una ideología civilizatoria que justifique intervenciones en terceros países, a la vez que criminaliza a personas migrantes y racializadas en los países imperialistas.
En muchos de estos países, la crisis de la reproducción social está recayendo en la clase trabajadora extranjera y precaria, que está cubriendo los cuidados que el estado no asume (personas mayores, dependientes, niñes), y al que muchas familias no llegan por estar integradas en la producción capitalista. Cuestionar el reparto de cuidados requiere de una perspectiva antirracista que ponga en valor este trabajo invisible realizado por muchas mujeres migrantes en el norte global.
Crisis de los cuidados y derechos reproductivos
No podemos entender el proceso de re-hogarización de las mujeres y refuerzo de la familia tradicional sin hablar de la crisis de cuidados como eje central en el momento actual: los recortes, las privatizaciones y la precariedad trasladan el peso del sostenimiento de la vida a los hogares. La reacción conservadora responde re-familiarizando la reproducción social, no ampliando derechos. Este recorte en los derechos de los cuerpos feminizados y racializados, que sostienen mayoritariamente esta carga, garantiza el trabajo gratuito y la dependencia económica, disfrazando la ideología patriarcal de amor y seguridad, en un contexto de miedo, desconfianza y crisis. La familia es una respuesta a la crisis capitalista, pero no es la respuesta que mejorará la vida de la clase trabajadora. Solo mediante la proyección de otros modelos de organización social y reparto de cuidados conseguiremos invertir la opresión patriarcal que sustenta la reproducción hoy día. Lejos de liberar, la privatización de esos cuidados dentro de la familia limita la vida de quienes los sostienen y los invisibiliza.
Otra de las puntas de lanza en este auge reaccionario, de la mano de los ataques a las vidas cuir, es el ataque a los derechos sexuales y reproductivos de los cuerpos gestantes. Los ataques al aborto, la anticoncepción y la educación sexual forman parte de una biopolítica autoritaria. Así, controlar el cuerpo gestante implica decidir quién reproduce, en qué condiciones y para quién. La lucha por controlar la reproducción social incluye el control sobre los cuerpos gestantes, que son gestionados como recursos. Esto no podría darse sin la ayuda de una ideología profundamente cisheteropatriarcal y moralizante sobre las sexualidades.
Feminismo mainstream: más allá del punitivismo y la cooptación
En los últimos años, hemos asistido a partes del feminismo que han sido integradas por el Estado, sin cuestionar las causas estructurales que la opresión que sufren las mujeres en el sistema capitalista actual y vaciando de contenido un movimiento que siempre ha estado protagonizado por demandas de la clase obrera. Este feminismo desclasado se ha convertido más en una suerte de “mujerismo” que en un movimiento emancipador y liberador.
Esto se ha visto especialmente en el abordaje que se ha hecho de las violencias machistas, a menudo centradas en señalar y castigar al agresor, más que en prevenir o dar respuesta colectiva a un problema social. Las respuestas punitivas no van a la causa del problema, individualizan una violencia que es sistémica y avalan la función profundamente racista y represiva del Estado y de sus cuerpos de seguridad. En este marco, es fácil que surjan discursos femonacionalistas, que señala a migrantes como agresores, a la vez que muestra las mujeres de culturas no occidentales como víctimas que salvar.
El feminismo punitivista no hace más que reforzar los discursos securitarios y de miedo, que tan fácilmente puede derivar en reforzamiento de cuerpos policiales, represión y fronteras. Dentro de este marco del miedo es también fácil que se fomenten esos pánicos morales que hay detrás de muchos de los discursos LGTBifóbicos y neomachistas.
Hacia un transfeminismo anticapitalista contra la extrema derecha
El feminismo ha sido y puede seguir siendo una fuerza capaz de conquistar grandes victorias para la clase trabajadora. Así lo hemos visto en el último ciclo de huelgas feministas, pero también en su capacidad para transformar luchas centrales como la de la vivienda, el movimiento antiimperialista y la solidaridad con Palestina, o en los procesos de organización de sectores racializados y feminizados, como las trabajadoras sexuales y las trabajadoras del hogar y de los cuidados organizadas en el sindicato SINTRAHOCU.
De cara al próximo 8 de marzo, desde Abrir Brecha queremos recuperar el hilo morado que nos conecta con la huelga de las trabajadoras textiles que en 1917 paralizó la Rusia zarista al grito de pan y paz, y que marcó el inicio de un ciclo revolucionario. Reivindicar esa genealogía implica entender el feminismo no como una lucha sectorial, sino como una herramienta para cuestionar el conjunto del orden social.
Porque el feminismo no ha ido demasiado lejos: queremos llevarlo más allá. Para que pueda desplegar toda su potencia transformadora es necesario construir un transfeminismo anticapitalista que no solo conquiste derechos, sino que sea capaz de articular y radicalizar las luchas existentes —por la vivienda, contra el imperialismo, contra el racismo y la precariedad— y de poner en cuestión las bases materiales de la explotación.
Solo así el feminismo podrá seguir siendo una fuerza de victoria para la clase trabajadora y una palanca real de transformación social.
Bea P. de la Cuerda. Inma Pérez. Militantes de Abrir Brecha









