Por Mg. José A. Amesty Rivera

A propósito de la mal llamada Cumbre “Escudo de las Américas”, convocada por el presidente estadounidense Donald Trump, se reunieron doce países de América Latina en Miami-Florida, representados por sus respectivos mandatarios o líderes políticos.
Entre ellos estuvieron: Javier Milei (Argentina), Rodrigo Paz Pereira (Bolivia), José Antonio Kast (Chile), Rodrigo Chaves Robles (Costa Rica), Daniel Noboa (Ecuador), Nayib Bukele (El Salvador), Irfaan Ali (Guyana), Nasry Asfura (Honduras), José Raúl Mulino (Panamá), Santiago Peña (Paraguay), Luis Abinader (República Dominicana), Kamla Persad-Bissessar (Trinidad y Tobago).
Entre las ausencias más notorias, se encontraron gobiernos identificados con posiciones progresistas o soberanistas en la región: Claudia Sheinbaum (México), Luiz Ignacio Lula da Silva (Brasil), Delcy Rodríguez (Venezuela), Miguel Díaz-Canel (Cuba), Daniel Ortega-Rosario Murillo.
Y es que, estas ausencias no son casuales, revelan las fracturas políticas y geopolíticas que atraviesan hoy a América Latina, particularmente en torno a la relación con Estados Unidos y al papel que deben jugar los países del continente en el nuevo escenario internacional.
Desde una perspectiva crítica latinoamericana, analizaremos algunos de los hechos y declaraciones más relevantes surgidos de esta reunión.
Debemos recordar que, en política internacional existen momentos que revelan con claridad cómo se organizan las relaciones de poder en el mundo. La cumbre “Shield of the Americas”, realizada en EEUU, fue uno de esos momentos.
Allí, Donald Trump presentó una iniciativa que, bajo el discurso de combatir el narcotráfico y los cárteles, apunta a algo mucho más profundo, la militarización del continente y la reafirmación de la hegemonía de Washington sobre América Latina.
Para muchos movimientos sociales, intelectuales críticos y sectores progresistas del continente, lo ocurrido en esta cumbre no es un hecho aislado. Forma parte de una larga historia de presiones políticas, intervenciones militares y doctrinas imperiales, que durante más de un siglo han intentado convertir a América Latina en lo que el propio lenguaje político estadounidense llamó durante décadas “su patio trasero”. Hoy el lenguaje se moderniza, pero la lógica sigue siendo igual.
Más allá de los anuncios políticos y militares, la cumbre dejó también una escena simbólica que recorrió rápidamente las redes sociales.
Según múltiples comentarios difundidos por analistas y periodistas, el presidente argentino Javier Milei intentó pronunciar un discurso en inglés durante el evento, en lo que muchos interpretaron como un gesto para agradar al poder político estadounidense.
El resultado fue un discurso confuso que incluso generó dificultades para los traductores presentes.
Más allá del episodio anecdótico, lo importante es lo que revela, la relación desigual entre los centros de poder global y algunos gobiernos latinoamericanos, dispuestos a mostrar subordinación política y cultural.
En este contexto circulo una frase atribuida al propio Trump: “No voy a aprender su maldito idioma”.
Sea literal o simbólica, la frase refleja una actitud histórica de desprecio hacia la diversidad cultural latinoamericana. Y la pregunta que quedó flotando en muchos debates fue inevitable: ¿Dónde quedó la dignidad de algunos mandatarios latinoamericanos que, en medio de este ambiente, aplaudían sonrientes?
Durante esta cumbre, Trump proyectó lo que diversos analistas ya denominan la “Nueva Doctrina Donroe”, una reinterpretación contemporánea de la histórica Doctrina Monroe del siglo XIX.
Recordemos brevemente que, la Doctrina Monroe proclamaba “América para los americanos”. Pero en la práctica significó América Latina bajo la tutela geopolítica de Estados Unidos. Esa doctrina sirvió durante décadas para justificar: invasiones militares, golpes de Estado, bloqueos económicos, manipulación política de gobiernos latinoamericanos, entre otras calamidades, como: El golpe en Guatemala en 1954, hasta el derrocamiento del presidente chileno Salvador Allende durante el golpe militar de 1973, la historia latinoamericana ofrece múltiples ejemplos de esta política.
Hoy el discurso cambia, el enemigo ya no es el comunismo, sino los cárteles del narcotráfico y la influencia de China en la región. Pero el objetivo estratégico es igual, mantener la hegemonía estadounidense en el hemisferio.
Uno de los anuncios principales de la cumbre, fue la creación de una Coalición Contra los Cárteles de las Américas. Trump llegó incluso a mencionar, el posible uso de misiles de alta precisión y operaciones militares transnacionales para combatir a las organizaciones criminales.
El problema es que muchos especialistas en derecho internacional recuerdan un punto fundamental, el narcotráfico es un delito penal, no una justificación legal para intervenciones militares en territorio de otros países.
La experiencia histórica de la llamada “guerra contra las drogas” demuestra que la militarización suele generar, más violencia, violaciones de derechos humanos, debilitamiento institucional, pérdida de soberanía nacional, en lugar de resolver el problema.
Otro elemento central del discurso de Trump fue el endurecimiento de la política contra Cuba. La administración estadounidense reafirmó la estrategia de “presión máxima”, reforzando el bloqueo económico que EEUU mantiene contra la isla desde hace más de seis décadas.
Estas medidas incluyen sanciones energéticas, restricciones financieras y presiones diplomáticas; No olvidemos que, diversos organismos internacionales han advertido que estas políticas podrían agravar la crisis económica y energética en la isla. Y, además, desde la perspectiva de muchos movimientos sociales latinoamericanos, estas medidas constituyen una forma de castigo colectivo contra el pueblo cubano.
Otro momento de tensión ocurrió, cuando Trump mencionó la posibilidad de retomar el control del estratégico Canal de Panamá. Según el mandatario estadounidense, la creciente presencia económica de China, en la región representa una amenaza para los intereses de Washington. Obvio que, este comentario fue dirigido directamente al presidente panameño José Raúl Mulino.
Este episodio revela algo más profundo, América Latina se ha convertido nuevamente en escenario de disputa entre grandes potencias.
Entre los asistentes también estuvo Rodrigo Chaves Robles, lo cual generó una pregunta inevitable, ¿Por qué participó Costa Rica, un país que abolió su ejército en 1948?
La decisión histórica de eliminar las fuerzas armadas fue impulsada por el líder reformista José Figueres Ferrer tras la guerra civil de 1948. Desde entonces, Costa Rica ha construido una identidad internacional basada en: el pacifismo, la diplomacia, la resolución pacífica de conflictos, la defensa del derecho internacional.
Sin embargo, su participación en una cumbre centrada en estrategias militares revela una incongruencia política. Aunque el país no posee ejército, sí coopera con programas regionales de seguridad impulsados por Estados Unidos, especialmente en materia de lucha contra el narcotráfico.
Esta participación genera debates dentro del propio país, sobre hasta qué punto Costa Rica puede involucrarse en estrategias de militarización regional, sin contradecir su tradición pacifista y su propia Constitución Nacional.
La cumbre “Escudo de las Américas” deja planteadas preguntas fundamentales para el futuro del continente. ¿Debe América Latina aceptar la militarización regional como estrategia contra el narcotráfico?, ¿Debe alinearse automáticamente con Washington en la disputa geopolítica con China?, ¿O debe construir una agenda propia basada en soberanía, desarrollo social e integración regional?
Desde la perspectiva crítica latinoamericana la respuesta es clara, la seguridad verdadera no se construye con misiles ni con intervenciones militares. Se construye con, justicia social, reducción de la pobreza, desarrollo económico, educación, integración regional, soberanía política, entre otras.
Porque mientras persistan profundas desigualdades sociales en el continente, el crimen organizado seguirá encontrando terreno fértil y las potencias extranjeras tratarán siempre de aprovecharse.
Para concluir, América Latina tiene una larga historia de intervenciones extranjeras justificadas con distintos pretextos, anticomunismo, lucha contra el terrorismo o guerra contra las drogas.
Hoy el argumento reaparece bajo un nuevo nombre, pero también existe otra tradición latinoamericana, la tradición de la dignidad y la soberanía de los pueblos.
Como escribió el pensador uruguayo Eduardo Galeano: “La historia de América Latina es la historia de la lucha por su dignidad”. Esa dignidad sigue siendo hoy el desafío central del continente; Porque la pregunta que deja esta mal llamada Cumbre es profunda y decisiva.
¿América Latina caminará hacia una nueva subordinación militar o hacia una integración soberana de sus pueblos? La respuesta no dependerá únicamente de los gobiernos, dependerá también de la conciencia histórica y la movilización de los pueblos latinoamericanos.









