
por Alejandro Mora Donoso
Dos cucharadas y a la papa. Los cambios políticos siempre reabren preguntas de fondo sobre la dirección estratégica del país. En el caso de Chilito, tres dimensiones resultan particularmente relevantes, anoten por ahí, para ver si cuaja este queso: por un lado la soberanía en un sistema internacional en guerra, el comportamiento de las élites económicas locales y el endurecimiento del aparato estatal, aún más.
1. Soberanía en un mundo atravesado por conflictos globales
Chile no se mueve en el vacío. Su política exterior se desarrolla en un escenario internacional marcado por la creciente rivalidad entre potencias y por conflictos armados que tensionan el sistema global, citando a Karmy sobre la israelizacion de las élites y la palestinización de los pueblos.
En ese contexto, el país se encuentra en una posición compleja. Por un lado, las burguesías locales mantienen vínculos históricos de cooperación política y militar con Estados Unidos y por otro, su principal socio comercial es actualmente China, destino central de las exportaciones de cobre, litio y productos agroindustriales.
Este equilibrio obliga a Chile a practicar una diplomacia pragmática, excluyendo lógicamente los intereses populares para preservar la autonomía de la burguesía local, sin romper los vínculos que sostienen su inserción económica internacional. La verdadera pregunta, entonces, no es si Chile puede aislarse de estas tensiones, sino cuánta capacidad tendrá una derecha como Kast para administrar su soberanía dentro de un sistema global cada vez más israelizado (fascista y genocida).
2. El comportamiento de las élites y los acuerdos entre burguesías
Un segundo factor clave es el rol de las élites económicas y políticas. Durante décadas, distintos sectores de la burguesía chilena han mantenido acuerdos implícitos que han garantizado estabilidad institucional y continuidad en el modelo económico, político social y lamentablemente impunidad en temas de derechos humanos e incluso una subyugación mayor de la clase trabajadora al sistema casi de esclavitud moderna y prácticamente inviable con la vida digna y saludable.
Sin embargo, cuando emergen sectores políticos más ideológicos o menos dispuestos a sostener esos consensos, el sistema puede entrar en zonas de mayor fricción. Una derecha gobernante con menor disposición a negociar podría tensionar esos acuerdos históricos entre grupos económicos nacionales e intereses internacionales.
En ese escenario, el riesgo no necesariamente radica en un quiebre inmediato del modelo económico, sino en el aumento de las tensiones dentro de las propias élites, especialmente en un contexto donde la competencia geopolítica entre potencias también atraviesa los mercados y las inversiones.
3. El descrédito del aparato estatal y el control interno
El tercer punto tiene que ver con la posibilidad de un endurecimiento del aparato estatal frente a escenarios de conflictividad social o política.
Chile posee instituciones que limitan el poder ejecutivo, como el Congreso Nacional o la Corte Suprema. Sin embargo, la historia latinoamericana demuestra que en contextos de crisis los Estados pueden ampliar sus mecanismos de control mediante estados de excepción, legislación de seguridad o mayor vigilancia interna. Gran parte de esa avanzada burguesa ya está hecha y naturalizada durante el gobierno Boric.
La preocupación no radica únicamente en el uso de estas herramientas, sino en la posibilidad de que se conviertan en mecanismos permanentes para administrar conflictos políticos o sociales.
Entonces, Chile enfrenta hoy un escenario en el que convergen tres dinámicas: una rivalidad geopolítica global creciente, posibles tensiones dentro de las élites económicas y una mayor presión sobre las instituciones del Estado.
Ninguno de estos factores determina por sí solo el rumbo del país. Pero juntos dibujan un panorama donde la pregunta central deja de ser simplemente quién gobierna, para transformarse en otra más profunda, ¿qué capacidad tendrá Chile para sostener su estabilidad política y su autonomía estratégica en un mundo cada vez más fascista?
Seamos honestos, el poder ya no radica en el pueblo por qué su poder fue expropiado por la burguesía tras el estallido, todo aquel que se opuso a esa idea fue exiliado y convertido en paria.
Entonces durante la administración Kast, veamos.


