
por Eduardo Soares
Todos y todas saben ya muy bien que sólo escribo sobre compañeros y compañeras que conocí personalmente.
Con aquellos que compartí, vidas, luchas y sacrificios.
Y generalmente (en mi caso) he escrito sobre las maravillosas, heroicas y absolutamente desconocidas vidas de inmensos cuadros revolucionarios de los que nadie habla ni hablará.
La excepción quizás es la del Pelado Perdía.
Un compañero a quien conocí en la Historia y vida contemporánea, pero de quien, con el tiempo, seguí aprendiendo mucho.
Entiendo que todos los homenajes aportan.
Pero a veces el simple homenaje vacío como si fuera un libro de historia de la escuela dice poco. Y hasta confunde.
Perdía fue un hombre de carne y hueso con sus más y sus menos obviamente.
Sin embargo, tuvo (para mí) una cualidad que suelen tener los grandes: la reflexión, la profundidad en el pensamiento y la evaluación. Y la humildad.
En mi vida fue un gran maestro, al mismo nivel que Cacho Scarpatti o Quique Pecoraro.
Siempre fui un cuadro intermedio, más bien bajo en el escalafón organizativo de Montoneros.
Un oficial subalterno que a lo sumo en algunas pocas oportunidades tuve responsabilidades de subjefe de Unidad.
De manera que no fueron muchos los altos comandantes que pude conocer en mi militancia montonera.
Solo los comandantes Mendizábal y Lewinger porque ambos fueron jefes de la Regional donde yo militaba.
De manera que al Pelado Perdía lo conocí (casi por casualidad) mucho después de nuestra derrota en el marco de la Guerra revolucionaria de los años setenta.
Obviamente había oído hablar mucho de él.
Pero la vida de los hombres -entiendo- debe ser descrita en el marco de la Historia o como transcurrió el pedazo de historia en qué uno la describe.
Tengo entonces la obligación de mencionar los momentos históricos para no retratar solo a un hombre ideal desprovisto de las vicisitudes de su tiempo.
Lo concreto es que nunca tuve la posibilidad de conocer personalmente al Comandante Perdía, al famoso «Pelado Carlos» de la Dirección Montonera, durante su participación en esa función.
Varios años después de la derrota de Montoneros, el proceso de intentar establecer o sintetizar las causas de la derrota se hizo imposible y por lo tanto los caminos tomados por muchos exmilitantes fueron diferentes.
Incluidos también los de los tres comandantes que quedaron con vida de la Conducción Nacional.
Después de decenas de intentos de construir algo luego de la dictadura y durante el menemismo, la Argentina se desbarrancaba, pero (igual que ahora) nos costaba a todos construir esa alternativa revolucionaria.
Vinieron las puebladas del 2001, gran parte del menemismo se transformó en Kirchnerismo de un día para otro.
Y la posibilidad de vertebrar un proyecto revolucionario fue cada vez más difícil.
El Kirchnerismo arrasaba con toda construcción existente y dividía organizaciones chicas y grandes.
Por mi parte, fracaso tras fracaso e intento tras intento durante casi 15 años, aun así, nunca deje de ser un simple abogado a quien se recurría con causas casi perdidas.
Vivía de la profesión y aportaba muchísimo a la defensa de todo tipo de presos políticos nacionales y extranjeros.
Y esa característica de abogado fue lo que me unió con el Pelado Perdía para el resto de su vida.
Así, un día recibo una llamada de una persona que se identifica como «Roberto Perdía» y que quería hablar conmigo y colaborar con una importante causa que yo llevaba.
Era la causa de Iosu Lariz Iriondo, un vasco independentista que fue secuestrado en Montevideo, traído encapuchado a la Argentina y entregado a la policía.
El Gobierno Nacional aceptó a ese prisionero traído en esas condiciones y lo puso a disposición de un Juez.
El Presidente argentino era Néstor Kirchner.
Lariz Iriondo era reclamado en extradición por un famoso juez genocida del pueblo vasco y tenido acá como un héroe: Baltazar Garzón.
Y el juez argentino que llevaba la causa era Claudio Bonadio.
Mi sorpresa era indescriptible: el Comandante Perdía me llamaba a mí, un simple abogado, un ex oficial Montonero que estuvo muchos niveles debajo de su comando, nada más y nada menos que para «ponerse a mi disposición para lo que él pudiera aportar».
Pensé al principio que era una broma.
Estuve un día entero poniendo mi Estudio de punta en blanco como si fuera a recibir al General Giap o al Mariscal Zhukov.
En definitiva, era un alto jefe Montonero que venía a mi destartalada oficina.
Y así conocí al Pelado y estuve cerca de él hasta el minuto de su muerte.
Con diferencias, con discusiones, con respeto casi reverencial pero siempre, absolutamente siempre aprendiendo.
La vida nos acercó más cuando ese mismo Juez Bonadio ordenó las detenciones de Perdía y Vaca Narvaja en el marco de la causa de la Contraofensiva.
Y su inseparable compañera Amor me llamo para su defensa porque el Pelado rechazó otros abogados que se ofrecieron a defenderlo.
En la División Antiterrorista de la Policía Federal llegué entonces a tener cuatro tremendos personajes: Perdía, Iosu Lariz Iriondo, Leonardo Bertulazzi (acusado de ser de las Brigadas Rojas italianas y de varios atentados sangrientos allá) y Fernando Vaca Narvaja.
Los tres primeros fueron mis defendidos y tuve la excepcional suerte de lograr sus libertades.
Hoy no sé si lo hubiera logrado.
Nunca militamos con el Pelado en la misma Organización.
Cuando nos conocimos recién estaba yo pegando con cuidado las piezas de lo que después fue Convocatoria SEGUNDA INDEPENDENCIA.
Y el Pelado armaba las Organizaciones Libres del Pueblo.
La organización que yo intentaba formar tardó años en consolidarse con muchos retrocesos y pocos avances.
Al Pelado, mucho más sabio obviamente, y con diferente prestigio le costó menos contruir las OLP.
Durante esos 12 o 13 años de caminar juntos pudimos intercambiar posturas, información y visiones desde lugares y ámbitos distintos de la Organización Montoneros.
El Pelado abría los ojos y no podía creer cuando yo le contaba cómo se desarrollaba la Guerra real y concreta en los distintos frentes de masas más bajos de la Organización o en las estructuras más directamente afectadas, sobre todo en el duro enfrentamiento militar con la derecha y la burocracia peronista.
No salía de su asombro.
Varias veces me tildó de «salvaje» y llegó a decirme que “la mayoría de nuestra tropa era como vos y con salvajes como vos era imposible ganar esa guerra».
Yo agachaba la cabeza, escuchaba, preguntaba, aprendía.
Caminando o estando con el Pelado me parecía estar con Quique Pecoraro.
Esos compañeros sabios que enseñaban a pensar, a no precipitarse, a analizar profundamente las cosas.
Un grande evidentemente. Y un humilde a su vez.
Obviamente teníamos diferencias porque de lo contrario habríamos estado en la misma organización.
Siempre suelo decir que las identidades de nuestras organizaciones reflejan el objetivo de las mismas.
El Pelado jamás dejo de ser «peronista”, lo digo en buen sentido.
Y esa tendencia al peronismo lo llevo a bautizar su organización, como él mismo reconoció varias veces, de acuerdo a la famosa frase de Perón de atribuir un rol determinante en el esquema peronista de una sociedad con Justicia Social a lo que llamó «las Organizaciones Libres del Pueblo».
Hay matices de diferencia importante con llamarse SEGUNDA INDEPENDENCIA.
El Pelado (como creo que lo son los Jefes Montoneros con vida) no tenía una tendencia a utilizar categorías de lucha de clases paralela a la lucha antiimperialista.
Y mucho menos a establecer que el enfrentamiento sangriento dentro del Peronismo se libró en el marco de la lucha de clases en la Argentina y que era parte de ella.
Aun así, yo me recosté muchísimo en las enseñanzas y la visión del Pelado Perdía para la propia construcción de Convocatoria Segunda Independencia.
Diría que sin sus consejos me habría costado más.
Por supuesto, el Pelado era un pragmático, típico de su formación y militancia peronista.
El peronismo o el rol del peronismo nos afectó de distinta manera.
Incluso que Convocatoria no sea una organización peronista nos costó disputas internas y rupturas en su momento.
Si tuviera que contar anécdotas y hechos concretos de esos años con el Pelado me llevaría un libro.
No quiero dejar pasar en este homenaje a un grande, su participación, empuje y principal impulso para la creación de la Gremial de Abogados y Abogadas.
Digo ahora con contundencia que sin el Pelado la Gremial no habría podido constituirse.
Cuando le planteo la idea a Pelado como una especie de utopía o fantasía personal lo tomó con una seriedad que jamás se me habría ocurrido.
Hablamos con el Viejo Chávez de Mendoza (que estuvo en la vieja Gremial) y con el Vasco de Córdoba. Con esos consentimientos nos pusimos a trabajar.
Fue el Pelado y no yo, quien redactó nuestra actual Declaración de Principios. Eje fundamental de Convocatoria y que nos ha diferenciado de otros colectivos de colegas.
Y fue él quién estableció los marcos organizativos medianamente ordenados para confluir en Córdoba al lanzamiento de la Gremial.
Cómo siempre ocurre en estas construcciones, se largan con determinadas expectativas, pero a poco andar desaparecen casi todos.
Sea por diferencias, sea por expectativas políticas o económicas diferentes.
La Gremial atravesó crisis internas muy serias que la pusieron casi al borde de la disolución.
Y si se mantuvo en pie no fue por mí, sino por el Pelado y por otro grande como Juan Carlos Yaggi que venía del trotskismo de Convergencia Socialista, pero que hizo de la Gremial su vida hasta el último aliento.
Ellos fueron pilares de la Gremial en tiempos muy difíciles bombardeados muchas veces por «fuego amigo».
La firmeza del Pelado, y su muñeca política hicieron lo que a mí me hubiera sido imposible.
Por desgracia ninguno de los dos pudo ver lo que es la Gremial hoy día. Se habrían enorgullecido de su obra.
Tuve la desgracia de ver dos o tres situaciones muy duras y tristes en la vida del Pelado.
Viví de cerca la muerte de su única hija Amorcito (una vida de dulzura y humanidad) y fue desgarrador.
No pudo superarlo.
Viví ahí la firmeza de la gran mujer que lo acompañó siempre como es Amor.
Y viví también las dos rupturas que él vivió en la OLP que también lo golpearon fuerte.
El Pelado fue un tipo con una vida tremendamente humilde y austera.
Uno veía cómo vivía y no podía creer que ese hombre nos condujo a muchos de nosotros a semejante nivel de guerra y enfrentamiento en lo que Convocatoria entiende que es la lucha de clases y la lucha antiimperialista en Argentina.
Condujo una guerra perdida.
A un costo altísimo.
Montones de veces tuve que escuchar a tremendos pelotudos decir barbaridades de él o decirle cosas que alterarían a un muerto.
Aún hoy me cuesta creer la calma con que reaccionaba.
Y mal o bien puso la cara siempre.
Se quedó en la Argentina y se banco lo que fuera.
Al Pelado Perdía no le fue fácil no ser Kirchnerista, intentaron seducirlo y comprarlo políticamente y prefirió construir desde el llano un proyecto político. Una organización.
Con sus aciertos y errores, pero lo intentó.
Ya con muchos años y dolencias de salud se subía a un coche o a un bus y hacia cientos de kilómetros para hablar con gente de todo tipo, intentando sumarlos a la construcción incipiente.
Se sentaba y se sentía en el rancho más humilde como en su propia casa.
En definitiva, fue un hombre criado en el campo con padres duros trabajadores de campo.
Yo viví al Perdía solidario y desprendido al extremo.
De lo que aprendí a su lado rescato su insistencia en trasmitirme que tuviera siempre el criterio de informar, de no guardarse la experiencia o los hechos producidos.
La tendencia de la Gremial a informar todo se debe básicamente al Pelado.
Y lo más importante que recibí es lo que él llamaba «la grandeza».
Cada vez que yo quería romper algo o más precisamente a alguien me decía «aguanta, tené grandeza».
Algunos hoy no tienen idea de la que se salvaron por seguir sus consejos.
En las discusiones internas con mis compañeros de la Gremial o de Convocatoria, cuando se tensan los planteos lo recuerdo siempre.
La «grandeza» que me mencionaba no tiene que ver con debilidad.
El Pelado condujo o fue responsable de decidir operaciones armadas de todo tipo.
Tiene que ver con una conducta de moral revolucionaria.
No sé si como Conducción de Montoneros fue un gran jefe.
Jamás lo sabré porque esa Dirección estaba muy lejos mío.
Y tuve excelentes jefes, los mejores.
El Pelado Perdía que conocí fue un gran consejero y agradezco haber estado a su lado.


