
por Michael Roberts
El profesor David Harvey es un geógrafo marxista y teórico económico de gran influencia cuya obra abarca varias décadas. Es autor de numerosos libros importantes publicados a lo largo de los años en los que analiza el capitalismo y sus características y contornos siempre cambiantes. Aunque cumplió 90 años el pasado mes de octubre, sigue impartiendo clases en el Graduate Center de la City University of New York.
Ahora, en 2026, presenta otro nuevo libro, titulado The story of capital: What Everyone Should Know About How Capital Works. Citando la sinopsis de su editorial, Verso: “En La historia del capital, Harvey adopta un enfoque sinóptico de la arquitectura conceptual en su conjunto y nos guía a través de los momentos clave, desde el trabajo y la tecnología hasta el Estado y la geopolítica, pasando por la tasa de ganancia, la reproducción social, la relación con la naturaleza, el capital ficticio y el retorno de los rentistas. Al hacerlo, Harvey ha producido una obra que se convertirá en una referencia clave para todos aquellos que intenten comprender la naturaleza del capitalismo contemporáneo”. Y Verso tiene un vídeo de Harvey presentando algunas de las ideas de su nuevo libro.
Todos los libros de Harvey han sido fundamentales para la formación de muchos teóricos marxistas a lo largo de décadas. En concreto, se ha consolidado como un icono de la teoría económica marxista. Pero aquí está el quid de la cuestión. La interpretación de Harvey del capitalismo en los siglos XX y XXI es, en mi opinión, engañosa para sus lectores, y sus innovaciones teóricas para explicar la evolución del capitalismo desde Marx son básicamente erróneas. Voy a argumentar a favor de esta conclusión, no mediante una reseña de su último libro, sino refiriéndome a diversas entradas de mi blog y artículos en los que he abordado el análisis de Harvey durante la última década o más.
Harvey ha escrito muchos libros tanto sobre la geografía del capitalismo, ya en la década de 1960, como sobre sus fundamentos económicos –desde la década de 1980 con su primera obra seminal, Los límites del capital (1982), hasta principios de la década de 2000 con El nuevo imperialismo (2003) y Una breve historia del neoliberalismo (2005). Pero comenzaré mi crítica con su libro, El enigma del capital y las crisis del capitalismo (Akal, 2012).
Como expliqué en mi entrada de blog de ese año, en ese libro, Harvey sostiene que los “límites de la inversión rentable” como causa principal de la crisis capitalista no residen en la ley de Marx sobre la caída tendencial de la tasa de ganancia. Harvey rechaza específicamente que la caída tendencial de la tasa de ganancia tenga ningún papel en el origen de las crisis, en particular en la Gran Recesión (2008). En cambio, considera que la Gran Recesión fue causada por las políticas neoliberales de los 25 años anteriores, que reprimieron los salarios y promovieron el endeudamiento excesivo. Eso acabó creando una falta de “demanda efectiva”, al estilo keynesiano, lo que a su vez condujo a un colapso de la rentabilidad, y no al contrario, como dictaría la ley de la rentabilidad de Marx.
Para Harvey, el “neoliberalismo” había “cambiado casi todos los niveles del esquema (de reproducción) de Marx”, tal y como se esboza en el segundo volumen de El capital. La naturaleza de las crisis capitalistas era diferente de la que operó en la década de 1970. Ahora la demanda capitalista no era suficiente para “absorber el excedente” de beneficios. Así que tuvo que cubrirse mediante crédito o endeudamiento. Y cuando ese crédito se derrumbó, se produjo una crisis de sobreproducción o subconsumo.
En el segundo volumen, Marx rechazó que cualquier crisis fuera el resultado de la desproporción entre los dos sectores de consumo e inversión o de una incapacidad para “absorber” un excedente. El aumento de la inversión significa que es probable que el sector de bienes de capital crezca más rápido que el sector de bienes de consumo con el tiempo.
Pero, citando a Andrew Kliman: “lo que muestran los esquemas de reproducción es que el crecimiento puede producirse indefinidamente, a pesar de la contracción de la demanda de consumo, mediante un aumento de la demanda de máquinas para producir nuevas máquinas y una expansión relativa de la producción de máquinas” (manuscrito inédito). La demanda capitalista, ya sea de nuevas inversiones o de consumo, puede seguir siendo suficiente para realizar la producción de valor.
Por lo tanto, la causa de las crisis en el capitalismo no se encuentra en el esquema de reproducción de Marx. La necesidad de crédito en el modo de producción capitalista NO se debe a una falta de demanda ni a la necesidad de “absorber” un excedente de bienes de consumo. Se debe a que la financiación del capital fijo, como las fábricas, las oficinas y las nuevas tecnologías, no puede obtenerse del valor creado en un solo ciclo de producción. Por lo tanto, debe proporcionarse crédito para que los capitalistas puedan comprar medios de producción que cuestan más que los beneficios de un ciclo. El crédito se concede con la promesa de generar en el futuro suficiente valor para devolver la deuda y los intereses.
El riesgo aquí es que este capital monetario o crédito resulte ser “ficticio”, como decía Marx, porque la inversión no es lo suficientemente productiva como para generar suficiente plusvalía para pagar la deuda y los intereses. Esto ocurre especialmente cuando los inversores destinan sus fondos a la especulación bursátil en lugar de invertir directamente en sectores productivos. Así pues, las crisis del capitalismo se deben en última instancia a una insuficiencia de plusvalía para financiar la inversión y el crédito, y no a la incapacidad de absorber demasiada plusvalía, como sugiere Harvey. Para más información al respecto, véase la excelente crítica de Paul Mattick Jnr a la obra de Harvey.
En 2014, Harvey publicó un nuevo libro, titulado de forma sugerente Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo, que merece la pena leer. Incluye su corrección de la teoría de la crisis de Marx un paso más allá al afirmar que las “contradicciones que subyacen al capitalismo: su impulso, por ejemplo, por acumular capital más allá de los medios para invertirlo”. Es la falta de consumo la que provoca las crisis, no la falta de beneficio. Por lo tanto, la ley de la rentabilidad de Marx es irrelevante como explicación de las crisis. Según Harvey, la doble recesión de principios de la década de 1980, que devaluó y destruyó el capital y restableció la rentabilidad, no tuvo nada que ver con ello. En cambio, “todo giraba en torno a la política”.
Harvey no se limita a rechazar la ley de Marx sobre la caída tendencial de la tasa de ganancia como causa de las crisis en el capitalismo. En [el texto preparado para presentar] El enigma del capital [en el Congreso de la Asociación Americana de Sociología -Atlanta, 2010], afirma que “No existe una única teoría causal sobre el origen de la crisis, como suelen afirmar muchos economistas marxistas. Por ejemplo, no tiene sentido intentar encajar toda esta fluidez y complejidad en una teoría unitaria sobre, por ejemplo, la caída de la tasa de ganancia”.
De hecho, Harvey criticó a quienes, como yo, consideramos que las crisis capitalistas se basan en la ley de la rentabilidad de Marx. En un artículo escrito en 2014, escribió: “En medio de las crisis, los marxistas suelen recurrir a la teoría de la caída tendencial de la tasa de ganancia como explicación subyacente. En una presentación reciente, por ejemplo, Michael Roberts atribuye la actual larga depresión a esta tendencia”. Y continuó: “Roberts refuerza su argumento adjuntando una serie de gráficos y datos estadísticos sobre la caída de las tasas de ganancia como prueba de la validez de la ley. Que los datos respalden realmente su argumento depende de (a) la fiabilidad y la idoneidad de los datos en relación con la teoría y (b) de si existen mecanismos distintos al que describe Roberts que puedan dar lugar a una caída de las ganancias”.
Harvey acepta las opiniones de los estudiosos del MEGA [obras completas de Marx], como Michael Heinrich, de que Marx probablemente también se volvió escéptico respecto a su ley de la rentabilidad y la abandonó. “Considero que el relato de Heinrich concuerda en líneas generales con mi propio escepticismo desde hace tiempo sobre la relevancia general de la ley”. De hecho, Harvey tiene dudas de que se trate de una ley: “sabemos que el lenguaje de Marx vacilaba cada vez más entre llamar a su hallazgo una ley, una ley de tendencia o incluso, en ocasiones, simplemente una tendencia”.
Harvey argumentó así que los defensores de la ley de Marx como base de una teoría de las crisis tienen un enfoque unilateral y monocausal porque: “los defensores de la ley suelen restar importancia a las tendencias contrarias”. Así, los teóricos de la caída tendencial de la tasa de ganancia descartamos muchas características del capitalismo que podrían ser mejores factores causales de la crisis, como una crisis financiera. Al parecer, nosotros “sugerimos que la financiarización no tuvo nada que ver con la crisis de 2007-2008. Esta afirmación parece ridícula a la luz del curso real de los acontecimientos. Además, exime de responsabilidad a los banqueros y financieros con respecto a su papel en la creación de la crisis”. Se trata de una acusación extraña, teniendo en cuenta que yo y muchos otros habíamos destacado el papel de las finanzas en la crisis de 2008 (véase mi libro: The Great Recession – a Marxist view (2009), o mi capítulo en World in Crisis (2018) titulado “Debt matters” [“La deuda importa”].
Harvey ponía en duda la validez de las crecientes pruebas empíricas que respaldaban la ley de la rentabilidad de Marx porque “hay abundantes pruebas en la prensa económica de que la tasa de ganancia, o al menos la masa de ganancia, en EE UU ha estado aumentando, no disminuyendo”. E incluso si es cierto que hubo una caída de la tasa de ganancia en la posguerra, “la ganancia puede caer por un sinfín de razones”. Cita una caída de la demanda (la explicación poskeynesiana); un aumento de los salarios (la explicación neoricardiana de la compresión de la ganancia); la “escasez de recursos” (neoclásica); el poder monopolístico (la visión de la escuela de Monthly Review sobre la extracción de renta del capital industrial).
Pero muchos autores han demostrado desde entonces que la ley de la rentabilidad de Marx no es lógicamente incoherente ni indeterminada, ni que Marx la abandonara en sus últimos años, como sugiere Heinrich. Véase aquí y a Cristos Balomenos aquí, así como mi propio Engels 200, pp. 106-111. En cuanto a ser monomaníaco o parcial, como dijo Carchedi: “si las crisis son recurrentes y tienen causas diferentes, estas causas pueden explicar las distintas crisis, pero no su recurrencia. Si son recurrentes, deben tener una causa común que se manifiesta de forma recurrente como causas diferentes de crisis diferentes. No hay forma de eludir la monocausalidad de las crisis”.
En 2015, Harvey quería que sus lectores pensaran que Marx veía las crisis como resultado de la “interacción mutua” entre diferentes partes del circuito del capital: la producción viene determinada por “otros momentos”. Así, la secuencia causal no es “monocausal” o unidireccional –de la rentabilidad del capital a la inversión y la producción y luego al consumo–, sino de “interacción mutua”. En un artículo de la época, interpreté la visión de Marx de manera diferente. Marx dice: “una producción determinada determina así un consumo, una distribución y un intercambio determinados, así como relaciones determinadas entre estos diferentes momentos”. Solo en una “forma unilateral” la producción viene determinada por otros momentos. La producción lidera y desencadena una reacción en cadena que se retroalimenta sobre la producción en una crisis.
Pero ya ves, dijo Harvey, las crisis bajo el capitalismo son multicausales: “Del mismo modo que el cuerpo humano puede enfermar y morir por todo tipo de razones distintas a la mera vejez, también hay múltiples puntos de tensión y de posible fallo dentro del todo orgánico del capital. Un fallo en un punto, además, suele engendrar un fallo en otro lugar”. Cada crisis es diferente, con causas distintas, por lo que “la tarea del diagnosticador marxista es averiguar qué le aflige al capital en esta ocasión”, sin referencia a ninguna crisis anterior. Y no podemos hacerlo mejor porque lo que causa la enfermedad en un cuerpo humano puede cambiar con el tiempo; por ejemplo, los genes mutan, los entornos cambian y las dietas y la atención sanitaria varían, etc.
En mi entrada de entonces ofrecí una metáfora alternativa para las crisis del capitalismo: la de una máquina de pinball. La bola podría representar la acumulación de capital. Gira a toda velocidad golpeando diversos obstáculos en una reacción en cadena. Estos se iluminan, representando diversas crisis, cada una ligeramente diferente. Una crisis rebota en otra (de la vivienda a las acciones, a los bancos, etc.), como en la metáfora de Harvey. Pero la raison d’être de la máquina de pinball es que su nivel se inclina hacia abajo para que la gravedad tome el control; esa es la esencia de su funcionamiento. La bola tiende siempre a caer al fondo, e incluso la intervención mediante palancas desde el exterior (la acción del gobierno, etc.) no puede detener esa tendencia que, al final, se impone a los obstáculos y a las palancas (contratendencias) y la bola cae en el agujero del fondo. La acumulación se detiene.
En un libro posterior, Marx, Capital and the Madness of Economic Reason, Harvey sostiene que, si bien Marx ofrece un gran análisis de la parte productiva del capitalismo en El capital, volumen I, sus volúmenes posteriores no están completos y han sido improvisados por Engels. Y así, el análisis de Marx no logra explicar los desarrollos del capitalismo moderno. Eso se debe a que la producción es “solo una pequeña franja de valor en movimiento”. Harvey considera que las crisis del capitalismo tiene al menos tanta probabilidad, si no más, que se de en un colapso de la circulación o la realización que en la producción de plusvalía (volumen 2). Y ahora es más probable que las crisis se produzcan en las finanzas y en torno a la deuda debido a la “financiarización” (volumen 3).
En consecuencia, los puntos cruciales del colapso y de la lucha de clases se encuentran ahora fuera de la batalla tradicional entre trabajadores y capitalistas en los centros de trabajo o en la producción. Están en las comunidades y en las calles, y no en el centro de trabajo.
Por el contrario, en mi opinión, los volúmenes uno, dos y tres se entrelazan para ofrecernos una teoría de las crisis del capitalismo basada en la búsqueda del beneficio y la acumulación de plusvalía en el capital, que se desmorona a intervalos regulares y recurrentes debido al funcionamiento de la ley de la rentabilidad de Marx. Como dijo Paul Mattick padre allá por la década de 1970,
“Aunque aparece por primera vez en el proceso de circulación, la crisis real no puede entenderse como un problema de circulación o de realización, sino únicamente como una interrupción del proceso de reproducción en su conjunto, que está constituido por la producción y la circulación juntas. Y, dado que el proceso de reproducción depende de la acumulación de capital y, por lo tanto, de la masa de plusvalía que hace posible la acumulación, es en la esfera de la producción donde se encuentran los factores decisivos (aunque no los únicos) del paso de la posibilidad de crisis a una crisis real… La crisis característica del capital no se origina, por tanto, ni en la producción ni en la circulación tomadas por separado, sino en las dificultades que surgen de la caída tenencial de la tasa de ganancia inherente a la acumulación y regida por la ley del valor”.
Harvey sostiene que las crisis se producen principalmente porque los salarios se reducen hasta el límite, como ocurrió en el período neoliberal posterior a la década de 1970 (por lo que se trata de un problema de “realización”, no de producción). Pero, ¿se debió la primera recesión simultánea del capitalismo de posguerra, en 1974-1975, a los bajos salarios? Por el contrario, la mayoría de los analistas (incluidos los marxistas) de la época argumentaban que los salarios estaban “comprimiendo” las ganancias y que eso provocó la recesión. Y la mayoría de los marxistas coinciden ahora en que se trató de una crisis de rentabilidad que condujo a la recesión subsiguiente de 1980-1982. David Harvey considera que el capitalismo funcionó bien en la década de 1950 porque los salarios eran altos y los sindicatos fuertes, lo que presumiblemente generaba demanda efectiva. La explicación alternativa es que el capitalismo vivió una edad de oro porque la rentabilidad era alta tras la guerra y el capital podía, por tanto, hacer concesiones para mantener la producción y la acumulación. Cuando la rentabilidad comenzó a caer en la mayoría de las principales economías a partir de mediados de la década de 1960, la lucha de clases se intensificó (en los centros de trabajo) y, tras la derrota de los trabajadores, entramos en el periodo neoliberal.
En 2018, Harvey se encargó de revisar la teoría del valor de Marx para la era moderna. En un artículo titulado “El rechazo de Marx a la teoría del valor-trabajo”, argumentó que Marx no tenía en absoluto una “teoría del valor-trabajo”, sino que Marx sostenía que el valor era un reflejo del trabajo incorporado en una mercancía que solo se crea o se revela mediante el intercambio en el mercado. Como dice David Harvey: “si no hay mercado, no hay valor”. Si esto fuera correcto, entonces el valor surgiría del dinero, no del proceso de producción como tal.
Aquí Harvey adopta la llamada teoría de la “forma-valor”, que cuenta con muchos exponentes que también rechazan la ley de la rentabilidad de Marx. Pero el valor de una mercancía sigue siendo el trabajo contenido en ella y expandido durante el proceso de producción antes de que llegue al mercado. El valor es trabajo humano físico y mental gastado, que luego es abstraído por el proceso social de producción para el mercado. El valor no es una creación del dinero; al contrario: el dinero es la representación o el valor de cambio del trabajo gastado, y no al revés. Como dice Marx en El capital, volumen I: “El valor de una mercancía se expresa en su precio antes de que entre en circulación, y es, por lo tanto, una condición previa de la circulación, no su resultado”.
En 2019, cuando las pruebas que respaldaban una tendencia a largo plazo de caída de la rentabilidad del capital a nivel mundial se habían vuelto abrumadoras en los círculos marxistas e incluso en algunos círculos dominantes, Harvey ideó un nuevo argumento para refutar la relevancia de la ley. Sostuvo que los marxistas prestaban demasiada atención a la tasa de ganancia al analizar el capitalismo y no a lo que ocurre con la masa de ganancia. Según él, es la masa de ganancia lo que debemos observar para tener una indicación de lo que está sucediendo en una economía capitalista moderna.
Pero esto no refuta en modo alguno la ley de la rentabilidad de Marx. Al contrario, a medida que la tasa de ganancia cae en una economía capitalista, es perfectamente posible, e incluso probable, que la masa de ganancia aumente. Henryk Grossman dedicó una parte importante de su obra maestra a crear tablas que mostraban cómo la tasa y la masa de ganancia se influyen mutuamente, y aun así terminó con una teoría de la crisis basada en una ganancia insuficiente para sostener nuevas inversiones.
En un debate con Harvey en 2019 en la Conferencia de Materialismo Histórico, presenté sólidas pruebas empíricas para mostrar cómo la caída de la rentabilidad conduce finalmente a una ralentización del crecimiento o a una caída directa de la masa de la ganancia, provocando así una crisis de acumulación en el capitalismo, mucho antes de cualquier descenso del consumo o del crédito.
En un artículo en Jacobin, que ofrece extractos de su nuevo libro, Harvey elogia a Marx por ver el capitalismo como un sistema global. Pero el problema es cómo extraer unos pocos conceptos y relaciones universales del vasto y voluminoso registro de prácticas sociales de, por ejemplo, el intercambio de mercado y la producción capitalista en todas partes, y cómo garantizar que cualquier aparato conceptual que se derive sea «adecuado para” (como diría Marx) interpretaciones válidas de las “leyes de movimiento” del capital en general.
Para Harvey, la teoría marxista de la crisis no ha estado a la altura de la tarea. En su lugar, Harvey sugiere que los marxistas deberían concentrarse en la causa de la desigualdad social y en la “alienación del trabajo” más que en las crisis de acumulación del capitalismo. Así pues, la lucha de clases ya no se basa tanto en el conflicto entre el trabajo y el capital, sino en la “circulación de la capacidad de trabajo”, es decir, la falta de poder de compra y el aumento de la deuda.
Dejo que el lector decida si ese es el camino a seguir para los economistas marxistas en la década de 2020.
Traducción: Viento sur


