El último libro de Hobsbawm

Por Mike Beggs

Apenas una pequeña luz al final del penúltimo capítulo, el más oscuro de todos, de la historia del marxismo de Hobsbawm: acaso el lastre del «socialismo realmente existente» deje de pesar en las espaldas de la última generación y esto nos permita volver a Marx. «Hoy solo aquellos que tienen más de treinta años conservan algún recuerdo directo de los años de la Guerra Fría».

La idea de que Marx fue el «inspirador del terror y del gulag, y los comunistas […] esencialmente defensores, cuando no protagonistas, del terror y de la KGB» no tiene más validez que «la tesis de que todo cristianismo debe conducir lógica y necesariamente al absolutismo papal, o todo darvinismo a la glorificación de la libre competencia capitalista». La mayoría de los «comunistas realmente existentes» en Occidente fueron críticos del estalinismo desde 1956 (sí, lo dice Hobsbawm, quien permaneció en el Partido Comunista Británico hasta los años 1980, «implícitamente» alineado con los partidos que defendían la orientación de Moscú). Pero los anticomunistas siempre encontraron en la idea de que el socialismo significa Stalin y Mao una estrategia retórica efectiva. Es un modo de cambiar el eje cada vez que los socialistas empiezan una conversación. Pero está claro que a medida que la Unión Soviética y el Gran Salto Adelante retroceden en la historia, las sombras que proyectan en la idea de una sociedad poscapitalista seguirán adelgazando.

Hobsbawm no tiene la misma fortuna. El Guardian decidió lanzar a Nick Cohen, apologista de la guerra de Irak, contra Cómo cambiar el mundo y terminó con un cuarto de reseña y tres cuartos de líneas recalentadas como: «Si Hobsbawm hubiera seguido la lógica de sus convicciones y hubiera abandonado la Alemania nazi para pedir asilo en la Unión Soviética en vez de en Gran Bretaña, sus chances de sobrevivir habrían sido escasas». En una «reseña» del Monthly de Australia, John Keane menciona el libro de Hobsbawm tres veces, dos para quejarse de cosas que no escribió, como «la fijación anticuada de Marx en la conquista de la naturaleza por medio del trabajo, su fracaso para comprender el rol constitutivo del lenguaje en los asuntos humanos y su reivindicación equivocada de que el materialismo histórico era una ciencia como la de Darwin», además del «hecho de que Iósif Stalin solo mató más comunistas que todos los dictadores del siglo veinte juntos, o de que el marxismo condujo países enteros a la miseria».

Estos ataques son hirientes en el caso de Hobsbawm. Probablemente las personas que leen con interés una historia del marxismo tienen cierto compromiso y comparten hasta cierto punto su política. Pero como destacó Perry Anderson a propósito de la autobiografía de Hobsbawm, desde La era de los extremos que el inglés tendió a escribir como si estuviera explicando o disculpándose por su política ante una audiencia de liberales del establishment. Hobsbawm sentía cierto orgullo cada vez que la prensa repetía su discurso sobre «la vuelta de Marx», sobre que Marx predijo la «globalización», o la crisis financiera mundial, o la caída del comunismo. De hecho, el primer capítulo de Cómo cambiar el mundo está basado en un discurso de Hobsbawm registrado en el New Statesman en 2006 bajo el título «The New Globalisation Guru?». Termina el ensayo final (originalmente una conferencia pronunciada en 1999) diciendo que tanto los socialistas como los neoliberales «tienen interés en volver a un pensador fundamental cuya esencia es la crítica tanto del capitalismo como de los economistas que no lograron reconocer adónde conduciría la globalización capitalista…». Pero los liberales son una audiencia desagradecida y piensan que las esperanzas políticas que definieron la vida de Hobsbawm son en el mejor de los casos una estupidez, y es una vergüenza arrodillarse ante ellos.

Por suerte, en la mayoría de los ensayos de este libro Hobsbawm tiene en mente a los marxistas y a sus compañeros del pasado y del futuro. Hasta cabe pensar que Hobsbawm escribió en parte para nosotros, la generación que vino después de la Guerra Fría y que sintió la atracción de Marx y de los distintos tipos de marxismo sin ningún tipo de compromiso con la Unión Soviética, y que en ningún caso podría ser acusada de tener una conciencia culpable en relación con Stalin o con Mao. Así como Hobsbawm, nacido en 1917, recuerda con sorpresa haberse encontrado con Gorbachov en una publicidad de Pizza Hut, nosotros vivimos con bastante extrañeza el hecho de recibir esta transmisión de alguien que hizo su experiencia política en 1936 con el Frente Popular en las calles de París. Una generación más viejo que los estudiantes radicalizados de los años 1960, Hobsbawm mantuvo mucha más distancia de la Nueva Izquierda que sus casi contemporáneos del marxismo británico, E. P. Thompson y Raymond Williams, a quienes sobrevivió muchos años. Su mensaje viene más de la vieja izquierda, del clasismo de 1936, pero también, paradójicamente o no, de la camada de los años 1980 de Marxism Today, que criticaba por derecha el laborismo de Tony Benn.

Terry Eagleton destacó en la London Review of Books que Hobsbawm escribe sobre la historia del marxismo tan desapasionadamente que sería difícil descubrir por medio de la lectura que fue un partidario de su política. Es una ventaja: lejos de la celebración, Cómo cambiar el mundo es un intento honesto de evaluar las debilidades y las conquistas del marxismo. En este sentido, concluye sin rodeos:

Los textos «clásicos» no se dejan usar fácilmente como manuales de acción política, porque los movimientos marxistas de hoy —y probablemente los del futuro— están en situaciones que tienen poco en común (salvo accidentes históricos temporarios y ocasionales) con aquellos en los que Marx, Engels y los movimientos socialistas y comunistas de la primera mitad de este siglo elaboraron sus tácticas y estrategias.

La primera mitad del libro trata sobre estos textos clásicos y recopila muchos de los ensayos que Hobsbawm escribió entre los años 1960 y los 2000 sobre las obras de Marx y Engels. Son textos con mucha exégesis, pero la del tipo infértil que trata a los textos como un universo en sí mismo, completo y autocontenido. El objetivo es siempre historizar y contextualizar, y, en la medida en que es posible en el campo saturado de la marxología, el análisis arroja ideas nuevas. Por ejemplo, en un estudio sobre la influencia de los socialistas utópicos, Hobsbawm argumenta que tuvieron una influencia duradera en Marx y Engels, que no los abandonaron después de la crítica del Manifiesto…, sino que en cierto sentido profundizaron su estudio en los escritos de madurez. Fourier es un elemento importante en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Engels, y «está claro que el joven Engels […] está menos impresionado por los saintsimonianos que el Engels maduro».

En uno de los capítulos más importantes de esta parte, «Marx, Engels y la política» (publicado originalmente en italiano en 1982), Hobswbawm enfatiza los cambios en las ideas de Marx y Engels a lo largo del tiempo y los cambios que produjeron en sus estrategias políticas: desde el optimismo de las revoluciones y contrarrevoluciones de 1848, pasando por el pesimismo sobre las perspectivas inmediatas de la revolución en los años restantes de la vida de Marx, especialmente después de comprobar que la crisis de 1857 no había detonado otra oleada de revueltas, hasta el rol de Engels como personaje ilustre en la socialdemocracia alemana. Hobsbawm vuelve a hechos pasados bien conocidos, pero que vale la pena repetir: la ausencia de un dilema entre reforma y revolución en la perspectiva de Marx; la insistencia desde el Manifiesto… hasta los años 1870 de que los comunistas no debían formar sectas políticas que los aislaran del movimiento real de la clase obrera; y la anticipación del largo proceso de transformación socialista que precedería o seguiría a cualquier revolución proletaria exitosa, dada la profunda distinción entre un Estado transformado y una sociedad transformada.

Es obvio que Hobsbawm pretende sacar conclusiones que sirvan a las estrategias actuales, aunque también hace un gran esfuerzo para destacar la distancia que nos separa de la situación política de la última mitad del siglo diecinueve, y consecuentemente lo estúpido que sería intentar recrear las estrategias de Marx y Engels. Más importante todavía es el hecho de que Marx y Engels no tenían  la experiencia del sufragio universal y no pudieron prever cómo haría evolucionar la estructura del conflicto y del compromiso políticos. (Esto también revela el anacronismo del ataque de John Keane en el Monthly, su acusación absurda de que el apasionado defensor de los cartistas veía la democracia parlamentaria como una «cursilería burguesa», y que el veterano de 1848, exiliado a causa de la reacción continental, era ciego a los «potenciales males y abusos» del «poder concentrado»). Si hay una idea básica que separa la estrategia marxista de la liberal utópica, sugiere Hobsbawm, es precisamente el reconocimiento de la importancia del contexto histórico y el rechazo del voluntarismo, la creencia de que la sociedad puede ser cambiada simplemente por la moral o por la fuerza de la voluntad.

Los capítulos siguientes abordan la recepción de Marx y Engels: uno trata sobre las reacciones victorianas (más medidas y calmas en una época de confianza burguesa) y otro sobre la historia de la publicación de sus obras. Todo el mundo sabe Marx no terminó El capital, que los últimos libros fueron elaborados por Engels y por Kautsky a partir de borradores y que los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 y los Grundrisse fueron objetos del siglo veinte, accesibles a muy poca gente antes del fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero Hobsbawm hace un trabajo excelente de indagación en el significado que tuvo este cuerpo cambiante de «clásicos» en el movimiento, tanto como causa y efecto de los cambios y rupturas que atravesó el «marxismo»: textos reprimidos, textos olvidados, textos redescubiertos y utilizados como armas retóricas.

Estos capítulos funcionan como un puente a la segunda parte del libro que trata sobre la historia del marxismo desde el año 1880 hasta el año 2000. Salvo por un hueco desafortunado —los años críticos de 1914 a 1929— es una historia relativamente unificada. Tres de estos ensayos fueron escritos en el marco del mismo proyecto italiano treinta años atrás, y otros completaron la historia hasta abarcar el milenio. Sin embargo, es importante destacar lo que el texto no es: una historia completa del marxismo como movimiento. Más bien, es una historia de la influencia intelectual del marxismo, en la que el movimiento aparece principalmente como un medio a través del cual se difunden las ideas (aun cuando la suerte y los problemas del movimiento también cambiaron el curso de estas ideas). En esta parte del libro, Hobsbawm no concentra sus estudios en el «comunismo oficial» de tipo chino o soviético, especialmente después de 1945, probablemente porque considera que es estéril, una especie de tumba del pensamiento marxista. Por eso estamos sobre todo ante una historia del marxismo en Occidente, aunque Hobsbawm no analiza exclusivamente Europa ni el campo del «marxismo occidental» de los filósofos y de los críticos literarios. El espectro histórico y geográfico que cubren estos breves ensayos cobra amplitud a expensas de la profundidad de contenido: son bocetos descriptivos más que genealogías detalladas, aunque ciertas formas revelan más claramente sus contornos miradas desde lejos.

Más importante es la amplia brecha que Hobsbawm establece entre el marxismo antes de la Segunda Guerra Mundial y el marxismo de los años 1950 y 1960. En los años 1930, el marxismo tendía a fundarse en un pequeño canon de textos clásicos: Marx, Engels, Lenin y una selección de la Segunda Internacional. Estaba casi totalmente excluido de la universidad y se desarrollaba principalmente en el marco de partidos comunistas intelectualmente autosuficientes. Muchos intelectuales occidentales se unieron a los grupos marxistas disidentes, especialmente a los trotskistas, «pero estos grupos eran tan pequeños en términos numéricos comparados con los partidos comunistas que eran cuantitativamente insignificantes». En cualquier caso, cuando Hobsbawm estaba consolidando su carrera como historiador después de la guerra, había apenas unas pocas obras «marxistas o casi marxistas» de historia escritas en inglés. En los años 1960, el mundo era muy distinto:

A partir de los años 1960, los marxistas intelectuales se sumergieron en un océano de literatura y debate marxistas. Accedieron a algo así como un supermercado enorme de marxismos y de autores marxistas, y el hecho de que en cada caso la elección de la mayoría en un país pudiera estar determinada por la historia, por la situación política y por la moda no evitaba que fueran conscientes del enorme rango de opciones que tenían. Este creció todavía más desde que el marxismo, otra vez a partir de los años 1960, empezó a integrarse cada vez más en el contenido de la educación superior formal, al menos en las humanidades y en las ciencias sociales.

Por supuesto, Hobsbawm estuvo a la vanguardia de esta entrada en las instituciones y fue uno de los historiadores que más contribuyó al florecimiento de los enfoques marxistas en su disciplina. Pero , como cabe esperar de alguien que permaneció en el partido después de 1956, cuando la mayoría de sus compañeros abandonaban el barco, es muy ambivalente sobre esta evolución del movimiento. Su capítulo sobre 1945-1983 retrata el período como un gran florecimiento y como la maduración del marxismo como fuerza intelectual (aunque reconoce también que marcó el punto de inicio de su decadencia política). Los años 1960 multiplicaron tanto a los consumidores como a los productores de literatura marxista a un ritmo «espectacular», y en los años 1970 el marxismo emergió como una fuerza en el interior de la mayoría de las ciencias sociales académicas. Hobsbawm compara este crecimiento radical con 1848: surgió de la nada y desapareció casi instantáneamente, pero dejó tras de sí mucho más de lo que parecía en un primer momento. La base social del marxismo en Occidente no era sobre todo intelectual, y la base obrera, donde había existido, estaba desapareciendo.

Nos topamos con una caricatura muchas veces injusta de las víctimas de la moda teórica de los años 1970 de la Nueva Izquierda, y Hobsbawm cita las frases más indignantes de algunos althusserianos —i. e., «el estudio de la historia no solo carece de valor científico, sino también político»— mientras decide ignorar a sus pares E. P. Thompson, Raymond Williams y Perry Anderson, que combinaron la investigación seria con la apuesta de abrir espacios políticos fuera de los partidos comunista y laborista. Como sea, no deja ningún lugar a duda cuando afirma que el marxismo oficial estaba intelectualmente atrofiado y no había vuelta atrás:

Tendía a reducirse a unos pocos elementos simples, casi consignas: la importancia fundamental de la lucha de clases, la explotación de los trabajadores, los campesinos del tercer mundo, el rechazo del capitalismo o del imperialismo, la necesidad de la revolución y de la lucha revolucionaria (incluida la lucha armada), la condena del «reformismo» y del «revisionismo», la indispensabilidad de una «vanguardia» y cosas por el estilo. Estas simplificaciones hicieron posible liberar el marxismo de todo contacto con las complejidades del mundo real, dado que el análisis estaba diseñado para demostrar las verdades anunciadas en su forma pura. Por lo tanto, estas verdades podían combinarse con estrategias de voluntarismo puro o cualquier otra que prefirieran los militantes.

En última instancia, el destino del marxismo dependía menos, sugiere Hobsbawm, de los elementos intrínsecos de su pensamiento que de la decadencia del movimiento obrero: condiciones que no dependían de las decisiones de los marxistas. El último capítulo retoma el balance de la historia intelectual para discutir la relación entre el marxismo y el movimiento obrero a lo largo del siglo veinte. Marx y Engels nunca anticiparon que el movimiento podía integrarse en el marco político capitalista de manera estable, pero esto tiene mucho sentido en una perspectiva materialista.

En síntesis, los países (constitucionales) del capitalismo desarrollado, en los que las revoluciones no estaban en la agenda […] contaban con la presencia de revolucionarios dentro o fuera de los movimientos obreros, pero la mayoría de los trabajadores organizados, incluso los más conscientes, no eran normalmente revolucionarios aun cuando sus propios partidos estaban comprometidos con el socialismo […]. Por lo tanto, a comienzos del siglo veinte, nada en los Estados más importantes del capitalismo desarrollado parecía obstaculizar la simbiosis entre el trabajo y un sistema económico próspero.

Los comunistas siempre fueron más bien críticos internos que dirigentes del movimiento obrero. 1917 pareció hacer entrar la revolución en el reino de lo posible (y sorprendió incluso a los Webb fabianos), pero de un modo que tuvo consecuencias dramáticas en el marxismo occidental: el comunismo quedó para siempre asociado con la Unión Soviética. Antes de que el viejo marinero lo bajara con su ballesta, el albatros era una señal de buena suerte, y «el socialismo realmente existente» llegó primero como una revelación. Pero de repente el comunismo se convirtió en una sociedad extranjera, con problemas evidentes, y dejó de ser solo una promesa de desarrollo penoso pero orgánico a partir de un capitalismo herido de muerte. Los comunistas empezaron a preocuparse tanto por la geopolítica como por las perspectivas nacionales de sus movimientos obreros, y estas preocupaciones muchas veces entraban en contradicción. La Gran Depresión llegó con la época heroica del Frente Popular, pero su gloria mermó con el pacto Ribbentrop-Mólotov. Después de la guerra, toda la secuencia desde 1917 terminó siendo una divergencia temporaria de una tendencia de largo plazo: la transformación del laborismo en un elemento funcional de la sociedad capitalista y de los socialistas —aliados o no con la URSS— en críticos que funcionan en los márgenes, o incluso fuera del movimiento.

Desde esta perspectiva, la decadencia del laborismo desde los años 1970 fue un golpe mucho más decisivo para el marxismo en Occidente que la caída de la Unión Soviética, porque la mayoría de las ilusiones del «socialismo realmente existente» habían quedado atrás hacía décadas. Hobsbawm no tiene una explicación muy elaborada de este desplazamiento hacia el «neoliberalismo», pero sus consecuencias están claras: cuando hasta las reformas más modestas del capitalismo se convierten en una propuesta marginal, el socialismo se convierte en el margen del margen y pierde oxígeno.

¿Piensa Hobsbawm que el marxismo tiene un futuro? En un sentido, su supervivencia está garantizada como elementos sustantivo de la tradición clásica de las ciencias sociales académicas. La ciencia social específicamente «marxista» disolvió en gran medida sus límites con otras corrientes, que probaron ser a la vez receptivas de las ideas marxistas y capaces de hacerlas más productivas. No habrá, y de hecho no debería haber, una vuelta al marxismo «clásico», que los buenos materialistas históricos tendrían que analizar como un producto de su época:

Aun si resurgiera un consenso sobre lo que constituye la corriente principal (o las corrientes principales) del marxismo, es probable que opere a mucha más distancia de los textos originales de «los clásicos» que en el pasado. Es poco probable que se vuelva a hacer referencia a estos textos, como se hacía en el pasado, a la manera de un corpus coherente de teoría y doctrina intrínsecamente consistente, como una descripción utilizable de las economías y de las sociedades actuales, o como una guía directa a la acción corriente de los marxistas. Es probable que la ruptura en la continuidad de la tradición marxista no sea completamente reparable.

Está claro que la supervivencia académica no sirve de consuelo. ¿Tiene el marxismo un futuro político? Definitivamente, Hobsbawm no es optimista. Pero al mismo tiempo deja la impresión de que por más difícil que sea imaginar la superación del capitalismo en el corto plazo, es difícil no pensar que el socialismo no estará a la orden del día en el largo plazo. Hobsbawm sigue pensando que Marx estaba básicamente en lo cierto en cuanto a la lógica del capitalismo: una centralización y hasta socialización crecientes en la organización de la producción combinadas con crisis recurrentes. Solo piensa que Marx se equivocó cuando afirmó que el proletariado era el sepulturero del capitalismo, y deja esa posición vacante.

Es inevitable que los que llegamos tarde al partido, por decirlo de alguna forma, tengamos una perspectiva diferente. Descubrimos a Marx mucho después de que los fracasos del marxismo y del «socialismo realmente existente» se hicieran evidentes, en un período de retroceso prolongado del movimiento obrero. Y, sin embargo, todavía encontramos algo valioso. Muchos, acaso la mayoría de nosotros, aprendimos mucho de nuestro Marx en la universidad, profundamente trastocada por el florecimiento intelectual de los años 1970 que Hobsbawm define como el punto más álgido del movimiento. El curso de su vida pasó por un crecimiento épico y por una caída que naturalmente definieron sus conclusiones. Nosotros tenemos mucho más futuro. Hobsbawm tiene razón en que el marxismo es académico sin un movimiento obrero con márgenes a los que perseguir. Pero es difícil convencerse de que el movimiento obrero está muerto, incluso en los países ricos de Occidente. Es sorprendente notar que en este libro el sintagma «clase obrera» casi siempre está acompañado del adjetivo «industrial», y de hecho es poco probable que los movimientos obreros del futuro estén dominados por los trabajadores fabriles. Pero en un sentido amplio, en el sentido marxista, el proletariado incluye a cualquiera que tenga que trabajar para vivir. Estos proletarios siguen caminando entre nosotros y muchos incluso asisten a la universidad.

Tendrán que renacer las reformas antes de que haya gente a la que podamos volver a hablarle de la revolución. Pero el punto que Hobsbawm considera como el núcleo del enfoque marxista de la política nunca perderá relevancia: la estrategia política trabaja en un marco de fuerzas sociales que ningún impulso moral voluntarista puede superar. Esta tesis admite múltiples lecturas, y en el pasado Hobsbawm optó por una tan errada como la de los comunistas de derecha de los años 1980 que intentaron salvar al laborismo británico de un inelegible Tony Benn (como si el laborismo necesitara marxistas que cuidaran sus intereses electorales). Pero esto no quita que podamos leerla de manera adecuada. Los utopistas ingenuos de nuestros días están ocupados publicando prensas de posiciones no partidarias que proponen reformas racionales o regulaciones financieras y defienden la reducción de las desigualdades porque atentan contra el tejido social y contra la salud y la seguridad. Pero no existe ningún camino adelante genuino que no conlleve la polarización de los intereses de clase y el estallido de un movimiento, y si tenemos algo que aprender de la política de las últimas décadas es que no habrá conquistas duraderas que no atenten en términos fundamentales contra los ricos y contra su poder.

Traducción: Valentín Huarte

Fuente: https://jacobinlat.com/2022/10/01/hobsbawm-el-ultimo-libro/

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