
por Antonio Abal O.
En forma coloquial y por las redes sociales, Jorge Richter motiva una reflexión para Rodrigo Paz. Es un buen retrato del momento político en Bolivia y la causa central de este conflicto. Como señala Richter es un tema sociológico referido a la confianza, a la palabra empeñada, que en culturas cuya base de comunicación es la oralidad, como son las culturas andinas, una promesa conlleva a la complementariedad entre lo pactado. Es pues el ayni traducido en la práctica política.
Tristan Platt, nos habla del pacto colonial, entre la estructura de poder comunitaria y el Estado colonial, aceptando las jerarquías y poder de la estructura andina de organización política y respetando lo pactado, pero la historia nos señala que esa ruptura, en el caso de Tomás Katari, encendió la chispa de las rebeliones Amaru-kataristas, cuya memoria histórica se evoca en la palabra simbólica de “el cerco”.
Entonces, tomando en cuenta la formación social boliviana, que no ha dejado de ser colonial, nos tomamos la libertad de realizar un añadido a lo señalado por J. Richter. Es cierto que el conflicto actual tiene un componente sociológico, que no solamente esta referido a la “ruptura del ayni”, a esa traición a lo prometido, sino que otro componente tiene que ver con la memoria larga del Estado colonial y su sistema de jerarquía traducida en un racismo estructural, demostrado ampliamente en la historia boliviana y que hoy se encuentra reflejada en las redes que son esa especie de catarsis de las mentes colonizadas, por lo tanto racistas y reproductoras de este pensamiento colonial-racista traducido en postura ideológica.
Racismo y poder (económico-político) han hecho que en Bolivia las naciones y pueblos originarios produzcan documentos valiosos como el Manifiesto de Tiwanaku, al que las corrientes políticas denominadas de izquierda no le dieron la importancia que merecía. Igual actitud fue la que cuestionaba la validez de los aportes teóricos de Fausto Reinaga, aun en nuestros días se ha tomado el mote de “pachamamismo” para estigmatizar la producción teórica de los pueblos y naciones originarias. No debemos olvidar quiénes fueron los que acuñaron este apelativo que, nacido en un personaje de militancia socialdemócrata, fue rápidamente asumido por algunos sectores de la izquierda boliviana. Volviendo al tema de racismo y poder, debemos señalar que son componentes de esta rebelión, el uso de “Q’ara” para referirse a las oligarquías regionales tiene ese fundamento de la racialización de los poderes estatales y que por un momento en la historia fue abierta para los pueblos y naciones en Bolivia. En este aspecto la imposición de un q’ara de gobernador en un territorio aymara es pues una afrenta y ese hecho ha sido también el desencadenante del contundente bloqueo en el departamento de La Paz.
La actual coyuntura es otra demostración de nuestro “Estado Aparente”. La revolución de 1952 no pudo construir el “Estado Nacional”; la ansiada “burguesía nacional” terminó reducida y vinculada al gran capital transnacional comercial y todo intento industrializador (sustitución de importaciones) fracasa por esta incapacidad de enfrentar a la economía capitalista que ha convertido a nuestros países en solamente apéndices de su estrategia de poder geopolítico.
Las propuestas de nuevos “pactos sociales” como superadoras de los permanentes conflictos en Bolivia tiene sus límites ya que la historia nos enseña que ningún pacto puede ser duradero si no toma en cuenta a los pueblos originarios como un eje principal de lo pactado. Este principio roussoniano debe estar en correspondencia de su otro postulado: la voluntad general. En Bolivia nunca ha existido un pacto que contenga la voluntad general, porque las políticas inclusivas no son un pacto entre iguales, tienen su grado de sumisión. De todo esto es consciente el movimiento de pueblos originarios, porque como señalan claramente: “ya no somos los campesinos de antes” y esta afirmación debe ser tomada muy en cuenta para cualquier tipo de pacto electoral, como en el caso presente descrito por J. Richter. La falta de conocimiento del trasfondo histórico del pacto ha sido el error político de R. Paz y cuyo costo es el final de su carrera política.










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