El solsticio de los pueblos

por Rafael Alejandro Ignacio Peterson Escobar

Esta noche es la más larga del año.

No es una metáfora. Es astronomía pura, ciclo antiguo, hecho que precede a cualquier ideología. Hoy el sol alcanza su punto más lejano del hemisferio sur y la oscuridad se instala con toda su autoridad. Termina el veranito de San Juan, ese último suspiro cálido que el calendario popular del sur conoce de memoria: unos días de cielo despejado y
temperatura amable, una ilusión breve antes de que los fríos lleguen en serio. Hoy se acaba el engaño. Hoy empieza el crudo invierno.

El estallido de octubre de 2019 en Chile sacudió el piso de un sistema que parecía labrado en granito. Las plazas desbordaron. Una generación sin el peso del miedo dictatorial llegó al gobierno. Una Convención Constituyente prometió escribir un nuevo contrato social. En el continente corrían vientos similares.

Fue real. Fue hermoso. Y fue breve.

El sol calentó como sol de invierno: visible, a veces brillante, pero sin fuerza suficiente para cambiar la temperatura de fondo. El proceso constituyente naufragó no solo por la campaña del terror —que fue real y eficaz— sino también porque las fuerzas que debían sostenerlo habían ido perdiendo, en años de derrota y recomposición, algo que los pueblos nunca pierden: el vínculo orgánico con quienes viven el frío en el cuerpo.

Y sin embargo —y esto es lo que importa— los pueblos que habitaron estas tierras antes que cualquier Estado-nación existiera eligieron precisamente esta noche para realizar ceremonias comunitarias.

No para lamentarse. Para celebrar.

Los quechua llamaban a este momento Inti Raymi, la fiesta del sol. No era una celebración de la luz ausente, sino un acto de convocatoria, de memoria ritual, una manera de estar seguros de que el sol volvería. Cuando el peligro es mayor, cuando todo se oscurece, precisamente entonces hay que celebrar lo que ilumina. Los mapuche lo llamaban Wiñol Tripantu, el año nuevo en el invierno profundo. No es casualidad que los pueblos del sur americano hayan elegido el frío para recordar que la vida renace. La España mediterránea, en su propio sincretismo milenario, lo llamó la noche de San Juan: hogueras, vigilia, salto sobre el fuego y cuando los conquistadores llegaron a estas tierras, se encontraron con que ya había fuego en la noche más larga.

Esa doble herencia —la indohispanidad— no es un conflicto que debamos resolver, sino una riqueza que debemos habitar. No se trata de negar la violencia colonial, ni de idealizar un pasado prehispánico que no volverá. Se trata de reconocer que, en esta tierra, lo indígena y lo hispánico se han entremezclado durante siglos, y de esa mezcla ha surgido algo nuevo: una cultura mestiza, crítica, creativa, que no es ni una cosa ni la otra, sino ambas a la vez, la obra de nuestros pueblos en lucha no fue preservar el rito en estado puro ni rendirse al rito del vencedor. Fue algo más inteligente: absorber, resignificar, sobrevivir. La noche de San Juan que hoy se celebra en todo el continente es quechua, mapuche, andaluza, africana y muchas cosas más.

Ese es el horizonte de los nadies: de los que no tienen voz pero tienen memoria. De los que han sido expulsados de la historia oficial pero la han tejido con sus manos. De los que, como los pueblos testimonio, han sobrevivido a todo y siguen celebrando la vida.

Estrategia de la continuidad y nombres para una misma comprensión del tiempo, del poder así como de la vida colectiva, una lección política de una profundidad que la izquierda contemporánea olvidó casi por completo, y que necesita recuperar si quiere volver a ser algo más que una administradora del orden existente.

Hay que decirlo con precisión: la izquierda que protagonizó ese veranito hablaba mucho de los trabajadores, los campesinos, los indígenas, las mujeres populares. Pero hacía tiempo que no los escuchaba. Hacía tiempo que había sustituido el vínculo real por la representación simbólica. Había aprendido los lenguajes del financiamiento internacional, los formatos de la cooperación, los rituales de las cumbres y los foros. Y en ese proceso —gradual, sin que nadie decidiera hacerlo— fue quedando sin raíces.

Y como árbol que parece sano hasta que el primer viento fuerte lo derriba dejando pura challa, fragmentos sueltos, identidades rotas, consumidores aislados. los hongos, las callampas en los bosques tienen otra estrategia, son una estructura viva con organismos que se sostienen mutuamente. No es bonito ni llamativo. Pero es lo que permite que la vida siga existiendo en medio de lluvias y truenos.

La primera lección no es espiritual. Es de piel y epistemológica: el tiempo no es una línea sino un ciclo. Esta distinción importa más de lo que parece. La izquierda del siglo XX heredó, casi sin cuestionarlo, el tiempo lineal del progreso: la historia avanza hacia adelante, hacia la emancipación, y las derrotas son obstáculos en el camino recto. Cuando esa línea se quebró —cuando el neoliberalismo ganó y pareció ganar para siempre— la desorientación fue catastrófica y muchos supuestos compañeros se fueron para casa o a rotopobrear al de la otra cuadra.

El brasileño Darcy Ribeiro, asesor de Salvador Allende y antropólogo de la civilización latinoamericana, llamó «pueblos testimonio» a los que sobrevivieron la conquista sin desaparecer. La palabra exacta importa: testimonio, no museo. No son pueblos del pasado conservados en ámbar. Son pueblos que testifican en el presente que otra manera de estar en el mundo es posible y durable. Lo que los hace testimoniales no es la tradición en sí, sino que esa tradición contiene conocimiento acumulado sobre cómo sobrevivir lo que parece insuperable, cómo mantener cohesión cuando todo empuja a la dispersión, cómo reproducir la vida cuando el sistema niega los medios para hacerlo.

La cosmovisión andina no tiene una oposición radical entre lo que sería Luz/Oscuridad.

El invierno no es la derrota del verano. Son fases de un mismo ciclo. Esas «gentes de la tierra» que nunca abandonaron sus raíces, entienden la política como una cosmoconvivencia, No temen, no se lamentan en la noche larga. Celebran. Encienden fuego. La izquierda, en cambio, ha oscilado entre dos extremos: el fetichismo institucional —creer que el Estado lo puede todo— y la renuncia a transformarlo —abandonarlo como si fuera un territorio perdido.

Los pueblos testimonio saben que la noche no es el enemigo. El enemigo es el olvido de que la luz regresa. De la misma manera, el Estado no es el enemigo absoluto ni el salvador. Es una herramienta. Puede ser usada para oprimir o para liberar. Puede ser transformada o puede seguir siendo un aparato de dominación. La izquierda debe comprender el Estado sin fetichizarlo ni renunciar a transformarlo.

Eso no es resignación. Es una forma más inteligente de leer la realidad, hay algo más en el rito del solsticio que la filosofía del tiempo. Hay una práctica.

El fuego del Inti Raymi, el fuego del Wiñol Tripantu, el fuego de la noche de San Juan, no aparece solo. Alguien lo enciende. Alguien lo cuida. Alguien convocó antes a los que vendrían a calentarse. El rito no es pasivo: es un acto deliberado de organización colectiva frente a la oscuridad. La comunidad no espera que amanezca. La comunidad
trabaja activamente para que el sol recuerde que debe volver.

La política transformadora tiene la misma estructura. No basta con saber que el ciclo girará. Hay que encender fuego. Y encender fuego significa, en términos concretos, lo que las fuerzas progresistas han ido abandonando con cada ciclo de derrota: la organización territorial donde la gente vive, el sindicato donde la gente trabaja, la asamblea donde la gente decide. No la app, no el comunicado, no la declaración de principios. El fuego que calienta cuerpos reales en noches reales.

Eso es exactamente lo que las fuerzas progresistas necesitan aprender. No el rito. La estructura del rito. La lógica organizativa que el rito expresa.

Los ritos del solsticio no flotan en el aire. Están anclados en prácticas concretas de reproducción de la vida: la siembra y la cosecha, el manejo del agua, la crianza colectiva, la economía del don y la reciprocidad. El Inti Raymi no es solo una celebración religiosa: es también el momento en que se redistribuye, en que se fortalecen los vínculos de obligación mutua que permiten que la comunidad sobreviva el invierno. La fiesta tiene una función material además de espiritual. La política transformadora que olvida su función material —que se ocupa del símbolo y abandona la redistribución, que discute la representación y descuida el salario, que proclama la soberanía y no construye autonomía económica real— es una política que ha cortado sus propias raíces. Puede florecer en verano, cuando el terreno está blando. No sobrevive el invierno.

El retorno necesario no es al indigenismo como identidad política. Es el materialismo como método. Volver a preguntar qué come la gente, cómo trabaja, cuánto le queda al final del mes, qué produce su comunidad y quién se queda con esa producción.

Construir soberanía donde la gente habita: soberanía alimentaria, energética, territorial. Fortalecer el sindicato y la organización territorial como bases irreemplazables de cualquier poder popular real, el fuego no pregunta quién lo enciende…Convoca.

Pero acaso caímos en la trampa opuesta: la pureza. Cada fragmento del movimiento custodia su identidad específica con más ferocidad que la que dedica al adversario común. Las luchas identitarias —de género, de etnia, de sexualidad— son legítimas y necesarias. Pero cuando se absolutiza, cuando se convierten en el fin en lugar de ser
parte de un horizonte más amplio, pierden la potencia de fuerzas de liberación y se convierten en fronteras que el sistema administra con comodidad.

Pues en el encuentro está la posibilidad de una política que sume en lugar de dividir sin borrar las diferencias, sin fingir que no existen. No «inclusión vulnerable», sino poder real.

Construir soberanía económica y productiva real, no programas asistenciales. Fortalecer la organización sindical y territorial como base de toda política. Promover poder popular y autogestión comunitaria, donde la gente decide sobre sus propias vidas.

Entender el Estado sin fetichizarlo ni renunciar a transformarlo radicalmente. Articular las luchas identitarias —de mujeres, indígenas, LGBTQ+— sin absolutizarlas ni perder de vista la lucha de clases. Combatir la corrupción interna con una ética radical que no negocie. Desconfiar profundamente del financiamiento externo que domestica toda lucha social. Reconectar con campesinos, obreros, indígenas, trabajadores informales y mujeres trabajadoras. Y producir una narrativa universalista capaz de convocar mayorías sin relegar minorías.

Una narrativa que pueda hablarle al obrero y al indígena, a la feminista y al campesino, al informal urbano y a la comunidad rural, sin traicionar a ninguno porque entiende que el enemigo de todos es el mismo: el sistema que concentra la riqueza, destruye la naturaleza y necesita que los de abajo peleen entre sí para seguir funcionando, hay que desconfiar del financiamiento externo que siempre tiene sus propias estaciones y sus propios solsticios, y que cuando se va deja a los movimientos sin calor propio.

En esta noche política, como en la noche de invierno, lo primero que escasea es el alimento. No metafórico. Literal. En los territorios más pobres, el ajuste lleva meses vaciando las ollas comunes, cerrando los comedores barriales, eliminando los pisos mínimos que alguna vez se llamaron dignidad. La merma de la comida es el indicador más honesto del invierno político.

Aquí está quizás la lección más importante, y la menos obvia.

Los pueblos testimonio no solo celebran en el solsticio. También trabajan. El invierno no es pausa: es el tiempo en que se prepara la tierra para lo que vendrá. Se reparan las herramientas. Se fortalecen los lazos comunitarios. Se transmite el conocimiento a las generaciones que vienen. Se construye, en el frío y la oscuridad, lo que florecerá cuando vuelva el calor.

La política transformadora en tiempo de invierno tiene la misma estructura. No es tiempo de grandes ofensivas ni de proclamas victoriosas. Es tiempo de raíz. De organización paciente en los territorios. De recuperar el vínculo con campesinos, obreros, indígenas y trabajadoras informales que el progresismo de clase media fue perdiendo en su camino hacia las instituciones. De combatir la corrupción interna —no solo la de los bolsillos sino la más sutil de quien se adapta al sistema que debía transformar— con la ética radical de quien sabe que sin credibilidad no hay movimiento posible.

Es tiempo de construir soberanía donde la gente vive, de fortalecer lo que el mercado no puede comprar y el Estado no puede cooptar: el poder popular que nace de la autogestión comunitaria, de la decisión colectiva, de la economía que sirve a la vida en lugar de servirse de ella.

En estos tiempos pasados a cecinas germánicas, hombres hablando en metáforas quizás habría que recordar el lúcidamente loco poeta alemán, Hölderlin y lo escribió en un verso que sobrevivió a todo: «Allí donde está el peligro, crece también lo que salva.»

Donde los viejos demonios reaparecen con nuevo uniforme, donde la amenaza de apocalipsis no es figura retórica sino presupuesto estratégico, vale la pena recordar: ninguna era oscura ha durado para siempre. Ni la Noche Larga de la Conquista. Ni los inviernos de las dictaduras. Ni los períodos de mayor represión. Los pueblos testimonio resistieron. Y no solo resistieron pasivamente: generaron nuevas formas de lo común, nuevas poéticas políticas, nuevas maneras de estar juntos.

La noche más larga contiene la certeza de su propio fin y creo en la capacidad de los pueblos para afirmar su continuidad en medio de la amenaza. No como negación del peligro sino como travesía deliberada de la oscuridad, sabiendo que al otro lado hay luz que regresa y que la noche más larga es, paradójicamente, el umbral de la primavera.

Pero también nos enseñan que la primavera no llega sola: hay que prepararla, hay que sembrarla, hay que celebrarla antes de que llegue.

Esa es, quizás, la lección más profunda de los pueblos testimonio: la paz y el entendimiento entre las comunidades humanas no son un estado natural, sino una construcción permanente. Requieren militancia. Requieren organización. Requieren la voluntad de reconocerse en el otro, de aprender de su historia, de valorar su patrimonio cultural, de integrar su ciencia y su ética en un proyecto común.

Nuestra región, con toda su riqueza y toda su contradicción, tiene la oportunidad de ser un laboratorio de esa construcción. De mostrar que es posible una convivencia donde lo indígena y lo hispánico, lo africano y lo asiático, lo local y lo global, no sean fuentes de conflicto sino de enriquecimiento mutuo.

Esa es la tarea de los movimientos sociales, de las fuerzas progresistas que han sido derrotadas pero no vencidas, de los pueblos que han sido silenciados pero no callados.

No se trata de reconstruir una izquierda que repita los viejos esquemas, sino de construir algo nuevo: una política de la esperanza práctica, del enraizamiento, de la fe que no se seca.

Ser quienes somos, esa identidad no es un producto que se exhiba, sino un territorio que se habita. La autoexpresión identitarista —esa flor que se seca y se la lleva el viento— es individualista, efímera, marketeable. El enraizamiento, en cambio, es colectivo, duradero, práctico. No se trata de declarar quién soy, sino de saber de dónde vengo, con quién camino y a quién cuido. La dignidad —esa que eligieron los pueblos testimonio para sobrevivir— no es orgullo.

El orgullo dice «mírenme». La dignidad dice «estamos aquí, y no nos movemos».

Necesitamos elegir la fe antes que la esperanza, fe no es un sentimiento: es una práctica. Se enciende una fogata. Se baila. Se comparte. Se agradece. La fe se entrena. Se ejercita. Se celebra. No es un estado de ánimo: es una decisión política.

Ece Temelkuran, en su libro Juntos, nos invita a elegir la fe antes que la esperanza. La esperanza se agota cuando las cosas van mal. La fe es una decisión: elegir, a pesar de la evidencia de la oscuridad, que vale la pena seguir adelante. No es optimismo: es determinación. Y esa determinación se forja en la práctica compartida, no en la
contemplación melancólica.

Hay que abrirnos al diálogo con otras tradiciones, con otros pueblos, con otras formas de entender la vida y la convivencia que son tecnología política, máquinas de resistencia, visiones nos invitan a pensar más allá de las fronteras, más allá de los nacionalismos estrechos, más allá de la competencia entre imperios. Nos invitan a reconocer que los problemas de la humanidad —el cambio climático, la desigualdad, la guerra, el hambre— son problemas comunes que requieren soluciones comunes. Y que los pueblos del sur, con sus saberes ancestrales y sus procesos históricos, tienen mucho que aportar a esa construcción común que puede ser el antídoto más poderoso contra el pesimismo de la inteligencia: la práctica de una fe que no ignora la oscuridad, sino que la atraviesa.

Que esta columna sea un llamado a volver a encender las fogatas. A recordar que en el sur del mundo, cuando la noche parece infinita, el sol ya está girando. Y que los pueblos, si aprenden el ritmo de la tierra —si eligen el enraizamiento, la dignidad, el micelio y la fe práctica—, pueden ser también ese sol que regresa.

No es optimismo de tarjeta postal. Es la misma lógica del solsticio. Precisamente porque es la noche más larga, precisamente aquí, el movimiento del sol ya comenzó. No se ve todavía. Los instrumentos apenas lo registran. Pero a partir de mañana, cada día tendrá un poco más de luz. Centímetros imperceptibles al principio. Minutos ganados al frío. Ninguna era oscura es eterna. No lo fue la noche de las dictaduras del Cono Sur. No lo fue el periodo más brutal del consenso de Washington. No lo es esta. Lo que permanece cuando todo lo demás cede son los pueblos que no olvidaron encender fuego en la noche más larga. Los que mantuvieron viva la memoria del ciclo. Los que en el frío
profundo construyeron las raíces de lo que vendría después.

Esos son los pueblos testimonio. Y esa —no su folklore, no su exotismo, sino su conocimiento político acumulado sobre cómo sobrevivir lo que parece insuperable— es la herencia que las fuerzas progresistas alicaídas necesitan recibir.

No como decoración. Como método.

Hemos tenido la noche más larga del año.

Mañana, sin ruido y sin anuncio, el sol empieza a volver.

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