Una IA firma como « primer autor » ; la escuela pierde la cúspide que la justificaba [Educación 1/4]

Traducción: Francois Vadrot y Fausto Guidice

En Shanghái, una revista académica bajo tutela del Ministerio de Educación chino publica artículos cuyo « primer autor » es una inteligencia artificial.

El taller terminal del pensamiento se automatiza a su vez. Primera entrega de una serie en cuatro episodios sobre lo que la máquina le hace a la escuela — y sobre quién decidirá lo que se hace con el humano.

En abril de 2026, la redacción del Journal de la Universidad Normal del Este de China (edición Ciencias de la Educación) publica un anuncio de una página. Cabe en pocas palabras: la revista va a publicar artículos de investigación cuyo « primer autor » es una inteligencia artificial.

La revista en cuestión ocupa el centro del campo académico. Mensual, situada en la cima de los índices chinos, bajo la tutela del Ministerio de Educación, es ella la que había fabricado, en julio de 2023, el momento fundacional del debate chino sobre la IA educativa: un número especial ChatGPT de dieciséis artículos, descargado por decenas de miles. Tres años después, la misma redacción escribe que hay que « cesar el debate estéril sobre la oportunidad de usar la IA y entrar resueltamente en el juego ». La cuestión de 2023 queda declarada cerrada por la instancia que la había planteado.

En Shanghái, 1.177 autores hacen firmar a la máquina

Los hechos, tal como los relata el anuncio. En septiembre de 2025, la Facultad de Educación de la universidad, el Instituto de Educación Inteligente de Shanghái y el laboratorio de educación inteligente de ECNU — acreditado como laboratorio de ciencias sociales del Ministerio de Educación — lanzan lo que presentan como « el primer gran experimento social mundial de la IA como primer autor » (AI一作): una convocatoria de artículos de investigación con la IA como « primer autor y sujeto creador », sobre los temas del aprendizaje, el aula, el docente, la escuela y la investigación del futuro. Responden 1.177 autores, desde las 34 divisiones provinciales chinas y nueve países, entre ellos los USA, el Reino Unido y Corea del Sur. En marzo de 2026 se celebra en Shanghái un coloquio de restitución; publica un informe titulado « Más allá del test de Turing » y anuncia un número especial: el informe íntegro, acompañado de cinco « artículos pioneros de la co-creación humano-máquina », seleccionados entre diez por el comité. Cada artículo aparecerá como unidad de tres piezas — el texto, la recomendación del comité y una nota que describe el proceso de escritura.

El anuncio es un texto promocional, autocelebratorio (« primicia mundial », « un sonoro test de resistencia »); las cifras son las de los organizadores y el informe aún no ha aparecido. Textos enteramente generados por sistemas de IA ya habían superado, aquí y allá, la evaluación por pares. Lo que el anuncio de Shanghái establece es de otro orden: una institución central del campo educativo chino, bajo tutela ministerial, organiza la cosa a escala del país entero, la teoriza (el experimento se pone explícitamente al servicio del « quinto paradigma » de la investigación y de la « construcción del sistema de conocimiento autónomo » de la pedagogía china), le da un protocolo de publicación y un vocabulario — los talleres del coloquio se titulaban « de la herramienta a la simbiosis », « del contrato a la cogobernanza », y el texto fija el horizonte de una « simbiosis carbono-silicio » (碳硅共生). La dirección del movimiento está establecida; su estado real de avance, en cambio, queda por verificar — la constatación que aplicábamos a los robots de fábrica, cuyas demostraciones siempre preceden a las cadencias reales, vale aquí sin retoque.

El primer autor es quien responde del trabajo; la máquina no responde de nada

En las convenciones académicas, la posición de primer autor designa a quien ha hecho lo esencial del trabajo y responde de él. La firma compromete una reputación, expone a la retractación, a la sanción, al descrédito. Es el mecanismo por el cual la comunidad científica imputa el conocimiento a alguien.

Una IA no puede comprometer nada semejante. No tiene reputación que perder, no puede ser sancionada, no responde de nada ante nadie. Hacerla firmar como primer autor equivale a probar si la firma puede desacoplarse de la responsabilidad — y el experimento de Shanghái prueba exactamente eso, sin formularlo jamás. El protocolo de publicación lleva la huella: si cada artículo debe aparecer flanqueado por una nota sobre su proceso de escritura, es que la firma ya no basta para establecer la procedencia del trabajo. Volveremos sobre ello en el tercer episodio, porque este desplazamiento de la prueba desborda ampliamente el laboratorio.

La pirámide escolar extraía su sentido de su cúspide; la cúspide se automatiza

¿Por qué un acontecimiento ocurrido en una revista de ciencias de la educación concierne a la escuela entera? Porque el sistema educativo es una pirámide en la que cada piso se justifica por el piso superior. La primaria prepara para la secundaria, que prepara para la superior, que prepara para el doctorado, que prepara para la producción de saber nuevo. La criba se opera a lo largo de esta cadena mediante aparatos de mecánica distinta. En China, un concurso único, el gaokao. En Francia, concursos con pruebas escritas y orales — la École normale supérieure, que se queda con la crema de los futuros investigadores, o la agrégation, el concurso de élite del profesorado — y, aguas arriba, el emparejamiento algorítmico sobre expediente de Parcoursup, que selecciona, en lo esencial, sin prueba nueva [NdA, tras un intercambio con Denis M. El verbo selecciona debe entenderse en el sentido de que el algoritmo opera la selección producida aguas arriba por las comisiones de las formaciones. El algoritmo mismo es un emparejamiento estable y no clasifica a los candidatos]. Todos ordenan sin embargo las trayectorias según el mismo rasero: la distancia a la cúspide. La pirámide sirve también a otros fines, la formación profesional en primer lugar; pero su legitimidad descendía de la cúspide: la investigación formaba a quienes formaban a los demás, y la excelencia escolar se definía, de eslabón en eslabón, por la distancia a la cúspide.

En nuestro artículo sobre la fábrica sin obreros describíamos un tercer régimen de automatización, distinto del injerto y de la tabla rasa: el software que vacía las oficinas sin cuerpo ni cadena de montaje, cuyos hitos se llaman folletos de emisión redactados al 95 % por la máquina en Goldman Sachs y promociones de analistas reducidas en McKinsey. AI一作 es el caso límite de ese régimen: el laboratorio es el taller terminal, aquel en cuyo nombre existían todos los demás pisos. Y las ventajas de la máquina son allí exactamente las del robot en la línea: trabaja de noche, no se cansa, itera sin ego, y su costo no deja de bajar.

Cuando la cúspide se automatiza, la cascada desciende. El doctorado pierde la salida que lo justificaba, la enseñanza superior pierde la suya, y así sucesivamente hasta el aula de primaria. La pregunta « para qué sirve la escuela » deja de ser una especulación de filósofo de la educación: se deriva mecánicamente de la amputación. Nadie eligió plantear esta pregunta; ahora se plantea sola, y desde arriba.

La fábrica hace salir al humano; el laboratorio lo retiene como aval

Queda, entre la fábrica y el laboratorio, una diferencia que el anuncio de Shanghái expone sin quererlo. En la cadena de montaje, cuando la máquina produce, el obrero sale del taller — es la definición misma de la automatización. En la revista, la institución decreta que el humano se queda. La última frase del anuncio lo afirma con lirismo: los investigadores humanos « no abandonan la escena »; guiados por « la IA al servicio del bien », permanecen para « proteger la profundidad del pensamiento y el resplandor de la humanidad ».

La máquina produce, el humano garantiza. El investigador pasa del estatuto de productor al de aval — presta su capacidad de responder a una entidad que no puede responder. El arreglo tiene su coherencia, y recuerda un reparto ya teorizado en China para el docente, conminado a ceder a la máquina su papel de maestro-de-saber para replegarse en el de maestro-de-personas. Deja sin embargo abierta una pregunta que el anuncio no plantea: ¿cuánto tiempo conserva su puesto un aval que ya no produce?

Lo que esta serie va a establecer

En cada ola de automatización se ha rehecho la misma promesa: la máquina tomará la pena, el hombre conservará el pensamiento. El telar mecánico tomó el gesto del tejedor, el tractor el del labrador, la ofimática el del copista — y cada vez, el valor del humano fue desplazado un piso hacia arriba, hacia más escuela, más diploma, más abstracción. La promesa se sostenía mientras quedara un piso encima. AI一作 señala que ya no queda ninguno: el trabajo del pensamiento, refugio terminal, se automatiza como los demás. La pregunta que Paul Lafargue le hacía a la fábrica en 1880 — qué se hace de la hora que la máquina suprime, y quién la capta — se plantea ahora sin escapatoria, y es en la escuela donde aterriza. La serie que aquí se abre la sigue hasta allí.

El segundo episodio examinará las dos puestas a cero de la escuela anunciadas a bombo y platillo, la usamericana y la china. En Texas, una red de escuelas privadas ha suprimido a los docentes y reducido lo académico a dos horas diarias; en Hangzhou, una « escuela del futuro » instrumenta cada gesto de sus alumnos, del cuaderno al comedor. Estableceremos el punto preciso en que cada una de esas refundaciones se detiene — y mostraremos que ese punto es el mismo en ambos lados.

El tercero seguirá la prueba. Cuando el producto ya no prueba nada, porque cualquiera — o cualquier cosa — puede haberlo fabricado, la evaluación remonta hacia el proceso. Tres dispositivos sin relación entre sí hacen ese desplazamiento en el mismo momento: un bolígrafo que capta el razonamiento del alumno trazo a trazo, un agente de voz que hace defender su copia al estudiante, una nota de fabricación exigida al investigador. Tres pisos, una misma migración de la prueba — y, a ambos lados del mundo, el instrumento nuevo apuntado hacia un objetivo antiguo.

El cuarto anudará el conjunto. Una obrera pagada a tres dólares (unos 2,60 euros) la hora educa a la máquina; una colegiala la educa gratis con cada trazo de bolígrafo; al final de la cadena, la máquina firma la investigación en pedagogía. El bucle está cerrado, y un bucle cerrado siempre pertenece a alguien. Por quién será educado el humano, y a quién pertenecerá lo que se hace de él — dos preguntas que ni Washington, ni Pekín, ni París plantean, mientras las tres capitales ya las responden con actos.

El anuncio de Shanghái jura que el humano « no abandona la escena »: permanece en ella para velar por « la profundidad del pensamiento y el resplandor de la humanidad ». Queda por establecer en qué papel, y bajo qué contrato.

Esquema: cuatro etapas en línea — Cúspide, Rasero, Prueba, Bucle. La primera, Cúspide, marcada en rojo: la cúspide se automatiza.
El recorrido de la serie: cuatro estaciones, una pregunta.

Fuente: Fausto Tounsi

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