
por Francisco Solar Domínguez y Joaquín García Chancks, desde la cárcel La Gonzalina, Rancagua
Juan Aliste es un antiguo militante contra la dictadura de Pinochet. Fue condenado por el asalto a un banco en 2007. Ha sido objeto de torturas, maltratos y castigos en la cárcel desde 2010 y hoy se encuentra gravemente enfermo.
Fue aproximadamente en el mes de febrero de este año, cuando nuestro hermano y compañero Juan Aliste Vega, empezó a sentir los primeros episodios de dolor —hasta entonces leves— en su cadera izquierda. Como lo caracteriza su personalidad, mantuvo su cotidianeidad pese a esta pequeña molestia, pero nunca normalizó su existencia: sabía que se trataba de un dolor anómalo.
Con el paso del tiempo, y a medida que el dolor se fue agudizando, aquella situación anómala se transformó en una preocupación. Por ello, naturalmente, buscó atención en el hospital penal de La Gonzalina, en Rancagua. Sin obtener mayores resultados en esa instancia; solo se le suministraron y recetaron medicamentos como paracetamol y tramadol. Juan no quedó conforme: los dolores no cesaban, no existía claridad sobre el problema de fondo y su vida cotidiana se vio notablemente afectada, ya que estos dolores le provocaban, lógicamente, un grave problema de movilidad. Somos testigos de su preocupación y de su insistencia durante este período. Juan nunca ha sido un compañero quejumbroso y, lamentablemente, un extenso período en prisión lo ha llevado a conocer muy bien su cuerpo, aspecto fundamental para mantenerse firme en una situación hostil y carente de cuidados.
Llegó el día en que Juan ya no pudo moverse y tuvo que ser trasladado de urgencia al hospital de la unidad. Tras una serie de negligencias, radiografías y la mala disposición de algunos médicos, fue derivado nuevamente al módulo con calmantes y suero. Algo no andaba bien; todos lo sabíamos. Fue necesaria una segunda ida de urgencia esa misma tarde para que una nueva lectura de las radiografías arrojara un posible diagnóstico de artritis séptica en la cadera, motivo por el cual fue derivado al Hospital de Rancagua, donde se le administraron fuertes antibióticos. Esa misma noche volvió al módulo.
Desde ese momento en adelante, Juan solo pudo movilizarse con muletas. Su vida cotidiana quedó fuertemente afectada. Los antibióticos solucionaron solo una parte del problema; los dolores persistían, algo seguía ahí. A pesar de lo adversa que se volvió su situación, contamos con la posibilidad de apoyarlo y, de esa manera, tratar de disminuir, aunque fuera un poco, la carga sobre sus hombros. Fueron y son cuidados y preocupaciones que creemos deben existir siempre entre compañeros, más allá de cualquier código de comportamiento impuesto por el ambiente carcelario. El cariño revolucionario debe primar siempre por sobre la apatía individualista.
El punto culminante de esta crítica situación, que derivó inicialmente en su internación en el hospital de la unidad, se produjo a causa de un dolor aún más fuerte de lo «normal», que nuevamente lo dejó sin poder moverse. Solo entonces la administración del hospital decidió internarlo para que fuera evaluado nuevamente.
Desde ese día no lo hemos vuelto a ver.
A pesar de los dolores y de lo compleja de su situación, el compañero, en todo momento, se ha mantenido fuerte y con ánimo de hacer frente a todo lo que se le vino encima. Esa actitud lo ha caracterizado desde siempre: desde que, siendo adolescente, decidió enfrentar a la dictadura como parte del Movimiento Juvenil Lautaro y luego, como subversivo autónomo, combatiendo sin pausa al capitalismo depredador y a quienes lo sustentan. Esa misma fortaleza la ha demostrado también durante los casi 30 años que lleva en prisión por dos causas y contextos diferentes. En todos esos años no ha dudado en hacerse partícipe de diversas reivindicaciones anticarcelarias, movilizaciones y huelgas; ha escrito textos solidarios, ha agitado en favor de la libertad de otros compañeros, ha aportado a los grupos en lucha que se forman en la calle, ha luchado por la dignidad de quienes nos visitan y ha combatido en cada rincón de este espacio de confrontación, convirtiéndose en una referencia de la lucha anticarcelaria.
Desde hace más de dos meses, Juan se encuentra hospitalizado en el Hospital Penal de la ex Penitenciaría de Santiago, donde tiene acceso a mejores cuidados, tratamientos paliativos y, sobre todo, a una mayor cercanía y contacto con compañerxs y familiares.
La situación del compañero es gravísima. Múltiples diagnósticos han arrojado la existencia de un tumor cancerígeno a la altura de su cadera izquierda, con ramificaciones en varios sectores del cuerpo.
Consciente de la gravedad de su situación, el compañero, como no podía ser de otra manera, está decidido a dar la pelea. Sus mensajes son de resistencia y fortaleza, de lucha y dignidad. Y apostamos a que la respuesta solidaria en la calle vaya en el mismo sentido. Porque es imprescindible la sintonía entre la calle y la cárcel. Porque es necesario estar a la altura de la trayectoria de Juan Aliste y actuar en consecuencia.
A Juan Aliste
Dirán de ti
Vendrán de vuelta los mirones de siempre. Los hablamos mil veces por eso de las tantas cosas que se suponía. Por eso de la tximutxina del que “hicimos”. Por aquello de ciertos y presuntos encendidos que pusieron la sincera duda. Y es por eso que dirán de todo. Lo harán los de siempre. Dirán de ti. Lo harán como siempre. Como siempre, a espaldas y para envenenar al pueblo pobre por el que empeñaste tu mirada serena y tu mejor puntería. Dirán de ti. Lo dirá la yuta, la viuda, el ministro, el canciller, el encargado de negocios en ‘ualestrit’; el nuevo contrato en la portería del San Luis de Quillota, Rucio, ja (ni sé por qué retxutxa se me ocurrió que dirá). Dirán de todo y todavía más de lo que tu vida es y seguirá siendo. Y así y todo no podrán, Rucio; como no pudieron. Irán por tu nombre una vez más. Y en cada letra de tu búsqueda, la jauría -como siempre- no sabrá escribir tu historia de hijo y pueblo. ¿Y qué?
Dirán de ti a malas primeras. Pero nunca a lo vío como lo han hetxo siempre con los inclaudicables; los de la invencible y porfiada subversión. Y la hermosa sentencia dirá de ti que como los y las que fuiste parido en llamas. Que las jornadas de insolencia fueron el petxo que alimentó tu amor de niño popular en aquel país de hambre que nos parió. Y que ya luego, en alegría y coraje insurrecto, adolescentes -y puta que indomables-, sin haber leído ni a Lenin ni a Carlitos, va que va, que va, Rucio, nos hicimos complicidades infinitas. Dirán de todo, y más. Solo que aquí viene el canto. Que cuando digan todo lo que supone es todo de ti que dirán, no alcanzarán. Porque en esa pretensión no sabrán decir bien, a fierro, a lo maldito, sobre el saludo genuino de tu pobla’, sus pasajes de siempre, sus rincones áridos de espontáneos años nuevos a veces tristes como sé les caminaste, pero también, bien cargados y tan comunes con sabor a rabia, porfía y la tanta hambre que nos parió. Porque fue así de hambrientos que nos fuimos a subversión y aromas de pólvora a buscar libertad, al precio feroz de la tristeza de nuestras madres que fuera- pa’ comer la ajena marraqueta. Y si no, jugar a las bolitas en los tres hoyitos.
Dirán de todo. Querrán, decir todo, quiero decir, hermano, pero no pueden. No lo pueden ni podrán, porque en su arxtivos de copi-paste de los asquerosos bolitxes policiales, no hay más que un relato que dice: “soy subversivo, feliz de mi pueblo, militante armado; junto a las y los demás, somos fuego, hambre absoluta, rebelión como adn; subversivo empedernido”. Y, aun así, dirán de todo. Dirán de ti algo así como que eres mala cosa de los hambrientos. Y tendrán razón, porque volviste con la misma hambre subversiva entre los que nunca se rindieron. Dirán de todo. dirán de ti que fuiste del lado de los malvados. Y hablará para redecir la yuta, la viuda, el ministro, el canciller, el encargado de negocios en ‘ualestrit’. Y sí que sí, hermano mío del hambre, y de la juventud que nos puso así re juntitos. Dirán de todo; de ti, de todas y todas; del pueblo que sangró tu vida y viceversa. Y cuando aún no terminen de pretender decir todo, oiré a Silvio y a Pablo con eso de “de lo pasado no lo voy a negar… y del presente, qué le importa la gente, si es que siempre van a hablar”, para sonreír y volver a enamorarnos de las más fitxa de la toda y para siempre puta vida.
Dirán de todo. Y cuando lo hagan, en nuestro respetuoso silencio, sabremos que seguirá habiendo otras y otros que podrán decir todo o nada de ti. Porque de tu pausado hablar, la subversión trae naciente sonrisas bien calladitas. Sonrisas como las tuyas, hermano de hasta siempre.
Stgo. de Txicle, 30 de julio de 2026.


