Los gobiernos de la nueva derecha y el trumpismo en América Latina

por Eduardo Lucita

Tal vez parafraseando a Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, cuando calificaban como una fantasma al proceso revolucionario que recorría Europa en el final de la década del 40 del siglo 19, podríamos calificar como un fantasma, claro que de signo inverso, el ciclo contrarrevolucionario que recorre Nuestra América en estos años 20 del siglo 21.

Se trata de un ciclo que inició tibiamente con los triunfos electorales de Jair Bolsonaro y Nayib Bukele en Brasil y El Salvador en 2019, continuó con los gobiernos de Santiago Peña, Javier Milei y Daniel Noboa en Paraguay, Argentina y Ecuador en 2023 y luego comenzó a acelerarse con los triunfos de Rodrigo Paz en 2025 en Bolivia, José Antonio Kast, Nasry Asfurade (electos en 2025 asumieron en 2026) y Laura Fernández Delgado en Chile, Honduras y Costa Rica. Mientras que Abelardo de la Espriella y Keiko Fujimori en Colombia y Perú ganaron sus respectivas elecciones este 2026 y están pendientes de asumir en sus respectivos países al momento de concluir este artículo..

Si se toma el período 2023-2026 los triunfos ultraderechistas se verifican en 13 de las 16 elecciones presidenciales realizadas en ese tiempo. Pero es desde la asunción de Donald Trump a la presidencia de los EEUU, hace 18 meses, que ese cambio político se ha acentuado triunfando los candidatos de extrema derecha en las últimas siete elecciones presidenciales de la región.

Simultaneidad de los procesos

Es un fenómeno políticamente nuevo, tanto por su simultaneidad y coincidencia como por la profundidad de las reformas regresivas y cambios estructurales que proponen. Por otra parte no parece ser algo casual o simplemente episódico. En todo caso sus efectos serán duraderos.

Se ha producido un giro político. Domina “la ola naranja”, como la calificó The Economist (por el tono de piel del presidente estadounidense), expresada en un conjunto de dirigentes que han alcanzado el poder político de sus países por la vía de la democracia liberal capitalizando las frustraciones populares de períodos y gobiernos anteriores. En cierta forma son resultado de la decadencia social impuesta por décadas de neoliberalismo (concentración de la riqueza, expansión de la pobreza, incertidumbre y ausencia de futuro) que han impuesto en el mundo la idea de que no hay salida. Pero no puede obviarse la crisis capitalista que se desenvuelve desde el 2008 que no ha sido resuelta, y que en Nuestra América adquiere la forma de una crisis orgánica con alta vulnerabilidad social y ambiental.

Estos gobiernos han asumido como propio, aún con sus diferencias y heterogeneidades, el estilo, la retórica y la agenda del trumpismo (autoritarismo, racismo, sexismo, homofobia, antiecologismo, reconstrucción del patriarcado, odio como forma de hacer política). Han encontrado que con mensajes simples y directos en las redes sociales una forma de conexión con los electores muy eficaz.

Con Venezuela transformada por la agresión militar imperialista en una suerte de protectorado de EEUU, con Cuba bloqueada y amenazada de invasión, por ahora solo resisten esta oleada Brasil liderado por Lula, que aspira a su reelección y México, las dos mayores economías de la región, de conjunto expresan casi el 70% del PBI regional. En la medida de sus posibilidades también Uruguay.

En este marco las próximas elecciones presidenciales en Brasil adquieren un carácter decisivo. Si triunfara la extrema derecha y el bolsonarismo retomara el poder político la región presentará un panorama político inédito y de difícil pronóstico. Por el contario si el PT logra ganar las elecciones por las dimensiones del país se podría poner un freno potente al avance de la ola que hoy recorre la región.

Un punto de inflexión

Sería erróneo interpretar este proceso de derechización de los gobiernos de Nuestra América como un nuevo momento en la alternancia entre gobiernos derechistas y progresistas, como un nuevo giro producto de frustraciones, adaptaciones de los progresismos y vuelta al conservadurismo tradicional, o como una oleada electoral en que ganan todos los opositores. Esta oleada de las derechas extremas puede ser vista como repuesta al llamado giro a izquierda de los gobiernos progresistas-neodesarrollistas de los primeros 15 años de este siglo, sin embargo es un verdadero punto de inflexión.

Aquellas experiencias modificaron la relación de fuerzas sociales pero no lograron modificar el patrón de acumulación y la inserción subordinada al mercado mundial, ni distribuir la riqueza. Así el extractivismo depredador y la primarización crecieron, mientras descendía la manufactura.

Sea por la situación económica, por las maniobras desestabilizadoras de EEUU, por los intentos re-reeleccionarios, por las corruptelas o por las prácticas desmovilizadoras, el consenso policlasista que les permitió lograr cierta hegemonía se quebró y los gobiernos terminaron apoyándose en el clientelismo y el electoralismo para garantizar gobernabilidad. Han terminado haciendo evidente que el progresismo al no plantearse un horizonte de superación del capitalismo y quedarse solo en las reformas –con mayor o menor intensidad según los casos- y en una actitud conservadora en cuanto a la autonomía de las masas, encontraba allí sus propios límites

El período siguiente encontró un retorno de las derechas tradicionales conservadoras (gobiernos Macri, Bolsonaro, Piñera, Áñez en Argentina, Brasil, Chile y Bolivia) y luego un tibió intento de progresismo de baja intensidad (gobiernos Boric, Fernández, Arce en Chile, Argentina y Bolivia) por solo citar el cono sur de Nuestra América. Estos intentos duraron poco y acumularon grandes frustraciones. Sobre esas frustraciones, sean neoliberales o neodesarrollistas, las extremas derechas han ido ganando espacios ideológicos y electorales en los que ha jugado un rol determinante la crisis de representatividad política, el ataque al periodismo, la desinformación y las medias verdades o mentiras directas que circulan en las redes.

Estas nuevas derechas son mucho más radicales, mucho más profundas en los cambios estructurales que prometen y mucho más agresivas en la destrucción de los consensos democráticos alcanzados en el período anterior. Promueven la más amplia desregulación del movimiento de capitales, el cercenamiento, cuando no la eliminación, de derechos sociales y políticos, la desprotección de los trabajadores, de las mujeres, de los campesinos, de los habitantes originarios, de los bienes comunes y la naturaleza, el vaciamiento de las políticas de educación y salud, la expropiación de los pueblos originarios y sus identidades, la utilización de las deudas públicas como justificación de las políticas de ajuste permanente. Es un ataque en toda la línea contra el pueblo trabajador y a favor del capital que busca instalar una relación de fuerzas regresiva de larga duración.

Mucho más mercado intensivo. Un neoliberalismo extremo que define al mercado como el mejor asignador de recursos y como la medida de valor de todos los valores, que pone énfasis en modernizar las fuerzas represivas y aumentar el gasto militar en cada país. Son así un punto de inflexión, un parteaguas respecto a todo el período anterior.

En Argentina el gobierno Milei, bajo la total subordinación a EEUU, está a la vanguardia de este proceso, con un experimento ultraliberal de reconfiguración regresiva de la matriz productiva y de la sociedad. Aspira a liderar un grupo de países identificados con las políticas del trumpismo en el contexto de la disputa China-EEUU. La actual crisis diplomática con Brasil es expresión de este conflicto global. En este marco el gobierno argentino está preparando para fin de año una reunión de referentes de estas ultraderechas, bautizada como Cumbre Azul, buscando consolidar los lazos y posicionar al presidente Milei como el líder regional. Claro que mucho depende de los resultados de las próximas elecciones en Brasil y EEUU, que pueden influir en la región y particularmente en las presidenciales del próximo año en Argentina.

Asociados al trumpismo

La región está ingresando en un nuevo período de militarización integrando el Escudo de las Américas. Una coalición multinacional político-militar propuesta por EEUU integrada por 12 países que se comprometieron a combatir militarmente a los carteles del narco terrorismo en cada país. Una pantalla para justificar la intervención de tropas estadounidenses en la región. A mediados de julio el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, convocó a numerosos representantes de diversos países para presentar una estrategia internacional orientada a combatir lo que definió como «terrorismo político de extrema izquierda» que busca coordinar las agencias de seguridad y el intercambio de inteligencia.

Este giro al extremismo derechista es absolutamente funcional a la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los EEUU (noviembre 2025), que viene desplegando una política imperial mucho más agresiva, inaugurada con la excusa del narcotráfico y el bombardeo indiscriminado, sin pruebas y sin respetar acuerdos internacionales, a pequeñas naves en el Caribe. Una orden ejecutiva del gobierno Trump, “Establecimiento de una estrategia de transferencia de armas de América Primero”, promueve la venta de armas al extranjero. América latina es considerada un buen mercado, las inversiones en la industria bélica terminaran condicionando más aún las políticas públicas que pudieran implementarse para atender las desigualdades sociales crecientes. Con la mayor injerencia de los ejércitos en tareas internas crecen los peligros sobre el futuro de las democracias liberales en la región ya que se fusionan las tareas de la defensa nacional con las de control interno.

La invasión militar a Venezuela y el secuestro de su presidente y su esposa (diputada nacional) el 3 de enero de este año, fueron la continuidad de esa ofensiva. En paralelo amenazó con anexar Groenlandia hasta conseguir la instalación de tres bases militares en la isla y con cambiar la denominación del Golfo de México por el de las Américas. Logró que Panamá expulsara empresas asiáticas del canal, al que declaró prioritario para la seguridad nacional estadounidense, aun a sabiendas que por el calado del canal solo lo pueden atravesar naves comerciales. Obligó a Chile a suspender el proyecto de un cable submarino de fibra óptica de Concón a Hong Kong mientras que Argentina suspendió el convenio para construir un radiotelescopio en la provincia de San Juan. Recientemente el embajador norteamericano en Argentina amenazó a los integrantes de una cooperativa eléctrica por un acuerdo con Huawei y alertó sobre la continuidad de las inversiones estadounidenses en Vaca Muerta. Una estrategia de presión para quedarse con un objetivo más que ambicioso, el control de más de 30.000 km. de fibra óptica, una infraestructura indispensable para el despliegue del 5G.

Trump ha comprendido que la unilateralidad en el mundo ha concluido y con ella el rol de potencia hegemónica de EEUU. Busca entonces rediseñar el trazado global reorganizándolo en áreas de influencia y seguridad dominadas por las grandes potencias (EU, China, Rusia) mientras se repliega sobre el hemisferio occidental (desde el Ártico hasta la Antártida). Con este repliegue busca cubrir aspectos que considera estratégicos: bloquear el acceso de China (con 600.000 millones de dólares de intercambio anual es el primer socio comercial de la región, además de financiar cuantiosas inversiones) y garantizar gobernabilidad política a sus aliados subordinados e incondicionales.

También acceder a recursos naturales necesarios para sus cadenas de valor y la transición energética. América latina adquiere en este plano una relevancia particular, con la enorme biodiversidad de la Amazonia, de los sistemas andinos, de los grandes humedales. Según la CEPAL en la región se encuentra casi el 20% de las reservas hidrocarburíferas del mundo, más del 40% de la biodiversidad global y el 30% de los bosques primarios junto con cuencas hidrográficas de gran caudal y el Acuífero guaraní, uno de los reservorios de agua dulce subterránea más grandes del mundo.

En este tiempo de acumulación por desposesión las grandes potencias disputan por recursos abundantes en nuestra geografía: minerales metálicos (oro, plata) y los llamados críticos (litio, cobre, níquel, cobalto entre otros) y las tierras raras (17 elementos poco conocidos, que tienen un papel central en la fabricación de baterías de litio, imanes para medios de locomoción eléctricos, circuitos electrónicos, catalizadores para la industria química o turbinas para molinos impulsados por los vientos (eólicos) y también para la industria armamentística). Distintos organismos internacionales han estimado que en las próximas décadas la demanda de estos minerales se cuadruplicaría.

Casi todos los gobiernos ultraderechistas de Nuestra América son seguidores del negacionismo ambiental del trumpismo. Niegan el cambio climático y alientan la explotación indiscriminada de los bienes comunes de nuestras sociedades, es que la mayoría de las economías de nuestros países dependen de la exportación de productos primarios y son fuertemente dependientes del extractivismo. Así agudizan la crisis climática que ya atraviesa el subcontinente (pérdida de biodiversidad, contaminación del aire y los suelos, aporte al calentamiento global). Según National Geograpfic desde el año 2000 un total de 152 millones de personas en la región han sido afectadas por 1205 desastres naturales, sequías, inundaciones, desplazamientos de tierras, incendios, huracanes, terremotos. Para Naciones Unidas América latina y el Caribe es la segunda región más propensa a desastres en el mundo

De acuerdo a la Estrategia de Defensa Nacional del Pentágono (enero 2026), el Atlántico adquiere una gran relevancia por los pasos interoceánicos. En esta perspectiva el sur de nuestro subcontinente tiene un rol preponderante tanto por el Estrecho de Magallanes, como por el canal de Beagle y el Pasaje Drake. De conjunto constituyen uno de los seis pasos estratégicos a nivel mundial y el reemplazo natural del canal de Panamá en caso de emergencia o saturación del tráfico.

Sin embargo, sería un error caracterizar que este repliegue estadounidense implica desentenderse de sus intereses en otras regiones del mundo. En realidad usando una noción futbolera (permitida en medio del clima mundialista) “el equipo se arma desde atrás”. Eso es lo que está haciendo Trump desde que asumió su segundo mandato presidencial, garantizar el control político, económico y militar de lo que siempre EEUU ha considerado (Doctrina Monroe dixit) como su “Patio Trasero”. Para esto no ha vacilado en interferir política y financieramente en elecciones de países soberanos (caso paradigmático de Argentina) y en militarizar la región con la excusa del narcotráfico, la seguridad nacional y las migraciones. Es desde aquí de donde busca recuperar posiciones hegemónicas en el marco de su declinación relativa que, por los resultados de la guerra en Medio Oriente, deja dudas sobre su capacidad de liderazgo global dada su inocultable derrota.

El futuro en disputa

La mayoría de los triunfos electorales que permitieron el ascenso de gobiernos de ultraderecha se resolvieron en segundas vueltas y por muy pocos puntos de diferencia, en algunos casos por décimas, por lo que los gobiernos asumen en sociedades totalmente polarizadas, lo que pone en duda la gobernabilidad.

Hasta ahora estos gobiernos han puesto más esfuerzos en desarmar los logros del período anterior, y en modificar el rol del Estado (deja de arbitrar entre las clases para regresar a ser el gerente general de los intereses del capital) que en proyectar algún futuro. Es que el ultraliberalismo extremo que profesan encuentra serias dificultades para relanzar el proceso de acumulación y reproducción de capitales, dependen cada vez más de las inversiones externas por lo general dirigidas al agronegocio o al extractivismo y que, para concretarse, exigen más y más prebendas impositivas, garantías jurídicas y de movimientos de capitales que terminan vulnerando la soberanía de pueblos y naciones

Así los proyectos quedan atrapados por las contradicciones de la coyuntura, con la particularidad que la década larga progresista dejó un piso de derechos sociales y democráticos que los trabajadores y los sectores populares no parecen estar dispuestos a ceder sin pelea. Bolivia con varios meses de carreteras bloqueadas por miles de trabajadores, indígenas y campesinos que reclamaban la renuncia del presidente Paz a pocos meses de asumir, la caída vertical de la popularidad del presidente Kast en Chile o las continuas movilizaciones de distintos sectores en Argentina, son solo un ejemplo de las resistencias. En lo inmediato sin embargo, si se levanta la mirada un poco más allá lo que pesa y determina es el carácter orgánico de la crisis del capital en la región. Crisis que se expresa en la señalada incapacidad para relanzar el proceso de acumulación y en el desapego de la ciudadanía de los partidos y líderes tradicionales, lo que ya es un problema estructural. Estos procesos políticos no son irreversibles pero sus efectos serán duraderos. Nada garantiza que los gobiernos ultraderechistas se consoliden, sí que gobiernen en una inestabilidad permanente, mientras que la extrema polarización augura nuevas resistencias y abre un espacio para la izquierda anticapitalista.

Sin embargo en este período histórico el capital centraliza, concentra y homogeiniza por arriba, mientras escinde, divide y heterogeiniza por abajo. Así las luchas obreras y populares contra el carácter facistoide de las extremas derechas y la dominación imperialista son fragmentarias y dispersas. No solo a nivel de cada país sino también en escala internacional. Lo que coloca en primer lugar la solidaridad y la combinación de las resistencias antifascistas y antiimperialistas con la defensa de la soberanía nacional y de los pueblos.

A principios de este año 1800 personalidades de todo el mundo firmaron el “Llamamiento por una Internacional Antifascista”, convocando a todas las fuerzas que luchan contra el auge de las extremas derechas, el fascismo y las agresiones imperialistas a “coordinar esas luchas contra enemigos cada vez más amenazantes”. El llamamiento define: Esa convergencia puede y debe incluir a todas las fuerzas dispuestas a defender la clase trabajadora, el campesinado, los migrantes, las mujeres, las personas LGBTQ+, las personas racializadas, las minorías nacionales o religiosas oprimidas, los pueblos originarios; a defender la naturaleza ante un capitalismo ecocida; a combatir las agresiones imperialistas y coloniales, independientemente de su procedencia, y a apoyar la lucha de los pueblos que se resisten a ellas”.

Este llamado se concretó a fines de marzo pasado cuando miles de personas provenientes de más de 30 países se congregaron en la ciudad de Porto Alegre, Brasil dando lugar a la 1er. Conferencia Internacional Antifascista, Antiimperialista y por la Soberanía de los Pueblos, para compartir análisis, estrechar lazos y acordar acciones concretas.

La tarea será continuada por la Conferencia Regional Antiimperialista y Antifascista de América Latina, a realizarse en Buenos Aires, los días 17, 18 y 19 de diciembre de este año, y luego otra en México posiblemente en marzo del 2027.

El camino está trazado, será de difícil realización pero no imposible.

Eduardo Lucita. Integrante del colectivo EDI –Economistas de Izquierda- de Argentina

7/2026

La tesis de este texto es que el surgimiento de las ultraderechas de masas y su llegada al gobierno en varios países obedece a un cambio cultural muy profundo que se fue gestando lentamente. Por motivos tecnológicos, económicos, laborales y de toda orden se ha transformado el modo prevaleciente en que las personas piensan, sienten y ven el mundo. Ha emergido una nueva sensibilidad que tiene dimensiones globales, nacionales y locales. Para ello, analizamos una transformación global. Han surgido nuevos paisajes emocionales en casi toda América y Europa. Han emergido nuevas formas de percibir y significar el mundo. Hemos ingresado en una nueva era de fanatismo cuasirreligioso.

Alejandro Grimson

“Los paisajes emocionales de las ultraderechas masivas”

Fuente: Viento sur

Deja un comentario