LA AUTONOMÍA COMO UNA MANERA DE SER PARTE DEL MUNDO

Entrevista pública a Victoria Aldunate Por Mariana Villaverde

Conocí a Victoria en el año 2013, cuando estaba haciendo mi investigación sobre feminismo autónomo. Por una beca de estudios, conseguí vivir unos meses en Santiago. Llegué a Victoria por la búsqueda de feministas autónomas. Supe de los colectivos Las Clorindas y Memoria Feminista. A esta última, perteneció Victoria hasta cerca de 2013. Actualmente ella es parte de la colectiva, también autónoma, Red de Terapeutas Tierra y Territorio, que se inició en revuelta popular en Chile, en 2019.

La vida y sus vueltas nos siguen encontrando. Y hoy después de 13 años, haciendo mi investigación doctoral vuelvo a oír esta entrevista, y por fin la desgrabé completa. Pienso que la historia oral es tan necesaria y urgente como los textos teóricos que no se paran de producir. Las entrevistas, una vez que las hacemos públicas, ya son parte de un acervo político para nuestra memoria.

Con Victoria hablamos largo rato sobre la autonomía más allá de lo macro político, de descolonizarnos, de un feminismo mestizo, de lo íntimo, lo personal y lo público, de las nuevas generaciones de feministas, de lo queer y lo trans, de los feminismos latinoamericanos y sus encuentros, de la lucha por la despenalización o por la legalización del aborto, de cómo fue abortar en Rusia y cómo fue abortar en Chile con compañeras aborteras; sobre las lecturas hegemónicas del feminismo institucional, sobre el amor libre y sobre cómo fue vivir violencia en pareja lesbiana; también sobre los tangos y los boleros, y mucho más. No está completa para no caer en excesos y repeticiones. Pero tiene sus partes esenciales. Espero que la disfruten.

MARIANA: La autonomía para vos pasa más allá de lo macro político… Entonces, en las relaciones íntimas hay un cuestionamiento de la autonomía desde ese lugar también.

VICTORIA: Sí, yo creo que es algo que desarrollaron algunas feministas en otros momentos históricos, pero que no se ha tomado en cuenta lo suficiente en el activismo actual y que es parte de descolonizarnos, dejar de blanquearnos y asumirnos mestizas . Entre paréntesis, la mestiza es lo peor que hay, peor que la india para Guaman Poma, quien dice que las mestizas son grandísimas putas porque perdieron toda la pureza de la india y se metieron con cualquiera. Y esa soy yo, y me gusta ser impura. Entonces dentro de eso yo creo que estas mestizas, que aquí en Chile, llamamos guachas (que viene de guacho, del que no se sabe el padre), somos un guacherío que necesita desblanquearse.

Me preguntaste si pienso que la autonomía es un lugar íntimo. Sí, creo que no puedes evadir que el mundo personal no está realmente dividido, y que hay que llevarle la contra a esa lógica dicotómica de lo público y lo privado (que también habla de cuerpo-alma y heterosexualidad hombre-mujer, etc.). Si no desarmamos estas lógicas occidentales e idealistas para comprender el mundo, no descubrimos que hay lo íntimo, lo personal y lo público. No hay “lo privado”. Privado es un concepto burgués, capitalista, liberal, además de ser un espacio estanco, donde -supuestamente- estaría la casa y nosotras que manejamos la economía doméstica y sostenemos un matriarcado que le hace de secretaria al patriarcado.
Desde las narrativas de las ONGs, las instituciones y los feminismos liberales decidieron abrirnos una puertecilla desde el mundo -como ellas lo ven- privado, hacia el mundo público y nos quieren decir que recién estaríamos saliendo por esa supuesta puerta, desde la familia heterosexual para, recién, “empezar a trabajar”. O sea, ahora, porque estás en el mundo público, trabajas y haces política (cuando te cooptan los partidos políticos y sus gobiernos). Resulta que antes, cuando estabas en el supuesto “mundo privado”, lo que hacías no era trabajo ni política. Y resulta que cuando las mujeres se organizaban en un barrio pobre para la autodefensa de la violencia machista, (como sí pasó en Chile en dictadura), eso parece que no es político. Sin embargo, sí lo es. Son nuestros sentimientos íntimos de justicia y supervivencia, y eso es político. No es solamente que unas vecinas ayudan a otras cuando un agresor le está pegando, es política de los sentimientos.

Si desarmamos esas ideas tan burguesas de menoscabar lo que no es institucional y de separar la vida en “público y privado”, podemos asumir lo íntimo como una dimensión humana fundamental y nos encontrarnos con que nuestros sentimientos íntimos y la intimidad, son políticos. Nada de esto es heterosexual, ni homosexual, es solo sexual, es sensibilidad. Una intimidad sensible que ni el propio feminismo -dogmático- debería invadir, pero sí reconocer. Donde nadie podría decirte y nadie tendría por qué decirte, si está bien o mal que te guste un juguete sexual, bien o mal que te pintes los labios, bien o mal que te quites los vellos de las piernas. Y es una dimensión tan profundamente política y potencialmente rebelde, que debería ser absolutamente tuya, autónoma. No hay nadie, ni movimiento social, ni gobierno, ni estado, que te pueda decir, por ejemplo, si tú sigues con un embarazo o terminas con él. Esa es una decisión íntima y muy sensible.

Hay ideas del feminismo radical muy interesantes, pero otras bien occidentalmente idealistas, y por ende muy blancas, como esa de “mi cuerpo es mío”, como si yo y mi cuerpo fuéramos dos cosas aparte, como si existiera una división cuerpo-alma. (Apuesto a que esa forma de ver el mundo no tiene mucho que ver con las sexualidades en estos territorios, que han sido ancestralmente más bien diversas). No están separados tu cuerpo y tu alma, como no están separadas lo íntimo, lo personal y lo público. Y no es que “mi cuerpo es mío”, es que yo soy mi cuerpo, y es todo lo que soy. Soy también los sueños que tengo, los valores que tengo, el lenguaje que ocupo, las emociones y cómo las vivencio, mi forma de vivenciar los sentimientos, los deseos, los erotismos, las prácticas sexuales que tengo, todo es cuerpo y soy yo. Hay mucho que decir sobre lo íntimo, lo personal y lo público y los cuerpos que somos las mujeres. Y también de cómo los meta-relatos actuales, postmodernos, relacionan la tierra con el cuerpo de las mujeres, a veces directamente y otras, más solapados. Por ejemplo, cuando hablan – ahora- de la Pachamama… En la cosmovisión andina hay microrrelatos que dicen que la Pachamama se reproduce a sí misma, es autosuficiente, produce la flora y la fauna. Podemos inferir que no necesita marido que la preñe, que no es una señora que se case con algún señor. Supongo entonces que la luna no “copula” con el cielo o con el sol, que los astros son partes igualmente relevantes del mismo medio. La tierra se reproduce a sí misma, se nutre a sí misma, es autónoma, es capaz de manejarse a sí misma y de producir lo que requiera. Y esto es muy distinto a la idea indianista, a veces indigenista también, sobre la tierra y las mujeres como complementos heteronormativos. Esa complementariedad marido-mujer… Lo pregunté muchas veces en Bolivia, en talleres con mujeres. Reflexionábamos sobre lo que nombran chacha-warmi, o sobre los relatos ancestrales donde colocan hombre y mujer. ¿Quiénes serían ellos? ¿un matrimonio? ¿Por qué no son hermano-hermana, igual de relevantes en la humanidad? Mama Waco tiene muchos hermanos y ella decide el territorio en que se van a quedar. Es su hermano y no su marido, el que va con ella. En fin, creo que el mundo no necesita complementariedad porque existe la autonomía, ¿para qué queremos complementariedad si tenemos autonomía? Y en esa autonomía, nos encontramos unas con otras y con otros, para la sobrevivencia colectiva en la que nos necesitamos. La colectividad nos ayuda a sobrevivir. Relevante decir, que la primera comunidad es tu primer apego. Cuando naces es tu madre. Saliste de otra, no eres sola, pero naciste y ya eres un cuerpo autónomo. Cuando eso tan importante se rompe, se rompe a los seres, se los destruye y es lo que hace el patriarcado con las mujeres y sus guaguas, a las que obliga a parir y nacer. Cuando nos quita nuestra decisión de parir o no parir, cuando nos obliga a traicionar nuestra intimidad y nos la quita, nos transforma en esa maternidad deprivada y muchas veces, agresora. Actualmente, en Chile, trabajo en una comunidad terapéutica, Caleta Sur. Está en un barrio marginado, y llegan ahí personas de toda la ciudad, también gente marginada que vive en la calle. Cuando descubres sus historias de vida, ves cómo y cuánto se ha roto el apego en aras de la maternidad obligada. Aparecen madres que dañan, madres que callan, madres eternas niñas que no protegen, que aceptan y niegan los abusos a sus hijas e hijos. Para tener un marido al lado, pueden enviar a sus hijas e hijos fuera de su vida. Es un fenómeno social, no un tema privado o individual. La maternidad institucionalizada quiebra la intimidad y las decisiones íntimas autónomas de las mujeres. Destruye los apegos verdaderos. No permite un amor generoso a tus cachorros. En otra realidad, podríamos amar a nuestros cachorros y no necesitar maridos.


MARIANA: Y me quedé pensando en lo que decís. ¿Qué lectura tienes del feminismo comunitario? ¿Crees que cae en esa idea complementaria?

VICTORIA: Sí, yo lo veo bastante “complementario”. Yo nunca había mirado la idea de la complementariedad así tan clara y tan de cerca como en Bolivia. En Chile, en organizaciones mapuche a las que fui invitada antes de vivir en Bolivia, como la COOAMS entre 2007 y 2010, estábamos en cuestiones muy coyunturales, como la huelga de hambre de Patricia Troncoso, pero entre nosotras sí conversábamos con compañeras y compañeros mapuche sobre feminismo y sexualidad. Nunca escuché de ellas y ellos, la palabra o el concepto “complementariedad” para hablar socialmente de mujeres y hombres, pero sí entendí que asumen igualmente esta idea en una búsqueda de recuperar raíces, de construir identidad. También he sentido que ese ordenamiento del mundo como si fuese natural, se parece mucho a la idea indianista que conocí en Bolivia. Yo lo discuto. A veces los movimientos que sí son radicales en aspectos muy urgentes y también relevantes como la liberación anticolonial y antirracista, no incluyen la reproductividad de las mujeres en su antirracismo y anticolonialismo, y siguen manteniendo una mirada dominante sobre las mujeres. Tal vez, esa pregunta, sobre quiénes realmente somos, la hacemos porque aprendimos a dividir cuerpo-alma, público-privado, pasado-presente. Yo creo que somos un continuo. Somos cuerpo con historia, memoria, dialéctica. Y esa memoria es social por tanto es política, de conflictos y contradicciones. Así evolucionamos, pero tenemos la memoria borrada. En el presente está inscrito, y es inevitable, el pasado. Son un solo tiempo que nos habita. En este país, Chile, en donde no se habla de ser pobre, siempre “clase media” y “blancos”, hasta hace unos 10 años atrás, todos decían que venían de antepasados franceses, ingleses, europeos. No se hablaba de antepasados mapuche, aymara, quechua, changos, atacameños, diaguitas. Entonces se ha borrado la memoria originaria, morena, más tarde huacha y proletaria. Hay un vacío grande. Mucha gente ha sentido vergüenza de su morenidad. A tantas se nos niega lo ancestral, pero al menos, muchas logramos sí reconocer una historia proletaria del movimiento obrero anarquista de las abuelas y abuelos, que luego se institucionaliza y empieza a ser comunista, y por eso muchas, hemos sido militantes comunistas (hasta que dejamos de serlo), porque era reconocer y asumir algo de lo que somos. Todas son historias reales y colectivas, que es necesario como feministas, problematizar, profundizar. No son inventos. Las mujeres tampoco lo somos. Es cierto, ninguna ancestra se dijo “mujer”, pero existimos porque tenemos una historia de opresiones, de resistencias, desde las más dolorosas y autodestructivas -como negarnos a sí mismas- hasta las más rebeldes, creadoras y colectivas. Sí, “soy rebelde porque el mundo me hizo así”, claro, las rebeldías comunitarias, colectivas.

Las mujeres nunca hemos estado en un espacio estanco de víctimas, los pueblos tampoco. Pero solo a las feministas nos juzgan desde las izquierdas, desde los indígenas, desde otros movimientos mixtos en resistencia, porque seríamos un movimiento de blancos y “burguesas”. Hemos vivido estos juicios en el activismo contra la violencia hacia las mujeres, incluso de las compañeras anarquistas, que nos han dicho algo así como que “no hay que victimizarse”, “no te victimices”, “no hables de víctimas”. Como si “víctima” fuese una vergüenza y un lugar fijo -nuevamente mirando el mundo dicotómicamente-. Pero no, cuando soy víctima, soy todo a la vez, soy rebelde también, me resisto, me defiendo. No es nada contrarrevolucionario asumir que las mujeres habitamos una sociedad en la que somos víctimas porque el patriarcado ordena nuestra vida en razón de ser esposa-madre-reproductora. ¿Cómo no reconocerse víctima de eso? Y por eso, hemos construido las resistencias más increíbles. No es lo mismo ceder que consentir, como decían las feministas materialistas. No somos ingenuas, si me van a pegar un tiro o me van a golpear o me van a expulsar de la casa por no aguantar, cedo, hago lo que esperan de mí, tampoco pongo el cuerpo para ser desaparecida o asesinada. ¡No! Aprendo a manipular, aprendo formas de relacionarme para sobrevivir. Muchas veces cedo, hasta que me rebelo.


MARIANA: ¿Cuáles pensás que tienen que ser las prácticas políticas para las mujeres que vienen ahora, de otras generaciones y demás, de pensar desde esa autonomía y esa radicalidad, ante todas las crisis que tiene el sistema, para no luchar contra y en el sistema? ¿Cómo se puede pensar distinto?

VICTORIA: Yo preferiría siempre que hablaran ellas, sus distintas organizaciones. Yo te puedo decir lo que yo veo. Me parecen bien interesantes por ejemplo, algunos grupos que funcionan autónomos, anarcofeministas, animalistas, hacen acciones callejeras. Me ha sorprendido la cantidad de jóvenes que llegan. Tú esperas que van a llegar unas pocas, y llegan muchas y muchos. Ávidos de entender qué es el feminismo y por qué y cómo la autonomía. Sacan publicaciones, fanzines (folletos). Suelen pedir artículos e imprimirlos y llevarlos a ferias libres. Van de mano en mano, son económicos, y llevan contenidos didácticos, claros, interesantes y muy radicales. Son ideas de feministas o anarquistas que no vas a encontrar en otro lado (en ediciones grandes e institucionalizadas). Hacen vídeos, está muy de moda. A mí me aburren, pero sé que mucha gente mira videos y conocen y descubren cosas en esos videos. A veces voy a una actividad y gente que no conozco, me conoce justamente por esos circuitos de estas jóvenes feministas. Yo no conozco mucho de sus tácticas, no las sé usar ni me dan ganas. Yo escribo me gusta sacar fotos, pero creo que, si esto otro que hacen, sirve, y si llega a perdurar, sirve más. Tal vez allí esté habiendo un cambio silencioso. Muchas personas jóvenes dicen cosas que tú las tuviste que descubrir en varios años. Creo que esto tiene que ver con el feminismo que hemos hecho.

También veo desventajas. Creo que hay cierta adolescencia en estos movimientos. Adolecen o tienen cierto desconocimiento, sé que pueden aprender o descubrir, pero lo que sí me preocupa negativamente es el lenguaje que han ido adoptando, tremendamente simbólico, idealista, académico. O sea, lo escucho, occidental, postmoderno. No odio la postmodernidad, sin embargo, no me convoca en su inspiración. Me parece interesante la capacidad de los microrrelatos. El marxismo, es verdad, ha sido un meta relato que no tiene ni idea de que existe la intimidad, y entonces la postmodernidad vino y puso esto otro, tremendamente democratizante, pero también lo hizo borrando. Hablan como si no existiera historia y como si hubiesen debido llegar ellos a iluminar por fin con “la verdad”.
Su lógica ha popularizado aquello de que “el lenguaje crea realidad”, entonces se niega el peso de lo material y orgánico. He escuchado tanto entre jóvenes feministas, anarquistas, de la diversidad sexual, que no se dicen disidentes. Esta idea de la diversidad es bien postmo, absorbe las diferencias de clase como si fuesen “diversidad” y que una sea pobre y otro sea rico, no es diversidad.

La diversidad como la tolerancia y la equidad, se empiezan a infiltrar en estos lenguajes que han sido y parecen revolucionarios, y eso me parece un problema. Entonces ya todo se confunde y llegas a un encuentro anarquista, y se les ocurre hacer una mesa de mujeres o de género. Y comienzan a hablar de género, porque debe ser muy terrible su miedo al feminismo. Y la diversidad sexual, comienza a hablar de matrimonio gay. Y ahí viene esa frasecilla: “el lenguaje crea realidad”. ¿No me digas? o sea, a ver, perdón ¿No era que yo estaba acá antes del lenguaje?

MARIANA: ¿Y qué opinión política que tenés de lo queer?

VICTORIA: Yo creo que lo queer tiene un elemento revolucionario desde una mirada donde te sacudieron un poco y te dijeron «Hey mira, sabes que las mujeres son un invento». Ok, digo yo, somos un invento, pero muy real, histórico y material. Necesitas profundizar en la historia que construye estas posiciones colectivas como ser mujeres, que no somos unos genitales, unas tetas, somos una historia colectiva de humanas bajo mandatos, y capaces de configurarnos en movimientos radicales. No es poco. Si te quedas en que somos un invento, hasta ahí te llega lo revolucionario, porque me diluyes absolutamente, diluyes toda mi historia, diluyes toda mi memoria política.
Queer no me suena en Latinoamérica, pero sí las personas trans. Y he estado en encuentros feministas como el México en 2009, en que un debate principal era sobre el movimiento trans. Y lo primero que me pregunté en ese encuentro fue ¿dónde estaba el movimiento trans y feminista en Chile? Llegaron personas trans de ONGs desde Chile, pero no feministas. No me interesa debatir con un movimiento trans institucionalizado, tampoco con el feminismo institucionalizador. Lo trans y el feminismo lésbico son apuestas políticas, pero necesitamos más que hablar de sexualidad, también de clase, territorio y autonomía sin partidos políticos ni otras instituciones.

Por otra parte, creo que el feminismo lesbiano por ejemplo es entre lesbianas, que tenemos mucho que reflexionar, porque si vas a nuestras historias, si vas al microrrelato, nos encontramos con la heterosexualidad entre nosotras, la violencia entre mujeres, cosas tremendamente dolorosas que tienen que ver con la intimidad política y con cómo es invadida por el patriarcado, cómo es dominada, colonizada la intimidad lesbiana por el patriarcado. Me considero lesbiana, y antes de tener una pareja mujer me consideraba, de alguna manera, lesbiana y quería serlo. Buscaba debilitar la heterosexualidad todo el tiempo. Las personas somos sexuales y tenemos muy diversos sentimientos, impulsos, deseos y erotismos. Eso sí es diversidad, en el sentido de que es tan íntimo que es tan variado como personas existen. Hay muchas formas de vivir la sexualidad, de desearla, de soñarla. Y no son solamente las prácticas eróticas, las que te definen, también las prácticas de género. Si quieres tetas, si crees que las necesitas, es lo que valoras como belleza, son tus búsquedas de modelos de feminidad. Podemos discutir todo esto políticamente, sin negarlo, porque lo que se siente, se siente, y también es importante problematizarlo para darnos cuenta cómo lo hemos construido, desde dónde hemos aprendido a valorizar o desvalorizar la belleza. Tu estética es parte de lo que hemos aprendido porque nos la han enseñado. Y también podemos revisar, rechazar o adoptar parte de lo que nos enseñaron. Lo que agregas a tu cuerpo, lo que quitas de tu cuerpo, lo que simbolizan estas modificaciones para ti. Puedes cambiar tu cuerpo para que calce en lo que nos han enseñado que es ser bella y mujer. Alguien puede acceder a ser modelo trans parecida a lo que son las mujeres que también se transforman para obtener un trabajo, un marido, un amor. Transformadas también para agradar a la heterosexualidad, pero yo justamente rechazo esa imagen y por eso soy feminista. Esa figura no es ser mujer, para ninguna persona, es más bien calzar en un mandato. Y si alguien necesita aquello, laboralmente, íntimamente porque le inspira, es su intimidad, que ni siquiera imagino que alguien, ningún feminismo pueda invadir. Rechazo a los feminismos que están preparados a invadir la intimidad de las personas trans. Sus prácticas de género, nuestras prácticas de género, son políticas y nos van mostrando día a día nuestra historia, nuestro devenir, nuestras evoluciones hacia quien quieres ser. Y sirve saber quién eres. Sirve muchísimo constatarlo sin miedo ni vergüenza. Somos las que somos. Eso nos orienta en la vida, si no te vas a la mierda. La honestidad contigo misma es fundamental.

Me sirve mucho saber si me quiero teñir o no el pelo rojo o morado o rubio, y sobre todo, no ser autocomplaciente conmigo misma. Hay cosas que me confunden también de mí, hay cosas que he preferido soltar, dejar, hay cosas que tomo para mí. No me disculpo por ser la que soy, esta soy y puedo ser feminista y lesbiana y contradictoria, muchas veces. Pero con conciencia de mí, sabiendo que voy haciendo elecciones, y que otras veces he cedido porque lo he necesitado. Pura no soy. Espero parecerme cada vez más a la que quiero ser y minimizar al máximo el control externo sobre mí.

También otro tema es cuando se les ocurre a las mujeres que debe haber hombres en el feminismo. El feminismo no es “mixto”, es feminismo porque es la historia de humanas, a quienes se nos mandata serlo de una manera “complementaria”, complementando al otro, pariendo para el otro, trabajando para el otro, siendo esclavizadas. Cedemos, pero manipulamos, nos resistimos y nos rebelamos también. No me pueden proponer ahora “feminismo mixto” y que “no existo”. No he perdido la memoria de la hegemonía y supremacía masculina. En esta idea de un “feminismo mixto”, al que hay que dejar entrar a los hombres, entonces parece que ellas creen que “al feminismo le hace falta hombre”. Como a la Pachamama, que la quieren casar con algún astro al que consideran “hombre”. Es de lo más antiguamente patriarcal y cristiano. De ahí, surgen estos encuentros feministas donde abogan por que entren hombres. En Bolivia les pasó lo mismo. Y acá en Chile igual. Se han hecho encuentros lésbicos, en 2012 si no me equivoco, y la opinión de muchas, era que no dejar entrar hombres, era ser dogmáticas.


MARIANA: ¿Pusiste alguna vez en duda la palabra feminismo o el ser feminista?

VICTORIA: No, escuche muchísimo esta idea de algunas feministas en encuentros y conversaciones. Que no deberíamos llamarnos feministas porque viene de “femenino”. Me parece otra vez que es centrarse en las palabras, en el lenguaje y no en la historia política. Yo creo que el feminismo hace falta en tanto exista el patriarcado y su heterosexualidad obligatoria. Así mismo, como hace falta la revolución en este país y en el mundo. Creo que el feminismo por su historia, es profundamente revolucionario y es tanto y más revolucionario, que el marxismo (que en su praxis ha revelado demasiados dogmas). Creo en el feminismo materialista, radical y autónomo.

Existe una realidad concreta, material, vivenciada. Todos los días me enfrento a esto en mi trabajo. Antes de que se creara la palabra ruco, que es el lugar donde viven las personas que están en la calle, hombres, mujeres, travas. Ahí se hace intercambio de sexo por drogas y alcohol, y también se muere de frío. Un ruco es donde la gente no tiene ni nombre. Antes de que ellos y ellas, les llamaran rucos, siempre hubo rucos. Eso es real y concreto, es historia material de los pueblos empobrecidos y azotados por dictaduras que prefieren matar a los pobres con drogas y cárceles. Eso no lo inventó el lenguaje, lo inventaron personas que vivencian esto. Cuando los gobiernos en cambio vienen a decirme que la pobreza bajó un 20%, eso sí es puro lenguaje y números.

Soy feminista y veo esto y creo que es responsabilidad política, no negarlo. Creo que, a este feminismo actual, por muy radical que se diga, le falta revolución para hacerse cargo del dolor. Un feminismo que sea revolucionario no puede olvidar que existen los rucos, los allanamientos a las comunidades en resistencia, o de nuestra pobreza. Todo esto está pasando delante tuyo, eres parte de eso también, estás viviendo eso, y no puedes imaginar que no existe la lucha clases y qué todo es género. Todos los días nos están cagando, es lucha, y es de clases. Trabajamos mucho y nos pagan poco. Todos los días nos están destrozando. ¿Cómo no va a ser una lucha de clases constante, que tengas que usar tarjeta de crédito porque no te alcanza? Gastar el doble de lo que gastábamos hace un año para comer. El feminismo no puede olvidar eso.

Creo que está tremendamente blanqueado en América Latina, y cuando no es blanqueado, y es indígena, se pinta y/o lo pintan como “puro”, y eso sigue siendo racista. Entonces ocuparse tanto de las palabras, es no ocuparse de la real autoliberación. Feminismo es un movimiento con una historia política concreta, una trayectoria real, no una palabra.

MARIANA: ¿Participaste de los encuentros autónomos latinoamericanos o alguna vez?

VICTORIA: Algunos, muy pocos. En este territorio tan lejano es como si nos pensáramos fuera del continente. Hay una vivencia así de ser un sur extremo, y estar muy lejos. Y entonces, sí fui al de Cartagena, acá mismo, porque estaba aquí, era barato y fácil asistir. A los otros encuentros, a la mayoría no fui. Hubo un momento en que en el colectivo, empezamos a cuestionarnos esto. Ya había pasado el encuentro de Cartagena, varias de la Memoria Feminista, habíamos estado en él. Entonces nos empezamos a plantear ir al encuentro de México. Lo habíamos decidido y estábamos buscando los medios. Me fui a Bolivia, pero lo de ir al encuentro de Mexico, fue por una decisión y gestión de mi colectivo de ese tiempo (la Memoria).

La verdad, cuando ya estuve allá, no le encontré mucho sentido. Hubo un pre encuentro que era el encuentro de las autónomas, que fue interesante. Igualmente me cuesta encontrarle sentido a los encuentros. Siento que no pasa nada que perdure realmente. Hablamos, nos escuchamos, es bueno encontrarnos con las que jamás nos habríamos encontrado. Pero hasta ahí. El feminismo y el activismo feminista sigue estando en tu territorio, no en otro lugar, en tu territorio, sea el que sea, si me voy a Bolivia, el territorio es Bolivia, si me voy a México, el territorio es México. Donde vivas, no en los encuentros.

Nos encontramos en términos personales, íntimos también, hay personas que te gustan, que te interesan, te enamoras, haces amistades, las escuchas, las descubres, es muy entretenido, conversas, compartes. Pero esa no es la vida que llevas y el feminismo hace falta en la vida que realmente llevas, la de todos los días. Creo que en los encuentros no pasa nada estratégico. Es acá. Por ejemplo, con la Memo, una escultura con las caras de las detenidas desaparecidas y las ejecutadas políticas, que es una estrategia y a la vez, un sentido político. Hacer intervenciones callejeras. Teatro del oprimido o teatro invisible, le llaman a veces, eso hacíamos con la Memoria Feminista. Colocábamos instalaciones. Empezamos con esta idea de los vestidos, los sostenes, los calzones, y consignas contra la violencia hacia las mujeres. Hacíamos en un tiempo una acción teatral que llamamos “la novia”, que era una compañera vestida con un vestido ensangrentado de novia. Lo hacíamos en distintos barrios, donde vivíamos o trabajábamos. Era impactante mostrar así el matrimonio y revelar su violencia. Cuanso vamos con la Memo por la calle es intensamente político lo que sucede, es no olvidar jamás nuestra historia. En las instalaciones, las mujeres se acercan, las vecinas, las transeúntes, las comerciantes de la calle, de ferias libres, se interesan, les importa, se impactan, tienen ganas de seguir en contacto: ¿Dónde las encuentro? ¿A dónde se juntan? ¿Cuándo van a hacer esto de nuevo? Me gustaría participar. ¿Tienen algo que pueda leer? Yo creo que así se hace mucha política. Lo hicimos mucho hasta 2008 más o menos y ahora lo hacemos tres, cuatro veces en el año.


MARIANA: ¿Crees que la lucha del aborto es necesaria, la legalización del aborto?

VICTORIA: A mí me parece que la legalización del aborto es una trampa más. Yo aborté en la Unión Soviética y en Chile. En Chile, clandestina con unas compañeras feministas y me trataron muy bien, fui muy contenida, muy acogida. En la Unión Soviética en cambio, donde el aborto es legal, fui abusada por el matrón en el hospital público y socialista. Entonces yo creo que el aborto legal da permiso al estado para manipular legalmente tu cuerpo y tu vida desde su violencia patriarcal.


Creo en despenalizar el aborto, pero no me voy a poner a dar una lucha específica para eso. En mi activismo, hablo del aborto, denuncio la violencia contra las mujeres, digo que no es un crimen abortar y que ninguna tiene el deber de parir todos los hijos que “mande Dios”. Y, sobre todo, me interesa hablar con las mujeres. No he sido ni seré parte de redes que llaman de “Derechos sexuales y reproductivos”. El meta relato del Derecho es muy ambiguo, te dice que tienes derechos, pero debo tolerar que no se cumplan. Y también depende de lo que me estes diciendo. Si me dices que derecho sexual es que yo pueda ser lesbiana, yo soy lesbiana, no me tienen que dar permiso, si me dicen que derecho sexual es que yo pueda casarme con otra mujer, yo no necesito eso. Si la gente quiere casarse, el matrimonio existe, cualquier persona debería poder casarse con quien quiera. Pero no necesitamos un movimiento para eso. No creo que haga falta colocar energías en luchar por leyes. Lo que de verdad creo es que necesitamos destruir el sistema de derecho sobre el que descansan patriarcas y capitalistas.

MARIANA: ¿Y qué hacemos?

VICTORIA: Desarmarlo totalmente, el caos siempre pare un algo distinto, que puede ser mejor. Tal vez sea parte de lo que ya hemos estado haciendo hace unos siglos. Es cierto que la historia de las mujeres viene de más a menos, de más libertad a menos, y cuando la normas, se extingue. Pequeñas fisuras al sistema, sí hemos logrado, pero no por el camino del Derecho. Ha habido un cambio más o menos silencioso en nuevas generaciones. Mi hija es feminista, y ha crecido sabiendo lo que ya hemos revelado las generaciones anteriores y descubriendo otras, pero con bastante más ventaja que nosotras. Hay cosas que yo me las estuve preguntando un buen rato antes de quitarlas de mi vida como la heterosexualidad obligatoria, ella, me parece, que rápido la desechó. Algo bueno parece que hicimos desde la radicalidad feminista política, cotidiana, activista.

No creo en esas ideas leninistas del día “D”, en que llegamos y nos tomamos el palacio de invierno. Lo que sea que aprendimos e hicimos, es porque nos lo ganamos con resistencias, rebeldías, organizaciones. A veces el feminismo es muy elitista y entonces retrocede un montón. Cuando, por ejemplo, no reconoce al feminismo de mujeres que se han juntado y han hecho cambios para sí mismas y para otras. El feminismo chileno institucional hace parecer que el feminismo en Chile surge por una inspiración de la Revolución Francesa. Yo digo que, si es por acudir a referencias europeas, no sé por qué no acuden a la Comuna de París, o a las comunidades de autodefensa de mujeres en Europa. El punto es que tenemos referencias acá mismo, y no son ciudadanas, si no, proletarias, el feminismo anarco-comunista.

MARIANA: Lectura hegemónica.

VICTORIA: Claro. En este camino en el que muchas nos hemos hecho feministas, probablemente hay momentos en que se ha perdido el contacto con la realidad de otras mujeres que no son feministas. Una lucha para mí, ha sido hacer contacto. Recuperarlo. Y sé que, si lo pierdo, tengo la conciencia que me ayudará a recuperarlo. El feminismo te da unos ojos nuevos, pero también a veces te enceguece. Un poco como el amor. Te enamoras del feminismo porque por primera vez te sientes realmente interpretada, y puede que entres en esos estados alterados de conciencia en los que romantizas.

El otro día escuchaba a una chica feminista joven, en un encuentro, decir que hacía talleres con mujeres y que le daba rabia que las mujeres no llegaran porque el marido no les dio permiso. Otra joven interrumpió, exclamando que cómo podía estar pasando eso, que el marido no le da permiso en pleno siglo XXI. Eso es perder el contacto con la realidad, y una manera de arribismo, de desclasamiento, en tanto mujer de clase trabajadora y clase mujer. No puedes olvidar que tú no eres “las mujeres”. Y que no cumplir las prohibiciones de los hombres, traerá consecuencias. Las que se van igual, es porque rompen la puerta. Hay un caso concreto que acompaño en que ella rompió la puerta, literal, porque el marido la encerró. Puede pasar todos los días a mujeres que dependen de hombres de diversas maneras. En este mismo momento, hay niñas que están siendo abusadas en casa. Si uno pierde el contacto con la vida tal y como es, y no como una quiere que sea, no lo ve. Somos un cuerpo social, si una no mira para ver ¿dónde está una? En el ensimismamiento, mirándose el ombligo. El feminismo se mira mucho al ombligo. Es esa historia de la psicología liberal en “yo me encuentro conmigo misma”, y tanto me encuentro conmigo misma, que no me importa nada lo que está pasando colectivamente. ¡Pero fíjate que en Irak están matando niñas! Y en África subsahariana no tienen más esperanza de vida que de 3 años. ¡Deja de encontrarte solamente contigo como si no tuvieras que ver con esas mujeres, niñas, hombres que están siendo bombardeados!

Es todo el sistema el que quiere que pierdas el contacto con la realidad y puedes perderlo imaginando que ya no hay mujeres a las que los maridos les prohíben salir, porque tú estás muy liberada (en tu opinión), y crees que tu proceso individual es “¡tan maravilloso!”. Créeme que se va a revertir en cualquier minuto si no hay feminismo. Soy una aguafiestas en esto. Una, yo sé, rasguña para tener procesos de verdad y es también ese sentimiento nuestro (de las mujeres), de quiero estar bien conmigo. ¿Qué quiero yo?, esa pregunta es feminista, sí. Hay una historia reciente de las mujeres (la otra ya no la recordamos), de esta posibilidad de preguntarnos. Y es relevante que lo hagamos, pero si ese proceso no es social y solo individual, entonces falta toda una dimensión, y se va a revertir en cualquier minuto, porque lo social tiene un peso importante en tu individualidad. Es como cuando te enamoras y haces vida juntas. Le dije a una compañera, yo ya no quiero más matrimonios. “¿Por qué le llamas matrimonio, si eres feminista?”, me preguntaba ella. Porque es matrimonio igual, cuando te vas a compartir una cotidianidad, una organización económica y familiar, y una forma de consumo. Tratamos de hacer las cosas distintas, respirar un poco, en fin, pero es matrimonio. Si una no es capaz de decirse la verdad, está perdida en la autocomplacencia. Y hay un solo paso desde la autocomplacencia de mirarte el ombligo, a perder todo lo ganado política e históricamente de manera colectiva y personal.

MARIANA: ¿Y qué idea del amor tenés? Ahora que hay toda esta discusión del poliamor, el amor libre.

VICTORIA: Mira, yo creo que el amor libre existe y no necesita llamarse de otra manera. El amor es un sentimiento como todos los sentimientos, que se ha construido. No es que por generación espontánea una aprende a amar de una manera determinada. Y puedes también desarmar esa manera. Y eso es maravilloso y también difícil. Creo que el amor no necesita ni siquiera que le llamen poliamor. A mí esas cosas, no sé, me descomponen un poco, estas denominaciones varias y que se pretenden nuevas, fundacionales. Emma Goldman habló, lo practicó y lo escribió. Muchas otras lo han hecho, yo también. Pero creo que en el contexto patriarcal sigue siendo el mismo problema de siempre. No siento que lo hayamos “superado”. El amor romántico está en pie y no creo que el poliamor lo supere. No he participado en instancias de poliamor, no le encuentro sentido. Pienso que si no desarmamos primero esa manera de mirar el amor, le podemos poner cualquier nombre y es lo mismo. Descubres que el dolor que se produce en las parejas que dicen ser parejas abiertas, es igual o muy parecido al que se produce en las monógamas. La sensación de unas, de ser pasadas a llevar, engañadas, y la actuación de “Don Juanes lesbianas” de las otras… Lo ves, lo percibes, te cuesta creerlo, pero ahí está.

Una compañera de confianza me relató sobre el encuentro lesbiano que hubo en Bolivia, en el yo no estuve porque me volví a Chile antes, y me decía: “Mira, veíamos a X feministas lesbianas connotadas con su grupo”. Me mencionó una palabra que no recuerdo, pero se me vino a la cabeza la idea de séquito o escolta. Yo le dije: claro se espera de nosotras, envejecer con esos séquitos de mujeres a nuestro alrededor. Nos reímos, pero sé que no era tan broma, si no una idea amenazante de egos que pueden surgir y que surgen entre nosotras. Ves la expresión corporal de algunas connotadas. Es un paso importante darse cuenta que está pasando y que no es chiste, si no algo patriarcal en un movimiento antipatriarcal y antiheterosexual. Tienes que tomar decisiones conscientes frente a eso, para no repetirlo, si haces como que no ves, si lo ignoras, entonces tal vez, lo repitas.
La vida es compleja no es de un solo color, tiene muchos matices. También cuando veo esa imagen del séquito, me pregunto por mis prejuicios. No quiero ver a compañeras actuando un rol que odio en los hombres. No estoy por quemar en la hoguera a nadie. Yo, nada de estalinista, si alguien quiere vivir así y otras le enganchan, que lo hagan, pero nada de autoengaño. Nos hicimos feministas para quitarnos de encima toda la mierda que traemos.

Me pasó en Bolivia que llegué a enfermarme por no querer ver la violencia que estaba viviendo en pareja lesbiana. Renuncié a eso y me sané. No es mágico. Es que enfermarse tiene mucho que ver con que estés aceptando hacer la vista gorda con un contexto enfermante. Si logras decirte la verdad, puedes salir, puedes sanarte. Salir del círculo de la violencia, te sana. Cuando estás metida dentro de la violencia, cuesta ver, y también tiene que ver con que sacas “beneficios secundarios”, afectos, apegos, estabilidad, a veces prefieres no ver para quedarte con esos beneficios, que es una porquería. Y también es salir a la angustia de no saber a dónde me voy, por ejemplo. Si te das permiso para darte cuenta de todo, puedes salir. Si, en cambio, te autoengañas, te matas. Por eso, por tu salud mental es tan importante no maquillar la realidad, y saber quién de verdad eres, qué valoras, lo que no te gusta. Si te gustan los boleros, los tangos (como a mí), pero sabes bien que no quieres lo que te proponen como “amor”. Yo creo que una tiene que vivir, tener experiencias. Todavía tengo años que me quedan para ir experienciando, pero si me preguntas por el amor romántico, lo deshago, me río muchísimo del amor romántico, y de mí en ese lugar. Escucho canciones de amor y trabajo mucho con esas canciones en talleres, y nos reímos un montón de nosotras. Eso es bueno.

MARIANA: Claro, como reírse del mismo drama.

VICTORIA: Sí, claro, y con eso además te tomas con más con liviandad, pero no sin profundidad lo que vives y desarmas en ti. Hacer un poco más liviana la vida, sacarte la mochila de las culpas, puede servir. No conozco mucho la culpa cristiana, pero sí la comunista. Cuando aborté en la Unión Soviética, vino un tipo de “control y cuadros” a amonestarme porque si había estado embarazada y ahora no había guagua, entonces qué había hecho yo… Lo mandé a la mierda. No quiero eso en el feminismo. Que estemos persiguiéndonos entre nosotras: ¿por qué te pintas los labios, el pelo, te depilas? Es como cuando te dicen que, si te gustó un hombre, ahora te aguantas.
Es un terreno tremendamente complejo, pero de lo que estoy segura es que en el terreno del amor estamos super invadidas, colonizadas, tremendamente colonizadas. Por eso es tan importante revelar lo íntimo como algo político. Es justo el punto en que nos hacemos mierda. Mujeres que han sido muy combativas contra la dictadura, dirigentas, mujeres fuertes, claras, que organizaban a otras personas, estaban, a la vez, viviendo violencia en sus parejas. Y ahí está clara la contradicción de lo público y lo privado, esa es la dicotomía, la trampa.

MARIANA: Te iba a preguntar, la última pregunta, cuando me hablabas de la territorialidad ¿Crees entonces que se pueda llegar a hablar? Porque producto de lo que estaba tratando de indagar, es un feminismo autónomo latinoamericano. ¿Crees que se pueda hablar? ¿o que es muy contextual, entonces por eso las prácticas políticas van a cambiar?

VICTORIA: Mira, yo creo que Latinoamérica también es un invento. Es una abstracción del invasor republicano que se dijo latinoamericano para no decirse de un pueblo originario, para no decirse indio, y que peleó “por la patria” contra los “indios”. Por ejemplo, en Chile los chilenos, mestizos, patriotas, persiguieron a los mapuche. Pero resulta que Latinoamérica, por otra parte ahora ya sí existe (como las mujeres) somos y tenemos una historia, una memoria, que rasguñamos para entendernos. Más que en un feminismo indígena o comunitario, creo en un feminismo mestizo, que es la configuración de toda esta historia, sus bemoles, opresiones, sus darse cuenta de sus arribismos y desclasamientos, ver la complicidad entre hombres invadidos e invasores. Se suponía que éramos hermanos, pero no, nos vendieron también. En esta América Latina, por lo tanto, creo que la lucha feminista es una lucha que tiene que ser más radical aún y no dejarse caer en las trampas del indianismo, ni del marxismo o de los izquierdismos progresistas de los partidos, que son todos patriarcales. Incluso con el anarquismo, me voy con cuidado.
Existe este territorio, una Latinoamérica y Caribe, que además al Caribe, desde Sudamérica, parecemos no velo. Y dentro de este territorio histórico, hay distintas historias en distintos territorios. Hay pueblos que se supone que no llegamos a los estadios de organización de otros pueblos, como los incas, los aztecas, los mayas, los aymaras. Pero creo que quienes no llegamos a esos otros estadios, hemos aceptado y promovido su organización de castas y clases, y que el feminismo necesita rechaza esa manera de organización.

Creo que tomar en cuenta el territorio de cada pueblo es un buen dato, que nos ayuda bastante a vernos y hay también una historia común de América Latina y El Caribe, y dentro de eso hay historia de las mujeres de cada territorio y de toda la región, mujeres originarias, mestizas, mujeres negras, que en la autodefensa contra el invasor y contra sus propios hermanos con ansias masculinas de someterlas, han conformado historias comunes de hechizos y brujerías, que fueron acciones de rebeldía. No hay que olvidar nunca eso, ni caer en la trampa de que somos feministas igual a las feministas europeas. Creo que sí tenemos dimensiones comunes con las mujeres occidentales pobres, creo que somos una clase mujeres, pero también y dominantemente tenemos una experiencia histórica territorial. Por eso la autonomía es tan importante. Ahí hay una cosa que se podría malentender, no es una contradicción imaginar que la lucha, por ejemplo, de las mapuche, que es autónoma de ellas y de su pueblo, también puede, sin ser nosotras mapuche, en algunos aspectos, ser nuestra lucha. Somos parte de eso, y a la vez somos parte de las mujeres del mundo. Y a la vez, siendo parte de las mujeres del mundo, no me alineo con alguien como Bachelet o Condolezza. Cuando las izquierdas gritan consignas misóginas contra una Bachelet u otra de la misma laya, no los voy a acompañar, pero mi clase no es la esas mujeres, mi esfera política es totalmente otra.
Es relevante entonces la complejidad de cómo se configura este sujeto feminista en este territorio y en esta clase social, y cómo se alía con otras y otros que también son parte de luchas antisistémicas. Me importan las demás mujeres y pueblos explotados, no porque sea “buena cristiana”, si no, porque también soy parte de ellas y ellos, en este mundo. Soy parte de los pobres, de los mestizos y de los pueblos que se han originado en este territorio. A menudo, siento que primero soy parte de las mujeres empobrecidas y colonizadas. No es casual que nos hicieran lo que nos han hecho, justo a nosotras. Nos inventaron para sostener esto que nos aplasta. Entonces, me parece que guardar nuestra autonomía es fundamental: de los hombres, de sus partidos, de movimientos que, aunque tengan mujeres, son masculinos, de sus lenguajes que, aunque se muestren deconstruidos, siguen siendo masculinos. Pienso que es revisar situación a situación, coyuntura a coyuntura, para saber con quiénes te encuentras, con quiénes haces alianzas. Y es muy importante también el respeto que muestren tus aliados y aliadas por tus luchas.

Se grabó: 25 de agosto 2013, charla con Victoria Aldunate, Santiago de Chile.


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