Fascismo e imperialismo, dos caras del capital

por Iñaki Gil de San Vicente.

Vamos a dividir esta charla-debate en tres partes: una, la aparición del fascismo en Euskal Herria; dos, las lecciones básicas que debemos extraer de aquella primera agresión. Y tres, sugerencias sobre cómo combatir al fascismo y al imperialismo en su fase actual.

1.

En 1931 se crearon las JONS, grupo fascista que fusionaba el ideario mussoliniano con el reaccionario catolicismo español. La victoria de Hitler en enero de 1933 envalentonó a los fascistas. En mayo de 1933 Aurelio Aranaga, militante del PC de Euskadi, llamó al pueblo obrero para que se organizara y luchara a muerte contra el fascismo y el «imperialismo español», textual: «Poner en guardia a los obreros y campesinos españoles y a las masas laboriosas de las nacionalidades oprimidas por el imperialismo español, sobre el peligro fascista, […] El fascismo que se manifiesta en diversas formas, mas en el mundo capitalista encierra toda una política bestial de opresión imperialista que sojuzga y somete las aspiraciones liberadoras de las pequeñas nacionalidades oprimidas, como Euskadi, Cataluña, Galicia y Marruecos, si el peligro fascista que empieza a manifestarse en España y dentro de Euskadi se le quita la importancia que tiene como bestia imperialista esperando que haga su aparición para machacarlo, es un error criminal que hemos de pagar caro, como lo está pagando en Alemania el proletariado revolucionario de los diversos Estados.»1.

La advertencia de los comunistas vascos no se basaba solo en la experiencia de las derrotas de otros pueblos desde 1923 con la victoria de Mussolini, ni en los ricos debates marxistas al respecto, sino también en la violencia antiobrera y contra las naciones oprimidas ejercida por las JONS. Con esa base fascista previa y de otros grupos reaccionarios, en octubre de 1933 se creó la Falange española y en marzo de 1934 carlistas y monárquicos visitaron a Mussolini para pedirles armas y entrenamiento militar sin las cuales no podrían derribar a la II República. Durante este proceso la Iglesia apoyó de mil modos los movimientos contrarrevolucionarios, sobre todo el de 1936.

Aurelio Aranaga criticaba duramente a la socialdemocracia por su política de «mal menor» con respecto al fascismo; al PNV porque su pasividad y a ANV porque su crítica verbal no era llevada a la lucha práctica. Es cierto que el fascismo era muy reducido en Euskal Herria, que su escasa fuerza se centraba en pocos intelectuales y empresarios, apenas en obreros y casi absolutamente nada en campesinos; pero esa debilidad creía compensarla con su lema de «dialéctica del puño y la pistola», es decir, violencia contrarrevolucionaria de sus pistoleros contra todos los demás según las circunstancias sociopolíticas, con el apoyo disimulado o crudo de sectores de la policía y ejército español.

Arenaga había dado en el clavo al identificar el fascismo con el imperialismo español, al defender el derecho a la independencia de las naciones oprimidas y al unir esta liberación con la lucha de clases internacional. En 1933 los efectos de la segunda Gran Depresión capitalista eran demoledores sobre el capitalismo mundial y más aún sobre los Estados más débiles como el español. Dos vascos, Unamuno y Maeztu, de la Generación del 98, unieron sus voces al lloriqueo melancólico de «Me duele España» frustración que ayudaría a crear el delirio de «Por el Imperio, hacia Dios». Decimos esto para dar una idea del clima ideológico que envolvía a esa mezcolanza de regeneracionistas, carlistas, falangistas, cedistas, católicos reaccionarios, nazis estrictos o «a la española», etcétera, y por último franquistas que integraron a casi todos ellos bajo la égida de Franco, «Caudillo de España por la gracia de Dios». Les unía la defensa a ultranza de la propiedad burguesa, la unidad de España y el anticomunismo.

Por eso, y aunque lo que entendemos por fascismo o falangismo en cuanto tal era muy pequeño antes de 1936 en Euskal Herria, estaba sobredimensionado por esa ideología multifacética, de la cual una o varias caras coincidían con los intereses de la mediana y pequeña burguesía: una «Euzkadi» capitalista, vaticanista y autonomista. No debe sorprendernos, por tanto, que la dirección del PNV defendiera una negociación con el franquismo en 1936 e incluso algunos participaran en su ofensiva contra el Madrid republicano. Fueron las bases populares del PNV las que abortaron ese intento, pero aceptaron la rendición de agosto de 1937 en Santoña pactada por el PNV con Mussolini y el Vaticano. Desarmados los batallones, los franquistas los reprimieron a placer. En la conservadora Iparralde el fascismo fue prácticamente inexistente; solo la ocupación nazi creó una base de colaboracionistas desde 1940, pero una parte de la dirección del PNV en el exilio conversó con el nazismo con fines silenciados hasta el presente. A la vez, el PNV reforzaba su inclusión en el espionaje yanqui, con la CIA; más adelante, establecería relaciones con el Mossad sionista.

2.

La primera lección consiste en ver lo que hay debajo de la decisión de las JONS de aplicar en 1931 la experiencia del fascismo italiano. La derrota militar en la I Guerra Mundial, las duras luchas obreras de 1918-1920 y la crisis económica de 1921, básicamente, aterrorizaron a la clase dominante que primero permitió y luego impulsó el ascenso del fascismo y su victoria en 1922. Y aquí tenemos la primera lección: en situaciones de crisis sociopolítica profunda, la clase dominante y sobre todo la pequeña burguesía gira a la extrema derecha para crear una fuerza de masas reaccionaria. En ese giro la reacción moviliza la reserva de irracionalidad que duerme en subsuelo capitalista: dependencia, sumisión, temor, miedo, etc., ante el futuro y, por tanto, necesidad de un «poder fuerte» que proteja y guíe al «pueblo desorientado» pero que también castigue y hasta destruya a los «enemigos de la nación», de la «raza», de Occidente.

En cada país esa irracionalidad de fondo tiene formas propias, pero todas ellas nos remiten, por un lado, al efecto del fetichismo de la mercancía sobre las conciencias y, por otro lado, a la historia concreta de la lucha de clases. Lo cierto es que, sin retroceder mucho, ya en la mitad del siglo XIX los análisis sobre el bonapartismo y sobre el papel del lumpen a las órdenes de la reacción advertían de su fuerza contrarrevolucionaria; luego, para finales del siglo XIX se empezó a estudiar cómo manipular mejor la psicología de las masas o cómo liberarla de las cadenas mentales, pero también surgieron tesis reaccionarias que defendían la necesidad de líderes autoritarios, el «cesarismo», la elite, etc., y, por fin, el Duce, el Führer, el Jefe Nacional de la Falange, el Caudillo… Como muy bien demostró G. Lukács, la reacción burguesa había desencadenado «el asalto a la razón».

La segunda lección nos enseña que este irracionalismo y el negacionismo solo tienen visos de éxito si son llenados de contenido sociopolítico que tranquilice los miedos reaccionarios, aun a costa de negar la verdad y razones capitalistas de la crisis genético-estructural y de sus muchas expresiones particulares. Para ello no hace falta un programa sociopolítico y científico minucioso, detallado, escrito con bisturí sino una propaganda repetitiva, machacona, escrita a hachazos que alimente la incertidumbre. La propaganda gira alrededor de tópicos reaccionarios que tranquilizan los miedos y resuelven las dudas: para acabar con el paro hay que poner orden, hay que trabajar más aceptando «sacrificios», hay que exterminar a la izquierda y expulsar a los migrantes, hay que conquistar «espacio vital», hay que expandir los «valores de la raza y de la nación», de Occidente, hay que privatizar la naturaleza, etc.

La tercera lección nos enseña que esta disciplinarización social colectiva debe apoyarse en una disciplina organizativa acrítica y obediente según el lema falangista de «vale quien sirve», quien es efectivo por su cumplimiento ciego de la orden recibida. Los grupos fascistas retoman a otra escala las disciplinas acríticas de la Iglesia, de las sectas y de los paramilitares, intentado acercarse lo más posible a la disciplina temerosa de los ejércitos reaccionarios. La Falange sobrevivió porque cumplió el Decreto de Unificación dictado por Franco en 1937, de lo contrario hubiera sido debilitada al extremo como lo fueron quienes criticaron a Mussolini y a Hitler por ceder ante las exigencias del capital. Llega un momento en que esta obediencia ciega se impone a la sociedad mediante el terror represivo.

La cuarta lección explica por qué el fascismo puede tener una elasticidad táctica e incluso adecuar o renegar de algunos de sus principios iniciales según las circunstancias y las órdenes del capital y de su ejército, fundamentalmente. El pragmatismo frío y oportunista se oculta con la propaganda y la fe acrítica de sus bases, lo que le permite alianzas con sectores conservadores no fascistas. La ganancia personal y la corrupción extrema de sus líderes facilitan este «realismo político» destinado a acelerar el proceso de fascistización de la sociedad: en determinados momentos el fascismo hace equilibrios entre su obsesión de sangre y de terror, y la necesidad de atraerse a sectores conservadores, o al menos neutralizarlos por un tiempo. Ahora bien, dado que el fascismo asume incondicionalmente la autoridad suprema del capital, no durará en desatar el exterminio cuando reviva la orden.

Así llegamos a la quinta y última lección, la decisiva, el fascismo es la punta de lanza de la destrucción del movimiento revolucionario en cuanto tal, que no solo de los sindicatos, partidos, organizaciones culturales y deportivas, centros asistenciales, políticas públicas de salud, transporte, educación, infraestructuras, o sea, imponer la privatización. Todo esto es cierto, pero lo que se busca con eso son dos objetivos unidos en uno: destruir la izquierda revolucionaria y sus anclajes cotidianos con el proletariado asegurando por mucho tiempo la dictadura del capital y, a la vez, acrecentar lo más posible sus grandes ganancias económicas para, entre otras cosas, armar un poderoso ejército que reprima internamente y aplaste a los enemigos externos, a la revolución mundial.

3.

¿Cómo combatir al fascismo teniendo en cuenta estas lecciones básicas? Lo primero que debemos decir es que es la última lección, la quinta, la que impone el ritmo a todas las demás y la que juzga en la práctica el acierto o el fracaso. Esta lección exige comprender el papel del fascismo en la fase imperialista actual, que sufre una agudización extrema de las contradicciones del capital muy superior a las de hace noventa años. Entonces el fascismo actuó cada cual por su lado, sin unidad de mando imperialista a escala mundial, lo que facilitó su derrota en la II Guerra Mundial. Aunque la OTAN mantuvo la conexión interna de grupos fascistas durante cuatro décadas con sus atentados anticomunistas, golpes de Estado y política neoliberal desde 1970 en adelante, fue desde la década de 1990 que hizo falta una mayor coordinación para hacer frente a la mundialización de la lucha de clases.

La extrema derecha y los fascismos concretos existían en EEUU desde hacía tiempo y fueron cerrando filas desde el reaganismo. La Ley Patriótica de 2001 les reforzó y dio un objetivo preciso: contener y revertir la decadencia yanqui, pero las contradicciones del imperialismo llevaban a que las clases y pueblos oprimidos estrecharan lazos. EEUU y Occidente respondieron en consecuencia y de ahí las sucesivas reformas expansivas de la OTAN y del Pentágono, con sus organizaciones terroristas. Trump impulsó desde 2017 una especie de «internacional fascista» que integraba el fundamentalismo, el sionismo cristiano, los nazi-fascismos europeos, etc., dentro de los servicios secretos.

Si la «Decadencia de Occidente» escrita por Spengler entre 1918 y 1920 fue uno de los acicates del fascismo del momento, la verdadera decadencia del imperialismo actual es la razón fundamental de la internacional fascista decididamente reforzada por EEUU en los últimos años. De una u otra forma, en las decenas de guerras sociales y bélicas actuales intervienen grupos terroristas con ideologías insertas en las dinámicas de fascistización al margen de la careta externa con la que se cubran: todos ellos defiende el imperialismo. Ucronazis, sionazis, criminales saudíes, mercenarios que atacan al Sahel, bandas armadas capitalistas, grupos narcoparamilitares, mafias, partidos y movimientos legales que impulsan la fascistización en las democracias formales y autoritarias, que propugnan la guerra contra Eurasia, la recolonización de África y Asia y de Nuestramérica, y que tienen como bandera el negacionismo anticientífico son todos ellos tentáculos de la Hydra de Lerna con sus múltiples cabezas.

Por tanto, la lucha antifascista es en sí misma lucha antiimperialista y viceversa. Un frente clásico de esa lucha desde los primeros artículos de Clara Zetkin y Bordiga a comienzos de la década de 1920 es el de la guerra teórica, que es más que la simple guerra cultural, necesaria pero insuficiente. Es verdad que la cultura en cuanto forma de organizar la producción y distribución de los valores de uso es por sí misma revolucionaria, pero la teoría es la quintaesencia de la praxis comunista. La denuncia histórica, la creatividad cultural, la coherencia ética, la práctica revolucionaria en todas partes, las movilizaciones de masas en contra de toda presencia fascista en las calles, etc., son imprescindibles, pero solo adquieren su enorme potencialidad liberadora cuando aprenden de la teoría previa, la critican con los hechos, la mejoran y la divulgan.

Naturalmente, la lucha práctica y teórica requiere de una forma organizativa antagónica con la fascista, con la burguesa y con la reformista, todas ellas basadas en diferentes formas de obediencia acrítica y pasiva. Combatir el irracionalismo negacionista exige un dominio de la dialéctica del conocimiento, del materialismo del método científico, de sus incompatibilidades con la tecnociencia burguesa sujeta al capital constante, del papel del pueblo obrero en la lucha por la ciencia como arma revolucionaria, por no hablar de la lucha teórica y ética sobre cómo debe ser la ciencia en el socialismo. Si una militancia así inaceptable para el reformismo, más peligrosa lo es para la burguesía y sobre todo para el fascismo.

La fascistización tienen en la guerra cognitiva, por citar solo una de las técnicas de castración mental colectiva, uno de los métodos más reciente para imponer la ignorancia funcional y la necesidad de la adoración al líder como única expresión de la «verdad», la que nos dicta lo que debemos creer y por qué no podemos pensar. La disciplinarización social persigue la sumisión militarizada como acto reflejo inconsciente preparado para las guerras sociales y bélicas que el imperialismo organiza con la ayuda fascista. En esta lucha por la racionalidad humana el método materialista y dialéctico es imprescindible.

Por último, la recuperación de cualquier libertad y derecho destruido por la fascistización es la única garantía para, inserta en la estrategia revolucionaria, vencer al fascismo. Ya pasaron los tiempos en los que la burguesía imperialista podía conceder reformas para desactivar la lucha de clases. La crisis genético-estructural impone recortes brutales que imposibilitan la concesión de reformas, ni siquiera volver a los niveles de gasto público y social, de redistribución parcial del salario indirecto y diferido, etc. Saberlo así es el primer requisito para desmontar la propaganda fascista que promete mejoras sociales solo a los «nacionales». Además de defender lo conquistado, sobre todo es imprescindible ampliar los derechos y libertades para toda la clase proletaria, al margen de su origen; demostrar que el pragmatismo tacticista del fascismo solo es eso: demagogia hueca para engañar a incautos y reforzar a sus fanáticos mientras se preparan ataques más duros. Y lo es tanto más en las naciones oprimidas, como la nuestra.

NOTA: Texto para la charla-debate sobre el mismo tema que tendrá lugar los próximos 24/25 de octubre en ALDABE GIZARTE ETXEAN (GASTEIZ), organizado por JARKI.

EUSKAL HERRIA, 18 de octubre de 2026.

Nota:

1 Aurelio Aranaga: Mayo 1933 https://abertzalekomunista.net/es/relato-historico-2/comunismo-abertzale/articulos-comunismo-abertzale/804-art-historicos-comunismo-abertzale/446-er-i-09-la-liberacion-de-euskadi-y-el-fasc

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