Chile. ¿Quién mató a Francisca?

Por Ricardo Candia Cares

La asesinó la misma mano que viene matando desde hace mucho. La que dejó ciegos, que torturó, violó y baleó por la espalda. Y que antes torturó, asesinó, desapareció y degolló.

La mató una historia que ha hecho de este país un lugar castigador, inseguro y peligroso. En el que la verdad es un blanco para abatir. Y la justica, una quimera.

Un país hecho a imagen y semejanza de los poderosos, millonarios y magnates, delincuentes que han hecho del robo una cultura y del crimen una variable del negocio.

La bala que mató a Francisca viene detonada por sujetos para quienes la vida humana vale solo en contante y sonante. Para quienes el enemigo de la patria, dios y los negocios, es el pobre, indio, maricón o zurdo.

A Francisca de cierta forma la mataron aquellos que cuando pudieron decir no, miraron para otros lados.

La mató un Estado que protege al malvado y castiga al que levanta su bronca.

La mató la dictadura que jamás se fue, que se mimetizó y adoptó otros modos y palabras. Y, por sobre todo, esa maldita tendencia a acostumbrarse a los muertos.

Ahora, luego de lo luctuoso y violento, los mismos de siempre harán fila para decir sus preces y lamentos.

Pero ya Francisca estará cursando la frialdad de su muerte propiciada por esos cínicos y miserables.

La muerte nos acompaña con sospechosa regularidad.

¿Nos habremos acostumbrado al asesinato impune? ¿Habrá calado lo de la otra mejilla y del perdón al que nos ofende?

¿Estaremos pagando el pecado de haber desterrado la venganza pura y dura a la siga de la justicia que nunca llegó y que jamás llegará?

La muerte de Francisca nos advierte del riesgo de la vuelta en redondo hacia lo que creímos olvidado y nos informa que lo hecho hasta ahora solo nos da la opción de velar a otra de las nuestras.

El tiro que mató a Francisca fue detonado hace mucho, por otros y por los mismos, por los de antes y por los de hoy.

La mató la falta de coraje para poner las cosas en su lugar de los que gobiernan.

Hemos dicho tanto que la muerte no sea en vano. Hemos dicho tanto que nunca más.

Y seguimos donde mismo.

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