Inflación: ¿quién se beneficia del crimen?

Por Luis Casado

Ayer asistí a un debate sobre Economía en París, organizado por La France Insoumise (LFI), principal partido político de la izquierda francesa.

Cosa curiosa, uno de los exponentes era Michel-Edouard Leclerc, patrón de una de las más importantes cadenas de supermercados de Francia, cuya cifra de negocios supera los 50 mil millones de euros al año. Un gran patrón vino a debatir con la extrema izquierda.

Entre los participantes: Agnès Bénassy-Quéré, economista jefe de la Dirección del Tesoro (Hacienda), Cédric Durand, profesor e investigador de la Universidad de Ginebra, François Gerolf, economista de la Dirección Francesa de Comercio Exterior, Éric Berr, economista de la Universidad de Bordeaux y la diputada LFI Aurélie Trouvé. Jean-Luc Mélenchon, presidente de LFI, cerró el evento que duró tres horas.

El propósito de LFI consiste en lanzar una reflexión que permita entender cuales son las causas del fenómeno inflacionario que sacude a todo el planeta, después de cuatro décadas de relativa estabilidad de precios, o de una muy moderada inflación si prefieres.

Primera constatación, -para servidor no es novedad-, la ciencia económica no logra explicar nada, ni prever nada, ni remediar nada. Contrariamente a la teoría monetarista, que sostiene que la inflación es un efecto del exceso de emisión monetaria, durante décadas la FED -banco central de los EEUU- y el BCE -banco central europeo-, emitieron billones y billones de dólares y euros sin que hubiese el más mínimo efecto en los precios.

Los célebres QE -quantitative easing- cuyo objetivo consistió en inundar los mercados de liquidez a cero por ciento de interés para salvar a los especuladores financieros, no provocaron lo que los monetaristas anunciaban: depreciación monetaria e inflación. Sin embargo la emisión monetaria sin respaldo alcanzó niveles colosales.

Durante el mismo periodo de cuatro décadas los salarios reales bajaron, no lo digo yo, lo dice el Fondo Monetario Internacional: nadie puede culpar a los salarios de la inflación que corroe el poder adquisitivo de millones y millones de hogares.

Aparte de algunas sacudidas, los precios de las materias primas tampoco se fueron al cielo. Algún economista inspirado aseveró que las causas de la inflación son “externas”, es decir el resultado de un aumento en el precio de las importaciones. Después de décadas de una “mundialización” acelerada cuyo propósito no era otro que el de establecer un mercado único planetario… un genio osa pensar la economía como un mosaico salido del Salammbô de Flaubert.

Aquí es donde la intervención de Michel-Edouard Leclerc se hizo interesante: le sugirió a LFI impulsar la creación de asociaciones de consumidores, así como los controles del Estado. “Yo no entiendo”, -dijo-, cómo es posible que los productos básicos me sean propuestos con alzas que no se justifican, en un mercado dominado por monopolios, o duopolios, que controlan todo.”

Para ilustrar su afirmación, entregó algunos datos. Los productos de primera necesidad son controlados por un par de negociantes cuya parte de mercado supera el 80%… Si el distribuidor -la cadena de supermercados- no quiere pagar más, simplemente se queda sin productos. Otro chantaje: para obtener determinados productos a mejor precio obligan a los supermercados a suministrarle “servicios” gratis al proveedor, o a utilizar forzadamente sus marcas. Y nadie dice nada…

Michel-Edouard Leclerc fue más lejos: “Esto comenzó mucho antes de la guerra de Ucrania, y yo lo advertí, pero nadie me hizo caso. ¿Como llamarles a esos actores del mercado que no producen nada pero controlan todo desde las finanzas? ¿Parásitos de guerra?” (sic).

No deja de ser sorprendente escuchar a un gigantesco actor del mercado, cuyo volumen de negocios le da un gran poder de negociación, venir a pedirle a la izquierda radical que imponga la libre competencia… Michel-Edouard Leclerc lo dijo con todas sus letras: la libre competencia no existe.

Su función, señaló Leclerc , consiste en evacuar del mercado a todo aquel que exagera, que abusa, que intenta obtener un lucro injustificado: la libre competencia lo elimina. Pero esa libre competencia sin trabas ni trampas desapareció en combate con el neoliberalismo. El mercado, como afirma LFI, es el caos.

Un par de intervenciones dejó claro que, curiosamente, ahora pareciera que todo, TODO, viene de Ucrania: el aumento de precios, dice la prensa, se debe a la guerra. Un productor francés de aceite aumentó brutalmente sus precios arguyendo que los granos provienen de Ucrania. ¡El mismo que hasta el año pasado basaba toda su publicidad en la proveniencia francesa de sus materias primas!

Jean-Luc Mélenchon se interroga: “¿Cómo es posible que mucho antes de una cosecha, el producto de esa cosecha sea comprada y revendida 20 o 30 veces en los mercados financieros internacionales?”

Michel-Edouard Leclerc ya había afirmado que la mayor parte de los negociantes planetarios de productos alimentarios no tienen nada que ver ni con la agricultura, ni con el transporte, ni con la distribución, ni con la venta al detalle de productos alimentarios. Lo suyo es la especulación…

Una parte importante de la riqueza creada en la economía real debe remunerar la actividad de las finanzas especulativas que no aportan nada. Una decena de empresas dedicadas a la compraventa de productos alimentarios, de las cuales no has oído hablar nunca, controlan el coso: Vitol Group, Glencore International, Trafigura, Mercuria Energy Group, Cargill, Koch Industries, Archer Daniels Midland, Gunvor Group, Bunge y Louis Dreyfus Company.

He aquí una pista para entender el origen del fenómeno inflacionario. Otra: no olvidar nunca que la economía no puede ser concebida sino como el escenario en el que se libran una lucha encarnizada intereses contradictorios y divergentes: la repartición de la riqueza creada entre capital y trabajo es el mejor ejemplo. Mala noticia para las almas bien pensantes: la lucha de clases existe.

Otros fenómenos auguran que la inflación llegó para quedarse, aunque el ministro de Hacienda diga lo que diga.

El peor remedio consiste en aumentar las tasas de interés desde los Bancos Centrales, cuyo objetivo confeso consiste en generar una recesión y más desempleo para controlar la inflación.

Una vez más la teoría se va de espaldas: nadie ha probado que un alto nivel de empleo y demanda genere inflación. La causa, como se ve, está en otro(s) sitio(s). La unanimidad de los Bancos Centrales para aumentar las tasas de interés no hace sino poner en evidencia que no entienden nada ni de economía, ni del efecto que la emisión monetaria tiene en la economía real.

El debate comienza. Los neoliberales más tozudos ya entendieron -y lo dicen- que el neoliberalismo está muerto, no sin antes haber llevado el planeta a una crisis que, esta vez, va a durar.

Michel-Edouard Leclerc, una vez más, lanzó una advertencia lúgubre:

“Yo temo, capitalísticamente y empresarialmente hablando, una recesión…”

Ahí estamos estamos, distinguidos y geniales señores economistas.

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