
por Luis Camilo Romero
La crisis de Estado que hoy vivimos en Bolivia comenzó allá por el año 2000, con la Guerra del Agua. Hubo un periodo de relativa calma entre 2009 y 2019, pero después se fueron incubando situaciones que hoy se muestran de manera descarnada. Nos encontramos ante un momento que exige, con urgencia, reformas profundas al aparato estatal.
Los periodos históricos no son estáticos ni eternos. Está comprobado que la etapa actual se asemeja a lo vivido en el tiempo neoliberal. Llegará el día en que estos oscurantistas rindan cuentas al pueblo. Entonces, muchos de los que hoy se ufanan de «demócratas» ya no podrán ocultar sus verdaderas intenciones ni sus falsos disfraces.
La constatación evidente que nos dejó el llamado «Encuentro por el País» —por lo que dejaron marcado en su línea discursiva los aliados del gobierno— va precisamente en esa dirección. El evento dejó al desnudo la demagogia que Paz Pereira ya había exhibido durante su campaña.
La agenda que los bolivianos conocemos desde que llegó este gobierno está marcada por una crisis inocultable. Una crisis que pone de relieve graves problemas que el gobierno, hasta ahora, no resuelve: combustibles, desaparición de maletas, narcotráfico y la misma inestabilidad económica.
De hecho, el gobierno actual sigue siendo un «Frankenstein» político. Porque quienes le ayudaron a gobernar en estos seis meses no lo hicieron con un discurso propio ni con un equipo ajeno —el de Doria Medina—. El saldo de esas contradicciones es que el país no ha cambiado absolutamente nada.
Los aliados del gobierno, aunque en otras ocasiones no se manifestaron así, evidenciaron en sus discursos un apego disimulado al poder. Es más, la mayoría lo defendieron y reforzaron su política afín a las directrices del norte.
El desfile de oradores —que arrancó con gobernadores y siguió con alcaldes— fue una repetida letanía de adulaciones a Paz Pereira. El evento también se convirtió en la oportunidad para presentar «informes» o un «rosario de quejas» dirigidas a él, para que solucione las demandas.
Ese «Encuentro» fue la oportunidad para que los asistentes expusieran públicamente su afinidad con la política estatal, contradiciéndose en algunos casos. Por ejemplo, Tuto Quiroga, antes de ir a la «Cumbre», dijo que el evento tenía más un carácter simbólico que resolutivo, descartando que surgieran soluciones inmediatas a la crisis por los combustibles. Había dicho un día antes: «Primero, como gobierno, sin mañas ni engaños, atiendan y resuelvan con responsabilidad, seriedad y urgencia las diversas demandas de los sectores movilizados». Y posteriormente, señaló que los primeros seis meses de gestión se desarrollaron en un contexto muy complejo.
Sin embargo, el jefe de «Libre» —que ni siquiera respetó el tiempo asignado, pues utilizó más de 20 minutos para lanzar sus recomendaciones al estilo de su campaña— no hizo alusión crítica a temas como el combustible o la conflictividad social, como lo había hecho días antes. Y, al igual que los anteriores oradores, insistió en que los 20 años del MAS fueron lo peor en la historia de nuestro país.
En el desfile de expositores, JP Velasco actuó como el vocero de la representación cruceña: defendió la postura de los empresarios agroindustriales, de los cívicos y de las mismas logias que, tras la decisión de la Asamblea Legislativa, protestaron por la abrogación de la Ley 1720.
Pero la desilusión llegó —para muchos, seguramente— con lo expresado por el gobernador de Oruro, Edgar Sánchez. Primero, en su discurso aduló al presidente. Luego, se enredó en alusiones contra quienes gobernaban el país. Recriminó a «neoliberales» y «socialistas», y pidió que no se volviera al pasado. Aspectos que no venían al caso cuando la mayoría intentaba delinear políticas para sus regiones.
El Encuentro fue solo eso: la reiteración de lo que ya habíamos visto al inicio de esta gestión. Sin un mínimo de autocrítica. Ni de parte de Paz Pereira, ni de sus ministros, y mucho menos de las autoridades invitadas, que solo sirvieron para echar flores y, de paso, exigirle que cumpla el famoso 50/50.
La frasecita de «sicariato» pronunciada por Paz Pereira al referirse a los conflictos sociales se asemeja a la política que imprime Nayib Bukele desde El Salvador para frenar la «violencia». Para Paz, quienes desarrollan el «sicariato contra la democracia» son, en directa alusión, las dirigencias de la COB y otros sectores sociales. De ahí que los hechos de Santa Cruz —que tuvieron la misma lógica de los asesinatos por sicarios— sean para el gobierno una oportunidad para crear un ambiente que justifique una intervención violenta dentro de poco, para mantener un gobierno «fuerte».
Finalmente, ¿será que Paz Pereira nos quiere decir algo? ¿El hecho de entregar el paquete de leyes y sus reformas a la Constitución para que las resuelva un próximo gobierno significa que ya no tiene nada más que ofrecerle al país?
En síntesis: el Encuentro de la “élite fashion” vinculada al gobierno fue más de lo mismo. No proyectó absolutamente nada. Fue un saludo a la bandera, como son estos eventos, que únicamente le sirvió al gobierno para sentirse reforzado antes que dé su último hálito que, para muchos, está muy cerca.
*Luis Camilo Romero, comunicador boliviano para América Latina y el Caribe


