Bolivia. ¿Quién nos gobierna?

por Camilo Katari

El derrumbe del modelo “partidos políticos” en Bolivia ha creado un vació que permite la improvisación y el surgimiento de proyectos económicos individuales, revestidos del discurso “Es lo que el pueblo quiere”. Las elecciones presidenciales del año 2025 han sido una primera demostración de este hecho y luego profundizada o mejor dramáticamente materializada con la explosión de “Frentes y Agrupaciones Ciudadanas” (léase proyectos personales).

El gobierno actual, no representa ningún programa político, su ruptura con el PDC (que le sirvió de base electoral) no tiene ninguna influencia ni en el gabinete, ni en el diseño de un programa de gobierno, entonces ¿quién gobierna?

La composición del gabinete, las decisiones tomadas y la “burbuja del poder” nos demuestran un gobierno autócrata, centrada en la figura del presidente, que, como buen neoliberal, ha tomado la receta del FMI como programa económico-político de gobierno. Para marcar la diferencia con su tío abuelo (Víctor Paz Estenssoro) ha preferido recurrir a su muletilla de una retórica demagógica, que le acompañó en su ascenso en el campo político, frases hechas, sin contenido y de nula relación con la realidad, son la fórmula de esta narrativa.

El derrumbe del sistema de partidos políticos es una especie de “bendición” para las oligarquías regionales, porque se trata de la aplicación del viejo axioma romano de “dividir para vencer”. Esta práctica le permite, por otra parte, cierta estabilidad política al gobierno, ya que no existe una oposición en tanto tal. Una demostración de esta afirmación es el reciente “encuentro por Bolivia” en la que el presidente demostró que tiene la “sartén por el mango” y el llunkerio fue el común denominador de todos y todas las personas que dieron “su” palabra.

El derrumbe del sistema de partidos políticos ha enterrado al MAS, una de las experiencias políticas que sacudieron los cimientos de la política boliviana. El MAS durante 14 años fue hostigada en todas las formas y con todos los recursos para ser destruido, hasta que fue la aplicación de una estrategia de comunicación política que culminó estos intentos con gran eficacia. Esta experiencia (estrategias de comunicación política) forma parte de la actual gestión de gobierno, que no oculta la presencia de un asesor extranjero en esta materia.

La desatención a las demandas populares, incluidas las demandas de los eternos aliados de los gobiernos de turno (como los transportistas) son la característica de la gestión pública, debido a que cualquier concesión en el tema económico retrasaría la aplicación y complacencia del FMI.

En este ambiente otro gran problema que confronta el gobierno es su debilidad en la solvencia moral, por la convivencia con sectores y personajes ligados a hechos de corrupción o directamente con delitos comprobados (ex directora de aduana, directora de AISEM, ex edecán del Ministro de Gobierno, etc.) y la existencia de redes familiares ligadas al poder político.

Todos los datos y la constatación empírica de los hechos, nos señalan que tenemos un gobierno al servicio de los intereses transnacionales, inscrita en las directrices del trumpismo y el sionismo imperial; el tamaño de la lucha de sectores populares, encabezados por los marchistas (pueblos indígena campesino) y la COB, debe ser entendida en ese ámbito geopolítico y en lo interno se trata de una lucha en defensa del territorio plurinacional y la soberanía.

La llamada “clase media” que en el caso boliviano es una creación de “estudios” sociológicos, económicos, antropológicos, etc. Esta mal llamada “clase media” es un estamento social racista, a la que el discurso, de estos estudios, le han dado el barniz, los eufemismos, la retórica difuminadora a esa mentalidad racista latente. En nuestros días y con mayor frecuencia desde el año 2008, la explícita manifestación de este racismo se ha hecho evidente, y hoy está naturalizada como argumento en el propio parlamento “democrático” boliviano.

En conclusión, la protesta de los movimientos sociales en Bolivia reúne esa oposición al dominio mundial imperialista y una derrota de sus agentes locales que destilan ese racismo esparcido por el mundo por D. Trump, que en el caso boliviano llegó hace casi 500 años de la mano y la espada de Francisco Pizarro.

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