Del neofascismo tecnológico: Palantir

por Grínor Rojo

Palantir Technologies es una empresa estadounidense de software, que se fundó en 2004, básicamente como una iniciativa de Peter Thiel, Alex Karp y Stephen Cohen. Para su puesta en marcha, contó con el financiamiento amigable de In-Q-Tel, una de las filiales de la CIA. Ese fue el comienzo de una historia de apoyo recíproco entre la empresa y los organismos de inteligencia de Estados Unidos y no solo de los de Estados Unidos (muchos países del mundo están también entre sus clientes, Israel, por ejemplo, al que Palantir le ayudó en la consumación del genocidio de Gaza, según lo denunció 404 Media en 2025). 

La especialidad de la compañía es, según se lee en su página web, la producción de software de Inteligencia Artificial (IA), capaz de orientar las decisiones que adoptan tanto los gobiernos como las grandes entidades financieras de Occidente. En otras palabras, Palantir les ofrece, a aquellos que están preocupados de la mantención de un cierto orden o quieren introducir uno nuevo, el instrumental tecnológico más efectivo que existe en la actualidad para lograrlo. Los gobiernos del mundo lo saben y a ellos está destinada sobre todo la plataforma Gotham, que según se publicita en el sitio web facilita la toma decisiones en las zonas de combate”; los financistas y los banqueros, por su parte, usan de preferencia la plataforma Foundry, que se diseñó para detectar lo que también se conoce como la “vulnerabilidad de los sistemas”, que solía ser blanco de los hackers pero que ahora están pasados de moda sustituidos por los mecanismos digitales. De más está decir que tanto los banqueros como los políticos están dispuestos a pagar lo que les pidan para obtener los servicios de la empresa. De hecho, se sabe que el año pasado el Pentágono contrató con Palantir el sistema Maven, por 10.000 millones de dólares, y que este ya se empleó con gran éxito en las operaciones de la guerra de Irán.

No es pues de extrañarse que la cotización de las acciones de Palantir, que era de 7,25 dólares por acción en 2020, cuando la firma entró por primera vez en bolsa, haya ascendido a 146.19 dólares por acción en 2026. En una carta a los accionistas, del 4 de mayo de este año, se les informa que solo en el último quarter, o sea durante los primeros meses de 2026, el crecimiento fue del 85% más respecto del mismo periodo el año pasado. Para 2026, el valor que la empresa reconoce supera los 300.000 millones de dólares. Poco cuesta inferir quiénes son los que en realidad están ganando la guerra de Irán.

Los productos estrella de Palantir son, como ya dije, los que se ocupan del análisis masivo de datos, unas plataformas de IA que en minutos o en segundos recaban y combinan una información que a los humanos nos costaría meses o incluso años procesar. Es decir que estos son productos que sirven a un trabajo de espionaje sofisticado hasta lo inimaginable. 

De mucha demanda es la sección que se aboca a la localización de objetivos, fraudes bancarios o actividades de “terroristas” empedernidos sobre cuyas cabeza los buenos (cualesquiera que estos sean) necesitan derramar unos cuantos misiles. A este respecto, un aprovechamiento que me parece particularmente inmundo, también según una denuncia de 404 Media, es el de los equipos de software que Palantir le ha estado proporcionando al seguimiento trumpista de los inmigrantes. Esos equipos capacitan a los rufianes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) para acceder a los archivos personales de los perseguidos, a sus fotografías y hasta les informan sobre si en ese preciso momento ellos/ellas están o no en sus casas. 

Los principales dueños y conductores de Palantir siguen siendo sus tres fundadores, Peter Thiel, Alex Karp y Stephen Cohen. El presidente actual del Consejo de Administración es Thiel, de confesadas tendencias antidemocráticas, partidario de la tenebrosa “ilustración oscura”, padrino político de JD Vance y quien, entre otros de sus numerosos disparates, asegura que Greta Thumberg es la encarnación del Anticristo (visitó a Javier Milei hace poco y este lo recibió en la Casa Rosada con los brazos abiertos), y su director Ejecutivo y el “intelectual” del triunvirato es Karp. Este y un tal Nicholas Zamiska son los autores de un libro que apareció en febrero del año pasado y que hizo ruido: The Technological Republic. Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West. Periodistas tales como George F. Will, de The Washington Post, se deshicieron en elogios: “Desde el asombroso éxito del libro de Allan Bloom de 1987, El cierre de la mente americana –con más de un millón de ejemplares vendidos–, no ha habido una crítica cultural tan contundente como la de Karp”.

Esencialmente, lo que Karp y Zamiska hicieron en The Technological Republic fue reprocharles a los tecnomagnates de Silicon Valley su indiferencia por las decisiones que se toman en la arena política. Más precisamente: criticaban Karp y Zamiska a los tecnomagnates por el abandono que ellos habían hecho del gobierno de Estados Unidos y abogaban por un (re)encuentro que debería resultar provechoso para ambos costados. Según pensaban, esa era una deuda patriótica que la “élite” ingenieril de Silicon Valley tenía pendiente, era un descuido que debía subsanarse al más corto plazo. 

En abril de este año apareció el Manifiesto Palantir, que es una síntesis del libro del 2025 y está compuesto por veintidós numerales. Como era de esperarse, el argumento es el mismo del libro anterior, pero esta vez comprimido en resúmenes epigramáticos. En mi lectura, los diez de mayor envergadura son: el numeral uno, donde se lee que “Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su surgimiento” y que esa deuda es de la “élite ingenieril” de Silicon Valley, cuya obligación es “participar en la defensa de la nación”; el cuatro, que sostiene que se echa de menos no tanto “el sentimiento moral” como “el poder duro (el hard power)” y que en este siglo el poder duro va a ser el poder blando (el softpower), ambos términos con el significado que les dan los gurúes tecnológicos; el cinco, que afirma que las “armas de IA” se van a construir de todos modos y que el verdadero problema es “quiénes” las construyen y “con qué propósitos”; el ocho, donde se aclara que los “servidores públicos no necesitan ser nuestros sacerdotes” [léase los políticos profesionales, aunque en otro de sus numerales el Manifiesto se muestre sibilinamente perdonador de aquellos que sufren ataques “mezquinos” de la prensa, porque en sus vidas “han hecho algo más que enriquecerse”, y uno no puede menos que pensar en Donald Trump y en sus turbios enredos con el pederasta Epstein]; el diez, que reacciona contra la “política moderna”, la que se basa en el doble primado de la subjetividad libre y autónoma y la voluntad popular; el doce, que augura el fin de la “era atómica” y el comienzo de “una nueva era”, la de la IA; el diecisiete, que pide un papel para Silicon Valley también en el combate contra el crimen; el veinte, que defiende las creencias religiosas contra la “intolerancia” del laicismo; el veintiuno, que distingue las culturas que producen “adelantos vitales” de las que son “disfuncionales y regresivas”, ya que estaría perfectamente claro que “no todas las culturas son iguales”; y el veintidós, que las emprende contra el “pluralismo vacío”. El Manifiesto cierra con esta coda iluminante: “Nosotros, en Estados Unidos y con más amplitud en Occidente, durante el último medio siglo nos hemos resistido a definir las culturas nacionales en nombre de la inclusión. Pero, inclusión ¿de qué?”. 

Ahora bien, considerados en su conjunto, el común denominador que sostiene los diez numerales que yo acabo de seleccionar es ni más ni menos que la propuesta de un nuevo orden para la organización del mundo, un orden que haga viable que Estados Unidos derrote a sus adversarios (China no se nombra, pero está por todas partes); que permita que Estados Unidos continúe siendo la potencia global hegemónica, esta vez aliviado de los inconvenientes de la democracia, ya que no es posible ganar la guerra que ya está en curso con un sistema político en el que todos tienen igual capacidad de decisión. 

El daño puede corregirse, en consecuencia, y eso se logra reduciendo el número de los habilitados para participar en la vida pública, haciendo que esta quede a cargo de algunos políticos (en Estados Unidos ya sabemos de quiénes) y de los mejores entre los tecnomagnates (porque tampoco aquí son todos lo mismo, hay los que siguen engolosinados con el “celular” y las “aplicaciones”), cumpliendo con los deberes que les corresponden y en los lugares que les corresponden: los políticos desempeñando una función administrativa y de gestión y los tecnomagnates dedicados a las actividades de planificación y dirección, es decir, indicándoles desde atrás los segundos a los primeros que ponen la cara lo que ellos tienen que hacer y de qué manera. De un poder extraordinario y que definitivamente se encuentra por sobre el de las armas convencionales, la herramienta por excelencia para llevar a cabo este plan maestro es la IA, que entró en funciones como la última etapa en el desarrollo de las nuevas tecnologías y cuyo manejo debiera estar en manos de los capitanes de industria, o sea en las manos de Karp y algunos (no todos, como dije) de sus amigos y colegas.

Con esto volvemos al principio: de lo que se trata en el Manifiesto de Palantir es de la constitución de un orden mundial reorganizado, en el que quienes piensan y les dicen a los políticos cuándo y cómo deben actuar son un puñado de tecnomagnates (presumiblemente, Karp, Thiel, Cohen y algunos más), porque ellos son los más inteligentes, como lo demuestran el muchísimo dinero que han acumulado. Se dice que Karp posee una fortuna personal de entre 13.750 y 15.300 millones de dólares. 

Mi conclusión: esta es la gran novedad del fascismo del siglo XXI. En el fascismo del siglo XX, la novedad era, como se recordará, el aparato de propaganda. Eran los espectáculos enceguecedores de Joseph Goebbels y Leni Riefenstahl. En 2026, son los dispositivos de Thiel y de Karp, los de la IA. Pero lo mismo da Juana que Chana. Como en el del fascismo clásico, en el proyecto del neofascismo contemporáneo se incluye, asimismo y como prerrequisitos, la prescindencia de la democracia, una vindicación de los que supuestamente son mejores y la misión que estos tendrían de sacar al capital de imparable decadencia por la que está atravesando.

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