Chile. El chato Olavarría se muere cuando quiere y las veces que quiere

por Ricardo Bretón

En Pisagua se vivía en un estado de incertidumbre permanente. Nadie tenía idea sobre lo que podía acontecer en los próximos meses, días e incluso horas. En cualquier segundo podían cambiar las condiciones más básicas de sobrevivencia. Esto podía ser, quizás, el resultado de una decisión tomada con anterioridad en el cuartel general de la 6ta. División, al mando de Carlos Forestier. O una crisis hormonal de Ramón Larraín, comandante del Campo Militar de Prisioneros de Guerra de Pisagua, o  la caña mala de algún tenientucho. O cualquier cosa que le cayera mal a cualquier milico que aborrecía estar justo allí en ese momento o que nos aborrecía a nosotros por lo que pensábamos.

Siete asesinos del Campo de Prisioneros de Pisagua ingresaron hoy a Punta Peuco - piensaChile

Para nosotros, los recluidos en ese campo de concentración, era entonces complicado mantener una actitud de integridad y auto respeto cuando nuestros captores, sintiéndose superiores y envalentonados por sus armas, podían en algún momento sentirse ofendidos o humillados por alguna actitud nuestra demasiado orgullosa.

Los compañeros confinados en el Campo de Prisioneros de Pisagua, ideaban entonces diversas estrategias para resistir y solventar las presiones de los uniformados que buscaban cualquier excusa para aplicarnos castigos corporales de distinta índole.

Algunos de nosotros tenían la suerte de contar con las herramientas necesarias para resistir, sin generar sospechas, y no sucumbir ante el horror.

Uno de ellos era Arturo Olavarría.

En cuanto fue posible salir a trabajar, después pasar meses de encierro en las celdas de la cárcel, el «chato Arturo» fue uno de los primeros compañeros en instalarse con un pequeñísimo taller de artesanía. Descubrió entre los basurales del pueblo, que los pobladores de Pisagua tiraban desperdicios de todo tipo en terrenos baldíos. Algunos de estos eran antiguas baterías de coches. Arturo las desguazó y rescató la dura carcasa de caucho de las baterías y las convirtió en materia prima para la elaboración de sus moai.

Llaveros, colgantes o moai con un pie de base para mantenerse erguidos. Todo dependía del tamaño del fragmento de caucho.

Así, de la noche a la mañana, con primitivas herramientas, las manos y uñas negras y la cara tiznada, Arturo no solo nos llevó las estatuas de una isla polinésica de ensueño a nuestro confinamiento, sino también instaló en nuestras conciencias que podíamos ser creativos, sobrevivir y resistir, aun en las peores condiciones de vida imaginables.

Arturo creador de libertades (Fuente: https://tellmebye.com/arturo-olavarria-olmedo/video#)

Arturo fue uno de los compañeros que se caracterizó por su excelente humor. Independientemente del momento y las circunstancias que estuviéramos viviendo. Demostró una fortaleza formidable con sus chistes, su perspicacia, su solidaridad y su alegría de vivir. Ahí radicaba el más destacado valor de nuestro Arturo Olavarría, era su forma de hacer resistencia.

Su fuerza residía en un amor inquebrantable por la vida y en la alegría de vivir por las causas justas. Su generosidad no solamente consistió en trasmitir y esparcir esta alegría, sino también el desprecio a la autoridad que nos pretendía disciplinar y reformar marchando y cantando sus himnos, bajo criterios extremadamente represivos. Así, en momentos difíciles y de peligroso escrutinio nos hacía reír aun a costa de sufrir serios castigos.

Pero también era generoso cuando la situación era muy complicada arriesgándose a ser sorprendido. Como las varias veces que, en vísperas de nuestro Consejo de Guerra, me lanzaste un pan cuando estábamos en medio de los interrogatorios. Y no era simplemente el hecho de lanzarme un trozo de pan mientras nos mantenían a golpes, sin agua ni alimentos. Era el gesto solidario que gritaba: ”¡Fuerza. No estás solo compañero!”

Recordado compañero Arturo, en mis viajes a Chile pregunté por ti. Nadie sabía de tu paradero. Finalmente recibí la triste noticia de que te habías ido a Argentina, que posteriormente te habías enfermado y que habías muerto en el país transandino. Sin embargo, hace pocos días atrás Valpo – ¿te acuerdas de él y del FTR?– me escribió contándome de que te habías muerto nuevamente. Otra más de tus gracias.

El chato Olavarría se muere cuando quiere y las veces que quiere.

Pero ten la certeza Arturo de que andarás siempre por ahí, en las conciencias de muchos de nosotros que sobrevivieron el horror y la tristeza gracias a tu generoso y contagioso humor.

Resistir y crear conciencia política puede adquirir miles de formas.

Hasta siempre compañero.

Estocolmo, viernes 15 de mayo de 2026.

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