Entrevista con Benjamin Bürbaumer sobre los imperialismos

por Juan Tortosa

¿Cómo definirías el imperialismo?

Por lo general, la caracterización del imperialismo como una etapa específica del capitalismo que aparece en El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin es la más conocida. Para nosotros hoy en día, tiene el inconveniente de ser demasiado precisa, demasiado influenciada por las particularidades del capitalismo de hace 100 años. Fue una herramienta útil para el análisis político de entonces, pero es difícil trasladarla al período contemporáneo. Porque, aunque los rasgos fundamentales del capitalismo siguen siendo los mismos, el modo de producción ha experimentado una serie de transformaciones —en particular, el desarrollo de las cadenas de valor globales, la formación de un mercado mundial bajo supervisión estadounidense, la aparición de una fracción de la burguesía proestadounidense en Europa Occidental o incluso el fin de los imperios coloniales formales— que hacen que este texto de Lenin sea difícil de aplicar al análisis contemporáneo.

Por eso me parece mejor una definición más abstracta y general del imperialismo. La encontramos en La acumulación del capital de Rosa Luxemburg, otro texto clásico sobre el imperialismo. Luxemburg define allí el imperialismo como «la expresión política del proceso de acumulación capitalista que se manifiesta a través de la competencia entre los capitalismos nacionales». De este modo, expone la dinámica fundamental del imperialismo: en cualquier país, el funcionamiento habitual del capitalismo genera tensiones de forma regular. Si en lugar de superar estas contradicciones dentro de las fronteras nacionales, el gobierno del país en cuestión las proyecta a la escena mundial a través de acciones coercitivas, nos encontramos ante una dinámica imperialista.

Poner al descubierto este engranaje que va de la acumulación de capital al conflicto internacional es la contribución crucial de los teóricos clásicos del imperialismo. No es algo exclusivo de Luxemburg; Lenin, Hilferding o Bujarin aplicaron el mismo razonamiento, pero Luxemburg logró sintetizar el enfoque en una definición concisa y lo suficientemente abstracta como para seguir siendo plenamente relevante hoy en día.

Entender este engranaje desencadenado por la acumulación de capital es clave, ya que ofrece una brújula clara para el análisis. En caso de conflicto internacional, lo primero que hay que hacer es examinar las tensiones que se manifiestan en el capitalismo del país agresor. A través de este enfoque que tiene en cuenta las relaciones sociales en el origen de las tensiones internacionales, la teoría del imperialismo se distingue de los enfoques mainstream y estatocéntricos de las relaciones internacionales. Estos últimos reducen los movimientos sociales a la impotencia ante la guerra, que sería un asunto exclusivo de los Estados. Por el contrario, la teoría del imperialismo parte de las contradicciones del capitalismo del país agresor y subraya así que toda acción coercitiva viene precedida de una relación de fuerzas concreta. Y esta relación es modificable. Esta observación muestra que la guerra no es solo cosa de gigantescas máquinas de guerra y Estados Mayores. El movimiento obrero y la sociedad civil en general tienen influencia sobre el fenómeno.

¿Existen diversas concepciones sobre el imperialismo entre los intelectuales de izquierda?

Desde la primera oleada de debates sobre el imperialismo a principios del siglo XX, coexisten varias concepciones del imperialismo. Por lo general, la concepción interimperialista de Lenin, Luxemburg y Bujarin implica una fuerte crítica al enfoque posimperialista de Kautsky. Este último pensaba que los capitalistas de cada gran potencia podrían superar sus conflictos para formar una gran alianza mundial de burguesías capaz de explotar mejor a los trabajadores y trabajadoras. Por el contrario, los trabajos de Lenin y, sobre todo, los de Luxemburg y Bujarin muestran que los capitalistas de cada país se parecen –van detrás del beneficio– y precisamente esta similitud les lleva a oponerse a sus homólogos del otro lado de la frontera.

En la segunda oleada de debates en los años 1960 y 1970 se observan líneas de división similares: los herederos de Kautsky, como Richard Sklar, subrayaban los aspectos transnacionales del capitalismo, mientras que los herederos del enfoque interimperialista, como Jacques Valier y Ernest Mandel, ponían de relieve las tensiones entre las grandes potencias. Sin embargo, también surge un nuevo enfoque que se puede calificar de superimperialista, de la mano de Nicos Poulantzas, quien, en aquella época, había leído mucho sobre la teoría de la dependencia en sus variantes marxistas y estructuralistas. El argumento central de Poulantzas consiste en destacar la singularidad del Estado estadounidense, que sale de las dos guerras mundiales como una superpotencia sin igual. Es único en términos de rendimiento económico y poderío militar, pero también porque el capitalismo estadounidense ha logrado reproducirse y enriquecerse en otras formaciones sociales capitalistas, especialmente en Europa Occidental, al tiempo que desorganiza a las burguesías nacionales de los países en cuestión. Por lo tanto, Europa Occidental está cada vez más integrada en el capitalismo estadounidense y pierde su capacidad de actuar de forma independiente. El potencial de un enfrentamiento violento entre Estados Unidos y los países de Europa Occidental se reduce así drásticamente. Esto no significa que las guerras imperialistas hayan desaparecido, pero se libran principalmente en la periferia del capitalismo mundial.

Durante la última oleada de debates que tuvo lugar en la década de 2000 tras la invasión de Irak, las tres posiciones –interimperialista, superimperialista y posimperialista– resurgen de nuevo. A través del libro Imperio de Toni Negri y Michael Hardt, la corriente posimperialista alcanzó entonces una popularidad sorprendente. Sorprendente en la medida en que su afirmación de que el imperialismo había llegado a su fin chocaba con la realidad de la invasión. Desde entonces, la multiplicación de las guerras imperialistas ha desacreditado definitivamente el enfoque posimperialista. El debate actual gira, por tanto, sobre todo en torno a la singularidad persistente del imperialismo estadounidense –que destacan autores como Leo Panitch o Sam Gindin– y la importancia de las tensiones entre Estados Unidos y otras potencias como Francia, Alemania, Rusia y China –pienso en las contribuciones de Claude Serfati o Alex Callinicos–.

Por último, quiero precisar que existe una diferencia entre la teoría del imperialismo y la teoría de la dependencia que a menudo se ignora. La primera hace hincapié en cómo el funcionamiento del capitalismo lleva a las grandes potencias a recurrir a la coacción contra otros países, mientras que la segunda pone de relieve cómo, a pesar de su independencia formal, las antiguas colonias siguen estando subdesarrolladas precisamente por su integración en el capitalismo mundial. En otras palabras, el imperialismo traza el conflicto entre las grandes potencias, mientras que la dependencia destaca los mecanismos económicos que conducen al subdesarrollo de los países periféricos y, por lo tanto, a la persistencia de las desigualdades entre países. Las dos teorías se complementan y los fenómenos que estudian pueden sucederse y completarse, pero cada una se centra en un objeto diferente: una en las consecuencias de la acumulación de capital en los países del centro, la otra en las consecuencias del mismo proceso en los países periféricos.

¿Cuáles son las características del imperialismo hoy en día?

Me parece que el enfoque superimperialista describe con precisión la particularidad de Estados Unidos en la configuración mundial desde 1945 y, más concretamente, desde los años 70. También pone de manifiesto que la formación de la globalización es un proceso supervisado por Estados Unidos. El argumento de que las inversiones extranjeras directas de las empresas estadounidenses en Europa Occidental han desorganizado en gran medida a las burguesías nacionales y han promovido el surgimiento de una burguesía interna proestadounidense es convincente. Y ayuda a entender por qué los países europeos se someten a las políticas de Washington, incluso cuando Trump impone un tratado comercial muy desigual –como fue el caso en julio de 2025– que debilita directamente los regímenes de acumulación orientados al exterior de varios países de Europa. También permite entender por qué los países europeos están decididamente del lado de Estados Unidos en su rivalidad con China.

En cambio, en China nunca ha podido surgir una burguesía interna proestadounidense de este tipo, ya que desde el retorno total al capitalismo, llevado a cabo bajo la égida de la facción liberal del Partido Comunista Chino (PCCh) a finales de la década de 1970, los capitales extranjeros están sometidos a un estricto control y los vínculos entre los capitalistas chinos y el PCCh siguen siendo estrechos. Así, se ha formado un rival de Estados Unidos en el seno de la globalización. Es el ejemplo por excelencia de la naturaleza desigual y combinada del desarrollo capitalista, y este hecho da credibilidad al enfoque interimperialista. De hecho, como cualquier país capitalista, China se enfrenta a contradicciones. A diferencia de la mayoría de los países, China dispone de los medios para intentar externalizar estas contradicciones mediante la exportación masiva de mercancías y capitales, lo que la sitúa en la senda de la confrontación con Estados Unidos. En la rivalidad interimperialista entre China y Estados Unidos encontramos, por tanto, la dinámica ya identificada por Luxemburg.

Añadiría, sin embargo, que el antagonismo entre Washington y Pekín no se limita a los flujos –de capitales y mercancías–, sino que se extiende más ampliamente a las infraestructuras físicas, digitales, monetarias, técnicas y militares del mercado mundial. Es en todos estos ámbitos donde se puede observar su antagonismo y medir su particular profundidad.

Así, vemos que lo que está en juego en su antagonismo es sencillo: el control del capitalismo global. En este momento, Estados Unidos lo supervisa, pero China pretende sustituirlo por un capitalismo centrado en China. Por último, quiero precisar que la rivalidad entre China y Estados Unidos es muy asimétrica. El único ámbito en el que China le pisa los talones a Estados Unidos es el digital. En el resto de infraestructuras, Estados Unidos sigue estando muy por delante.

¿Qué son los subimperialismos o los imperialismos regionales?

En primer lugar, diría que la idea kautskiana de que existe un pacto entre Putin y Trump o una complicidad mafiosa entre Trump, Xi y Putin para explotar mejor a los trabajadores y trabajadoras y la naturaleza a nivel mundial pasa por alto el funcionamiento real del capitalismo global. Esta lectura ultraimperialista vuelve a aparecer regularmente en el debate cuando se celebran encuentros entre estos jefes de Estado. Se basa en un análisis de los anuncios que se hacen al término de esas cumbres. Al dar una importancia crucial a las declaraciones de los responsables políticos, en lugar de interpretar sus posiciones a través de las contradicciones de sus respectivas formaciones sociales, estos análisis dan prioridad a la forma en lugar darle al fondo. Es intentar comprender las relaciones internacionales a través de la fachada de la autorrepresentación momentánea de los dirigentes de las grandes potencias.

Es un callejón sin salida. Porque esta lectura ignora que, en el fondo, la acumulación de capital los lleva a la confrontación. Y, aunque no conozcas con precisión las dinámicas de la economía política en juego, cualquiera puede ver que China proporciona inteligencia a Irán que le permite atacar los aparatos militares de Estados Unidos y sus aliados, que Estados Unidos impone sanciones tecnológicas a gran escala a China y que excluye a Rusia de la infraestructura monetaria del dólar. Así que, incluso sin dominar las contradicciones del capitalismo que explican estos actos hostiles, se puede ver fácilmente a través de esta pequeña lista que unos cómplices no se tratarían así. Por lo tanto, no hay complicidad.

Esta precisión nos permite pasar a la cuestión de los imperialismos secundarios; secundarios en la medida en que, en términos de poder, Estados Unidos sigue siendo hoy un imperialismo sin igual. Este hecho debe ser el punto de partida de cualquier análisis de la situación mundial. A continuación, dado que el imperialismo –más allá de representar una dinámica abstracta y general– constituye una práctica destinada a externalizar las contradicciones del capitalismo de un país determinado, todo país capitalista es un país imperialista latente. Sin embargo, solo un puñado de países dispone efectivamente de los medios para hacer que otros países paguen las tensiones de su capitalismo. Así es como se identifican las potencias imperialistas. Podemos pensar, por ejemplo, en Francia, el Reino Unido, China y Rusia, y con su remilitarización masiva, Alemania vuelve a unirse a este club tan exclusivo.

El concepto de subimperialismo es difícil de manejar. Se puede entender como sinónimo de imperialismo secundario, pero no es el sentido que le dio Ruy Mauro Marini en su excelente estudio sobre el Brasil de los años sesenta. Lo que Marini llama subimperialismo es una estrategia de una fracción de la burguesía de un país subdesarrollado. Esta estrategia consiste en poner la economía del país en cuestión al servicio de los grandes monopolios extranjeros, ayudándoles a vender su producción en el mercado mundial. En sentido estricto, este concepto encaja más en la teoría de la dependencia que en la teoría del imperialismo.

¿El regreso de Trump al poder, con su política belicista e intervencionista, redefine el concepto y la naturaleza del imperialismo de Estados Unidos?

En primer lugar, hay que situar a Trump en la larga historia del imperialismo estadounidense. Se enfrenta a las mismas contradicciones que sus predecesores y, en gran medida, sigue las mismas políticas. Es cierto que, durante el segundo mandato de Trump, Estados Unidos ya ha lanzado más bombas sobre otros países que durante el mandato de Joe Biden, pero este último bombardeó más que el primer Trump. Así que estamos ante una continuidad que se radicaliza. Sin embargo, hay que reconocerle a Trump su parte de singularidad. Es más agresivo que sus predecesores, pero no es tanto una cuestión de individuo, ni siquiera de una patología del tipo Trump está loco, sino que es, ante todo, el resultado de la intensificación de las contradicciones de la acumulación de capital en Estados Unidos.

Esta intensificación se materializa a través de una doble contradicción, que ya existía bajo Biden, pero que en la medida que logra resolverse, exige medidas más drásticas. En primer lugar, las políticas económicas impulsadas por Donald Trump han exacerbado fuertemente las desigualdades y han puesto en primer plano del debate político la crisis del poder adquisitivo, que ya se planteaba bajo Biden y que finalmente causó la derrota de Kamala Harris en las últimas elecciones presidenciales. Actualmente, este problema se ha agravado para los trabajadores y trabajadoras estadounidenses, ya que sus salarios reales siguen estando por debajo del nivel de enero de 2021. El problema del coste de la vida acelera la caída de popularidad de Trump y la elección de Zoran Mamdani como alcalde de Nueva York es la primera señal del carácter políticamente explosivo de esta primera contradicción. La segunda contradicción a la que se enfrenta la administración Trump tiene que ver con la globalización. El impulso de la globalización por parte de Estados Unidos permitió revertir la caída de la tasa de ganancia de las empresas estadounidenses de los años sesenta y setenta. Sin embargo, hoy en día la globalización es cada vez menos rentable para el capital estadounidense, sobre todo debido a la mejora tecnológica del capital chino. Desde el punto de vista de Estados Unidos, la globalización aparece, por tanto, cada vez menos funcional.

Para superar esta doble contradicción, Trump apuesta por la agresión imperialista. Los bombardeos de Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro, seguidos de una reorganización profunda de la política económica de Venezuela en torno a Delcy Rodríguez a favor del capital extranjero, debían permitir superar esa doble contradicción. Esa era la estrategia trumpista. Al acceder a los ricos recursos petroleros del país, se esperaba un aumento notable de la oferta de petróleo a corto plazo. Para los consumidores estadounidenses, este mecanismo debía traducirse de forma inmediatamente visible en una caída de los precios en las gasolineras. A falta de un aumento de los salarios, la reducción de un gasto obligatorio para decenas de millones de estadounidenses debía disipar la cuestión del alto coste de la vida, al menos hasta las elecciones a mitad de mandato en otoño. Para el capital estadounidense, la agresión a Venezuela prometía nada menos que el acceso a las mayores reservas petroleras del mundo y un debilitamiento de China. Fortalecidos por el éxito total en Venezuela, Estados Unidos está aplicando el mismo enfoque hacia Irán. Sin embargo, se había subestimado la estabilidad política y militar de este último, hasta el punto de provocar una guerra con repercusiones mundiales que se traduce en un ataque contra el poder adquisitivo de los trabajadores y trabajadoras de todo el mundo[1].

¿Crees que el imperialismo de Estados Unidos está en declive? Si es así, ¿cuáles son los síntomas de ese declive?

El debilitamiento de Estados Unidos es evidente. En mi libro Chine/États Unis esbozaba la idea de una «trampa de la hegemonía», que se refiere a una situación en la que el hegemón, debilitado, altera el equilibrio antes cuidadosamente mantenido entre el consentimiento y la coacción, a favor de esta última. La militarización de las prácticas internacionales tranquiliza al hegemón, ya que produce efectos inmediatos (impresiona a los demás) que, además, quedan íntegramente a discreción de la potencia que la pone en práctica. Por el contrario, revitalizar las relaciones con gobiernos y poblaciones extranjeras mediante una ofensiva de encanto puede resultar tedioso y, sin duda, lleva mucho más tiempo: muchos esfuerzos, por tanto, sin garantía de resultado. La escalada militar estadounidense es precisamente el reflejo de esta trampa. Mientras Estados Unidos tiene cada vez más dificultades para conseguir que el resto del mundo se sume espontáneamente a su supervisión global, practica una auténtica huida hacia adelante.

Con Trump, la caída de la popularidad de Estados Unidos en el mundo, que ya estaba en marcha, se ha acelerado. Además, su actitud abiertamente depredadora (amenazas, tratados comerciales desiguales, inversiones forzadas…) indica que le importa poco la reputación de su país. En estas condiciones, resulta difícil pretender encarnar un orden mundial deseable en el que los países subordinados tengan perspectivas de estabilidad y desarrollo. En 2025, este enfoque había llevado a una serie de bombardeos en Irán, Yemen, Somalia, Colombia, República Dominicana, México y Nigeria, pero con el secuestro de Nicolás Maduro se cruzó un umbral . La hegemonía estadounidense se ha transformado en dominación estadounidense.

¿Por qué distinguir, siguiendo a Gramsci, entre dominación y hegemonía? Desde un punto de vista operativo, la estrategia de dominación es un signo de debilidad, pero no indica un declive inminente de Estados Unidos. Demuestra que la superpotencia estadounidense se está volviendo más frágil. Una dominación mundial estadounidense puede durar mientras no sea cuestionada, pero el día que lo sea, se derrumbará rápidamente. Por el contrario, una hegemonía mundial, precisamente porque está firmemente arraigada en los gobiernos y las sociedades civiles del mundo, es inmune al riesgo de un colapso abrupto. Antes de ese colapso, el mundo corre el riesgo de sumirse en una intensificación de los conflictos violentos y Estados Unidos se está preparando claramente para ello.

En la actualidad, Estados Unidos representa por sí solo el 37 % del gasto militar mundial. Trump ha anunciado un gigantesco aumento del 50 %, que puede desplegar rápidamente por todo el mundo gracias a una densa red de bases militares. En este sentido, cabe precisar que la guerra contra Irán moviliza una cantidad de fuerzas estadounidenses claramente inferior a la de otras operaciones en la región. Por lo tanto, Estados Unidos aún tiene un margen de escalada significativo. Además, Trump ha conseguido que se dispare el gasto militar de sus aliados en Europa. Estos, que actúan como multiplicadores de la fuerza estadounidense, al apresurarse a atribuir a Irán la responsabilidad principal de la guerra, dan crédito al discurso trumpista de que los europeos son polizones de la protección militar estadounidense. Esto da credibilidad a futuras aventuras imperialistas en apoyo de Estados Unidos. Así, a pesar del fracaso de la guerra en Irán, las agresiones imperialistas parecen cada vez más atractivas.

Para una parte de la izquierda internacional, el único imperialismo es el de Estados Unidos. Considera que China y Rusia, como enemigos de Estados Unidos, así como que los gobiernos llamados progresistas como los de Venezuela o Nicaragua, son aliados a los que no hay que criticar. ¿Qué opinas?

En la medida en que el imperialismo es una excrecencia del capitalismo, ningún país capitalista puede considerarse antiimperialista por naturaleza. En los casos de China y Rusia, además, se puede ver fácilmente cómo sus gobiernos buscan externalizar las contradicciones de su capitalismo interno al embarcarse en estas acciones coercitivas internacionales. Así, se puede detectar y denunciar un imperialismo. En cuanto a los países periféricos mencionados, solo diré que la oposición a Estados Unidos no es un indicador de progresismo; sin embargo, hay que tener en cuenta que esa oposición a menudo puede ayudar a explicar por qué esos países no logran instaurar un verdadero progresismo a largo plazo. Esa es, de hecho, una de las grandes aportaciones de la teoría de la dependencia.

Además, la cuestión de las magnitudes me parece crucial. El poder agresivo de Estados Unidos es incomparablemente superior al de todos los demás imperialismos. Esta observación resuena con una idea que Rosa Luxemburg plantea en su crítica a La nueva arma de Jean Jaurès. En ella subraya que la primera tarea del antiimperialismo consiste en hacer frente al poder material del desarrollo del capitalismo mundial. En la medida en que Estados Unidos supervisa la globalización, hay que formular una crítica específica hacia este imperialismo. En este momento, en que la agresión imperialista contra Irán está provocando una crisis de inflación en todo el mundo y preparando una crisis agrícola, la situación me parece especialmente propicia para subrayar que el imperialismo sale caro a los trabajadores y trabajadoras. El encarecimiento de la vida provocado por Estados Unidos, apoyado por sus aliados en Europa y otros lugares, puede ser una palanca para masificar el movimiento contra la guerra que llegue directamente a la gente. En la medida en que el imperialismo repercute de forma inmediata y negativa en el bolsillo de la gente de todo el mundo, ahí hay una oportunidad única y concreta para la movilización.

Por último, mencionaría que Luxemburg también critica la oposición entre guerra ofensiva y guerra defensiva promovida por Jaurès. En lugar de preguntarse únicamente qué país es el agresor, invita –en total coherencia con el enfoque fundamental de la teoría marxista del imperialismo– a analizar la dinámica conflictiva global tomando como punto de partida las tensiones subyacentes a la acumulación. Esta dinámica no siempre sigue un esquema maniqueo. Basta con pensar en los antecedentes de la guerra en Ucrania: tanto Rusia como la Unión Europea intentaban salir de la crisis mediante la extroversión. Así que ambas lanzaron proyectos de tratados de libre comercio mutuamente excluyentes, que tenían como objetivo, entre otras cosas, explotar a los trabajadores, trabajadoras y los recursos de Ucrania. Esto no borra en absoluto la necesidad de denunciar específicamente la agresión rusa –porque la cuestión de la agresión es obviamente importante–, pero permite entender que la Unión Europea también tiene su parte de responsabilidad en el conflicto. Detrás de estas observaciones de Luxemburg se esconde, de hecho, lo que Henri Lefebvre formalizó más tarde, basándose en la teoría política de Lenin, como una distinción entre causa y razón. Las causas son objetivas y ciegas, mientras que las razones dependen de la acción consciente. En otras palabras, Luxemburg nos invita a dejar de centrarnos exclusivamente en las razones de los conflictos internacionales –que es el núcleo de la visión liberal de las guerras– para tener en cuenta también las dinámicas de la economía política, que se sitúan fuera de la autorrepresentación o la conciencia clara de los responsables políticos.

Una implicación práctica de estas consideraciones es darse cuenta de que la inmensa remilitarización de los países europeos no tiene nada de defensivo. Esta constatación se puede hacer de forma superficial al observar que, según los últimos datos (2024), solo Estados Unidos presenta un gasto militar superior al de los países europeos de la OTAN. El gasto militar de estos países europeos es tres veces superior al de Rusia, y eso a pesar de que Rusia se está militarizando en gran medida desde la invasión de Ucrania. Por el contrario, antes de esa invasión, el gasto militar de Rusia era diez veces mayor que el de Ucrania y, sin embargo, Rusia tiene dificultades para avanzar. Pero la teoría del imperialismo ofrece un análisis más profundo: sumidos en una profunda recesión económica que se basa tanto en la austeridad perpetua consagrada en los tratados como en el agotamiento generalizado de la dinámica del capitalismo, los países europeos quieren dotarse de los medios para arrebatar por la fuerza las escasas ganancias que quedan por obtener a escala mundial. La militarización no prepara la paz, sino la guerra. La desmilitarización puede prevenirla, al tiempo que abre perspectivas de transformación social más amplias.

*Juan Tortosa es militante de la organización política suiza solidaritéS

[1] Para un análisis más detallado de la actualidad del imperialismo de Estados Unidos, véase Reconocer una guerra imperialista: el caso de Irán

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