Bolivia. ¿Y ahora, a dónde apunta la movilización?

por Luis Camilo Romero

¿Quién entiende ahora a los movilizados? Hasta hace un par de días, la dirigencia de la COB sostenía la postura de obedecer a sus bases: continuar los bloqueos y mantener el pedido de renuncia de Paz. Pero el movimiento popular no es estático; es inteligente, táctico y sabe leer los tiempos. La COB ha dado un giro estratégico: ya no se trata de pedir una cabeza, sino de obligar al gobierno a decidir entre dos caminos.

La Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB) también habla de diálogo y aguarda una respuesta oficial a su propuesta. Pero no se confundan: no es claudicación, es ofensiva. Han entendido que la renuncia de Paz era una demanda justa, pero insuficiente si no venía acompañada de un programa que transforme la estructura del Estado. Por eso vuelven a un pliego petitorio amplio, heterogéneo y políticamente expansivo.

¿Qué significa esto? La COB y la CSUTCB han pasado de una estrategia de derribo a una estrategia de condicionamiento estructural. Ya no piden sólo la cabeza del presidente; ahora exigen —previa liberación de los detenidos— el control del programa económico, legislativo, judicial, energético, internacional, ambiental e institucional del gobierno. Exigen un proceso de reconciliación con justicia social.

El pliego de la COB ahora habla de demandas concretas: canasta familiar, precios justos, jubilación digna, control de compromisos, compensaciones por carburantes, mesas sectoriales. Y también demandas políticas de fondo: rechazo a créditos del FMI, prohibición de privatizaciones, control previo de leyes, socialización obligatoria de las medidas macroeconómicas.

La dualidad es clara y el gobierno tiene que elegir: Opción A: mantener las carreteras despejadas hoy, pero ceder el control del país sobre sus recursos y su soberanía mañana. Opción B: resistir y negociar con el pueblo, sabiendo que el movimiento popular ya no se contenta con migajas.

La COB y la CSUTCB han entendido que la demanda de renuncia era difícil de sostener como única bandera, especialmente si necesitaban ampliar legitimidad social. Por eso transforman el conflicto en un pliego más amplio, más vendible, más defendible ante la opinión pública. No es retroceso: es escalada táctica.

El ente matriz de los trabajadores pidió disculpas a la ciudadanía que no comprende su movilización. Argollo desconoce a Evo Morales al asegurar que «no ha existido ninguna intención de favorecer a ningún viejo político del país». Y tiene razón: el movimiento popular no está al servicio de caudillos, está al servicio de su propia emancipación.

Los giros que va tomando la política no son casuales. Las intenciones de fondo se van develando de a poco. Hay intereses que van más allá de las demandas coyunturales: la defensa de los recursos naturales, de las empresas estratégicas, de los servicios básicos y de los derechos de los pueblos indígenas y campesinos. Eso no se negocia: se exige.

Quienes agitaron el discurso de la renuncia como único horizonte fracasaron en su miopía. Hoy el libreto ha cambiado porque el pueblo ha madurado. El tema de la renuncia ya no es la prioridad, sino la sobrevivencia de un pueblo que resiste, como en los bloqueos de 2024 y 2025, a sus penosas y cada vez más difíciles condiciones económicas. Pero esta vez no es solo resistencia: es construcción de poder.

Esos sectores que pretendieron imponer una línea única y vertical hoy transitan en serios problemas, porque no tienen la capacidad de replantear una nueva visión política e ideológica conectada a los nuevos tiempos. Gracias a sus titubeos, estamos viviendo una ofensiva de la derecha más reaccionaria y racista, que crece en la medida en que damos pie a fraccionamientos internos.

Pero también hay una lección que aprender: una cosa es el acceso a un gobierno y otra muy distinta es la toma del poder. Para lo primero basta con ganar unas elecciones. Para lo segundo se necesitan ideas, programas, definiciones claras y enamorar al pueblo. Y eso —hay que decirlo— está en construcción, no en retroceso.

La pregunta ya no es si Paz se va o se queda. La pregunta es: ¿el gobierno está dispuesto a negociar con el pueblo el control de su propio futuro? Porque el movimiento popular ha entendido que no se trata de cambiar un nombre en el palacio, sino de cambiar las reglas del juego. Y esa pelea, la pelea por el programa, la agenda y la soberanía, recién empieza.

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