
por Antonio García, comandante del ELN
Desde el discurso de la derecha la inseguridad vende. Vende votos, titulares y despliegue mediático. Desde hace décadas la derecha lo usa, y en la actualidad la securitización es el mecanismo que convierte esa intuición en estrategia: cualquier fenómeno — la migración, la protesta social, el narcotráfico o la pobreza — deja de verse como problema político para convertirlo en amenaza existencial. Así, el debate se niega y las medidas de excepción se vuelven regla.
Donald Trump convirtió la migración en una invasión; Nayib Bukele presentó la guerra como la única salida posible contra las pandillas; Giorgia Meloni y otros líderes europeos hicieron de la inmigración un símbolo de amenaza cultural; Javier Milei recurre con frecuencia a la idea de un “enemigo interno” para desacreditar opositores, movimientos sociales y al propio Estado. En cada caso o escenario, el libreto cambia, pero al centro y como protagonista está el miedo, que una vez instalado ese relato, las medidas extraordinarias dejan de parecer excesivas y se presentan como inevitables.
Era esperable, entonces, el trino de De la Espriella: “El 7 de agosto firmaré el decreto creando el Bloque de Defensa para la Seguridad Urbana”. Ya desde el 28 junio Marta Lucía Ramírez le hacía antesala en la columna que publicó en el diario El Tiempo:
“Registramos cultivos de coca en niveles históricos, regresaron los desplazamientos masivos, el secuestro aumentó 108 %, las víctimas por minas antipersonal siguen creciendo, el reclutamiento de menores se multiplicó, aparecieron drones armados al servicio de organizaciones criminales y continúan las masacres y los homicidios. La ‘paz total’ facilitó la expansión de los grupos armados ilegales y evidenció la pérdida del control territorial del Estado.”
Estos falsos argumentos seguirán dando resultados equivocados por cuanto la “paz total” fracasó porque se quiso hacer lo mismo que los anteriores gobiernos, se quedó en buscar la desmovilización y el desarme del ELN, y también siguió manteniendo las alianzas de las Fuerzas Militares y la Policía con las bandas y paramilitares como parte de los planes contrainsurgentes del Estado.
Y los despistados “expertos militares de derecha” aplauden que la militarización vuelva, como si se hubiese ido, pues para ellos es una respuesta natural a problemas que, en realidad, tienen raíces económicas, sociales o institucionales. Ahora, desde el Ejecutivo, se trata que Las Fuerzas Armadas tengan un mayor protagonismo, que la vigilancia se expanda, los controles se endurezcan y las libertades individuales se recorten en nombre de la seguridad. La securitización no es solo una teoría, sino una tecnología del poder.
Lo irónico es que nunca resuelven las causas que dice combatir. A lo que sí conduce, y con notable eficacia, es a normalizar el uso creciente de la fuerza, a la violación de los Derechos Humanos y erosiona los controles democráticos; mientras sigue vendiendo una “promesa de orden” al gran capital, las empresas mediáticas buscan que parte de la ciudadanía aplauda el anuncio de los bloques paramilitares de De La Espriella, replicando la vieja estrategia de las “Convivir” de Uribe.
De La Espriella puede intentar gobernar desde el miedo. Pero este país ha demostrado, una y otra vez, que sabe resistir y enfrentar estos retos con la lucha y la movilización. El miedo no puede convertirse en el horizonte de una nación. Colombia necesita justicia social, transformaciones y el Estado que deje de administrar el temor para, algún día, construir esperanza.
Fuente: Medium


