Por: María Fernanda de la Quintana*

Peter Thiel volvió a pisar la Casa Rosada. No era la primera vez ni la segunda: ya lo había hecho en mayo de 2024, y antes de eso se cruzó con Javier Milei en el Milken Institute de Los Ángeles, donde el presidente ofreció públicamente desde el atril los recursos naturales argentinos —litio, plata, oro y cobre— a potenciales inversores. Thiel, que lo escuchaba desde la tribuna, tenía motivos propios para prestar atención.
Lo que distingue a este inversor de la camada tradicional de Wall Street no es solo la escala de su patrimonio —superior a los 20.000 millones de dólares, con participaciones en SpaceX, Stripe y Airbnb— sino la naturaleza del interés que manifiesta en Argentina. Thiel es cofundador de Palantir Technologies, la empresa de análisis masivo de datos cuyos sistemas utiliza el Pentágono para operaciones militares: procesamiento de imágenes satelitales, drones, radares. La pregunta que los especialistas en privacidad y derechos digitales se hacen con urgencia es: ¿por qué la Casa Rosada necesitaría ese tipo de servicios?
La infraestructura de datos como recurso estratégico
El interés real no es solo el litio ni el gas, aunque ambos sean piezas del rompecabezas. Lo que está en juego es la infraestructura de datos: la implementación de sistemas de inteligencia aplicada en la gestión estatal —seguridad, inteligencia, control poblacional— genera una forma de dependencia tecnológica a largo plazo que excede cualquier contrato puntual. A esto se lo puede llamar “desembarco blando”: sin tropas, sin condiciones explícitas del FMI, pero con consecuencias estructurales igualmente profundas.
La reunión con Milei fue precedida, significativamente, por un encuentro de Thiel con Santiago Caputo, el asesor presidencial que coordina desde las sombras la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE). No trascendió el contenido de ninguna de las dos conversaciones. El gobierno solo publicó una fotografía. Y, en un hecho sin precedentes recientes, vedó el acceso de los periodistas a la Casa Rosada el día de la visita.
El venture capital como geopolítica
La lógica financiera detrás de estos movimientos no es la de los organismos internacionales ni la de la banca tradicional. Es la lógica del capital de riesgo: apuestas de alto riesgo en busca de retornos extraordinarios. Y cuando el país no tiene dólares, la garantía no es monetaria —es patrimonial. El RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones) fue diseñado precisamente en esa dirección: permite la disponibilidad de divisas y recursos naturales con mínima injerencia estatal. Es la arquitectura legal que convierte la urgencia fiscal en concesión estratégica.
Los recursos naturales y energéticos argentinos —litio, cobre, tierras raras— resultan además estratégicos para las necesidades operativas de empresas como Palantir, que requieren enormes cantidades de energía para sostener sus centros de datos. La Patagonia, donde Thiel evalúa la compra de campos, es infraestructura potencial.
La conexión local: el círculo rojo tech
Thiel no llegó solo. Durante su estadía —que se extendería por varias semanas, e incluiría la compra de una mansión de 1.600 m² en Barrio Parque por alrededor de 12 millones de dólares— mantuvo reuniones con representantes del ecosistema empresarial argentino. Entre ellos, según trascendió, con Marcos Galperin, el hombre más rico del país y fundador de Mercado Libre, además de Eduardo Elsztain (IRSA) y Nicolás Szekasy (Kaszek).
La alineación no es solo de oportunidad: es ideológica. La idea que une a estas figuras —tanto globales como locales— es que el Estado debe reducirse a su mínima expresión para que sean las plataformas tecnológicas las que gestionen la vida social y económica. Galperin ha expresado en repetidas ocasiones su apoyo a la gestión de Milei. Alec Oxenford, quien acompañó a Thiel en su primera visita a la Casa Rosada, fue luego designado embajador argentino en Estados Unidos.
La doctrina del shock tecnológico
Argentina como “hoja en blanco” es una frase que circula sin pudor en estos círculos. La idea de fondo es que en los países desarrollados estos modelos están prohibidos o regulados: no se puede contratar a Palantir para gestionar seguridad civil sin supervisión parlamentaria, sin leyes de datos personales robustas, sin controles independientes. En Argentina, en cambio, el decreto 941/25 deja una frontera difusa entre sistemas estatales y empresas privadas, en ausencia de una ley de datos personales actualizada.
Si el gobierno actual entrara en una crisis de gobernabilidad por el impacto social del ajuste, estos capitales buscarían una figura que blinde las concesiones mineras y energéticas, evitando que el país “vuelva atrás” ideológicamente. La pregunta que le hizo Thiel a Milei en esa reunión reservada fue, según el propio presidente, precisamente esa: “¿Cómo se sostiene esto en el tiempo?”
La respuesta de Milei fue la “batalla cultural”. La de Thiel, probablemente, es más material: contratos, datos, territorio y tiempo.
* Periodista. Licenciada en Ciencias y Humanidades. Máster en Bioética. Especializada en “Bioética y Derechos Humanos en América Latina”, Universidad de Buenos Aires. Fuente: Tiempo Argentino
La nueva cara del colonialismo: el saqueo tecnológico avanza sobre Latinoamérica |La BaseLatam 1×206
Ver eportaje en https://www.youtube.com/watch?v=27DwSDPCr_c
El ojo que todo lo ve:
Palantir, Thiel y la colonización digital de América Latina
En el horizonte: la posible entrega de las bases de datos del Estado a una empresa cuya filosofía declarada es que la libertad y la democracia son incompatibles.
Por Rodolfo Manuel Vega

En abril de 2026, Peter Thiel —cofundador de Palantir Technologies y uno de los hombres más influyentes de Silicon Valley— se instaló en Buenos Aires durante semanas, compró una mansión de 12 millones de dólares en el barrio de Parque y se reunió en privado con el presidente Javier Milei en la Casa Rosada. Los periodistas acreditados fueron bloqueados. No se publicó ninguna agenda. En Chile, antes de ese viaje, Thiel visitó al presidente José Antonio Kast. En el horizonte: la posible entrega de las bases de datos del Estado a una empresa cuya filosofía declarada es que la libertad y la democracia son incompatibles.
¿Qué es Palantir y por qué debería importarnos?
Fundada en 2003 con financiamiento inicial de In-Q-Tel —el brazo de capital de riesgo de la CIA—, Palantir Technologies es hoy una de las empresas más poderosas del planeta en el análisis masivo de datos. Sus plataformas, llamadas Gotham y Foundry, no son software convencional: son sistemas diseñados para conectar bases de datos que jamás fueron concebidas para comunicarse entre sí. Registros fiscales con historial migratorio. Datos sanitarios con ubicaciones de celulares. Historiales criminales con redes sociales.
Los números hablan por sí solos. En 2025, la empresa facturó 4.480 millones de dólares —un 56% más que el año anterior—. Ese mismo año firmó un contrato con el Ejército de Estados Unidos por 10.000 millones de dólares, a diez años. El 55% de sus ingresos proviene de contratos gubernamentales. Su modelo de negocio, denominado internamente «land and expand» (aterrizar y expandirse), consiste en ingresar mediante un contrato piloto y luego colonizar toda la infraestructura de datos de una institución, lo que la vuelve prácticamente irremplazable.
En Estados Unidos, la Electronic Frontier Foundation (EFF) documentó cómo ICE utilizó la herramienta ELITE de Palantir para acceder a registros del sistema de salud pública —Medicaid— y convertirlos en un instrumento de deportaciones. Varios congresistas, incluidas Alexandria Ocasio-Cortez, Elizabeth Warren y Ron Wyden, han exigido investigaciones formales. El Departamento de Seguridad Nacional firmó en 2026 un contrato adicional por 1.000 millones de dólares con Palantir para potenciar las operaciones de ICE.
Thiel y Karp: el poder detrás de la pantalla
Peter Thiel —con un patrimonio estimado de 27.500 millones de dólares— no es un empresario tecnológico ordinario. En 2009 escribió sin ambigüedades: «Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles». Su biógrafo, Max Chafkin, lo describe como alguien con «un anhelo de un ejecutivo más poderoso, un dictador, en otras palabras». Parte de su inspiración intelectual proviene de Curtis Yarvin, quien aboga por reemplazar la democracia por un Estado tecnoautoritario gobernado «como una corporación». Thiel financió con 15 millones de dólares la campaña senatorial de JD Vance —hoy vicepresidente de EE.UU.— y aportó 1,25 millones al primer ascenso de Donald Trump.
Alex Karp, CEO de Palantir con doctorado en teoría social de Frankfurt y patrimonio de 18.000 millones de dólares, publicó en 2025 el libro The Technological Republic. En sus cartas a accionistas, cita al teórico Samuel Huntington para justificar el modelo de negocios de su empresa: «El ascenso de Occidente no fue posible por la superioridad de sus ideas o valores, sino por su superioridad en la aplicación de la violencia organizada». En 2026, Palantir publicó un manifiesto de 22 puntos que llama al «deber moral» de las empresas tecnológicas de participar en la defensa militar, propone el servicio nacional obligatorio, y declara la supremacía cultural de Occidente. Al Jazeera lo llamó «tecnofascismo». Varios analistas lo describieron como una agenda política disfrazada de propuesta corporativa.
Fuente: El Ciudadano


