Colombia. Democracia en estado de sitio

por Ejército de Liberación Nacional de Colombia

La elección de Abelardo de La Espriella como presidente de Colombia no significa una simple derrota electoral para las fuerzas progresistas.

Es un punto histórico en el que después de la Constitución de 1991, se instala en la presidencia un proyecto abiertamente fascista, alineado con el imperialismo en su era trumpista y respaldado por las franjas más reaccionarias de las élites dominantes.

La paradoja que parece siniestra es bien conocida en nuestra historia política: mediante el supuesto de la democracia electoral, se posiciona un régimen autoritario y represivo.

Es importante no llamarse a engaños. De La Espriella no es una falla, un accidente o una expresión de cansancio de los ‘Nunca’. Es el resultado de toda una contrarreforma que comenzó con Uribe, se perfeccionó con el paramilitarismo y se sofisticó con la Doctrina de Guerra Urbana.

Es la respuesta del bloque dominante a una crisis profunda, que el Estallido Social de 2021 dejó al desnudo: el capitalismo dependiente colombiano ya no puede gobernar mediante el consenso. Ahora necesita la fuerza bruta.

Por esto Abelardo De La Espriella insiste en que quiere posesionarse en una guarnición militar. No es asunto de capricho, es un mensaje directo sobre qué tipo de dictadura es la que representa y qué le espera al pueblo colombiano.

Democracia dictatorial

La propuesta fascista de De La Espriella la denominan un «Estatuto de defensa de la democracia». Nuestra memoria política está llena de este tipo de eufemismos, en que lindas palabras se traducen en sangre y violencia contra el pueblo.

A finales de los setenta del siglo pasado, el conocido Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala, generalizó la tortura, la desaparición forzada y la suspensión de garantías constitucionales. Posteriormente la «Seguridad Democrática» de Uribe, justificó los Falsos Positivos y la paramilitarización del Estado.

Ahora, el llamado “outsider” de la política colombiana, De La Espriella, promete ampliar capacidades militares en las periferias urbanas, declarar zonas especiales de intervención y equiparar jurídicamente a las organizaciones sociales y Primeras Líneas con grupos armados residuales.

Dicho de una manera simple: de frente, el movimiento social será tratado como Enemigo Interno. La protesta será terrorismo. La organización barrial será subversión. La juventud precarizada que en 2021 se defendió con escudos improvisados, será objetivo militar. El «defensor de la patria» no defiende la democracia: la suspende. Es el acta de defunción del Estado Social de Derecho.

El capo imperial

Donald Trump no demoró en tomar partido a favor de su cipayo y la previsible Cumbre entre los dos, promete sellar una alianza estratégica hemisférica contra el socialismo. De La Espriella reafirma a Colombia como un portaaviones de las fuerzas gringas en Suramérica. El lenguaje de guerra perpetua no es una metáfora.

La jugada es evidente. En su disputa global con China y Rusia, Estados Unidos se ha replegado al continente y necesita asegurar lo que considera su «patio trasero». El imperio necesita instalar a conveniencia Bases Militares, extraer recursos naturales baratos y contar con una fuerza de trabajo dócil y súper explotada.

Colombia lo tiene todo: petróleo, carbón, biodiversidad, dos océanos y una clase trabajadora que sobrevive en la informalidad. De La Espriella, quien dice ponerse firme por la patria, termina por entregar el país en una ‘bandeja de plata’ de biodiversidad. Aquí nuevamente la paradoja es cruel. A cambio, recibe armas, entrenamiento y el visto bueno para aplastar a su propio pueblo sin que la comunidad internacional musite palabra.

La «soberanía» poco mencionada por el supuesto tigre que se dice patriota, es una coartada ideológica de la subordinación más humillante. En un largo santoral de gobernantes sometidos al tutelaje de los gringos, el presidente entrante destaca por ofrecer explícitamente el territorio nacional como plataforma de la guerra perpetua imperialista.

Las rayas del tigre mutan a grietas

Pero, el triunfo de De La Espriella no es el fin de la historia. Es un nuevo capítulo de la crisis orgánica que enfrenta nuestro sistema económico. El bloque que se aseguró la victoria electoral también tiene fisuras que tarde o temprano se harán más profundas.

La estabilidad y seguridad jurídica que necesita el capital monopolista-financiero para atraer inversión extranjera, se puede ver seriamente afectada por las mismas políticas implementadas por la presidencia de De La Espriella.

La militarización de las periferias y la estigmatización de la protesta generan, como demostró el Estallido Social, parálisis económica, destrucción de infraestructura y una fuerza de trabajo aterrorizada, pero no necesariamente productiva. El «orden» fascista puede matar la ‘gallina de los huevos de oro’, si la represión desborda los límites que la propia acumulación tolera.

Los vínculos y pactos con el crimen organizado son una ‘bomba de tiempo’. Las bandas no son un ejército disciplinado. Son empresas capitalistas violentas que compiten por rentas. Su intento de incorporación oficial al bloque de poder puede desatar ‘fuego amigo’ por el control de las zonas de operación.

La confrontación entre las diferentes bandas, que han servido de títeres para la guerra contrainsurgente y que cambian frecuentemente de brazalete, se va a sumar a la guerra contra el movimiento popular, generando un caos que ni siquiera el propio Estado puede controlar.

La subordinación a Trump tiene un costo económico y político. Sectores de la burguesía colombiana que cuentan con su propia agenda, chocarán inevitablemente con una relación tan asimétrica que convierte a Colombia en un virreinato. El patriotismo de papel de «los defensores de la patria» se revelará como lo que es: una estafa.

Un fantasma recorre las barriadas

Existe una razón poderosa, que nos permite afirmar que el triunfo De La Espriella no es el fin de la historia, ni la clausura de la dialéctica. Esa razón está fresca en nuestra memoria: el Estallido Social.

Durante semanas, millones de colombianos —vendedores informales, mujeres, jóvenes precarizados, estudiantes, madres comunitarias— paralizaron el país y pusieron en jaque la simbiosis represiva que opera en las ciudades, conformada por las bandas criminales y las fuerzas oficiales.

El pueblo salió a las calles espontáneamente, se jugó la vida sin definir un Estado Mayor. Lo hicieron con ollas comunitarias, asambleas de barrio y la decisión colectiva de que la vida no puede ser una mercancía prescindible. Una vez más la clase trabajadora le demostró al establecimiento que puede organizar su reproducción, al margen del Estado y del capital.

Esa memoria es y debe mantenerse irredimible, irreductible. La violencia del nuevo régimen intentará borrarla con decretos, con balas, con desapariciones, pero no podrá. Porque el malestar que la originó —la imposibilidad de vivir dignamente en un capitalismo que excluye y precariza a la mayoría— no se resuelve a tiros, por el contrario, se agudiza.

‘Viviré militare es’

En este escenario la tarea del revolucionario es evidente: organizar, convocar a la lucha y resistir con inteligencia, preservar el tejido social y preparar el terreno para un nuevo ciclo de rebelión.

Resistir es proteger a los cuadros, preservar las estructuras de reproducción comunal, mantener las ollas comunitarias, sostener las redes de solidaridad y desarrollar una línea de resistencia que se puede potenciar con las experiencias que dejó el Estallido Social como herencia.

Es construir desde la clandestinidad, estructuras de reproducción comunal, que demuestren que existe una alternativa diferente a las urnas para la emancipación. Es forjar un frente único de masas antifascista, que agrupe a todas las víctimas del nuevo régimen: sindicalistas y vendedores informales, campesinos y juventudes precarizadas, indígenas y afrodescendientes.

La disputa no es por el Palacio de Nariño, es por el barrio, la Comuna, el Resguardo. Allí se debe construir contrapoderes locales, que desplacen la autoridad del Estado y de las bandas criminales.

Y resistir es, sobre todo, no olvidar. No olvidar que la clase trabajadora, que el pueblo colombiano ha perseverado en la lucha y esa es una potencia que ningún decreto puede anular. Esa memoria es el combustible subjetivo de la resistencia.

El fascismo criollo puede ganar elecciones, gobernar desde los estados de excepción, llenar las barriadas y el campo de soldados y paramilitares. Pero no puede gobernar para siempre sin consenso. Y el consenso en Colombia se rompió hace tiempo.

La historia no ha producido aún su veredicto final. Mientras el pueblo se siga encontrando en los espacios de organización, en asambleas de barrio y existan jóvenes dispuestos a defender su territorio, ‘su pedazo’, la historia no estará cerrada.

El gobierno entrante es la respuesta violenta e impotente de un capitalismo que ya no puede gobernar mediante la democracia. Su violencia, su orgullo bélico, su propia brutalidad, es la confesión de su debilidad. La legítima defensa del pueblo con la lucha armada, la resistencia popular y la esperanza revolucionaria lo saben. Y actúa en consecuencia.

Fuente: ELN Voces

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