
por Nuestra Palabra
La ruptura constitucional en 2019 permitió el golpe de Estado, marcando el inicio de un camino que hoy desemboca en un amague de dictadura abierta. El régimen criminal de Jeanine Áñez y su brazo represor, Arturo Murillo, destruyeron la economía nacional y saquearon el ahorro de los bolivianos. Posteriormente, el gobierno de Luis Arce traicionó la voluntad popular, profundizó la desinstitucionalización y llevó al país al borde del colapso económico.
En ese escenario surge Rodrigo Paz, un bufón político convertido en escudo de los intereses norteamericanos. Su papel es claro: entregar Bolivia como ofrenda al FMI y al capitalismo depredador. Mientras, encubre a Cerimedo, su asesor y agente de la CIA, presunto feminicida y operador del narcotráfico que legitima ganancias ilícitas.
Es reconocido por propios y extraños que Paz ha hecho de la mentira su método cotidiano de gestión. Promete estabilidad, transparencia y respeto a la Constitución, pero sus discursos son vacíos, sus cifras maquilladas y sus anuncios improvisados.
La mentira no es un error: es el mecanismo que sostiene su poder, un recurso para ganar tiempo mientras la crisis se profundiza y la confianza ciudadana se erosiona.
Sin disimulo, Paz se comporta como cipayo de Washington. Sus viajes a Boca Ratón para visitar a su prófugo suegro revelan más lealtad a los intereses extranjeros que a las necesidades del pueblo boliviano.
Su gobierno no responde a un mandato popular, sino a las recetas dictadas por organismos internacionales y a la presión de las élites económicas.
La corrupción atraviesa toda su gestión: desde el negocio de los hidrocarburos con gasolina y diésel de mala calidad, hasta la rebaja de impuestos que favorece a las grandes fortunas. La justicia y el aparato estatal se han convertido en guaridas de las mafias, creando las condiciones para desmantelar las empresas públicas estratégicas y prepararlas para su privatización o quiebra.
La crisis económica, política e institucional golpea a todas las familias: los precios de la canasta básica suben a diario, el combustible escasea, los hospitales carecen de medicamentos, la economía se desacelera y las obras de impacto brillan por su ausencia.
Pero a Paz nada de esto le importa. Su prioridad es limpiar el camino para regalar el país a los intereses multinacionales bajo la inventada excusa de lucha contra el narcoterrorismo, en el camino de satisfacer los mandatos de Trump y su banda de genocidas.
¿Y el pueblo boliviano? ¿Dónde quedó ese carácter indómito que se levantó contra la colonia, que revolucionó el país en 1952, que enfrentó la dictadura de Banzer y los sucesivos gobiernos militares golpistas, que luchó en la Guerra del Agua e hizo huir a Sánchez de Lozada?
Hoy, las monedas que faltan en el bolsillo y los medicamentos ausentes en los hospitales claman por un nuevo levantamiento popular.
El tiempo de la rebelión se avecina. Este gobierno que surgió de un evento democrático agota los caminos legales y opta por los sinuosos e inciertos de toda aventura antidemocrática y letal. Nuestra historia así nos lo demuestra. Sus reiteradas y groseras equivocaciones en la administración de la cosa pública, se van estrechando y cerrando caminos que de no corregir y enmendar a tiempo, pueden derivar en hechos luctuosos y sangrientos para el pueblo.
Volverán los mineros, los petroleros, los campesinos, las mujeres, los desocupados, los fabriles, los profesionales, los comerciantes, los transportistas, las maestras y todo el campo popular para levantar su voz y decir ¡basta!.
Entonces, volverán los tiempos de la reminiscencia y el futuro para un pueblo que vio cómo arrebatan sus derechos y pretenden tapar el sol con un dedo.
Esta, es Nuestra Palabra.


